Nuestro buen Giménez Serrano--jóven romántico y con melenas--llega á
Argamasilla de Alba. Se llama también este pueblo _Lugar Nuevo_; la
denominación de Alba procede de haber reedificado esta villa el duque
de ese título. Argamasilla «se halla situada en una extensa llanura y
rodeada de huertas, molinos harineros y quinterías y alamedas. Su cielo
es limpio, despejado y sereno». (Un poco paradisíaca es tal sumaria
descripción de los aledaños argamasillescos. Una huerta cerrada, un
cortinal, hay á las puertas de la villa; macizos de álamos se yerguen
aquí y allá, á lo largo del Guadiana. Y las uniformes llanas tierras
paniegas se extienden hasta la remota lejanía del horizonte.) Cuando
el duque de Alba elevó la nueva población, los moriscos la ocuparon
en su mayor parte. «Como eran tan industriosos y frugales, la tierra
de migajón y fácil el regadío, se hizo opulenta la villa, y tanto,
que en su lengua la llamaban ellos _Río de la Plata_.» El viajero
penetra por sus calles mal arrecifadas; las casas están construídas
con tierra apisonada; constan de un solo piso; ciento ochenta, poco
más ó menos, componen la villa; no llegarán á mil cuatrocientos los
habitantes. «En la plaza no hay árboles ni fuentes, y las casas todas,
exceptuando algunas que ostentan en sus portadas escudos de armas, son
de miserable aspecto.» «Lo mal blanqueado de sus paredes--añade el
autor--, el polvo con que las cubre el viento solano de la llanura, sus
desvencijadas puertas y la desigualdad de los tejados y techumbres, dan
á este lugar, como á otros muchos de la Mancha, un aspecto monótono y
salvaje que repugna y entristece.» (La melancolía de la Mancha procede
de la llanura inmensa y gris. Hay en los pueblos unas paredes largas
y blancas, nítidas, con una ventanita angosta en toda su extensión, y
entre las dos paredes, en la calleja silenciosa y desierta, se otea
allá á lo lejos la mancha verde de los trigales y la mancha azul del
cielo. Una campanada sonora, muy de tarde en tarde, rasga el silencio.)
Nuestro viajero se apresura á visitar la casa de Medrano; durante mucho
tiempo se ha creído que estuvo preso en ella Cervantes. La fachada es
sencilla; las jambas y el dintel de la puerta son de piedra; sobre la
puerta campea un escudo. Rejas saledizas destacan en el piso principal.
De una de ellas pende un manojo de brezos: advertimiento á los
transeuntes de que en aquel lugar se expende vino. Del techo sobresale
un ancho alero morisco. «El portón está desvencijado y tiene por
adornos gruesos clavos de hierro. Penetré por su achatado postigo, que
da entrada á un portal medianamente largo y del ancho de la portada.
Después está el patio, guarnecido, á la usanza árabe de cenadores,
de una galería descubierta en el piso principal, sostenida por seis
columnas de piedra y dos pilares de madera con capiteles labrados.»
(Tipo de la casa manchega; en una casa así, pero más modesta, fué á
morir Quevedo, año de 1645, en Villanueva de los Infantes, desde su
Torre de Juan Abad, donde se puso enfermo. En la casa hay una galería
con una barandilla de madera toscamente labrada. El zaguán es chiquito;
mezquina la estancia donde expiró el gran satírico. Titubeante,
exhausto de fuerzas, pálido, con la mirada triste, trágica, debió
de entrar Quevedo--para no salir vivo--por este zaguán empedrado de
menudos guijos.) En la casa de Medrano, puestos en el patio, lucían
sus orondas barrigas las tobosescas tinajas llenas del espeso vinazo
de la tierra. «En el lado de la izquierda estaba el _sótano inmundo_
que me traía á aquella casa de aciago recuerdo.» Encendieron un candil,
desembarazaron la puerta de unos canastos que la obstruían, y nuestro
mozo bajó por una escalerilla de siete escalones. Se encontró Giménez
Serrano en una bodeguilla lóbrega y húmeda. La llenaban esteras y
trastos inútiles. «Á los rojizos reflejos de la luz huyeron los ratones
que habitaban descuidados entre los trastos, y bandadas inmensas de
correderas se pusieron en agitado movimiento; un olor insalubre y
fétido despedía tan sucio conjunto. Aquel subterráneo está nueve pies
más bajo que el nivel del patio; tiene unas cuatro varas de ancho, seis
y algunas pulgadas de largo, y una bóveda de yeso lo cubre.»
Á la derecha de la entrada, en el muro, se conserva todavía un agujero
donde se supone estuvo clavada la cadena que sujetaba á Cervantes.
(Queda así transcrita circunstanciadamente la descripción que hace
nuestro autor. Si no estuvo Cervantes en este sótano, la opinión lo ha
supuesto durante mucho tiempo. Ya este lugar es definitivamente famoso.
Cuando en 1905 le visitamos nosotros vimos que la puerta de la cueva
estaba mellada y astillada. Nos dijeron que los viajeros extranjeros
que allí aportaban se llevaban, como recuerdo, pedacitos de la madera
de la puerta.)
De Argamasilla, Giménez Serrano se encamina al Toboso; de la patria de
don Quijote, á la patria de Dulcinea. En el camino encuentra nuestro
autor á un clérigo que marcha caballero en su mula; era natural del
Toboso este cura; mas vivía en Argamasilla desde hacía cuarenta años.
Los dos viandantes traban conversación. El joven escritor da cuenta al
clérigo del motivo de su viaje.
--¡Ah, vamos!--exclama el cura--. Usted ¿es el joven de melenas que
ha visitado esta mañana la iglesia, que ha dibujado en la plaza de
Argamasilla y que ha permanecido un gran rato á solas con los ratones
de la bodega de la preciosísima casa de Medrano?
El clérigo relata al literato dos leyendas ó consejas relativas á
Cervantes. Se refieren las dos á una bárbara--y supuesta--venganza
que en el Toboso se tomaron con un recaudador de contribuciones ó
alcabalero, llamado Cervantes. Dicho Cervantes no era otro que el autor
del _Quijote_. Habiendo llegado el alcabalero al pueblo, y hallándose
durmiendo por la noche en el pajar de una casa, lo despertaron los
mozos y, «medio arrastrando, con una soga á la cintura, le sacaron
por las calles del pueblo». Afortunadamente, llegaron á tiempo los
cuadrilleros y libertaron á Cervantes de manos de la chusma. No era
otro el propósito de los mozos tobosinos sino el de llevar á Cervantes
á una laguna próxima y chapuzarlo en sus cenagosas aguas. En el Toboso
son peritísimos en esta operación. Cuando arriba allí algún recaudador,
lo somormugen en el dicho navazo. «¡Oh, en esto de atormentar á los
ejecutores ó comisionados son diestrísimos en el Toboso y con orgullo
salvaje les oiréis referir mil atrocidades de las consumadas en la
villa con estos pobres emisarios de la Hacienda!» (No olvide el
lector que estamos en 1848. Hoy suponemos que tales prácticas habrán
desaparecido.) «Muchos--añade el autor--han sido encerrados desnudos en
una de las tinajas colosales que allí se fabrican; otros, después de
haber bebido más de lo necesario, estimulados por los que se fingían
sus camaradas, han despertado en el cementerio, vestidos de hábito
y tendidos en un ataúd con sus blandones y su túmulo. Los más han
sufrido palizas, y ninguno ha vuelto con sus dietas sin poderlo contar
como milagro.» (¿Cómo, dado este ambiente, no había en el Toboso, en el
año 1848, plaza de toros?)
Cerca del pueblo, á cosa de «dos millas» de él, vió nuestro viajero
las ruinas de un parador. Por allí había también antaño un encinar:
el boscaje en que Don Quijote quedó esperando en tanto que Sancho iba
al Toboso á celebrar una entrevista con Dulcinea. «El Toboso ha sido
pueblo de consideración, y así lo indican sus aristocráticas casas,
que, aunque de pobre aliño y en ruinas, ostentan portadas de mármol,
columnas, brocales y fuentes talladas, escudos sobre las puertas y
labrada rejería.» En su época de esplendor había en el Toboso telares
y alfarerías; de éstos salían las más admirables de todas las tinajas
españolas.
«Desapareció todo esto, y un pueblo rico, industrioso, que ha contado
con más de 4.000 vecinos, se halla hoy reducido á poco menos de 800, y
apenas puede fabricar algunas tinajas y gloriarse con sus rábanos, que
son extraordinariamente gordos, blancos y tiernos, según me han dicho.»
Es mediodía; nuestro autor, después de recorrer el pueblo, se sienta en
los escalones del rollo que se yergue en la plaza, y comienza á tomar
un diseño de la iglesia. «Mas, en verdad sea dicho--escribe Giménez
Serrano--, no se muestran en el Toboso más aficionados á los artistas
que á los ejecutores, pues antes de que acabara de tantear la torre que
tomó Don Quijote por palacio, vino sobre mí tal nube de piedras, que
forzoso me fué dejar la obra para mejor ocasión, pues los tobosescos
angelitos daban mayor impulso á los cantos de lo que á mis delicadas
carnes convenía.» (¡Tate, tate con los paisanitos de Dulcinea! ¿Cómo no
había plaza de toros en el Toboso?).
El colaborador del _Semanario Pintoresco_ da por terminado su viaje.
Con objeto de llevarse del Toboso un recuerdo, decide comprar un
queso. No es esta operación baladí. En una nota Giménez Serrano nos
dice lo siguiente: «Según nuevas por mí recogidas, han visitado muchos
extranjeros estos lugares, que yo tengo el orgullo de haber descrito
el primero. Entre ellos, varios ingleses compraron quesos para dar con
ellos un banquete á sus amigos de Londres.» Cerremos estos artículos
loando á los ingeniosos sajones; esos hombres demostraron delicadeza y
buen gusto al llevarse á Londres unos quesos manchegos. Se llevaban con
ellos un recuerdo de la patria de Don Quijote, y daban á la par prueba
de ser unos excelentes lamizneros, puesto que si Don Quijote era el más
excelso de los caballeros andantes, el queso manchego bueno es el más
exquisito de todos los quesos.