Por lo demás, penetrando en el tohu-bohu de Washington Stree

ESTUDIOS AMERICANOS

MARTÍN GARCÍA MÉROU

Nació en Buenos Aires el 14 de Octubre de 1862. Estudió en el Colegio

Nacional y se graduó en derecho en la Universidad de Buenos Aires.

Desde la adolescencia mostró inclinación por las letras, publicando sus

“poesías” (1880), “nuevas poesías” (1881) y “varias poesías” (1882),

reunidas más tarde en un solo volumen. Su reputación fué rápida en todo

el continente, como poeta y prosista; más tarde cultivó con igual éxito

la crónica literaria, la crítica y los estudios políticos y sociales.

Entró muy joven a la carrera diplomática y fué ministro

plenipotenciario ante varios gobiernos americanos. De sus viajes ha

escrito impresiones interesantísimas. Siendo ministro en Estados Unidos

dejó el cargo para ocupar el Ministerio de Agricultura, durante la

segunda presidencia de Roca, pasando más tarde a ocupar la legación

argentina en Berlín, donde falleció.

Son sus obras principales: “Poesías” (1879-1885), “Impresiones” (1884),

“Estudios literarios” (1884), “Libros y Autores” (1886), “Perfiles

y miniaturas” (1889), “Juan Bautista Alberdi” (1890), “Recuerdos

Literarios” (1891), “Confidencias literarias” (1894), “Estudios

Americanos” (1900), “El Brasil intelectual” (1905), etc.

Sus obras de crónica y crítica literaria reflejan agudamente el

movimiento intelectual argentino de “la generación del 80”; su

obra, por su contenido y por su forma, es uno de los exponentes más

considerables de la mentalidad nacional. Además de su valor histórico o

representativo, vale por sus excelentes cualidades intrínsecas.

A los 43 años de edad falleció en Berlín, el 18 de Mayo de 1905.

“LA CULTURA ARGENTINA”

MARTÍN GARCÍA MÉROU

ESTUDIOS

AMERICANOS

(PRIMERA SERIE)

Con una introducción de

EUGENIO DÍAZ ROMERO

[Imagen]

BUENOS AIRES

«La Cultura Argentina»--Avenida de Mayo 646

1916

MARTÍN GARCÍA MÉROU

La gran República del Norte ha encontrado en este escritor un

intérprete a todas luces digno de su renombre.

Después de sus poesías, de sus libros de viajes, de sus ensayos sobre

Echeverría y Alberdi, de sus páginas de historia, el señor García Mérou

debía darnos una obra de observación personal, de sólida información,

de crítica penetrante y provechosa lectura. Felizmente ha realizado

dicha obra en el pleno desarrollo de su inteligencia, en el completo

dominio de sus facultades, de su madurez de criterio.

El autor de _Echeverría_ y poeta de los _Cuadros Epicos_ pertenece

a una generación de hombres de talento. El, con Benigno Lugones,

Joaquín Castellanos, Leopoldo Díaz y quizás algún otro, se iniciaron

bajo la buena influencia romántica. Los poetas del año 30 han sido en

esto afortunados. Los poetas argentinos de aquella época, y también

los de las otras repúblicas de Sud América, tenían por aquellos

hombres, Hugo, Lamartine, Byron, Alfredo de Musset, y Vigny, un culto

imponderado. Era, sin duda alguna, una pléyade entusiasta, amante como

ninguna otra de la belleza del arte.

Pero de lo que carecía era de voluntad, salvo, necesariamente,

sus excepciones. Ella no aceptó o no pudo aceptar las severas

responsabilidades del ideal. Se hubiese dicho que por sus venas corría

la floja sangre de Rolla, hacia el cual tendían instintivamente o al

que disculpaban por lo menos. El ideal era demasiado vasto, demasiado

difícil, y como se pedía todo a las fuerzas naturales, mucho al

corazón y nada absolutamente al cerebro, las energías faltaron. De esa

generación, inteligente y poética, poco o nada fundamental ha quedado.

Con excepción de dos o tres cantos de un sentimentalismo soñador,

impregnados de escepticismo amable, de melancólicos ayes, de

postrimeros adioses, la literatura pocas piezas nuevas pudo agregar a

su repertorio selecto. La forma escasas transformaciones obtuvo; la

imagen, el ritmo, la música, lo que constituye, en una palabra, el

verso, permaneció estacionario. Era el mismo metro usado por los poetas

españoles, la misma tendencia que con diferentes matices se reproducía

en los países de América.

La imitación era casi incondicional, sin limitaciones visibles. Siempre

que se imitara a Lamartine o a Hugo, estaba bien. Los recursos era

lo de menos. Y conste que yo soy partidario de la influencia en

literatura; pero, naturalmente, siempre que el influenciado proceda con

la prudencia y la cautela necesarias. Estoy con los que piensan que un

gran autor puede encaminar a un cerebro por un camino maravilloso. Pero

es indispensable también que la lectura de ese autor, que su influencia

pujante se vea discutida por otras influencias; de modo que alguien

pueda emitir al respecto una opinión personal y que lo que resulte sea

de su propia cosecha.

Martín García Mérou, que pertenece a aquella generación, fué tal vez el

único que se sintió capaz de realizar una obra buena, de trascendencia

y valor.

Durante su juventud escribió y dió a luz muchos versos, que más tarde,

allá por el año de 1885, se publicaron en libro. En esas poesías hay

algo más que el simple sentimiento traducido en una forma más o menos

feliz.

Pero es porque ya en aquella época García Mérou poseía un espíritu

cultivado por excelentes lecturas. Vese en ellas, al poeta que,

atraído por la grandeza y majestad de los modelos, hace lo posible por

sacudir su yugo, sirviéndose para ello de su inspiración propia y del

conocimiento que él mismo ha conseguido retener de las cosas que lo

rodean y de los fenómenos de su reino interior.

El poeta lucha también por que su idioma, plegándose a sus caprichos,

le dé el estilo con que sueña para encerrar bellas ideas, y por que a

más de la hermosura de la forma, la originalidad venga asimismo en su

ayuda; y si bien es cierto que no logra siempre su objeto, es preciso

reconocer que en muchas ocasiones el triunfo ha estado de su parte.

A sus _Poesías_ siguen sus estudios literarios, interesantes historias

acerca de nuestra vida intelectual, revelaciones curiosas de un

ambiente sahumado con los más puros óleos románticos, interpretaciones

amables de obras y caracteres estudiados con la mejor voluntad y la

mayor simpatía.

Hace varios años que leí _Recuerdos literarios_ y _Confidencias

literarias_; sin embargo, aun conservo la grata sensación que entonces

me produjeron. Naturalmente que para estudiar esas obras es necesario

ajustarse a los pocos años del autor y a las influencias que pudieron

pesar sobre él, solicitado como estaría, sin duda, por elementos

poderosos, cuales son el amor hacia aquellas personas que sienten como

nosotros y comparten las inquietudes que provienen de la aspiración

a un ideal común. Empero, García Mérou revela en esos libros buenas

cualidades de narrador fácil y ameno. Pocos son los que pueden jactarse

de una habilidad semejante. Ciertamente, el señor García Mérou profesa

el irrefutable principio de que para ser leído es indispensable hacerse

leer. Sus estudios, sea de la índole que fuesen, resultan de una

lectura en extremo agradable.

El espíritu del lector no se fatiga con descripciones sutiles, ni en

complicados meandros, ni en prodigiosas arquitecturas verbales, sino

que, por el contrario, entra de lleno en la amable glorieta, construída

con la más fina elegancia. Su estilo, fácil y pletórico, se adapta,

sin esfuerzo aparente, a las veleidades de su imaginación y sigue sin

tropiezos el rumbo que el pensamiento quiere imprimirle, revistiéndolo,

al pasar, con las formas que la fantasía, contenida a menudo, dejó

escapar como a su pesar. La frase es ancha, abundante en palabras

sonoras, acertada en la elección de los vocablos, poco trabajada,

declamatoria a veces y a veces también de una contextura de hierro.

En muchas ocasiones créese estar ante un enorme periodista, imbuído en

toda clase de asuntos. Su sorprendente facilidad para pasar de un punto

a otro totalmente diverso y tratar en un espacio reducido las materias

más opuestas, la copiosidad de datos con que ilustra sus estudios,

hacen efectivamente de este autor el más grande y completo de los

periodistas argentinos.

Pero García Mérou posee también en alto grado apreciables dotes de

escritor y de artista. Su obra, múltiple y conceptuosa, da a conocer

diferentes fases de su talento.

En los _Estudios Americanos_ el pensamiento se robustece; la

observación, el análisis de costumbres y tipos, la vida, en fin, de esa

gran nación que es Estados Unidos, tiene en el señor García Mérou un

crítico admirable.

Divulgador entusiasta de todo lo que constituye el progreso y la gloria

de aquel país, describe con precisión y verdad absolutamente sinceras

la complicada máquina del organismo gigantesco de ese pueblo joven

que posee una grande alma viril, espoleada por los más irresistibles

empujes de perfeccionamiento y torturada por las más desesperadas

bravuras de la energía, que es allí un síntoma de su fuerza y de su

voluntad, que se diría fabulosa si no supiéramos que es humana.

García Mérou no podía permanecer indiferente en medio de aquellas

poblaciones. Su espíritu culto y expansivo, tenía necesariamente

que sentir la palpitación del coloso. Observándolo, estudiándolo de

cerca, sin precipitación, es como ha obtenido los resultados que nos

es dado palpar. No se ha llevado de opiniones ajenas, ni ha escuchado

tampoco la voz de algunos escritores europeos reacios a la maravillosa

enseñanza que encarna una nación que en pocos años de vida propia y

de independencia política ha obtenido los beneficios que todo el

mundo puede admirar, sino que ha tomado el camino que le ha trazado

su criterio individual, el conocimiento de las instituciones y de

los hombres, la experiencia y el estudio adquiridos diariamente, en

el contacto con aquella sociedad, a quien conferencistas amables y

almibarados psicólogos hicieron vanamente, por cierto, blanco de sus

embestidas inútiles y de sus ironías inofensivas.

El autor de este libro, empero, no lleva su admiración hasta creer

que todo lo que se produce en el seno de aquel país es de una bondad

prodigiosa.

Su juicio es, antes que todo, sincero. Cuando halla algo impropio, o

de dudoso buen gusto, o de calculado propósito o de bajo interés o

sencillamente rastrero, lo dice claramente, de modo que todos puedan

oirlo; así como cuando se encuentra en presencia de un fenómeno que

suscita su entusiasmo, lo que no es difícil que suceda a menudo

tratándose de los Estados Unidos, su admiración es espontánea y sin

restricciones su elogio. Y no se piense que el lector permanece ajeno

a esas efusiones de su temperamento. Sea cuando alaba como cuando

critica, García Mérou se cuida de hacer resaltar con precisión el

objeto ensalzado o vituperado. Posee la excelente cualidad de presentar

tan claramente las cosas que lo preocupan, que uno no puede menos de

sentirse arrastrado y compartir con él la admiración y la censura.

Ahí es donde se reconoce su criterio imparcial y su juicio exento de

prejuicios anteriores a su propia observación.

En muchas ocasiones, ya se trate de instituciones, ya de hombres,

procura que el lector se ilustre con opiniones extrañas a las suyas.

Dicho método produce, naturalmente, una impresión favorable para quien

no está muy al corriente de lo que pasa en aquellos lugares, al mismo

tiempo que corrobora con nuevas ideas las que el lector pudo formarse

acerca de las materias que desenvuelve en su peroración elocuente y

fundada. El método informativo y ameno de su exposición hace que los

_Estudios Americanos_ se lean con facilidad y con interés ascendente.

Muchos y muy distintos son los asuntos que García Mérou trata de

interpretar en su obra. Sin temor a equivocarse, puede decirse que

quinientas páginas nutridas, abonan, si no completamente, por lo

menos en su mayor parte, la vida, las manifestaciones comerciales e

intelectuales de ese pueblo, el movimiento, en fin, de sus industrias,

la descripción de sus principales ciudades, el estudio de sus severas

instituciones educacionales, de sus más grandes progresos, de sus más

célebres acontecimientos políticos.

Todo está estudiado, todo está visto con amor, que yo diría americano,

pues está probado que los europeos no miran sino con cierto recelo el

desarrollo de los Estados Unidos que, joven aun y con los atropellos

inherentes a su corta vida política, se ha colocado a la vanguardia de

las naciones del mundo. Y es necesario consultar este libro para ver

cómo ha ido evolucionando hasta adquirir la forma que hoy ha adquirido

y para que su informe grandeza aparezca en su magnitud verdadera.

Injustamente se ha reprochado a los Estados Unidos el desdén con que ha

mirado siempre las manifestaciones superiores de la inteligencia. Para

refutar una inculpación semejante y destruirla totalmente, no habría

más que apoyarse en la urgencia en que todos los pueblos de formación

embrionaria atienden a su existencia económica.

Pero es que los Estados Unidos han dado pruebas de una intelectualidad

gigantesca en una cantidad de obras que, por desgracia, no han

alcanzado la popularidad que debían.

Con haber engendrado a Edgardo Poe habría hecho bastante. ¿Quién niega

que Poe fué uno de los más grandes hombres del siglo? Pero es que no es

sólo Poe, sino que son Emerson y Longfellow, Hanthurne y Lowell, Walt

Whitman y Wisthler, Sullivan, Holmes y Whittier, impuestos hoy a la

admiración universal.

¿Cómo se explica entonces el rencor europeo por todo lo que es

«americano», como si esta palabra «americano» envolviera todo un

pasado de obscurantismo y derrota? ¿Será necesario buscar en el

progreso excesivo, en la rara energía, en la grandeza acumuladora y

enorme, en el dominio exclusivo y desmesurado de la raza, la antipatía

de la vieja Europa por ese inmenso pueblo ciclópeo? ¿O es que la

altivez del pueblo yankee lo irrita? ¿O es que Europa ve en los Estados

Unidos su sepulcro futuro?...

El señor García Mérou roza estas cuestiones en algunos capítulos.

Una de las cosas que me han llamado más la atención es la independencia

de su juicio al penetrar en asuntos tan complicados y resbaladizos. En

esto se diría que procede como los noveladores realistas, es decir,

sin traducir sus emociones ni sus ideas ante el objeto observado,

como un simple espectador que ve y analiza, reservándose su opinión

o escondiendo su sentimiento. Así es como el escritor puede apreciar

mejor los fenómenos sociales y los hechos que caen bajo el dominio de

sus facultades.

Estados Unidos ofrecía un hermoso escenario al autor de las

_Confidencias literarias_ y un vasto campo de acción a sus notorias

cualidades de escritor y de hombre estudioso. Ignoro el tiempo que ha

empleado en terminar una obra de tan vastas proyecciones como la que

ha publicado, pero imagínome que no ha sido breve.

A García Mérou no lo intimidaba el trabajo: se formó trabajando y

concluyó como había comenzado, es decir, con la pluma en la mano.

De entre la mediocre cáfila de hombres sin pensamiento ni acción, este

espíritu noble y de esfuerzo surge como un rayo de sol de entre una

nube sombría. Esta gente que no leerá su libro, pero que irá a mentirle

elogios, podría inspirarse en su ejemplo. Si así sucede, se convencerá

que no es con falsas posturas, ni con adulaciones, ni con genuflexiones

adorables, que se conquistan distinciones y honores. García Mérou, por

ejemplo, se los ha conquistado a fuerza de puños, de una labor ruda y

continua, de un trabajo sano y persistente, de una honrada existencia.

Iba a penetrar en la estructura de su libro, pero noto que el espacio

me falta. Por otra parte, paréceme que no es de absoluta necesidad

entrar en la descripción de los distintos capítulos de que se compone.

Baste saber que los Estados Unidos, en lo que tienen de más grande,

han hallado en Martín García Mérou un propagador admirable y que los

_Estudios Americanos_ compendian y dan una idea exacta de su movimiento

económico y social, de sus instituciones e industrias, de muchas de

sus costumbres y de un crecido número de sus hombres ilustres.

Los que se interesan por esta nación deben apresurarse a leer el libro

que el señor García Mérou ha tenido a bien legarnos, que los instruirá

deleitándolos, como dicen los aficionados a la retórica.

Por mi parte, vuelvo a leer los capítulos sobre «John Hay» y ese triste

y doloroso que se llama «Un christmas sombrío» y los consagrados a

Henry Cabot Lodge, uno de los más interesantes, a «David James Wells»,

al «Génesis del imperialismo»; y al doblar la última hoja, recuerdo que

son pocos, muy pocos, los libros que como _Estudios Americanos_ se han

escrito sobre la gran República del Norte, a quien un poeta amigo mío

llamó el Calibán de América, en un día de locura.

EUGENIO DÍAZ ROMERO

Estudios Americanos

I

IMPRESIONES DE BOSTON

De todas las ciudades americanas, tal vez la más interesante y

original, la menos nivelada y amoldada por el progreso vertiginoso que

ha uniformado la fisonomía de las capitales de este país, es Boston,

centro de cultura académica y de refinamiento intelectual, en que

viven tradiciones literarias y en que se conserva el culto celoso

del genio americano. Mientras el tren rápido me conducía desde Nueva

York hasta el corazón de la metrópoli de Massachussetts, después de

haber entrado íntegro en un colosal _ferry-boat_, recorriendo una gran

parte de la bahía de la gran capital y pasando bajo la red gigantesca

del puente de Brooklin, para entrar en Harlem River y volver a tomar

de nuevo las vías en que ahora volamos arrastrados por una de esas

gigantes locomotoras de carrera (_racers_) que devoran las distancias,

iba confirmando en silencio la exactitud de las observaciones de un

viajero humorístico respecto a la reputación de que goza Boston en

el resto de la Unión. Como a él, se me había dicho en tono de broma

que «tan pronto como el tren entrara en la Nueva Inglaterra, oiría muy

poco inglés, porque casi todo el mundo hablaba latín o griego; que los

teatros representaban sólo tragedias de Esquilo o Sófocles, y de cuando

en cuando una pieza de Ibsen; que no se permitía ni fumar ni jurar en

las calles; que las señoras llevaban velos azules y lentes; que los

hombres hablaban el inglés más británico posible, y en vez de pecheras

de camisa llevaban sus diplomas de pergamino de Harvard College; que

los niños iban en procesión por las calles a pedir al gobernador que se

aumentaran las horas de clase; que en los principales clubs tres veces

por semana se debatían cuestiones metafísicas; que en las tertulias,

después de la discusión de algún tema propuesto por un profesor de

Harvard, se servía Apollinaris y crema helada, mientras en las casas

muy chic (_very swell_), se convidaba a los invitados con «Club soda».

Sin tomar muy al pie de la letra estas bromas con que los habitantes

de Nueva York acostumbran satirizar a los «bostonianos», es lo cierto

que en la vieja capital se respira una atmósfera diferente que en el

resto de este inmenso país, y que el amor a la ciencia se ostenta en

ella en las formas más inesperadas. Así, al entrar en el magnífico

Hotel Touraine, recientemente edificado y servido a la francesa, con

todos los refinamientos de un lujo exquisito, lo primero que me llama

la atención es una soberbia biblioteca de autores escogidos y el aire

de recogimiento con que, en sus cómodos sillones y alrededor de sus

mesas, se entregan a la lectura una veintena de mujeres que, para decir

la verdad, no usan lentes ni velos azules. Esa biblioteca, realmente

admirable, es el orgullo del hotel y su rasgo característico. No pude

menos de expresar a una distinguida señora americana con quien la

recorríamos mi agradable sorpresa al encontrar ese centro de estudio en

medio de un establecimiento de carácter tan forzosamente prosaico, y

ella me respondió sonriendo, con una frase en que devolvió la pelota a

los neoyorquinos que me habían caricaturado a Boston: «_You know_, en

Nueva York la mejor pieza de los hoteles es el _bar_; entre nosotros la

biblioteca.»

Desde la llegada a la estación de Park Square, por otra parte, nos

asaltan recuerdos y reminiscencias literarias. Para dirigirme bien y

no perder tiempo en divagaciones y preguntas, en vez de una guía banal

como las de Appleton o Baedeker, llevaba en mi bolsillo el curioso

librito de Wolfe, _Tabernáculos Literarios_ (_Literary shrines_) e

iba haciendo mi peregrinación intelectual dirigido por ese silencioso

«cicerone» que desde que puse el pie en Park Street, me señaló la

amplia casa de George Ticknor, que durante muchos años fué uno de

los centros de cultura de Boston. Sucesivamente fuí recorriendo y

visitando la vetusta Old South Church, en cuyo campanario estaba el

estudio del historiador doctor Belknap; King’s Chapel, en que ofició

durante muchos años uno de los espíritus más finos y elevados de la

generación intelectual que hizo la gloria de New England, el doctor

Holmes; State-House en que Hawthorne ha puesto el _pillory_ de Hester

Prynne, uno de los héroes de _La letra escarlata_; Tremont House, en

que se reunía el «Club de los Jacobinos» con Ripley, Channing Parker

y otros reformadores radicales; mientras al recorrer las calles menos

bulliciosas, al separarme voluntariamente de las grandes arterias

comerciales donde se aglomera la multitud y los carros eléctricos se

suceden en fila interminable, con ruido ensordecedor y movimiento que

marea, repetía mentalmente la larga lista de nombres gloriosos que

forman el blasón de la ciudad universitaria y que constituyen la más

brillante constelación de talentos de la gran república. «Aquí Mathew

escribió su _Magnalia_, Paine moduló sus cantos, Allston compuso

sus cuentos, Buckminster escribió sus homilias, Bowditch tradujo

la _Mecánica celeste_ de Laplace. Aquí Emerson, Motley, Parkman y

Pol nacieron; aquí vivió Bancroft, escribió Combe, murió Spurzheim.

Aquí predicaron Maffit, Channing y Pierpont; dieron conferencias

Agassiz, Phillips y Lyell; Alcott, Elizabeth Peabody y Fuller

enseñaron. Aquí Sargent escribió _Dealings with the dead_, Sprague su

_Curiosity_, Prescott su _Fernando e Isabel_; aquí tuvo Isabel Fuller

sus «Conversaciones» que atrajeron y encantaron a los más brillantes

espíritus de su tiempo; aquí vivió Melville, pintado por Holmes en

_La última hoja_; aquí Emerson predicó el Unitarismo y aquí comenzó

su carrera como conferenciante y filósofo. Aquí, además de los ya

mencionados, Dwight, Brisbane, Quincy, Ripley, Graham, Thompson,

Hovey, Loring, Miller, Mrs. Folsom y otros de igual celo y habilidad

hablaron y escribieron abogando en pro de varias reformas e «ismos» que

estuvieron en boga hace más de medio siglo.

Toda la literatura de este país, o, por mejor decir, la crema de su

literatura, ha dejado aquí huellas indelebles, y es necesario confesar

que, a pesar del aparente desdén con que muchos se refieren al

«espíritu americano», al «arte americano», como si se tratara de una

mistificación o de una fantasía, los nombres de Holmes, de Lowell, de

Longfellow, de Whittier, de Hawthorne, de Poe, de Emerson, bastarían

para ilustrar la historia intelectual de cualquier nación menos joven

que los Estados Unidos. Las más puras cualidades brillan en las obras

de estos autores. La distinción de su talento les ha conquistado una

fama universal, y si bien no tienen por el momento reemplazantes que

los igualen, esa pléyade luminosa no será fácilmente olvidada, y ella

merece que se le consagre un homenaje reverente. En la esquina de

Washington Street y de School Street, en el antiguo Corner Book-Store,

o «librería de la Esquina», los miembros más prominentes de aquel

cenáculo se reunían habitualmente, siguiendo una tradición uniforme

en los hombres de letras de todos los países, y así como en París, en

la trastienda de la librería de Lemerre, conocí a Barbey d’Aurevilly,

a Sully-Prudhomme y a François Coppée; en el Corner Book-Store pude

cambiar algunas palabras con varios jóvenes herederos del grupo

glorioso a que antes me he referido, mientras regateaba interesantes

especímenes de las primeras ediciones de sus obras más afamadas.

Por lo demás, penetrando en el tohu-bohu de Washington Street y en el

centro comercial de State Street, donde se aglomeran los Bancos, las

Bolsas, los altos edificios que, como el Ames Building, pueden competir

ventajosamente con cualquiera de las enormes estructuras de Nueva York

o de Chicago, el perfume de la intelectualidad se evapora y caemos en

la fiebre de los negocios, en el estruendo abrumador de la colmena

humana alborotada, en la actividad enfermiza de una labor de todos los

minutos, en la lucha terrible por la fortuna con todos los desbordes

y peculiaridades excesivas de la tierra del omnipotente Dollar. Y esta

parte de la ciudad, ya modernizada, se parece a todos los barrios

análogos de Filadelfia, de Baltimore, de Chicago, de San Luis, tiene

las mismas casas, los mismos letreros, los mismos tranvías, la misma

platitud monótona y grandiosa.

En compensación, ninguna ciudad americana posee un sistema de parques

más completo y extenso, ni suburbios más pintorescos y poblados. El

Common, con sus juegos de _base-ball_, _hockey_, _foot-ball_, etc., es

una delicia de sombra y de frescura, de céspedes de un verde tan claro

y puro que recuerda el de las residencias señoriales de la campiña

inglesa. Los jardines públicos, que forman como una prolongación

del primero, están graciosamente dibujados y abundan en plantas de

una maravillosa frondosidad y de un cultivo irreprochable. Franklin

Park, finalmente, ofrece un campo casi ilimitado a los placeres de la

bicicleta, a los paseantes a caballo y a pie, y constituye uno de los

más hermosos adornos de que podría enorgullecerse una ciudad de varios

millones de habitantes, tan grande es su extensión y tan perfectos

sus detalles. Esta red de boscajes y de prados de yerba fina y menuda

está ligada entre sí por avenidas igualmente arboladas, y entre ellas

merece visitarse detenidamente la de la República (Commonwealth

Avenue) con su doble hilera de alamedas y sus palacios grandiosos a la

derecha y a la izquierda, una calle ideal, silenciosa y tranquila, en

que han levantado sus lares los favorecidos de la fortuna y que goza

la reputación merecida de ser la más hermosa tal vez que existe en los

Estados Unidos.

En las viejas calles de Cambridge se respira una atmósfera igualmente

tranquila, pero saturada de intelectualidad. Sin poseer la vetustez

ni el escenario incomparable de Oxford, la situación de Harvard

College es sencillamente admirable, y todo en los jardines de la

universidad y en sus alrededores invita al estudio, al trabajo sereno,

a la contemplación y la investigación de las verdades eternas. ¡Ah!

si fuera posible desandar el camino recorrido y volver a los días

de la adolescencia lejana--me decía a mí mismo--¡con qué placer

enterraría algunos años de mi vida en este rincón apacible y hermoso,

tan alejado del tumulto humano que bulle en el hirviente crisol de

la vasta democracia americana! Esos árboles centenarios que sombrean

calles solitarias con _cottages_ de madera a través de cuyas ventanas

se ven perfiles femeninos inclinados sobre el libro abierto o sobre

el bordado; la majestad severa de los edificios de la universidad,

los pasos juveniles de los estudiantes que cruzan las avenidas o

se extienden sobre el césped con su autor favorito en la mano, la

tradición de respeto moral y de pureza cristiana de la vieja academia,

las modestas viviendas de los profesores que consagran todas sus horas

al cultivo de la ciencia, de las letras o de las artes,--todo inspira

en Cambridge pensamientos elevados, todo parece desprendernos de las

preocupaciones de la vida diaria para hacernos meditar en más grandes

y puros ideales. «Con la calma favorable al estudio se tiene allí--ha

dicho un viajero distinguido--reunidos en un espació reducido todos los

elementos de trabajo, los más abundantes recursos intelectuales; cerca

está la ciudad con sus museos, sus galerías de arte, su Ateneo, sus

clubs literarios y científicos; en la universidad misma se encuentran

cursos de toda especie, profesores de hebreo, de sánscrito, de

filología romana, de arqueología, de etnología, de historia política;

museos de biología, de paleontología, de botánica, colecciones de

cristales y de piedras preciosas, de medallas, de bajorrelieves y

de estatuas antiguas, bibliotecas, salas de lectura, laboratorios,

todos inmensos y soberbiamente provistos; el Boylston Hall tiene 250

mesas para las manipulaciones; el laboratorio de física, de 250 pies

de largo, tiene una mesa construída sin hierro para los experimentos

magnéticos, mesas de piedra y una torre con cimientos especiales para

los trabajos que exigen el empleo de instrumentos de precisión; la

biblioteca, científicamente clasificada, de manera de simplificar las

investigaciones, contiene 300 mil folletos y 400.000 volúmenes».

Después de recorrer la universidad, no puede dejarse Cambridge sin

visitar la histórica casa de Longfellow, conservada como el tiempo en

que la habitó el poeta, y ennoblecida también por haber residido en

ella Washington. «La pintoresca mansión--dice Wolfe en una página que

prefiero reproducir por sus detalles minuciosos--tiene el aspecto de

una antigua conocida, y el interior con sus proporcionados cuartos

principescos, espaciosas chimeneas, amplios halls, y curiosos tallados,

tiene muchas cosas que Longfellow ha compartido con sus lectores. En la

puerta de entrada está el poderoso llamador; un descanso de la escalera

mantiene «el viejo reloj de la escalera»; a la derecha del hall está el

estudio, con sus recuerdos sin precio del tierno y simpático bardo que

pasó aquí lo mejor de su vida de trabajo, desde la temprana virilidad

hasta el suave crepúsculo de la edad dulce y benigna. Aquí está su

silla, desocupada por él sólo unos pocos días antes de su muerte; su

escritorio, su tintero, que antes fué de Coleridge; su pluma con «un

eslabón de la cadena de Bonnivard», la antigua jarra de su «Canto

a la bebida», la chimenea de «El viento en la chimenea», el sillón

tallado en la madera del «dilatado castaño» del herrero, que le fué

ofrecido por los niños de la aldea y celebrado en su poema «Desde mi

sillón». Alrededor nuestro, están sus libros preferidos, sus cuadros,

sus manuscritos, todas preciosas reliquias, y desde sus ventanas

vemos, a través del Parque Conmemorativo de Longfellow, el río cantado

tan a menudo en sus versos «resbalando como el curso de la vida». En

ese cuarto, Washington celebró sus consejos de guerra. De las muchas

sesiones intelectuales que sus muros han presenciado, contemplamos

con el mayor placer las reuniones de los miércoles por la tarde del

Club del Dante, en que Lowell, Howells, Fields, Norton, Greene y otros

amigos y discípulos se sentaron con Longfellow para revisar la nueva

traducción del _Dante_. El cuarto tapizado de libras que está sobre

el estudio--en un tiempo dormitorio de Washington y más tarde de

Talleyrand--fué ocupado por Longfellow cuando vivió, primero como un

huésped en la vieja casa. Fué allí que oyó las «Pisadas de los Angeles»

y las «Voces de la Noche»; aquí escribió «Hyperion» y los tempranos

poemas que le hicieron conocer y amar en todos los climas.»

Otro tributo indispensable al talento es la visita de Elmwood, el hogar

de Lowell, la tranquila residencia colonial de uno de los espíritus más

nítidos y brillantes de la intelectualidad americana, encerrada en un

cerco de árboles seculares como en un muro impenetrable. Finalmente,

antes de abandonar la pintoresca ciudad, contemplemos un instante los

restos del histórico olmo, a cuyo pie Washington asumió el mando del

ejército patriota. Así, a cada momento, en una evocación constante,

el pasado surge a nuestra vista, mezclando la gloria de las armas con

el brillo de las letras, y mientras nos alejamos de Brabble Street,

en dirección a la metrópoli, vamos repitiendo los versos que el poeta

dedicó al árbol histórico y que pueden aplicarse igualmente a los demás

momentos de la vieja Cambridge: «De nuestro rápido pasaje a través de

este escenario de vida y muerte, más duradero que nosotros, ¿qué mejor

piedra miliaria que un árbol que repite su verde leyenda cada primavera

y con un círculo anual mantiene el recuerdo de las hermosas estaciones

fugitivas, tipo de nuestra breve, pero siempre renovada mortalidad?...

Los monumentos humanos envejecidos olvidan los nombres que debieron

eternizar, pero los lugares en que almas luminosas han pasado se

embeben de una gracia más que terrestre; la dulzura de su fama deja en

el suelo una huella inextinguible, mordiente, patética, sombreada por

la tristeza de los más nobles fines, que penetra nuestras vidas y las

eleva o las avergüenza.»

_Of our swift passage through this scenery

Of life and death, more durable than we,

What landmark so congenial as a tree

Repeating its green legend every spring,

And, with a yearly ring,

Recording the fair seasons as they flee,

Type of our brief but still renewed mortality._

* * * * *

_Men’s monuments, grown old, forget their names

They should eternize, but the place

Where shining souls have passed imbibes a grace

Beyond mere earth; some sweetness of their fames

Leaves in the soil its unextinguished trace

Pungent, pathetic, sad with nobler aims,

That penetrates our lives and heightens them or shames._

Los recuerdos históricos y la belleza natural del paisaje hacen también

sumamente interesante una excursión a la llamada _north shore_, la

ribera norte de Boston, que abarca muchas millas de extensión y en la

cual se agrupan numerosos pueblos de verano. El tren que recorre esos

diferentes _resorts_ pasa primero por Lynn, el centro de la manufactura

de zapatos de Nueva Inglaterra, una ciudad bulliciosa con alrededores

encantadores, situada a la orilla del mar y donde los comerciantes

pudientes de State Street han edificado preciosas villas de recreo.

Uno de sus ramales nos conduce a Marblehead, uno de los más viejos

pueblos de Massachusetts y de todo el país, con casas de madera que

remontan a 1646, con calles tortuosas, irregulares, que cortan la

roca viva, donde los edificios curiosos de la población se escalonan

como cabras silvestres. El otro conduce a Salem, famoso por el auto

de fe de unas brujas que tuvo lugar hace tres siglos, así como por

haber vivido en ella Hawthorne y escrito allí algunas de sus obras.

Luego, sucesivamente, se pasa por Beverly, Manchester, hasta llegar

a Rockport, después de haber recorrido las sinuosidades de una costa

imponente cuyas altas murallas graníticas están interrumpidas de trecho

en trecho por playas suaves y apacibles, como la de Clifton y Bay

Ridge, donde en los días caniculares pululan los bañistas y abundan las

enormes estructuras de madera de los hoteles veraniegos.

Por todas partes, la tierra fatigada rinde su tributo anual, merced

al trabajo del hombre y al aprovechamiento científico del abono. Las

aldeas de casitas de madera, limpias y alegres, se suceden a las aldeas

y hacen de la vía del tren una especie de calle interminable. El césped

brilla con una frescura de color desconocida en el sur. Los bosques que

corta la línea férrea empiezan a cubrirse de esas tintas amarillentas

y rojizas que hacen tan hermoso el paisaje otoñal en estas regiones.

La actividad y la inteligencia de un pueblo culto y moral se adivina

en todos los detalles de la campiña. Todos los hogares respiran el

bienestar y la alegría satisfecha del que ve su trabajo recompensado.

Y cuando se piensa en todo lo que aquí se ha hecho en el espacio de

la vida normal de un hombre, no puede menos de sentirse admiración y

cariño por esta nueva prueba de la energía y la voluntad americanas.

II

DE PASO POR CHICAGO

La vida americana está hecha de contrastes. En las mismas grandes

ciudades de este país, al lado de los edificios majestuosos de veinte

pisos de altura, hay barrios enteros de casas de madera, con aceras

del mismo material, en que habitan millares de seres humanos en un

hacinamiento y promiscuidad que nada tiene que envidiar al de las

viejas capitales del antiguo continente. Hace quince días me encontraba

en Boston y ayer dejé a Chicago, sorprendido una vez más de la variedad

de aspectos y de fenómenos que presenta esta nación maravillosa. En

el espacio de cuarenta horas acababa de tocar los dos polos de este

mundo inmenso y cosmopolita. Después de haber transitado paso a paso,

en medio del silencio y el recogimiento del estudio, por las calles

frondosas del viejo Cambridge, la entrada en la tumultuosa «reina

de las praderas» me produjo un choque difícil de olvidar. Un día

gris, nublado, empapado en vapores gelatinosos en que el polvo del

carbón y el humo de las altas chimeneas trazaba pinceladas negruzcas,

disponía el espíritu a la impresión avasalladora de la metrópoli

colosal. Desde las ventanas del _Auditorium_, el lago encrespado se

esfumaba y desvanecía en una perspectiva crepuscular. Abajo, un desfile

incesante de coches que resbalaban con un redoble continuo sobre el

piso macadamizado de la Avenida de Michigan. A los lados, las alas de

la calle magnífica con sus soberbios edificios que parecen construidos

para ser habitados por una raza de cíclopes y en que el humo y el clima

han puesto una cáscara de moho, envejeciendo prematuramente el granito

y los mármoles de sus pórticos babilónicos. Más lejos, la sucesión

interminable de los trenes elevados que se precipitan los unos tras

de los otros, empeñados en una carrera fantástica, como ansiosos de

alcanzarse y de unir los trozos dispersos de su cuerpo fragmentado.

En las calles desigualmente pavimentadas, muchedumbres enteras

sucediéndose sin interrupción, en medio de un tumulto ensordecedor,

millares de vehículos cruzándose en todas direcciones y evitando a

cada instante de una manera milagrosa el golpe de ariete de los carros

eléctricos que en convoy de tres o cuatro se precipitan en medio de sus

filas con la ceguera de la fiera que ve delante de sus ojos el rojo

trapo del capeador.

Arrastrado por las olas de la multitud, llevado por la corriente

de aquel Niágara humano, me parecía encontrarme en el corazón de

Londres, pero un Londres magnificado y mirado a través de un vidrio

de aumento, en que las calles se hubieran ensanchado, en que los

edificios se hubieran subido sobre zancos, en que la uniformidad de

los _hansom-cabs_ y de los _omnibus_ hubiera sido substituida por una

feria rodante de toda clase de especímenes de los medios de locomoción

inventados por el hombre, en que el metropolitano, como un monstruo

de las edades prehistóricas, hubiera desarrollado sus anillos férreos

saliendo de su vivienda subterránea para lanzarse desbocado sobre una

red de acero a la altura de las casas, como una visión de ensueño, en

medio de la bruma espesa, pegajosa, desgarrada a cada instante por el

relámpago rojizo de sus ojos encendidos.

He visitado muchas veces a Chicago, y cada vez me he sentido más

impresionado por la grandeza y la vitalidad de aquella ciudad. Pero

nunca como ayer ha llegado esa impresión a lo más profundo de mi ser,

haciéndome entonar un himno sin palabras a la potencia de la raza capaz

de formar un centro de esa magnificencia. La extensión de Nueva York

está interrumpida y cortada por los brazos fluviales que rodean la

vieja isla de Manhattan. Sin duda, el espectáculo de Broadway en un

día de trabajo exalta la mente e impone su grandeza al más frívolo

espectador. Para tener una idea de la vida de la gran metrópoli

comercial conviene seguir la corriente interminable que a todas horas

se dirige al City Hall cruzando el puente de Brooklin. Jamás he hecho

esa excursión sin que mi corazón apresurara sus latidos: tan grandioso

es el cuadro que se desarrolla desde aquella estupenda filigrana de

acero, ante la cual las más grandes obras mecánicas del mundo parecen

tentativas de pigmeos. A pesar de todo, para tener una idea de la

magnitud de la ciudad, es necesario hacer un esfuerzo mental y pensar

en que ella absorbe en su seno la población de tres grandes capitales

unidas y separadas por los brazos del río.

En Chicago no se necesita este esfuerzo. El damero inmenso se

extiende a vuestra vista sin solución de continuidad, porque no puede

llamarse así el río que atraviesa una de sus secciones. Si entráis

en un elevado, recorreréis millas y millas de calles igualmente

espléndidas, igualmente bulliciosas, y después de mucho tiempo os

encontraréis todavía muy lejos de haber llegado cerca de sus límites.

Para la indispensable visita de todos los turistas a los corrales y

al establecimiento de Armour, es necesario hacer un verdadero viaje.

Y por más que el establecimiento en sí mismo os produzca una ligera

decepción por no encontrarlo ni tan limpio ni tan espléndido como lo

habías imaginado, el movimiento de trenes que convergen a él y a sus

congéneres, el área que ocupan los corrales, los miles de reses que se

aglomeran en ellos, el mecanismo admirable de la distribución de la

carne a todas las secciones de este inmenso país, todo ello es todavía

digno de Chicago, todo ello manifiesta la fuerza, la actividad, el

trabajo, la gloria, la opulencia de la Babilonia comercial americana.

Recorriendo los bulevares y los parques, resalta bajo un nuevo aspecto

esa impresión de grandeza, inherente a todas las manifestaciones de la

vida americana.

¿Cómo han podido llegar estos rudos «pioneers» que hace cincuenta años

encontraban aquí un erial despoblado, a los refinamientos de lujo, de

amor al arte y a la belleza de que son revelación las viviendas que se

suceden a lo largo de las magníficas avenidas o reflejan sus torreones

señoriales en las aguas del mar dulce que baña el Lake Shore Drive?

¿Cómo han tenido tiempo estos infatigables trabajadores para cultivar

su gusto y hacer de su ciudad natal, tan joven todavía, una de las más

hermosas de la tierra? ¡Qué perspectivas deliciosas las de las calles

de los parques de Lincoln, de Washington, de Humboldt, de Douglas, de

Garfield, para no citar sino los lugares prominentes de recreo de la

población! ¡Qué elevación de sentimientos y qué amplitud de ideas

revela el cuidado minucioso de esos jardines deliciosos, el orden y la

limpieza del pueblo que llena sus boscajes y sus prados en los días de

fiesta!

¿Qué talismán secreto posee la vida de esta democracia que así

transforma y funde en su crisol los más variados caracteres de la

raza humana y los eleva a la dignidad de ciudadanos, conscientes de

su valer y respetuosos del deber y del derecho? Por todas partes se

ve el espectáculo de la vida amplia, generosa y abierta del pueblo

americano. En los teatros rebosa una multitud tranquila y disciplinada.

Los hoteles majestuosos albergan diariamente a 80.000 viajeros que

entran y salen o se esparcen en sus vestíbulos de ónix y de pórfiro

con un diario en la mano. Las bibliotecas, los museos, las academias

de arte, las universidades, todas las instituciones benéficas de la

capital, se deben a la munificencia de sus hijos. Y cuando se piensa

en la generosidad de estos hombres que algunas veces han empezado la

vida desde los más bajos escalones de la escala social y han comido en

su niñez el pan negro de la pobreza; cuando se piensa en su valor y su

energía viril, en su adaptación fácil a condiciones tan diferentes,

en su orgullo patriótico y en su anhelo de facilitar para otros los

pasos que para ellos fueron tan árduos poniendo al alcance de sus

conciudadanos los elementos de la educación y los medios de elevarse

en la vida, uno no puede menos de sentirse atraído por las condiciones

de este pueblo y comprender cuan justo es en el fondo su rápido

engrandecimiento.

Nada más asombroso que las cifras reveladoras de este progreso

extraordinario. Ellas nos demuestran que Chicago, que se organizaba

en 1837 como ciudad con una población de 4.170 habitantes, es hoy la

sexta ciudad del mundo y tiene cerca de dos millones de almas. En

1833, el Congreso votó 25.000 pesos para establecer un puerto en el

lago Michigan, en el punto en que hoy se extiende la ciudad. Hoy este

puerto tiene siete millas de muelles y está iluminado por siete faros

mantenidos por el gobierno. En 1850 el comercio de la ciudad era de

unos veinte millones de dólares. El censo de 1890 eleva esa cantidad a

pesos 1.459 millones. En el mismo año el total de los salarios pagados

a los obreros en las fábricas de Chicago llegó a 104 millones, mientras

el capital empleado en las fábricas era de 210 millones. El desarrollo

de la educación ha seguido una marcha paralela y en 1894 se gastaba en

mantener las escuelas públicas de la ciudad seis millones de dólares,

mientras el valor de la propiedad de las mismas llegaba a 18 millones.

Más singulares aun son las cifras que se refieren al movimiento

marítimo de Chicago, situada al borde de un lago, en el corazón de este

vasto continente. En 1894 el número de navíos que entraron y salieron

del puerto de Nueva York fué de 14.121; mientras en el mismo año

entraron y salieron del puerto de Chicago 16.768 navíos. Del movimiento

de tráfico terrestre puede formarse una idea aproximada teniendo en

cuenta que Chicago es el centro de una red de caminos de hierro de

90.000 millas de extensión.

Al tomar el tren para Omaha la espléndida ciudad desarrolla una vez

más a nuestros ojos la inmensidad de sus proporciones. Las calles

suceden a las calles, la poderosa locomotora vuela sobre las cintas

de acero, y cuando creemos que por fin vamos a salir a campo abierto,

nos encontramos de nuevo en medio del dédalo gigantesco, en el vaivén

de la población interminable. En la rapidez de la marcha, todo el

panorama de su vida febriciente desarrolla sus cuadros pintorescos y

animados. Los obreros marchan a sus labores, con paso diligente y con

esa mirada franca y leal, característica del trabajador americano.

Los trenes elevados cruzan como una exhalación a derecha e izquierda,

mientras los carros eléctricos pasan con el chirrido peculiar de los

trolleys o el rumor sordo del cable subterráneo. Las altas chimeneas

de los establecimientos industriales lanzan al espacio bocanadas de

humo espeso y perezoso, que se extiende como un inmenso velo sobre

los edificios y se mezcla lentamente con la bruma impalpable de la

mañana nebulosa. Poco a poco el movimiento va decreciendo, la atmósfera

empieza a recuperar su diáfana transparencia y los primeros soplos

de la brisa campestre apaciguan los nervios irritados por la tensión

continua de aquel tumulto atronador. Al fin, la visión del Chicago

atormentado y dantesco acaba de desvanecerse como una pesadilla,

mientras el tren cruza la región de las llanuras del oeste, desiertas

hace medio siglo, o cruzadas tan sólo por el indio, y que hoy están

habitadas por una población próspera e industriosa.

La pradera americana, cantada por Bryan en un poema inolvidable,

recuerda las llanuras argentinas, aunque en general es más accidentada

que nuestra Pampa y más cultivada que ella. Después de pasar por

Fulton, última estación del estado de Illinois, el tren cruza el río

Mississippi sobre un puente soberbio de 1.500 metros de extensión

que nos introduce en Iowa. Más tarde se desciende el valle del río

de Des Moines, en medio de un escenario imponente. A la montaña

sucede nuevamente la pradera hermosa y cultivada sembrada de aldeas

que respiran prosperidad. Al fin empieza el descenso del valle del

Missouri, que nos conduce a Council Bluffs, ligada por dos puentes de

acero de cerca de un kilómetro de largo a la ciudad de Omaha, fundada

en una hermosa altiplanicie limitada por ásperas barrancas.

Ha llegado el presidente McKinley, acompañado de periodistas y

diplomáticos, el pueblo se aglomera en torno de ellos, aclamando al

presidente, al general Schafter, el héroe de Santiago, al general

Miles, el héroe de Puerto Rico, al viejo general _Joe_ Wheeler, a los

ministros de China y de Corea, el primero de los cuales, graduado de

Oxford, pronuncia _speeches_ en correcto inglés y a Gonzalo de Quesada,

el representante da la junta cubana en Washington, que toma una parte

activa en los torneos oratorios indispensables en las festividades

patrióticas americanas. Se trata de la celebración del jubileo de la

paz, y la ocasión da motivo al señor McKinley para pronunciar una de

sus arengas más elocuentes y felices.

Estudios americanos (primera serie) · 第 1 / 16 段