De lo que hicieron al llegar a Madrid; a quién encontró Gil Blas en
la calle, y de lo que siguió a este encuentro.
Luego que llegamos a Madrid fuimos a apearnos a una pequeña posada, en
la cual se había alojado Escipión en sus viajes. Lo primero que hicimos
fué ir a casa de Salero a recoger nuestros doblones. Recibiónos muy
bien; me manifestó se alegraba mucho de verme en libertad. «Aseguro
a usted--añadió--que he sentido mucho su desgracia, la cual me ha
disgustado de la amistad de las gentes de la Corte, cuyas fortunas
están muy en el aire. He casado a mi hija Gabriela con un rico
mercader.» «Usted ha obrado con juicio--le respondí--. Además de que
este partido es más sólido, un plebeyo que llega a ser suegro de un
noble no está siempre gustoso con su señor yerno.»
Después, mudando de conversación y viniendo a nuestro asunto, proseguí:
«Señor Gabriel, háganos usted el favor, si gusta, de entregarnos los
dos mil doblones que...» «Vuestro dinero está pronto--interrumpió el
platero, el cual, habiéndonos hecho pasar a su gabinete, nos mostró dos
talegos en los cuales había unos rótulos que decían: «Estos talegos
de doblones son del señor Gil Blas de Santillana.»--. Ved aquí--me
dijo--el depósito tal como se me confió.»
Di gracias a Salero del favor que me había hecho, y muy consolado de
haberme quedado sin su hija, nos llevamos los talegos a la posada, en
donde contamos nuestras monedas. La cuenta se encontró cabal, rebajados
los cincuenta doblones que se habían gastado en conseguir mi libertad.
Ya no pensamos mas que en disponernos para ir a Aragón. Mi secretario
tomó a su cargo comprar una silla volante y dos mulas. Yo por mi parte
cuidé de la compra de ropa blanca y vestidos. En una de las veces que
iba arriba y abajo a estas compras encontré al barón de Steinbach,
aquel oficial de la guardia alemana en cuya casa se había criado don
Alfonso.
Saludé a este caballero alemán, quien, habiéndome también conocido,
se vino a mí y me abrazó. «Me alegro en extremo--le dije--de ver a su
señoría en tan buena salud y al mismo tiempo de tener ocasión de saber
de mis amados señores don César y don Alfonso de Leiva.» «Puedo dar
a usted noticias suyas muy ciertas--me respondió--, pues ambos están
actualmente en Madrid y en mi casa. Tres meses hace que vinieron a la
corte a dar gracias al rey de un empleo que su majestad ha conferido
a don Alfonso en premio de los servicios que sus abuelos hicieron al
Estado; le ha nombrado gobernador de la ciudad de Valencia, sin que le
haya pedido este cargo ni solicitándolo por otra persona. No se ha
hecho una gracia más espontánea, lo cual prueba que nuestro monarca
gusta de recompensar el valor.»
Aunque yo sabía mejor que Steinbach el origen de esto, no manifesté
saber la menor cosa de lo que me contaba y sí un deseo tan vivo
de saludar a mis antiguos amos, que para satisfacerlo me condujo
inmediatamente a su casa. Yo quería probar a don Alfonso y juzgar
por su recibimiento si me estimaba todavía. Le encontré en una sala
jugando al ajedrez con la baronesa de Steinbach. Luego que me conoció,
dejó el juego y se vino a mí arrebatado de gozo, y estrechándome entre
sus brazos me dijo en un tono que manifestaba una ingenua alegría:
«¡Santillana! ¡Conque al fin vuelvo a verte! ¡Estoy loco de contento!
No ha estado en mi mano el que no hayamos permanecido siempre juntos;
yo te rogué, si haces memoria, que no te fueras de la casa de Leiva,
y tú no hiciste caso de mis ruegos. No obstante, no te lo imputo a
delito; antes bien, te agradezco el motivo de tu ida; pero desde
entonces debieras haberme escrito y ahorrarme el trabajo de hacerte
buscar inútilmente en Granada, en donde mi cuñado don Fernando me había
escrito que estabas. Después de esta ligera reconvención--continuó--,
dime qué haces en Madrid. Regularmente tendrás aquí algún empleo. Ten
por cierto que me intereso ahora más que nunca en tu bien.» «Señor--le
respondí--, no hace todavía cuatro meses que ocupaba en la corte un
puesto de bastante consideración. Tenía la honra de ser secretario y
confidente del duque de Lerma.» «¡Es posible!--exclamó don Alfonso con
grande asombro--. ¡Qué! ¿Has merecido tú la confianza de este primer
ministro?» «Logré su favor--respondí--y le perdí del modo que voy a
decir.» Entonces le conté toda esta historia y concluí mi narrativa
exponiéndole la determinación que había tomado de comprar, con lo poco
que me quedaba de mi prosperidad pasada, una pobre choza para pasar en
ella una vida retirada.
El hijo de don César, después de haberme oído con mucha atención, me
dijo: «Mi amado Gil Blas, ya sabes que siempre te he querido y ahora
más que nunca. Pues el Cielo me ha puesto en estado de poder aumentar
tus bienes, quiero que no seas más tiempo juguete de la fortuna.
Para libertarte de su poder, te quiero dar una hacienda que no podrá
quitarte, y pues estás determinado a vivir en el campo, te doy una
pequeña quinta que tenemos cerca de Liria, distante cuatro leguas
de Valencia, que ya has visto tú. Este regalo podemos hacerlo sin
incomodarnos, y me atrevo a asegurar que mi padre no desaprobará esta
determinación y que Serafina recibirá en ello gran contento.»
Me arrojé a los pies de don Alfonso, quien al momento me hizo levantar;
le besé la mano y, más enamorado de su buen corazón que de su
beneficio, le dije: «Señor, vuestras finezas me cautivan. El don que me
hacéis me es tanto más agradable cuanto que precede al agradecimiento
de un favor que yo he hecho a ustedes y más bien quiero deberlo a su
generosidad que a su gratitud.» Mi gobernador se quedó algo suspenso
de lo que oía y no pudo menos de preguntarme de qué favor le hablaba.
Díjeselo con todas sus circunstancias, lo cual aumentó su admiración.
Estaba muy lejos de pensar, como el barón de Steinbach, que el Gobierno
de la ciudad de Valencia se le hubiese dado por mediación mía. No
obstante, no teniendo ya duda de ello, me dijo: «Gil Blas, pues que
te debo mi empleo, no quiero darte sólo la pequeña hacienda de Liria:
quiero agregar a ella dos mil ducados de renta al año.»
«¡Alto ahí, señor don Alfonso!--interrumpí--. ¡No despierte usted mi
codicia! Los bienes no sirven mas que para corromper mis costumbres,
como harto lo tengo experimentado. Acepto gustoso vuestra quinta de
Liria. En ella viviré cómodamente con lo que tengo. Por otra parte,
esto me es suficiente, y, lejos de desear más, primero consentiré en
perder todo lo que hay de superfluo en lo que poseo. Las riquezas son
una carga en un retiro en donde sólo se busca la tranquilidad.»
Don César llegó cuando estábamos en esta conversación. No manifestó
al verme menos alegría que su hijo, y cuando supo el motivo del
agradecimiento a que me estaba obligada su familia, se empeñó en que
había de aceptar yo la renta, lo cual rehusé de nuevo. En fin, el padre
y el hijo me condujeron a casa de un escribano, en donde otorgaron la
escritura de donación, que ambos firmaron con más gusto que si fuera
un instrumento a favor suyo. Finalizado el contrato, me lo entregaron,
diciendo que la hacienda de Liria ya no era suya y que fuese cuando
quisiese a tomar posesión de ella. Después se volvieron a casa del
barón de Steinbach y yo fuí volando a la posada, en donde dejé pasmado
a mi secretario cuando le dije que teníamos una hacienda en el reino
de Valencia y le conté el modo como acababa de adquirirla. «¿Cuánto
puede producir esta pequeña heredad?», me dijo. «Quinientos ducados
de renta--le respondí--, y puedo asegurarte que es una amena soledad.
Yo la he visto, por haber estado en ella muchas veces en calidad de
mayordomo de los señores de Leiva. Es una casa pequeña, situada a la
orilla del Guadalaviar, en una aldea de cinco o seis vecinos y en un
país hermosísimo.»
«Lo que me gusta mucho--exclamó Escipión--es que tendremos allí caza,
vino de Benicarló y excelente moscatel. ¡Vamos, amo mío, démonos prisa
a dejar el mundo y llegar a nuestra ermita!» «No tengo menos deseo que
tú--le respondí--de estar allá; pero antes es preciso hacer un viaje
a Asturias, porque mis padres no deben de hallarse en buen estado.
Quiero ir a verlos y llevármelos a Liria, en donde pasarán sus últimos
días con descanso. Acaso me habrá el Cielo deparado este asilo para
recibirlos en él, y si dejara de hacerlo así, me castigaría.» Escipión
apoyó mucho mi determinación y aun me excitó a ejecutarla. «No perdamos
tiempo--me dijo--; ya tengo carruaje. Compremos prontamente mulas y
tomemos el camino de Oviedo.» «Sí, amigo mío--le respondí--, marchemos
cuanto antes. Me es indispensable repartir las conveniencias de mi
retiro con los que me han dado el ser. Presto estaremos de vuelta en
nuestra aldea, y en llegando quiero escribir en letras de oro sobre la
puerta de mi casa estos dos versos latinos:
_Inveni portum: Spes et Fortuna, valete:
Sat me ludistis; ludite nunc alios_[1].»
[1] Hallé ya el puerto. ¡Adiós, Esperanza y Fortuna!
¡Bastante me burlasteis! ¡Burlaos ya de otros!