II

Nuestro buen Giménez Serrano--jóven romántico y con melenas--llega á

Argamasilla de Alba. Se llama también este pueblo _Lugar Nuevo_; la

denominación de Alba procede de haber reedificado esta villa el duque

de ese título. Argamasilla «se halla situada en una extensa llanura y

rodeada de huertas, molinos harineros y quinterías y alamedas. Su cielo

es limpio, despejado y sereno». (Un poco paradisíaca es tal sumaria

descripción de los aledaños argamasillescos. Una huerta cerrada, un

cortinal, hay á las puertas de la villa; macizos de álamos se yerguen

aquí y allá, á lo largo del Guadiana. Y las uniformes llanas tierras

paniegas se extienden hasta la remota lejanía del horizonte.) Cuando

el duque de Alba elevó la nueva población, los moriscos la ocuparon

en su mayor parte. «Como eran tan industriosos y frugales, la tierra

de migajón y fácil el regadío, se hizo opulenta la villa, y tanto,

que en su lengua la llamaban ellos _Río de la Plata_.» El viajero

penetra por sus calles mal arrecifadas; las casas están construídas

con tierra apisonada; constan de un solo piso; ciento ochenta, poco

más ó menos, componen la villa; no llegarán á mil cuatrocientos los

habitantes. «En la plaza no hay árboles ni fuentes, y las casas todas,

exceptuando algunas que ostentan en sus portadas escudos de armas, son

de miserable aspecto.» «Lo mal blanqueado de sus paredes--añade el

autor--, el polvo con que las cubre el viento solano de la llanura, sus

desvencijadas puertas y la desigualdad de los tejados y techumbres, dan

á este lugar, como á otros muchos de la Mancha, un aspecto monótono y

salvaje que repugna y entristece.» (La melancolía de la Mancha procede

de la llanura inmensa y gris. Hay en los pueblos unas paredes largas

y blancas, nítidas, con una ventanita angosta en toda su extensión, y

entre las dos paredes, en la calleja silenciosa y desierta, se otea

allá á lo lejos la mancha verde de los trigales y la mancha azul del

cielo. Una campanada sonora, muy de tarde en tarde, rasga el silencio.)

Nuestro viajero se apresura á visitar la casa de Medrano; durante mucho

tiempo se ha creído que estuvo preso en ella Cervantes. La fachada es

sencilla; las jambas y el dintel de la puerta son de piedra; sobre la

puerta campea un escudo. Rejas saledizas destacan en el piso principal.

De una de ellas pende un manojo de brezos: advertimiento á los

transeuntes de que en aquel lugar se expende vino. Del techo sobresale

un ancho alero morisco. «El portón está desvencijado y tiene por

adornos gruesos clavos de hierro. Penetré por su achatado postigo, que

da entrada á un portal medianamente largo y del ancho de la portada.

Después está el patio, guarnecido, á la usanza árabe de cenadores,

de una galería descubierta en el piso principal, sostenida por seis

columnas de piedra y dos pilares de madera con capiteles labrados.»

(Tipo de la casa manchega; en una casa así, pero más modesta, fué á

morir Quevedo, año de 1645, en Villanueva de los Infantes, desde su

Torre de Juan Abad, donde se puso enfermo. En la casa hay una galería

con una barandilla de madera toscamente labrada. El zaguán es chiquito;

mezquina la estancia donde expiró el gran satírico. Titubeante,

exhausto de fuerzas, pálido, con la mirada triste, trágica, debió

de entrar Quevedo--para no salir vivo--por este zaguán empedrado de

menudos guijos.) En la casa de Medrano, puestos en el patio, lucían

sus orondas barrigas las tobosescas tinajas llenas del espeso vinazo

de la tierra. «En el lado de la izquierda estaba el _sótano inmundo_

que me traía á aquella casa de aciago recuerdo.» Encendieron un candil,

desembarazaron la puerta de unos canastos que la obstruían, y nuestro

mozo bajó por una escalerilla de siete escalones. Se encontró Giménez

Serrano en una bodeguilla lóbrega y húmeda. La llenaban esteras y

trastos inútiles. «Á los rojizos reflejos de la luz huyeron los ratones

que habitaban descuidados entre los trastos, y bandadas inmensas de

correderas se pusieron en agitado movimiento; un olor insalubre y

fétido despedía tan sucio conjunto. Aquel subterráneo está nueve pies

más bajo que el nivel del patio; tiene unas cuatro varas de ancho, seis

y algunas pulgadas de largo, y una bóveda de yeso lo cubre.»

Á la derecha de la entrada, en el muro, se conserva todavía un agujero

donde se supone estuvo clavada la cadena que sujetaba á Cervantes.

(Queda así transcrita circunstanciadamente la descripción que hace

nuestro autor. Si no estuvo Cervantes en este sótano, la opinión lo ha

supuesto durante mucho tiempo. Ya este lugar es definitivamente famoso.

Cuando en 1905 le visitamos nosotros vimos que la puerta de la cueva

estaba mellada y astillada. Nos dijeron que los viajeros extranjeros

que allí aportaban se llevaban, como recuerdo, pedacitos de la madera

de la puerta.)

De Argamasilla, Giménez Serrano se encamina al Toboso; de la patria de

don Quijote, á la patria de Dulcinea. En el camino encuentra nuestro

autor á un clérigo que marcha caballero en su mula; era natural del

Toboso este cura; mas vivía en Argamasilla desde hacía cuarenta años.

Los dos viandantes traban conversación. El joven escritor da cuenta al

clérigo del motivo de su viaje.

--¡Ah, vamos!--exclama el cura--. Usted ¿es el joven de melenas que

ha visitado esta mañana la iglesia, que ha dibujado en la plaza de

Argamasilla y que ha permanecido un gran rato á solas con los ratones

de la bodega de la preciosísima casa de Medrano?

El clérigo relata al literato dos leyendas ó consejas relativas á

Cervantes. Se refieren las dos á una bárbara--y supuesta--venganza

que en el Toboso se tomaron con un recaudador de contribuciones ó

alcabalero, llamado Cervantes. Dicho Cervantes no era otro que el autor

del _Quijote_. Habiendo llegado el alcabalero al pueblo, y hallándose

durmiendo por la noche en el pajar de una casa, lo despertaron los

mozos y, «medio arrastrando, con una soga á la cintura, le sacaron

por las calles del pueblo». Afortunadamente, llegaron á tiempo los

cuadrilleros y libertaron á Cervantes de manos de la chusma. No era

otro el propósito de los mozos tobosinos sino el de llevar á Cervantes

á una laguna próxima y chapuzarlo en sus cenagosas aguas. En el Toboso

son peritísimos en esta operación. Cuando arriba allí algún recaudador,

lo somormugen en el dicho navazo. «¡Oh, en esto de atormentar á los

ejecutores ó comisionados son diestrísimos en el Toboso y con orgullo

salvaje les oiréis referir mil atrocidades de las consumadas en la

villa con estos pobres emisarios de la Hacienda!» (No olvide el

lector que estamos en 1848. Hoy suponemos que tales prácticas habrán

desaparecido.) «Muchos--añade el autor--han sido encerrados desnudos en

una de las tinajas colosales que allí se fabrican; otros, después de

haber bebido más de lo necesario, estimulados por los que se fingían

sus camaradas, han despertado en el cementerio, vestidos de hábito

y tendidos en un ataúd con sus blandones y su túmulo. Los más han

sufrido palizas, y ninguno ha vuelto con sus dietas sin poderlo contar

como milagro.» (¿Cómo, dado este ambiente, no había en el Toboso, en el

año 1848, plaza de toros?)

Cerca del pueblo, á cosa de «dos millas» de él, vió nuestro viajero

las ruinas de un parador. Por allí había también antaño un encinar:

el boscaje en que Don Quijote quedó esperando en tanto que Sancho iba

al Toboso á celebrar una entrevista con Dulcinea. «El Toboso ha sido

pueblo de consideración, y así lo indican sus aristocráticas casas,

que, aunque de pobre aliño y en ruinas, ostentan portadas de mármol,

columnas, brocales y fuentes talladas, escudos sobre las puertas y

labrada rejería.» En su época de esplendor había en el Toboso telares

y alfarerías; de éstos salían las más admirables de todas las tinajas

españolas.

«Desapareció todo esto, y un pueblo rico, industrioso, que ha contado

con más de 4.000 vecinos, se halla hoy reducido á poco menos de 800, y

apenas puede fabricar algunas tinajas y gloriarse con sus rábanos, que

son extraordinariamente gordos, blancos y tiernos, según me han dicho.»

Es mediodía; nuestro autor, después de recorrer el pueblo, se sienta en

los escalones del rollo que se yergue en la plaza, y comienza á tomar

un diseño de la iglesia. «Mas, en verdad sea dicho--escribe Giménez

Serrano--, no se muestran en el Toboso más aficionados á los artistas

que á los ejecutores, pues antes de que acabara de tantear la torre que

tomó Don Quijote por palacio, vino sobre mí tal nube de piedras, que

forzoso me fué dejar la obra para mejor ocasión, pues los tobosescos

angelitos daban mayor impulso á los cantos de lo que á mis delicadas

carnes convenía.» (¡Tate, tate con los paisanitos de Dulcinea! ¿Cómo no

había plaza de toros en el Toboso?).

El colaborador del _Semanario Pintoresco_ da por terminado su viaje.

Con objeto de llevarse del Toboso un recuerdo, decide comprar un

queso. No es esta operación baladí. En una nota Giménez Serrano nos

dice lo siguiente: «Según nuevas por mí recogidas, han visitado muchos

extranjeros estos lugares, que yo tengo el orgullo de haber descrito

el primero. Entre ellos, varios ingleses compraron quesos para dar con

ellos un banquete á sus amigos de Londres.» Cerremos estos artículos

loando á los ingeniosos sajones; esos hombres demostraron delicadeza y

buen gusto al llevarse á Londres unos quesos manchegos. Se llevaban con

ellos un recuerdo de la patria de Don Quijote, y daban á la par prueba

de ser unos excelentes lamizneros, puesto que si Don Quijote era el más

excelso de los caballeros andantes, el queso manchego bueno es el más

exquisito de todos los quesos.

Los valores literarios · 第 23 / 90 题