Escipión vuelve a Madrid; cómo y con qué condiciones alcanzó la
libertad de Gil Blas; adónde fueron los dos después de haber salido
de la torre de Segovia y conversación que tuvieron.
Salió, pues, Escipión para Madrid, y yo, ínterin volvía, me dediqué
a la lectura. Tordesillas me suministraba más libros de los que yo
quería, los que le prestaba un comendador viejo que no sabía leer,
pero que, queriendo hacer ostentación de hombre sabio, tenía una gran
librería. Sobre todo me agradaban las buenas obras morales, porque
encontraba en ellas a cada momento pasajes que lisonjeaban mi aversión
a la corte y la afición que había cobrado a la soledad.
Tres semanas estuve sin oír hablar de mi agente, el cual volvió en fin
y me dijo muy contento: «¡Ahora sí, señor de Santillana, que traigo
a usted buenas nuevas! La señora ama ha tomado cartas por usted. Su
criada, a mis ruegos, y mediante cien doblones que le he ofrecido, ha
tenido la bondad de moverla a que pida al príncipe solicite vuestra
soltura, y éste, que, como otras veces he dicho a usted, nada le niega,
ha prometido hablar al rey su padre a fin de conseguirla. He venido a
toda prisa a decíroslo y con la misma vuelvo a dar la última mano a mi
obra.» Diciendo esto me dejó y volvió a tomar el camino de la corte.
No fué largo su tercer viaje. Al cabo de ocho días estuvo de vuelta
y me dijo que el príncipe había, aunque no sin trabajo, obtenido del
rey mi libertad, lo cual en el mismo día me confirmó el señor alcaide,
quien vino a decirme abrazándome: «Mi amado Gil Blas, gracias al Cielo,
usted ya está libre y tiene abiertas las puertas de esta prisión; pero
las dos condiciones con que se le concede a usted esta libertad quizá
le darán mucha pena y siento verme en la obligación de hacérselas
saber. Su Majestad prohibe a usted se presente en la corte y le manda
salir de las dos Castillas en el término de un mes. Me es de gran
mortificación el que se le prohiba a usted ir a la corte.» «Pues yo
estoy muy contento--le respondí--. ¡Bien sabe Dios lo que pienso de
ella! Sólo esperaba del rey una gracia, y me ha hecho dos.»
Viéndome ya libre, hice alquilar dos mulas, en las cuales salimos el
día siguiente mi confidente y yo, después de haberme despedido de
Cogollos y dado mil gracias a Tordesillas por todos los favores que
me había hecho. Tomamos alegremente el camino de Madrid para recoger
del señor Gabriel los dos talegos, en cada uno de los cuales había
quinientos doblones de a ocho. En el camino me dijo mi compañero: «Si
no tenemos bastante dinero para comprar una hacienda magnífica, a lo
menos habrá para una mediana.» «Yo me daría por feliz--le respondí--aun
cuando no tuviese mas que una choza; en ella estaría contento con mi
suerte. Aunque apenas he llegado a la mitad de mi carrera, estoy tan
desengañado del mundo, que sólo quiero vivir para mí. Además de esto,
te digo que me he formado de los placeres de la vida campestre una idea
que me embelesa y hace que los goce con anticipación. Me parece que ya
veo el esmalte de los prados, que oigo el canto de los ruiseñores y el
murmullo de los arroyos; que unas veces creo divertirme en la caza y
otras en la pesca. Imagínate, amigo mío, los diferentes recreos que nos
esperan en la soledad y tendrás tanta complacencia como yo. En orden a
nuestro sustento, el más simple será el mejor; un pedazo de pan podrá
satisfacernos cuando nos atormente el hambre, y el apetito con que lo
comamos nos le hará parecer muy sabroso. El deleite no consiste en la
bondad de los alimentos exquisitos, sino en nosotros, y esto es tanta
verdad como que mis comidas más delicadas no son aquellas en que veo
reinar el arte y la abundancia. La frugalidad es una fuente de delicias
maravillosa para conservar la salud.»
«Con el permiso de usted, señor Gil Blas--me interrumpió mi
secretario--, yo no soy enteramente de su opinión sobre la supuesta
frugalidad con que usted quiere obsequiarme. ¿Por qué nos hemos de
mantener como unos Diógenes? Aun cuando comamos bien, no caeremos
enfermos por eso. Créame usted: ya que tenemos, gracias a Dios, con
qué vivir cómodamente en nuestro retiro, no le hagamos la mansión
del hambre y de la pobreza. Luego que tengamos una hacienda, será
preciso abastecerla de buenos vinos y de todas las demás provisiones
convenientes a personas de entendimiento, que no dejan el trato humano
para renunciar a las comodidades de la vida, sino más bien para
gozarlas con más quietud. _Lo que cada uno tiene en su casa_--dice
Hesíodo--_no daña, en lugar de que lo que no se tiene puede dañar_.
_Vale más--añade--tener uno en su casa las cosas necesarias que desear
tenerlas._»
«¡Qué diablos es eso, señor Escipión!--interrumpí--. ¿Usted ha manejado
los poetas griegos? ¡Hola! ¿En dónde leyó usted a Hesíodo?» «En casa
de un sabio--respondió--. Serví algún tiempo en Salamanca a un pedante
que era un gran comentador; en un abrir y cerrar de ojos componía un
grueso volumen recopilando pasajes hebreos, griegos y latinos, que
extractaba de los libros de su biblioteca y traducía al castellano.
Como yo era su amanuense, he retenido no sé cuántas sentencias, todas
tan notables como las que acabo de citar.» «Siendo así--le repliqué--,
tienes la memoria bien adornada. Pero, viniendo a nuestro proyecto, ¿en
qué reino de España te parece del caso que fijemos nuestra residencia
filosófica?» «Yo opino por Aragón--respondió mi confidente--; allí
encontraremos sitios muy amenos, en donde podremos pasar una vida
deleitosa.» «Está bien--le dije--, sea así. Detengámonos en Aragón;
consiento en ello. ¡Ojalá descubramos una morada que me proporcione
todos los placeres con que se recrea mi imaginación!»