En qué invirtió Gil Blas estos trescientos doblones y comisión que
dió a Escipión. Resultado de la Memoria de que acaba de hablarse.
Esta generosidad del ministro dió nuevo motivo a Escipión para
repetirme mil parabienes de haber vuelto a la corte. «Usted ve--me
dijo--que la fortuna tiene grandes designios para favorecerle. ¿Está
usted ahora arrepentido de haber dejado su soledad?» «¡Viva el señor
conde de Olivares, que es un amo muy diferente de su predecesor!»
«A pesar de ser usted muy afecto al duque de Lerma, le dejó morir
de hambre muchos meses sin regalarle ni un triste peso duro; mas
el conde ya le ha dado una gratificación que usted no se hubiera
atrevido a esperar sino después de largos servicios. Me alegraría
mucho--añadió--de que los señores de Leiva fuesen testigos de la
prosperidad de usted, o a lo menos de que la supiesen.» «Tiempo es de
noticiársela--le respondí--, y de esto iba a hablarte, porque no dudo
desearán con mucha impaciencia saber de mí; pero aguardaba para hacerlo
a verme en un estado fijo y decirles positivamente si me quedaría
en la corte o no. Ahora que estoy seguro de mi suerte, puedes ir a
Valencia cuando quieras a informar a aquellos señores de mi situación
actual, que miro como obra suya, siendo cierto que, a no habérmelo
ellos persuadido, jamás me hubiera determinado a volver a Madrid.»
«¡Oh mi amado amo--exclamó el hijo de la Coscolina--, qué alegría voy
a darles cuando les cuente lo que ha sucedido a usted! ¡Cuánto diera
por hallarme ya a las puertas de Valencia! Pero pronto estaré allí. Los
dos caballos de don Alfonso están prevenidos; voy a ponerme en camino
con un lacayo de su excelencia, porque, además de que me gusta llevar
compañía por el camino, usted sabe que la librea de un primer ministro
deslumbra.»
No pude menos de reírme de la necia vanidad de mi secretario, y con
todo eso, yo, quizá aun más vano que él, le permití hacer lo que le dió
la gana. «Marcha--le dije--, y vuelve prontamente, porque tengo que
darte otro encargo. Quiero enviarte a Asturias a llevar dinero a mi
madre. Por pura negligencia he dejado pasar el tiempo en que prometí
enviarle cien doblones, que tú mismo te obligaste a ponerle en mano
propia. Las promesas de esta especie deben ser tan sagradas para un
hijo, que me acuso de mi poca puntualidad en cumplirlas.» «Señor--me
respondió Escipión--, en seis semanas quedarán desempeñados ambos
encargos; habré visto a los señores de Leiva, dado una vuelta por
vuestra quinta y visitado segunda vez la ciudad de Oviedo, de la cual
no me puedo acordar sin dar al diablo las tres partes y media de sus
habitantes.» Entregué, pues, al hijo de la Coscolina cien doblones para
la pensión de mi madre y otros ciento para él, deseando que hiciese
felizmente el largo viaje que iba a emprender.
Poco después de su partida su excelencia mandó imprimir nuestra
Memoria, que apenas se hizo pública cuando fué asunto de todas las
conversaciones de Madrid. Al pueblo, amigo siempre de novedades, le
gustó infinito. La disipación de las rentas reales, que estaba pintada
con los más vivos colores, le indignaron contra el duque de Lerma, y si
los golpes que se descargaban contra este ministro no fueron aplaudidos
de todos, a lo menos merecieron la aprobación de muchos. En cuanto a
las pomposas promesas que hacía el conde de Olivares, y entre ellas
la de cubrir por medio de una discreta economía las atenciones del
Estado sin gravar a los vasallos, deslumbraron a todos generalmente y
les confirmaron en el gran concepto que ya tenían de sus talentos, de
manera que por toda la población resonaron sus alabanzas.
El ministro, satisfecho de haber conseguido con esta obra su objeto,
que no había sido otro que el de granjearse la estimación pública,
quiso merecerla verdaderamente por medio de una acción laudable que
fuese útil al rey. Recurrió para ello a la invención del emperador
Galba; es decir, que hizo que los particulares que se habían
enriquecido, sabe Dios cómo, con el manejo de los caudales públicos
resarciesen al Erario. Luego que el conde hizo vomitar a aquellas
sanguijuelas la sangre que habían chupado y la guardó en las arcas
reales, trató de conservarla en ellas haciendo suprimir todas las
pensiones, sin exceptuar la suya, como también las gratificaciones
que se daban del caudal de su majestad. Para lograr la ejecución
de este designio, que no podía verificarse sin mudar la faz del
Gobierno, me mandó componer otra Memoria, cuya substancia y método me
indicó; en seguida me encargó que procurase elevar todo lo posible la
ordinaria sencillez de mi estilo para dar más dignidad a mis frases.
«Ya estoy hecho cargo, señor--le dije--. Vuecencia quiere sublimidad
y brillantez; pues las tendrá.» Encerréme en el mismo gabinete donde
anteriormente había trabajado y allí puse manos a la obra después de
haber invocado el genio elocuente del arzobispo de Granada.
Comencé por exponer que era preciso conservar con todo rigor los fondos
que había en las arcas reales, que no debían emplearse absolutamente
sino en las necesidades de la Monarquía, como que era un fondo sagrado
que se debía reservar para imponer respeto a los enemigos de la
nación. Después hacía presente al monarca (que era a quien se dirigía
la Memoria) que suprimiendo las pensiones y gratificaciones cargadas
sobre la real hacienda no por eso se privaba del gusto que tendría
en recompensar generosamente el mérito y servicios de los vasallos
que se hiciesen acreedores a sus reales gracias, pues sin tocar a su
tesoro quedaba en estado de conceder grandes recompensas, porque para
unos tenía virreinatos, gobiernos, hábitos de las Ordenes militares y
empleos en sus ejércitos; para otros, encomiendas, sobre las cuales
podría imponer muchas pensiones, títulos de Castilla y magistraturas,
y, por último, todo género de beneficios eclesiásticos para los que
quisiesen seguir la carrera de la Iglesia.
Esta Memoria, mucho más larga que la anterior, me ocupó cerca de tres
días, y, por mi fortuna, salió tan acomodada al gusto de mi amo, por
estar atestada de voces enfáticas y de cláusulas metafóricas, que
me colmó de alabanzas. «Mucho me agrada lo que has hecho--me dijo,
enseñándome los pasajes más pomposos--. Estas sí que son expresiones
vaciadas en buen molde. ¡Animo, amigo mío; ya estoy previendo que me
servirás de grande utilidad!» Sin embargo, en medio de los elogios
que me prodigó, no dejó de retocar la Memoria. Puso en ella mucho de
su casa, y formó una pieza de elocuencia que admiró al rey y a toda
la corte. El público la honró también con su aprobación, presagió
felicidades para lo venidero, y se lisonjeó de que la Monarquía
recobraría su antiguo esplendor bajo el Ministerio de un personaje tan
insigne. Viendo su excelencia la mucha fama que le había granjeado
aquel escrito, quiso que, por la parte que yo tenía en él, recogiese
algún fruto; y así, dispuso que se me diese una pensión de quinientos
escudos sobre la encomienda de Castilla; lo que me fué tanto más
apreciable cuanto que éste no era un bien mal adquirido, aunque lo
había ganado con mucha facilidad.