CAPITULO IV

Logra Gil Blas el afecto y confianza del conde de Olivares.

No me descuidé en volver después de comer a casa del primer ministro.

Pregunté por su mayordomo, que se llamaba don Ramón Caporis, el

cual luego que oyó mi nombre me saludó con particular respeto y me

dijo: «Caballero, sígame usted, si gusta, que voy a conducirle a la

habitación que se le ha destinado en esta casa.» Dicho esto me llevó

por una escalerilla secreta, la cual conducía a una fila de cinco o

seis salas a un mismo piso, que formaban un ala de la casa, alhajada

regularmente. «Esta es--me dijo--la habitación que su excelencia

le señala. Usted disfrutará aquí de una mesa de seis cubiertos de

cuenta de su excelencia, será servido por sus propios criados y

tendrá siempre a su disposición un coche. Aun no lo he dicho todo: su

excelencia me ha encomendado eficazmente que tenga a usted las mismas

consideraciones que si fuera de la Casa de Guzmán.»

«¿Qué diablos significa todo esto?--me decía a mí mismo--. ¿Cómo

consideraré yo estas distinciones? ¡Quiero saber si envolverán alguna

malicia o si todavía por divertirse el ministro hará que me traten tan

honoríficamente!» Mientras me hallaba en esta incertidumbre, fluctuando

entre el temor y la esperanza, vino un paje a decirme que el conde

me llamaba. Fuí volando a ver a su excelencia, que estaba solo en

su gabinete. «Y bien, Santillana--me dijo--, ¿estás contento con tu

habitación y con las órdenes que he dado a don Ramón?» «Las bondades de

vuestra excelencia--le respondí--me parecen excesivas y no las acepto

sin zozobra.» «¿Pues por qué?--me replicó--. ¿Puede caber exceso en

honrar a una persona que el rey me ha recomendado y de quien quiere

que yo cuide? En tratarte honoríficamente no hago mas que mi deber.

Por mucho que haga por ti, no te admires, y cuenta con una fortuna

brillante y sólida si me eres tan afecto como lo fuiste al duque de

Lerma. Pero ya que hemos nombrado a este señor--prosiguió--, he oído

decir que vivíais los dos con mucha intimidad. Quisiera saber cómo os

conocisteis y en qué te empleaba aquel ministro. No me ocultes nada;

dímelo todo con sinceridad.» Acordéme entonces de la perplejidad en

que me vi cuando me encontré con el duque de Lerma en semejante caso

y del medio que me valí para salir de ella, el cual practiqué aún más

afortunadamente; quiero decir, que en mi informe di el mejor colorido

que pude a los lances más escabrosos y toqué ligeramente aquellos que

me hacían poco honor. También procuré poner en buen lugar al duque de

Lerma, aunque conocía que no disculpándole del todo hubiera dado más

gusto a mi oyente. Por lo que toca a don Rodrigo Calderón, nada le

perdoné; le individualicé las hazañas que sabía relativas al tráfico

que hacía de encomiendas, beneficios y gobiernos.

«En cuanto a don Rodrigo Calderón--interrumpió el ministro--, todo

cuanto me dices es muy conforme a ciertos documentos que me han

presentado contra él y que contienen testimonios de acusación aún más

importantes. Se va a sustanciar su causa inmediatamente, y si deseas

su pérdida creo que tus deseos quedarán satisfechos.» «No deseo su

muerte--le dije--, aunque no quedó por él que yo no hubiese encontrado

la mía en la torre de Segovia, donde tuvo la culpa de que permaneciese

largo tiempo.» «¿Cómo?--replicó su excelencia--. ¿Don Rodrigo fué quien

causó tu prisión? He ahí lo que yo ignoraba. Don Baltasar, a quien

Navarro contó tu historia, me dijo, sí, que el difunto rey te había

mandado prender en castigo de haber conducido de noche al príncipe de

España a un paraje sospechoso; pero no sé nada más y no puedo adivinar

qué papel hacía Calderón en esa farsa.» «El papel de un amante que se

venga de un ultraje recibido», le respondí. Entonces le conté todos

los pormenores de la aventura, la cual le pareció tan divertida que,

a pesar de su seriedad, no pudo menos de reír, o más bien llorar de

placer. Catalina, tan pronto sobrina como nieta, le alegró en extremo,

como asimismo la parte que había tenido en el negocio el duque de Lerma.

Luego que acabé mi relación me despidió el conde, diciéndome que no

dejaría de emplearme el día siguiente. Fuíme en derechura a casa de don

Baltasar de Zúñiga a darle gracias por los buenos oficios que me había

hecho y al mismo tiempo a participar a mi amigo José las favorables

disposiciones que el ministro manifestaba hacia mí.

Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 3 de 3) · 第 54 / 102 题