CAPITULO IX

Escipión vuelve a Madrid; cómo y con qué condiciones alcanzó la

libertad de Gil Blas; adónde fueron los dos después de haber salido

de la torre de Segovia y conversación que tuvieron.

Salió, pues, Escipión para Madrid, y yo, ínterin volvía, me dediqué

a la lectura. Tordesillas me suministraba más libros de los que yo

quería, los que le prestaba un comendador viejo que no sabía leer,

pero que, queriendo hacer ostentación de hombre sabio, tenía una gran

librería. Sobre todo me agradaban las buenas obras morales, porque

encontraba en ellas a cada momento pasajes que lisonjeaban mi aversión

a la corte y la afición que había cobrado a la soledad.

Tres semanas estuve sin oír hablar de mi agente, el cual volvió en fin

y me dijo muy contento: «¡Ahora sí, señor de Santillana, que traigo

a usted buenas nuevas! La señora ama ha tomado cartas por usted. Su

criada, a mis ruegos, y mediante cien doblones que le he ofrecido, ha

tenido la bondad de moverla a que pida al príncipe solicite vuestra

soltura, y éste, que, como otras veces he dicho a usted, nada le niega,

ha prometido hablar al rey su padre a fin de conseguirla. He venido a

toda prisa a decíroslo y con la misma vuelvo a dar la última mano a mi

obra.» Diciendo esto me dejó y volvió a tomar el camino de la corte.

No fué largo su tercer viaje. Al cabo de ocho días estuvo de vuelta

y me dijo que el príncipe había, aunque no sin trabajo, obtenido del

rey mi libertad, lo cual en el mismo día me confirmó el señor alcaide,

quien vino a decirme abrazándome: «Mi amado Gil Blas, gracias al Cielo,

usted ya está libre y tiene abiertas las puertas de esta prisión; pero

las dos condiciones con que se le concede a usted esta libertad quizá

le darán mucha pena y siento verme en la obligación de hacérselas

saber. Su Majestad prohibe a usted se presente en la corte y le manda

salir de las dos Castillas en el término de un mes. Me es de gran

mortificación el que se le prohiba a usted ir a la corte.» «Pues yo

estoy muy contento--le respondí--. ¡Bien sabe Dios lo que pienso de

ella! Sólo esperaba del rey una gracia, y me ha hecho dos.»

Viéndome ya libre, hice alquilar dos mulas, en las cuales salimos el

día siguiente mi confidente y yo, después de haberme despedido de

Cogollos y dado mil gracias a Tordesillas por todos los favores que

me había hecho. Tomamos alegremente el camino de Madrid para recoger

del señor Gabriel los dos talegos, en cada uno de los cuales había

quinientos doblones de a ocho. En el camino me dijo mi compañero: «Si

no tenemos bastante dinero para comprar una hacienda magnífica, a lo

menos habrá para una mediana.» «Yo me daría por feliz--le respondí--aun

cuando no tuviese mas que una choza; en ella estaría contento con mi

suerte. Aunque apenas he llegado a la mitad de mi carrera, estoy tan

desengañado del mundo, que sólo quiero vivir para mí. Además de esto,

te digo que me he formado de los placeres de la vida campestre una idea

que me embelesa y hace que los goce con anticipación. Me parece que ya

veo el esmalte de los prados, que oigo el canto de los ruiseñores y el

murmullo de los arroyos; que unas veces creo divertirme en la caza y

otras en la pesca. Imagínate, amigo mío, los diferentes recreos que nos

esperan en la soledad y tendrás tanta complacencia como yo. En orden a

nuestro sustento, el más simple será el mejor; un pedazo de pan podrá

satisfacernos cuando nos atormente el hambre, y el apetito con que lo

comamos nos le hará parecer muy sabroso. El deleite no consiste en la

bondad de los alimentos exquisitos, sino en nosotros, y esto es tanta

verdad como que mis comidas más delicadas no son aquellas en que veo

reinar el arte y la abundancia. La frugalidad es una fuente de delicias

maravillosa para conservar la salud.»

«Con el permiso de usted, señor Gil Blas--me interrumpió mi

secretario--, yo no soy enteramente de su opinión sobre la supuesta

frugalidad con que usted quiere obsequiarme. ¿Por qué nos hemos de

mantener como unos Diógenes? Aun cuando comamos bien, no caeremos

enfermos por eso. Créame usted: ya que tenemos, gracias a Dios, con

qué vivir cómodamente en nuestro retiro, no le hagamos la mansión

del hambre y de la pobreza. Luego que tengamos una hacienda, será

preciso abastecerla de buenos vinos y de todas las demás provisiones

convenientes a personas de entendimiento, que no dejan el trato humano

para renunciar a las comodidades de la vida, sino más bien para

gozarlas con más quietud. _Lo que cada uno tiene en su casa_--dice

Hesíodo--_no daña, en lugar de que lo que no se tiene puede dañar_.

_Vale más--añade--tener uno en su casa las cosas necesarias que desear

tenerlas._»

«¡Qué diablos es eso, señor Escipión!--interrumpí--. ¿Usted ha manejado

los poetas griegos? ¡Hola! ¿En dónde leyó usted a Hesíodo?» «En casa

de un sabio--respondió--. Serví algún tiempo en Salamanca a un pedante

que era un gran comentador; en un abrir y cerrar de ojos componía un

grueso volumen recopilando pasajes hebreos, griegos y latinos, que

extractaba de los libros de su biblioteca y traducía al castellano.

Como yo era su amanuense, he retenido no sé cuántas sentencias, todas

tan notables como las que acabo de citar.» «Siendo así--le repliqué--,

tienes la memoria bien adornada. Pero, viniendo a nuestro proyecto, ¿en

qué reino de España te parece del caso que fijemos nuestra residencia

filosófica?» «Yo opino por Aragón--respondió mi confidente--; allí

encontraremos sitios muy amenos, en donde podremos pasar una vida

deleitosa.» «Está bien--le dije--, sea así. Detengámonos en Aragón;

consiento en ello. ¡Ojalá descubramos una morada que me proporcione

todos los placeres con que se recrea mi imaginación!»

Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 3 de 3) · 第 35 / 102 题