LAS TEMERIDADES DE MARCHENA

La vida de Marchena ha sido dilucidada por los eruditos. Ninguna

vida tan pintoresca y desbaratada. Compendio es esta vida de

la total vida española. Como Duque de Estrada, como Ordóñez de

Ceballos, como tantos otros españoles aventureros, Marchena no tiene

plan ni disciplina; á campo traviesa camina por el mundo; los más

contradictorios sentimientos se barajan en su alma. Ex seminarista--no

abate--revolucionario, actor de la revolución francesa, autor de

una oda á Cristo crucificado--que él cree de lo mejor del Parnaso

castellano--, lector constante de la _Guía de pecadores_, traductor

de Voltaire, traductor de Molière... no hay nada en su tiempo de que

no haya sido curioso Marchena; no hay espectáculo intelectual á que

Marchena no se haya asomado. Nuestro autor ha sido también crítico

literario; una colección, en dos volúmenes, formó de trozos en prosa

y verso de los clásicos; en el largo prólogo puesto á esa obra

(_Lecciones de filosofía moral_, Burdeos, 1820) es donde el sacudido

ingenio sevillano expone sus puntos de vista respecto á la literatura

castellana. Menéndez y Pelayo--en la introducción á su _Antología

de líricos_, tomo I, ha calificado de «temeridades críticas» estos

juicios de Marchena. Temeridades--ó por lo menos, intrepideces--son, en

efecto, para el tiempo en que fueron escritas--y aun para hoy--, estas

opiniones de Marchena.

Examinemos algunas de ellas. Inútil creemos advertir que no nos

adherimos á lo que Marchena diga; hacemos ahora de expositor, y

nada más. Ante todo, la estética de Marchena, en general. Marchena,

revolucionario; Marchena, innovador; Marchena, demoledor de los viejos

prestigios, es un enemigo formidable de la nueva fórmula literaria que

se anuncia allá por 1820; hablamos del romanticismo. Lo mismo ocurre

con otro arriscado revolucionario literario: con Mor de Fuentes. La

contradicción se explica (al menos en Marchena) teniendo en cuenta que

nuestro autor escribía y se había formado intelectualmente en Francia.

En Francia el romanticismo de primera hora fué tradicionalista,

conservador (al revés de lo que sucedía en España); en Francia lo

liberal era el clasicismo; es decir, un ideal que tomaba su inspiración

en las antiguas democracias de Grecia y Roma. Son curiosos para la

historia del romanticismo español los pasajes--dos--en que Marchena

habla de las nuevas tendencias.

Hablando de la literatura alemana dice Marchena que Gellert, Haller

y Gessner «han introducido la corrección en el tudesco, que repelen

aún los sectarios de una nueva obscurísima escolástica, con nombre

de _estética_, que calificando de _romántico_ ó _novelesco_ cuanto

desatino la cabeza de un orate imaginarse pueda, se esfuerzan á hacer

del idioma y la literatura germánica tan desproporcionados monstruos,

que comparado con ello fuera un dechado de arreglo el que en su _Arte

poética_ nos describe Horacio». Más adelante, el autor escribe también,

ya más concretamente: «Si cuando los tudescos defensores del romantismo

ó novelería dijeron que cada pueblo debía cultivar una literatura

peculiar y privativa, se hubieran ceñido á decir que cada nación debía

pintar sus propias costumbres y ornarlas con los arreos que más á la

índole de su idioma, á las inclinaciones, estilo y costumbres de los

nacionales se adaptan, hubieran profesado una máxima de inconcusa

verdad». (En realidad, si eso que dice Marchena, es decir, lo que él

apunta que debe ser el romanticismo, no era _todo_ el romanticismo, al

menos, era una parte de él. Y esa es la enseñanza que se deduce del

libro _De la Alemania_, de la señora Staël.)

Era un adversario Marchena del romanticismo ó novelería (él dice, como

Mor de Fuentes, _romantismo_); un poco más tarde, y en España, nuestro

autor hubiera sido tal vez su partidario. Tal vez... ó acaso no. La

estética de Marchena es profundamente clásica; en 1870, en Francia,

en la misma Francia en que él escribía, la hubiéramos calificado de

idealista. Frente al naturalismo, Marchena hubiera estado con Feuillet.

Hasta ahora, pues, nuestro inquieto revolucionario va resultando un

conservador. Donde expone Marchena su credo estético es al hablar de

lo que en su concepto debe ser la novela. El novelista, ¿debe copiar

_toda_ la realidad? (Fórmula del naturalismo.) ¿O debe copiar tan sólo

_parte_ de lo que se ofrece á sus ojos? (Fórmula idealista.) (Otro

paréntesis detrás de estos paréntesis: en realidad, del naturalismo al

idealismo sólo hay una diferencia de grado, no de esencia. El arte no

puede copiarlo todo, porque dejaría de ser arte. Los naturalistas no

lo han copiado todo. Aun los más extremados de todos ellos, un Paul

Alexis, por ejemplo, se han visto obligados á hacer una selección

previa _in mente_. Selección es ya, y, por lo tanto, aceptación y

rechazamiento, la manera de presentar la realidad en el fragmento

escrito.) «No nos equivoquemos--escribe Marchena--; no es el arte

una imitación de la Naturaleza, _tal cual ella es generalmente_; que

el buen imitador escoge en los objetos lo más vigoroso y lo más puro

que en muchos de ellos ve esparcido, y de estos variados rasgos,

_verdaderos y existentes todos_, forma el tipo ideal, cuya concepción

constituye el perfecto crítico teórico, cuya ejecución forma el

acabado escultor, el sublime poeta, realizando el Júpiter de Fidias,

el Aquiles de Homero, el Roger del Ariosto.» Si el lector tiene la

paciencia de repasar las _Investigaciones sobre la belleza ideal_, del

jesuíta Arteaga, verá que la estética allí expuesta--á fines del siglo

XVIII--no es otra que esta que ahora, en 1820, expone Marchena. Para

Arteaga, el ideal en pintura, por ejemplo, era Mengs; lógicamente,

para Marchena, si no era Mengs, no debía de ser Velázquez, el Velázquez

de los bufones.

Sobre tal fondo de estética conservadora, hondamente tradicionalista,

Marchena edifica su crítica literaria. No hay que decir que muchas

veces las consecuencias prácticas están reñidas con la doctrina

fundamental. En realidad, Marchena no es un crítico literario, sino

un crítico social; según la obra de arte se acomode ó no á su ideal

político, en esa medida será buena ó mala. Y el ideal político de

Marchena está condensado en un ardiente y entusiasta progresismo. Toda

la civilización de un pueblo la gradúa nuestro autor según la mayor ó

menor libertad de pensar y expresarse. Á través de este prisma mira la

historia de España. Durante la Edad Media, bien que mal, nuestro pueblo

iba progresando. Se cultivaban las ciencias, se escribía con ingenio é

independencia. (El autor que cita como cultivador de las ciencias al

marqués de Villena, no repara en el arcipreste de Hita, y sí en Juan

de Mena, como ejemplo de literatos independientes.) «Todo anunciaba

la aurora de un día más puro, cuando, por irreparable desgracia de

la nación española, subieron Isabel y Fernando al trono de Castilla

y Aragón.» Se ha discutido años atrás--y aún hoy se discute--sobre

el momento en que comienza la decadencia de España; divergían las

opiniones expuestas por Salmerón y Costa. No recordamos exactamente

en qué punto hacían comenzar uno y otro el declive; pero aquí está

Marchena que es más radical que todos. Para Marchena no hay problema;

no hay problema sobre la decadencia... porque no ha habido período de

apogeo. Pudo haberlo habido; mas por irreparable desgracia de la nación

española subieron al trono Isabel y Fernando. El natural y espontáneo

desenvolvimiento de la vida nacional, tal como lo incubó la Edad Media,

quedó interrumpido. Para ser sinceros, diremos que no es sólo Marchena

quien así opina; con más ó menos distingos y paliativos, no faltan

quienes crean que muy distinta hubiera sido la vida de España (distinta

por lo próspera) sin el advenimiento de Fernando é Isabel. Del mismo

modo se ha preguntado también, en Francia, qué hubiera sido del país

vecino sin el Renacimiento; es decir, qué hubiera dado de sí, en pleno

desarrollo, la Edad Media, sin ingerimientos ni aportes de savia

extraña...

Marchena, á seguida de la aseveración copiada, hace el retrato, en

cuatro líneas, de los Reyes Católicos. No creemos que hayan sido muchos

los que de esta manera áspera y cruel hayan pintado á dichos monarcas;

por lo menos, de Isabel no se ha solido hablar así. De Fernando,

sí; y lo que Marchena dice no es mas que un eco de la semblanza que

Maquiavelo traza en _Il Principe_--capítulo XXI--de Fernando V de

Aragón. Dejando á un lado este asunto, habría que exponer ahora los

puntos de vista literarios de Marchena. Nos contentaremos con indicar

algunos; aciertos son, á nuestro entender, sus opiniones sobre el

teatro clásico, que el autor considera semillero de corrupción. Hoy,

más que de inmoral--en muchos ejemplos, que Marchena especifica--,

lo calificaríamos de _amoral_. Acierto también es la crítica de los

sainetes de don Ramón de la Cruz, que á nosotros también se nos antoja

una de las cosas más desprovistas de observación, realidad y gracia que

se han escrito en España. Acierto, finalmente, lo que sobre Quevedo

escribe Marchena; Quevedo, soberano ingenio, pero que no caló más allá

de la corteza social.

En resumen, y por lo que respecta al aspecto estético de la crítica

de Marchena: algunos de los juicios del autor podrán ser erróneos ó

injustos; otros, en cambio, ó han sido confirmados por los críticos

posteriores, ó llevan camino de serlo. En todo caso, la obra de

Marchena no puede ser desdeñada; en cuenta habrá de tomarla el

historiador de las letras castellanas.

Los valores literarios · 第 43 / 90 题