OCTUBRE 21 DE 1810.

En este dia mandé partir de la Guardia à la tropa comandanta, compuesta

de 25 carretas, inclusos tres carruages: lo que ejecutaron á la una de

la tarde, conduciendo en ellas las municiones de 50 tiros para cada uno

de los dos cañones de á dos que se me entregaron, y 2,000 cartuchos á

bala para los 25 hombres de infantería, de que unicamente se componia

esta escolta, con dos oficiales subalternos, todos del regimiento

número 4; y 50 milicianos de caballería, sin mas armas que lanza,

la cual espresaron no sabian manejar; y se destinaron á los arreos

de ganados y caballada, que pudo reunirse por via de empréstito del

vecindario, en falta de los del Rey.

Luego que se pusieron en marcha las carretas, advertí la repugnancia

de las milicias para seguir la expedicion, por las cortas fuerzas;

respecto á que comunmente se han llevado en tales jornadas 500 hombres

de armas, 4 y 6 cañones de batalla, con sus dotaciones respectivas,

y una compañía de pardos milicianos, para el arreo y pastoreo de

caballada y ganado de consumo: y principalmente, porque no se les

auxiliaba con paga alguna. En cuyo dia les facilité de mi peculio 300

pesos, que entregué á su capitan D. Manuel de Represas, y una racion

estraordinaria de tabaco negro, con que al parecer quedaron contentos:

de que dí cuenta al Gobierno para su aprobacion, pidiéndole al mismo

tiempo armas para estos 50 hombres, por medio de un oficial que

despaché al efecto á la capital.

La Guardia, capital de frontera y residencia del Comandante general

de ellas, que tenia órden de auxiliarme, se hallaba enteramente

desprovista de cañones portátiles, armas y municiones, por haber

marchado todas las guarniciones de ellas à la banda oriental del

Paraná, y llevándose todos los armamentos que cada fuerte tenia,

quedando estos servidos por las milicias, y el principal, sin mas

defensa que un cañon mal montado y casi inútil; y solo eché mano de 8

esmeriles, que por inservibles se hallaban arrumbados, y empotrando

los cañones en los pértigos de las carretas, para servirlos á mecha.

Habiéndolos probado en ellas, se me franquearon por el Comandante,

y se proporcionaron 84 tiros para ellos á metralla, con el fin de

auxiliar la defensa en un caso apurado: de que dí parte, siguiendo

la expedicion, no obstante de no habérseme podido auxiliar con arma

alguna, y haberse aprobado la paga anticipada á los 50 milicianos.

Para dar principio al viage, mandé al facultativo formase el derrotero,

con las observaciones correspondientes de latitud y longitud, segun

el meridiano de Buenos Aires, distancias, rumbos y vientos, dándome

diariamente parte de sus operaciones, demarcando los lugares mas

notables que conviniesen, para poder instruir cumplidamente al superior

Gobierno, y para que formase el mas seguro concepto en sus elevadas

superiores miras: lo que empezó á egecutar en este dia.

Esta frontera principal y fuerte de su Guardia, situado en un bajo,

y á la orilla oriental del rio llamado de Lujan, está detallado en

un bañado ó terreno pantanoso, que ha podido afirmarse algo con el

frecuente piso: pero los dos baluartes ó terraplenes que ha tenido, no

pueden defender la poblacion que le rodea por el este, sin destruirla,

y por los demas rumbos tampoco se puede ofender al enemigo, sino á muy

corta distancia.

En el dia no se ven mas que ruinas, así en los fosos y estacadas

como en los baluartes y edificios, de adobe crudo y techos de paja

casi inservibles, especialmente las cuadras de la tropa, y todo está

igualmente ruinoso: debiendo al actual Comandante algunos reparos en

las habitaciones principales, para poderse alojar trabajosamente en

ellas.

La capilla, que sirve de iglesia à la poblacion, està igualmente

ruinosa, parte ya rendida al suelo, parte apuntalada, y el resto sirve,

esperando su total destruccion si no se repara.

La poblacion, que manifiesta haber tenido mas de 300 vecinos, acaso

hoy no alcanza á 100, y sus habitaciones se hallan en el mismo caso

que el fuerte y la iglesia; de modo, que su mayor auge lo debió á la

eficacia de uno ú otro comandante, que precisó á ponerse en poblacion

á las familias de los soldados casados de la Guardia, y á los que iban

á poblarse en chácras ó estancias à sus inmediaciones; y llegó á dar

100 hombres auxiliares de 16 á 25 años en una alarma, sin violencia ni

gravámen; porque un Comandante tan político y militar, como lo fué

D. Francisco de Balcarce, sabia calcular el mérito y adelantos de una

poblacion, auxiliando de su peculio á los mismos nuevos pobladores, y

edificando casa particular, para acalorar al vecindario, estimulándolo

á hacer plantios, huertas de hortalizas, y otras económicas labores

rurales, de que reportaban su comodidad y recompensa: teniéndolos en

una civil, política y mercantil accion de sus frutos y labores con

una entereza justificada, auxiliada de la fuerza armada, y distante

de las parcialidades, confusion é ignorancia de un alcalde pedaneo,

manejado tal vez por un charlatan que solo se distingue de los otros

en saber formar muy mal cuatro renglones, de que nacen la impunidad

de los delitos, la multiplicidad de malévolos, la incivilidad, el

desórden de las poblaciones, su ruina é indefension de las campañas,

hasta un estado lastimoso y espuesto, como él en que nos hallamos. De

aquí la dispersion de poblaciones, el trato clandestino y perjudicial

con los infieles, la ruina de las haciendas que les ayudaban á robar,

sirviéndoles de guia para ello la asidua asistencia á sus toldos, para

tener con ellas una brutal vida, y finalmente avecindarse con ellos,

siguiendo sus costumbres y ritualidades de placeres, adiestrando á

aquellos á hacer uso de todas armas, y á ser ya sus directores: en

términos que no emprenden cosa alguna sin su consejo, á la manera que

Achitofél à Absalon contra su padre. Concibo tan pronta y lamentable

ruina de nuestros campos y poblaciones, que si no se pone pronto y

suficiente remedio, seremos lastimosamente testigos de las desgracias,

y acaso sus víctimas. A mi no me es permitido entrar en un pormenor de

las causas que, como eficientes, han dado impulso á este desgraciado

estado: pero creo que si no se remedian, llegaremos á igualarnos con

nuestro padre el Adelantado Mendoza, sobre las márgenes del rio de las

Conchas. Con la notable diferencia, que aquellos mayores tenian en

su favor la superioridad de las armas, que nosotros vamos perdiendo,

porque estos nos van ya igualando, y con empeño procuran adelantarse en

el manejo de las de fuego, segun se verá en el progreso de este viage.

El vil y miserable interes de unos, la negligencia de otros, y la

execrable maldad de los que dejo relacionados, han tenido adormecido el

Gobierno bajo de una piedad mal entendida, y este que no ha podido, ó

no ha querido dar un movimiento de felicidad á la provincia, la tiene

postrada, yerma de poblaciones y haciendas, y en un estado agonizante.

Allá el profeta decia, que estaba envuelta la tierra en la mayor

desolacion, porque ninguno meditaba las verdades en su corazon: yo

diré á este propósito, que ninguno ha meditado en nuestra ruina, por

no haber querido dirigir politicamente sus miras á la máxima de las

atenciones, que es la conservacion de esta tan cuantiosa parte del

Estado. ¡Punible descuido! que con lágrimas de sangre llorarán nuestros

hijos, tal vez maldiciendo la apatia de sus padres.

Es un engaño creer que los indios son pocos, porque no se nos presentan

á la vista: son muchos, y aumentan diariamente las tribus con hombres

cargados de delitos, diestros en toda clase de armas, y con los que,

dominados de sus pasiones, les aumentan el número efectivo, acreciendo

la multiplicacion que es infinita por la poligámia.

Yo faltaria á mis deberes si dejase de presentar al Gobierno estas

observaciones, para que en ningun tiempo tenga de que arrepentirme

por haber callado, y porque en el progreso del viage he de probar con

hechos todos mis asertos.

Diario de un viage a Salinas Grandes, en los campos del sud de Buenos Aires · 第 7 / 69 题