El popular editor inglés Tomás Nelson está publicando, en tomitos
elegantes y baratos, las obras completas de Víctor Hugo. El último
volumen puesto en las librerías es una colección de viajes que el
poeta francés hizo por Francia, Bélgica, los Alpes y los Pirineos.
Tiene interés para los españoles este volumen, porque se contienen en
él, en la parte dedicada á los Pirineos, las impresiones de Víctor
Hugo respecto á España. Víctor Hugo estuvo con su padre, el general
Hugo, en nuestro país, cuando era un niño. No quedó de aquella mansión
en España casi nada en la mente de Hugo; sin embargo, el poeta hacía
vanagloria de su españolismo, preciaba de conocer nuestra lengua--lo
cual no era cierto--, y en su obra, á lo largo de su fastuoso y
espléndido escribir, ha ido esparciendo _visiones_ grandiosas de
España. Recuérdese, en la _Leyenda de los siglos_, su _Romancero del
Cid_; _Romancero_ en que nos ofrece un Rodrigo Díaz que, en resumidas
cuentas, digamos la verdad, no es ni más ni menos veraz--siendo tan
bello--que el Cid imaginario y poético del primitivo _Cantar_, ó el Cid
de los romances, ó el de Guillén de Castro, ó, modernamente, el de José
María de Heredia, en sus _Trofeos_, ó el de Manuel Machado, nuestro
poeta, en el breve y luminoso poema en que plastifica, amplifica y
colorea una de las más hermosas escenas del centenario, venerable
_Cantar_.
Víctor Hugo no sabía el castellano; de nuestra lengua sólo conocía
leves rudimentos. Quien lo sabía muy bien y le fué muy útil al poeta
en sus _españolismos_ era su hermano Abel. Pero Víctor Hugo sentía un
gran entusiasmo por España; él mismo--si no recordamos mal--se jactaba
de ser un poeta español. En 1843 hizo un viaje á España el poeta; más
concretamente pudiéramos decir que la excursión la hizo al país vasco.
En Vasconia pasó Víctor Hugo el verano del citado año; su primera
página sobre España está fechada en San Sebastián, el 28 de Julio. El
autor de _Ruy Blas_ fué desde Bayona derechamente á San Sebastián;
desde allí trasladóse á Pasages y habitó una temporada no larga en
Pasages la casa en que, por solicitud patriótica de Deroulede, se puso
una lápida conmemorativa; de Pasages Víctor Hugo marchó á Pamplona;
permaneció unos días en la capital de Navarra; hizo una excursión por
la montaña, y regresó á Francia. Tal es el esquema de impresiones sobre
España que en su libro nos ofrece Hugo; marcado queda el itinerario de
su viaje por Vasconia.
¿Dónde paró Víctor Hugo á su llegada á San Sebastián? En España--dice
el poeta--hay muchas ventas, es decir, tabernas; algunas posadas, es
decir, hospederías; muy pocas fondas, es decir, hoteles. El poeta
trabuca aquí un poco las cosas, según su costumbre. Las ventas, desde
luego, no son tabernas; son simplemente hosterías situadas fuera de
poblado, en la campiña. En San Sebastián, en 1843, cuando estuvo Hugo
en la ciudad, no había, según nos cuenta él, mas que una fonda á la
española, la «fonda de Isabel», y un hotel á la francesa, «dirigido
por un honrado y valiente hombre llamado Laffite». (Saludemos
reverentemente, de pasada, á esta Isabel y á este Laffite, patriarcas
de la industria hotelera que, andando los años, tanto auge, tanto
esplendor había de alcanzar en San Sebastián.) Víctor Hugo venía en
diligencia de Bayona á Donostia. Ya cerca de la ciudad, al llegar á
lo alto de una colina, descúbrese de pronto el panorama urbano de San
Sebastián. Con cuatro rasgos, á manera de grandes, airosos brochazos,
traza el poeta lo que ven sus ojos en aquel momento: «Un promontorio
á la derecha; un promontorio á la izquierda; dos golfos; un istmo en
medio; una montaña en el mar; al pie de la montaña una ciudad. He
aquí San Sebastián». Y, en efecto, nada más sintético ni más exacto.
El aspecto de San Sebastián--añade el poeta--es el de una ciudad
construída de nuevo, simétrica y cuadrada como un juego de damas. (No
se olvide que estamos en 1843, y que lo que el poeta está contemplando
es, en efecto, este tablerito de damas de la--ahora--ciudad vieja.)
Aposentado en San Sebastián, Víctor Hugo nos refiere diversas
impresiones experimentadas por él en la ciudad; casi todas estas
páginas están dedicadas á los lances de la guerra carlista.
Continuamente daba el poeta grandes paseos por los aledaños de la
ciudad; un día se alargó hasta un paraje en que el agua del mar,
después de pasar por un freo ó angostura, se remansa en un ancho lago.
Cautivóle la hermosura y placidez del sitio; admirándolo estaba, cuando
le sacó de su arrobo una greguería estrepitosa de voces humanas. Paró
en ella atención el poeta y vió una grey de mujeres que en la orilla
del mar estaban apostadas y lanzaban gritos invitando al embarque en
unos ligeros bateles. ¿Á quién se dirigían estas mujeres? De todas
edades, trazas y pergeños las había entre ellas: ardimiento ponían en
sus palabras, pero ninguna de ellas se movía ni avanzaba. Víctor Hugo
derramó la vista en su torno; no había nadie allí mas que él; á él
debían dirigirse estas nautas femeninas. Á él, en efecto, se dirigían.
El poeta--documento precioso--nos ha conservado, en lengua castellana,
las exhortaciones que le lanzaban. Eran éstas: «¡Señor francés, benga
usted conmigo!--¡Conmigo, caballero!--Ben hombre, muy bonita soy!» El
autor de _Los Miserables_ tomó un batel y llegó á Pasages; dejamos
aparte numerosos y pintorescos detalles de la narración. Encanto
profundo produjo en el poeta esta villa de junto al agua. Las casas,
desde el mar, eran sencillas, modestas, pobres; una vez en el pueblo,
se veía que tales edificios tenían otra faz: una faz noble, severa,
con anchas puertas, berroqueños blasones, muros recios, fornidos. De
sorpresa en sorpresa caminaba Hugo por las callejas de Pasages; su
vista ponía con delectación en los escudos de las puertas, en los
hierros forjados de los balcones, en las paredes renegridas noblemente
por la pátina de los siglos. Á su vuelta á San Sebastián anunció su
propósito de irse á vivir á Pasages. Su designio causó «un espanto
general».
--¿Qué va usted á hacer allí, señor?--le preguntaron--. Aquello es
un hoyo, un desierto, un país de salvajes. ¡No encontrará usted
alojamiento!
--Me alojaré en la primera casa que encuentre--repuso el poeta--. Se
encuentra siempre una casa, un cuarto, una cama.
--Pero las casas no tienen techo, ni puertas los cuartos, ni colchones
las camas.
--Eso será interesante.
--¿Qué comerá usted?
--Lo que haya.
--No habrá mas que pan mohoso, sidra agria, aceite rancio y vino con
sabor á pez.
--Pues comeré eso.
--¿Está usted decidido?
--Decidido.
--Hace usted lo que nadie hace aquí.
--¿De veras? Eso me seduce.
--¡Ir á dormir á Pasages! ¡No se ha visto nunca tal cosa!
El poeta partió hacia Pasages; la misma batelera que habíale servido
la primera vez, le indicó una casa donde podría alojarse. Es la casa
histórica que hoy contemplamos--si somos artistas, si amamos la
patria--con emoción. Víctor Hugo la describe minuciosamente en estas
páginas; hasta un pequeño plano de ella, dibujado por él, nos ofrece.
Allí vivió unos días feliz, tranquilo; la hija de su patrona se llamaba
Pepita; la comida que le servían--por cinco francos diarios--era
abundante, sana, gustosa. Le seducía al poeta morar en esta vieja
casa, entre estos nobles muros; por las mañanas deambulaba por el
pueblo, en requisitoria de rincones y recovecos poéticos, interesantes,
históricos; á la tarde se marchaba hacia la montaña, peregrinaba
largamente, se sentaba en una eminencia frente al inmenso mar. Cuando
al anochecer retorna á la vieja casa consigna en las cuartillas sus
impresiones. Trasladaremos una de estas rápidas anotaciones del poeta.
Víctor Hugo ha subido á un escarpadísimo picacho; en su ascensión ha
tenido, á ratos, que ir á gatas. Ya ha llegado á la cima. «Descubro
un inmenso horizonte--escribe el poeta--. Todas las montañas hasta
Roncesvalles. Todo el mar desde Bilbao á la izquierda; todo el mar
desde Bayona á la derecha. Escribo estas líneas acodado sobre un bloque
en forma de cresta de gallo que forma la arista suprema de la montaña.
En esta roca han sido grabadas hondamente con un pico estas tres
letras, á la izquierda: L. R. H., y estas dos á la derecha: V. H. En
torno á esta roca hay una reducida meseta triangular cubierta de prados
calcinados y rodeada de una especie de foso abarrancado. En una quiebra
diviso una florecilla. La he cogido.»
¿Cuál es el lugar descrito aquí por Víctor Hugo? ¿Se conservará la
inscripción de que el poeta habla, grabada en esa altísima roqueda?
Lezo, Hernani, Tolosa ocupan también varias páginas en el libro de
Hugo. El poeta ha dejado la vetusta casa de Pasages--en que tan serenas
y claras horas ha pasado--y se ha dirigido hacia Pamplona. Durante el
viaje ha podido ocurrir una catástrofe: la diligencia, parada en la
carretera, allí en lo alto de un precipicio, ha comenzado á recular; ya
una de las ruedas posteriores iba á llegar al borde del hondo barranco;
entonces un mendigo que allí estaba ha puesto una gruesa piedra ante
la rueda, y el cocherón se ha detenido. Si la diligencia se hubiera
derrumbado por aquel abismo, y se hubiera matado Víctor Hugo--como
era probable, verosímil--, á estas horas no podríamos leer muchas de
sus hermosas obras; y todo esto hubiese sucedido--¡complicación sutil
del sutil tejido de los hechos humanos!--si aquel mendigo que puso
obstáculo con la piedra á la caída no hubiese estado allí. Á un mendigo
vasco debe, pues, el Parnaso de Francia multitud de maravillosos
poemas. Tenía entonces, en 1843, Víctor Hugo cuarenta y un años; hasta
1885 había de vivir produciendo, laborando infatigablemente.
En Pamplona mora Hugo unos días. Le encantan el claustro de la
catedral, la ancha plaza con soportales, el panorama que se descubre
desde el paseo de la Taconera. Corretea por las murallas y por las
callejuelas. Se celebraba en aquellos días de Julio la feria. Hugo
discurre entre los tipos de campesinos y compra multitud de chucherías
y baratijas: ligas con letreros, de Segovia; una caja de cerillas
químicas de Hernani; pilillas de agua bendita, de Bilbao: un hacecillo
de teas de Elizondo; papel de Tolosa; un cinturón ó garniel de cuero,
de Panticosa; dos mantas de Pamplona, «que son de lana magnífica, de
una manufactura recia y de un gusto exquisito». El libro del poeta--en
lo que se refiere á España--termina con una excursión de Hugo á las
montañas navarras, en donde el autor de las _Orientales_ pasa un día ó
dos viviendo en una choza.
¿Cuál debe ser nuestro juicio sobre estas páginas que Víctor Hugo
dedica á España? Las impresiones del gran poeta no tienen la densidad
é intensidad de las de Teófilo Gautier; son notas ligeras, rápidas. La
más considerable es la referente á su estancia en Pasages. Pero Hugo,
como Gautier y como, años antes, Próspero Merimée, han sabido encontrar
en un rincón de España--descartando las inexactitudes en que hayan
podido incurrir--un aspecto de honda y perdurable poesía. Y vosotros
los artistas ó los que amáis el arte, contestad: ¿hay algo más real que
la poesía? ¿Hay algo más definitivo?