Asistimos en estos tiempos á un renacimiento de la barbarie taurina.
Se ensalza fervorosamente á los toreros. Se llenan planas enteras en
los diarios con las hazañas y peripecias del estúpido espectáculo. En
una ciudad cantábrica se celebra una corrida de diez y ocho toros (en
la misma ciudad á la cual ha legado su biblioteca Menéndez y Pelayo).
Escritores y publicistas que parecía que debieran estar libres de
ese virus, se complacen en tratar y debatir sobre cosas de toros...
En un tiempo en que tal exaltación se produce, cuantos no amamos esa
fiesta cruel y estulta, cuantos detestamos los toros, debemos ver con
viva complacencia la campaña que contra los toros y el flamenquismo
viene haciendo desde hace tiempo un independiente escritor. Aludimos á
Eugenio Noel. Un libro nuevo sobre la materia acaba de publicar Noel.
En otra parte hemos hablado ya--con elogio--de la labor realizada
contra el espíritu de chulapismo por este publicista. Queremos aquí
añadir algo más. Se titula el nuevo libro de Eugenio Noel _Escenas
y andanzas de la campaña antiflamenca_. Se halla editado en edición
económica, al alcance de los más modestos lectores.
Nos permitirá Eugenio Noel que hagamos algunos reparos á su ideología.
Adversarios políticos del publicista, nos hallamos muy lejos de
compartir con él todas sus afirmaciones; vaya por delante esta salvedad
como advertimiento á los lectores. Noel se muestra (en sus discursos,
mucho más que en sus libros) apasionado y acre en demasía á veces;
hemos hecho constar que deplorando, como deploramos, los incidentes
ruidosos á que han dado origen sus propagandas, esos lances y
trapatiestas pudieran haberse ahorrado con una poca más de mesura y de
flexibilidad (no de hipocresía) en la palabra. Todo se puede decir, sin
protesta de nadie, cuando se sabe decir. Y ¿cómo no creer que escritor
tan experimentado como Noel no ha de hallar forma--sin perjuicio de
la verdad--de decir las cosas más ásperas sin que sean rechazadas
estruendosa y violentamente?
En su último libro, Eugenio Noel ha recopilado alguno de los trabajos
más notables publicados en la prensa. Hay en estas páginas invectivas
contra los toros, paisajes castellanos, excursiones por Andalucía,
vistas panorámicas de ciudades, meditaciones sobre monumentos
artísticos, etc., etc. El estilo de Eugenio Noel es un tanto
amplificador; el autor nos dice que él ha leído todos, «absolutamente
todos», los libros de Emilio Castelar: algo del énfasis y de la
redundancia castelarinas se nota en la prosa de Noel. ¿Por qué no ser
más precisos, más concretos? Da la impresión esta prosa de que ha sido
escrita febrilmente, al azar de los viajes, sin el reposo necesario
para una coordinación reflexiva. Así se ve, por ejemplo, que en las
descripciones hay cierta falta de matiz unificador, de transición de un
detalle á otro, de un aspecto á otro.
Pudiéramos poner muchos ejemplos. Citaremos un texto para explicar
mejor lo que decimos. Noel está describiendo Sevilla desde lo alto
de la Giralda. Nos hace ver «las casas blancas del barrio clásico de
Santa Cruz, con terradillos de un mismo color, con azoteas llenas de
tiestos y flores; el paseo de Santa Catalina Rivera, la torre y cúpula
de la iglesia de San Bernardo, la cúpula y macizo de los Venerables».
Al llegar aquí acaba el párrafo. Nos disponemos á entrar en un nuevo
aspecto de la realidad descrita. En efecto, entramos; el autor comienza
así el párrafo siguiente: «De un jardincito sale un ciprés; hay allí
un cementerio de monjas»...; surge en nuestro espíritu la _sensación_
de uno de esos jardines reducidos recoletos en lo interior de las
ciudades; el jardín de un convento de monjas; un jardín--visto desde
allá arriba, desde lo alto de una torre--en que se divisan unos
cipreses. Necesitamos algún detalle más que complete nuestra visión.
¡Oh, esos cipreses de los huertos monjiles, cipreses que se yerguen
sobre los rosales! El autor añade: «Se delinean en el macizo blanco las
estrechas calles con sus mil leyendas...» Pero ¿no habíamos pasado á
otra cosa? ¿Qué salto es éste que hemos dado ahora? ¿Qué tiene que ver
aquí ese _macizo_? Nuestro ritmo mental ha sido bruscamente roto.
Otra observación hemos de hacer; ésta de más trascendencia. Nadie
duda que Eugenio Noel es un adversario acérrimo de los toros y el
flamenquismo. Mas la lectura de sus trabajos á las veces nos produce
el efecto de una exaltación de lo que se trata de deprimir y condenar.
No sabemos cómo explicar esto; pero el hecho es exacto. Si fuéramos
amadores de los toros, acaso encontráramos, leyendo los libros de Noel,
más gusto que encontramos siendo adversarios. Noel sabe menudamente
todo lo referente á los toros: historia, bibliografía, biografía de
toreros, gestos de toreros, dichos de toreros, andanzas de toreros.
No hay nada que se le escape. Nadie como él nos informa tan bien
de las cosas y lances del flamenquismo. Nadie ha descrito con más
entusiasmo, con más exaltación los bailes de una popular danzarina.
Sus meditaciones ante la estatua de un torero pueden colocarse por
encima de las que dedica al _Pensador_, de Rodín. ¿Qué sortilegio es
éste? Veníamos á buscar una triaca contra la ponzoña taurina y nos
encontramos con una morosa delectación. En verdad, en verdad que son
algo peligrosos estos libros contra los toros y el flamenquismo.
Dicho esto, hemos de elogiar en el libro de Noel numerosas páginas;
elogiarlas desde el punto de vista artístico (bien que estas páginas
á que nos referimos no sean de aquellas que encierran una determinada
tendencia política). Pueden servir de ejemplo los capítulos dedicados
á la descripción de Triana, ó á hacer el retrato de un torero malogrado
y pintoresco, ó á describir una capea en Medina del Campo. En este
último capítulo citado, el autor escribe: «En Tordesillas se lidia el
llamado toro de la Vega, el cual en pleno campo se lancea; el mozo que
da la última lanzada tiene derecho á traer al pueblo en la punta de su
pica la oreja del animal, y es fama que aquella noche sueñan con él
las mujeres». Estas líneas, mero incidente en el capítulo, son para
nosotros más sugeridoras que el capítulo todo. Cuarenta y seis años
pasó una infortunada mujer--Juana, la reina--recluída en un caserón de
Tordesillas; Tordesillas va unida á la página sangrienta y patriótica
de los Comuneros. Eugenio Noel ha recordado que en ese pueblo se lancea
un toro en campo abierto.
Así es, en efecto. En el _Semanario Pintoresco_ de 9 de Septiembre de
1849, uno de sus colaboradores, don Juan de la Rosa, hace una detenida
descripción de tal espectáculo tordesillense. Ese alanceamiento no
es mas (ó era en el año citado) que el último número de una variada
serie de espectáculos taurinos. Se corrían toritos («toritos» dice
el cronista); se los lidiaba por los señoritos de la localidad; se
celebraba también una mojiganga taurina, en la cual, por cierto, entre
otros personajes, figuraban Don Quijote y Sancho. El prólogo de esas
fiestas taurinas era la vaca encohetada. Se celebraba ese espectáculo
la noche antes de la primera corrida. La plaza del pueblo se llenaba de
una inmensa muchedumbre. «Cuando el concurso empieza á manifestar su
impaciencia--dice el señor Rosa--sueltan la vaca, la cual lleva puesta
sobre el lomo una manta impregnada de un combustible que se inflama con
facilidad, y sembrada de cohetes bien sujetos, y que á su tiempo se
incendian.» «Apenas el animal--añade el autor--siente el calor de la
manta que arde, empieza á dar brincos lanzando quejidos de dolor.»
El colaborador del _Semanario Pintoresco_ describe después los otros
festejos taurinos. Al final pinta el espectáculo de los campos
tordesillenses cruzados y recruzados por los mozos que van persiguiendo
con sus picas al toro. Todo esto conmueve profundamente á don Juan de
la Rosa. Estos parajes le parecen encantadores. «Así es--escribe--que
al separarse de ellos, al darles el último adiós, siente uno renacer
en su espíritu un vago deseo de tristeza, y no puede menos de envidiar
á los moradores de aquellos sitios destinados á la felicidad.» ¡Oh,
ingenuidad peregrina! ¡Una Arcadia donde se tuesta viva á una vaca
enfundándola en una manta embreada y cubriéndola de cohetes! Si
viviéramos en 1849 diríamos, llenos de fervor: _¡Señor, líbranos de esa
Arcadia!_