CAPITULO III

Del motivo que tuvo Gil Blas para no poner por obra el pensamiento

de dejar la corte y del importante servicio que le hizo José

Navarro.

Al volverme a la posada de caballeros encontré a José Navarro,

repostero de don Baltasar de Zúñiga y mi antiguo amigo. Le saludé

acercándome a él y le pregunté si me conocía y si tendría aún la bondad

de querer hablar a un desatento que había pagado con ingratitud su

amistad. «¿Luego usted mismo confiesa--me respondió--que no procedió

bien conmigo?» «Sí, señor--le respondí--, y tiene usted sobrada razón

para llenarme de reconvenciones, porque las merezco, si es que no he

expiado mi crimen con los remordimientos que a él se han seguido.» «Ya

que está usted tan arrepentido de su culpa--repuso Navarro dándome

un abrazo--, no debo acordarme más de ello.» Yo también le estreché

cuanto pude entre mis brazos, y ambos renovamos desde aquel punto

nuestra antigua amistad. Había sabido mi prisión y el trastorno de mi

suerte, pero ignoraba lo demás. Le informé de todo, contándole hasta

la conversación que había tenido con el rey, sin ocultarle el mal

recibimiento que me acababa de hacer el ministro ni el designio en que

me hallaba de volverme a mi retiro. «No trate usted de irse--me dijo--.

Supuesto que el monarca le ha manifestado inclinación, es necesario

que usted haga que le sirva de algo. Aquí para entre los dos, el conde

Olivares tiene sus extravagancias; es caprichoso, y a veces, como en la

presente ocasión, procede de un modo que irrita, pues él solo tiene la

clave de sus acciones estrambóticas. Por lo demás, sea cual fuere la

causa de haberos recibido tan mal, permaneced aquí a pie firme, porque

os aseguro que él no podrá impediros que os aprovechéis de la bondad

del rey, y, a mayor abundamiento, yo le diré dos palabras al señor don

Baltasar de Zúñiga, mi amo, que es tío del conde de Olivares y le ayuda

a sostener el peso del gobierno.» Preguntóme después Navarro dónde yo

vivía, y sin decirme más nos separamos.

Tardé poco en volverle a ver: el día siguiente fué a buscarme. «Señor

de Santillana--me dijo--, usted tiene un protector: mi amo quiere

favorecerle. En virtud del informe que le he dado de usted, me ha

ofrecido recomendarle al conde de Olivares, su sobrino, y no dudo que

le incline a su favor.» Mi amigo Navarro, no queriéndome servir a

medias, me presentó dos días después a don Baltasar, quien me dijo con

semblante apacible: «Señor de Santillana, su amigo José me ha hecho un

elogio tan cumplido de usted, que me ha movido a protegerle.» Hice una

profunda reverencia al señor de Zúñiga, diciéndole que toda mi vida me

confesaría sumamente reconocido al señor Navarro por haberme granjeado

la protección de un ministro a quien llamaban con justa razón _la

antorcha del Consejo_. Al oír don Baltasar esta lisonjera contestación

me dió una palmadita en el hombro riéndose y me dijo: «Puede usted

volver mañana a casa del conde de Olivares y quedará más contento de

él.»

Con efecto, al otro día me presenté en su antesala por la tercera vez;

reconocióme entre la multitud de pretendientes, miróme y sonrióse, lo

que desde luego me pareció un pronóstico feliz. «¡Esto va bien!--dije

entre mí--. El tío debe de haber reducido a la razón al sobrino.»

Así, pues, desde entonces me prometí una acogida favorable, y en

verdad que no me engañé. Después que el conde despachó a los demás me

hizo entrar en su gabinete y en tono muy familiar me dijo: «Perdona,

amigo Santillana, el apuro en que te he puesto por divertirme. Me he

complacido en inquietarte para probar tu discreción y ver el partido

que tomabas en vista de mi mal humor. Sin duda tú te persuadirías de

que me eras desagradable; pero al contrario, hijo mío, te confesaré

que aprecio mucho tu persona. Aunque el rey mi amo no me hubiera

mandado cuidar de tu fortuna, lo haría yo por mi propia inclinación.

Además, don Baltasar de Zúñiga, mi tío, a quien nada puedo negar, me ha

encargado te mire como a persona por quien él se interesa y no necesito

más para determinarme a ponerte a mi lado.»

Esta primera entrada hizo tanta impresión en mi ánimo, que quedé casi

enajenado. Me eché a los pies del ministro, y habiéndome dicho que

me levantase, prosiguió de esta manera: «Después de comer vuelve acá

y ve a verte con mi mayordomo, que él te dará las órdenes que yo le

encargare.» Dicho esto, salió su excelencia de su despacho para ir a

oír misa, que es lo que acostumbraba hacer todos los días después de

dar audiencia, y en seguida se marchaba a palacio para hallarse en el

cuarto del rey al tiempo de levantarse su majestad.

Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 3 de 3) · 第 53 / 102 题