En este dia mandé partir de la Guardia à la tropa comandanta, compuesta
de 25 carretas, inclusos tres carruages: lo que ejecutaron á la una de
la tarde, conduciendo en ellas las municiones de 50 tiros para cada uno
de los dos cañones de á dos que se me entregaron, y 2,000 cartuchos á
bala para los 25 hombres de infantería, de que unicamente se componia
esta escolta, con dos oficiales subalternos, todos del regimiento
número 4; y 50 milicianos de caballería, sin mas armas que lanza,
la cual espresaron no sabian manejar; y se destinaron á los arreos
de ganados y caballada, que pudo reunirse por via de empréstito del
vecindario, en falta de los del Rey.
Luego que se pusieron en marcha las carretas, advertí la repugnancia
de las milicias para seguir la expedicion, por las cortas fuerzas;
respecto á que comunmente se han llevado en tales jornadas 500 hombres
de armas, 4 y 6 cañones de batalla, con sus dotaciones respectivas,
y una compañía de pardos milicianos, para el arreo y pastoreo de
caballada y ganado de consumo: y principalmente, porque no se les
auxiliaba con paga alguna. En cuyo dia les facilité de mi peculio 300
pesos, que entregué á su capitan D. Manuel de Represas, y una racion
estraordinaria de tabaco negro, con que al parecer quedaron contentos:
de que dí cuenta al Gobierno para su aprobacion, pidiéndole al mismo
tiempo armas para estos 50 hombres, por medio de un oficial que
despaché al efecto á la capital.
La Guardia, capital de frontera y residencia del Comandante general
de ellas, que tenia órden de auxiliarme, se hallaba enteramente
desprovista de cañones portátiles, armas y municiones, por haber
marchado todas las guarniciones de ellas à la banda oriental del
Paraná, y llevándose todos los armamentos que cada fuerte tenia,
quedando estos servidos por las milicias, y el principal, sin mas
defensa que un cañon mal montado y casi inútil; y solo eché mano de 8
esmeriles, que por inservibles se hallaban arrumbados, y empotrando
los cañones en los pértigos de las carretas, para servirlos á mecha.
Habiéndolos probado en ellas, se me franquearon por el Comandante,
y se proporcionaron 84 tiros para ellos á metralla, con el fin de
auxiliar la defensa en un caso apurado: de que dí parte, siguiendo
la expedicion, no obstante de no habérseme podido auxiliar con arma
alguna, y haberse aprobado la paga anticipada á los 50 milicianos.
Para dar principio al viage, mandé al facultativo formase el derrotero,
con las observaciones correspondientes de latitud y longitud, segun
el meridiano de Buenos Aires, distancias, rumbos y vientos, dándome
diariamente parte de sus operaciones, demarcando los lugares mas
notables que conviniesen, para poder instruir cumplidamente al superior
Gobierno, y para que formase el mas seguro concepto en sus elevadas
superiores miras: lo que empezó á egecutar en este dia.
Esta frontera principal y fuerte de su Guardia, situado en un bajo,
y á la orilla oriental del rio llamado de Lujan, está detallado en
un bañado ó terreno pantanoso, que ha podido afirmarse algo con el
frecuente piso: pero los dos baluartes ó terraplenes que ha tenido, no
pueden defender la poblacion que le rodea por el este, sin destruirla,
y por los demas rumbos tampoco se puede ofender al enemigo, sino á muy
corta distancia.
En el dia no se ven mas que ruinas, así en los fosos y estacadas
como en los baluartes y edificios, de adobe crudo y techos de paja
casi inservibles, especialmente las cuadras de la tropa, y todo está
igualmente ruinoso: debiendo al actual Comandante algunos reparos en
las habitaciones principales, para poderse alojar trabajosamente en
ellas.
La capilla, que sirve de iglesia à la poblacion, està igualmente
ruinosa, parte ya rendida al suelo, parte apuntalada, y el resto sirve,
esperando su total destruccion si no se repara.
La poblacion, que manifiesta haber tenido mas de 300 vecinos, acaso
hoy no alcanza á 100, y sus habitaciones se hallan en el mismo caso
que el fuerte y la iglesia; de modo, que su mayor auge lo debió á la
eficacia de uno ú otro comandante, que precisó á ponerse en poblacion
á las familias de los soldados casados de la Guardia, y á los que iban
á poblarse en chácras ó estancias à sus inmediaciones; y llegó á dar
100 hombres auxiliares de 16 á 25 años en una alarma, sin violencia ni
gravámen; porque un Comandante tan político y militar, como lo fué
D. Francisco de Balcarce, sabia calcular el mérito y adelantos de una
poblacion, auxiliando de su peculio á los mismos nuevos pobladores, y
edificando casa particular, para acalorar al vecindario, estimulándolo
á hacer plantios, huertas de hortalizas, y otras económicas labores
rurales, de que reportaban su comodidad y recompensa: teniéndolos en
una civil, política y mercantil accion de sus frutos y labores con
una entereza justificada, auxiliada de la fuerza armada, y distante
de las parcialidades, confusion é ignorancia de un alcalde pedaneo,
manejado tal vez por un charlatan que solo se distingue de los otros
en saber formar muy mal cuatro renglones, de que nacen la impunidad
de los delitos, la multiplicidad de malévolos, la incivilidad, el
desórden de las poblaciones, su ruina é indefension de las campañas,
hasta un estado lastimoso y espuesto, como él en que nos hallamos. De
aquí la dispersion de poblaciones, el trato clandestino y perjudicial
con los infieles, la ruina de las haciendas que les ayudaban á robar,
sirviéndoles de guia para ello la asidua asistencia á sus toldos, para
tener con ellas una brutal vida, y finalmente avecindarse con ellos,
siguiendo sus costumbres y ritualidades de placeres, adiestrando á
aquellos á hacer uso de todas armas, y á ser ya sus directores: en
términos que no emprenden cosa alguna sin su consejo, á la manera que
Achitofél à Absalon contra su padre. Concibo tan pronta y lamentable
ruina de nuestros campos y poblaciones, que si no se pone pronto y
suficiente remedio, seremos lastimosamente testigos de las desgracias,
y acaso sus víctimas. A mi no me es permitido entrar en un pormenor de
las causas que, como eficientes, han dado impulso á este desgraciado
estado: pero creo que si no se remedian, llegaremos á igualarnos con
nuestro padre el Adelantado Mendoza, sobre las márgenes del rio de las
Conchas. Con la notable diferencia, que aquellos mayores tenian en
su favor la superioridad de las armas, que nosotros vamos perdiendo,
porque estos nos van ya igualando, y con empeño procuran adelantarse en
el manejo de las de fuego, segun se verá en el progreso de este viage.
El vil y miserable interes de unos, la negligencia de otros, y la
execrable maldad de los que dejo relacionados, han tenido adormecido el
Gobierno bajo de una piedad mal entendida, y este que no ha podido, ó
no ha querido dar un movimiento de felicidad á la provincia, la tiene
postrada, yerma de poblaciones y haciendas, y en un estado agonizante.
Allá el profeta decia, que estaba envuelta la tierra en la mayor
desolacion, porque ninguno meditaba las verdades en su corazon: yo
diré á este propósito, que ninguno ha meditado en nuestra ruina, por
no haber querido dirigir politicamente sus miras á la máxima de las
atenciones, que es la conservacion de esta tan cuantiosa parte del
Estado. ¡Punible descuido! que con lágrimas de sangre llorarán nuestros
hijos, tal vez maldiciendo la apatia de sus padres.
Es un engaño creer que los indios son pocos, porque no se nos presentan
á la vista: son muchos, y aumentan diariamente las tribus con hombres
cargados de delitos, diestros en toda clase de armas, y con los que,
dominados de sus pasiones, les aumentan el número efectivo, acreciendo
la multiplicacion que es infinita por la poligámia.
Yo faltaria á mis deberes si dejase de presentar al Gobierno estas
observaciones, para que en ningun tiempo tenga de que arrepentirme
por haber callado, y porque en el progreso del viage he de probar con
hechos todos mis asertos.