En este dia dispuse colocar los 9 esmeriles y cañones en estado
conveniente para cualquiera necesaria defensa, con la tropa que habia
quedado en dos tiendas de campaña; poniendo de las milicias doble
custodia á las haciendas, y destinando patrullas que celasen sobre los
indios que trataban, para impedirles la bebida de noche, prohibiendo á
los pulperos ò vivanderos su venta. Como á las 9 de la mañana, recibí
recado del cacique Lincon, en que me daba parte habia pasado noticia á
los caciques comarcanos para venirse, y venir juntos: que le esperase
en el punto en que me hallaba, y que al mismo tiempo le mandase algun
aguardiente y yerba para él y sus gentes.
En el resto del dia recibí otros varios mensajes de diferentes
caciques, con las mismas pretensiones, por medio de los que decian
ser sus hijos, y con miras de llegar al siguiente dia al campamento.
Entretanto se aumentaba prodigiosamente el número de indios
espectadores y tratantes, que ya se hallaban confundidos, peones,
carretas, y carreteros, con la poca tropa, siempre sobre las armas:
procurando sí, mantener estas y los cañones y esmeriles, libres para
cualquiera evento fatal que amagaban las borracheras de los indios.
Quedaron sin embargo armadas de lanzas todas las carretas, y citados
los carreteros para el siguiente dia á concurrir á la comandancia
con sus gentes, para oir y entender el bando de estilo, y órden de
la marcha, y demas prevenciones necesarias. En la tarde de este dia
fueron muy repetidos los avisos de los indios caciques, y sus gentes
que pedian permiso para entrar á tratar: que sus tratos son pedir
aguardiente de regalo, ó en cambio de algunas gergas y ponchos, y
sin embargo de su multitud, se pudo observar, sin que advirtiesen
esta operacion. Se continuó el dia y la noche siempre sobre las
armas, sufriendo infinitas impertinencias, por no tocar el estremo de
desavenencia, esperando mejorarse con la presencia de los caciques,
y con miras de marchar al siguiente dia, luego que se reuniesen los
hombres enviados à los toldos de Lincon.