=El que siembra recoge=
Transcurrieron dos días. El pobre abuelito estaba inconsolable; cuarenta
y ocho horas sin dormir, sin comer, sin ver a su nieto.
El alcalde y la guardia civil habían oficiado a los pueblos inmediatos
lo ocurrido, pero nadie tenía noticias de Juanito.
Aquel silencio era espantoso para el pobre anciano.
--Ah, sin duda en la carta--se decía--me fijaban un plazo para entregar
el dinero.... Dios mío, ¿qué será de Juanito cuando ese plazo se
cumpla?[22]
En el pueblo no se hablaba de otra cosa que del secuestro del niño.
Todos hubieran dado la mitad de su sangre por encontrarle.
A fuerza de grandes ruegos consiguieron el cura y el médico que don
Salvador tomara algún alimento.
Llegó el tercer día. El pobre abuelito, pálido como un muerto, con los
ojos cerrados, se hallaba tendido en un sofá, y a no ser por los
estremecimientos nerviosos que agitaban su cuerpo, se le hubiera tomado
por un cadáver.
Comenzaba a obscurecer; la tenue luz del crepúsculo penetraba por una
ventana iluminando con vaga claridad la habitación.
La puerta se abrió poco a poco y asomó por ella la cabeza de un perro.
Era Fortuna, cubierto de lodo.
Se acercó al sofá y se quedó mirando fijamente al anciano. Esta
contemplación duró algunos segundos; luego comenzó a lamerle las manos a
don Salvador.
El cálido contacto de aquella lengua agradecida despertó al anciano. Al
ver a Fortuna lanzó un grito que hubiera sido imposible definir, porque
la presencia de aquel perro leal, que él creía muerto, le causaba al
mismo tiempo una inmensa alegría y un profundo dolor.
--¡Ah, eres tú, Fortuna!--exclamó sentándose en el sofá.--¿Dónde está
Juanito? ¿Dónde está el hijo de mi alma?
El perro ladró tres veces dirigiéndose hacia la puerta, en donde se
detuvo para mirar a su amo.
--Sí, sí; te comprendo perfectamente; tú vienes a decirme: sígueme y te
conduciré a donde está Juanito.
El perro ladró con más fuerza.
--¡Ah! qué importa que la naturaleza no te haya concedido el don de la
palabra; yo te entiendo perfectamente; bendito sea el momento que te
refugiaste en mi casa.
Y él mismo, que por instantes parecía recobrar sus perdidas fuerzas,
comenzó a dar voces, diciendo:
--¡Polonia, Atanasio, Macario, todo el mundo aquí! Que aparejen mi jaca,
que llamen a la guardia civil, al cuadrillero, a todo el que quiera
seguirme.
Don Salvador mientras tanto había descolgado una escopeta de dos cañones
del armero y se había ceñido una canana llena de cartuchos.
Algunos criados entraron precipitadamente en la habitación de su amo,
creyendo que el dolor le había vuelto loco. Al verle con la escopeta,
Polonia le dijo sobresaltada:[K]
--¿Pero adónde va Vd., señor?
--A donde está Juanito.... Mira, ahí tienes el amigo leal que va a
conducirme a su lado.
--¡Fortuna!--exclamó Polonia, que hasta entonces no había visto al
perro.
--Ése, ése sabe donde está mi nieto: sigámosle, pero es preciso hacer
las cosas con método. Tú, Atanasio, llama a la guardia civil y al
cuadrillero; tú, Polonia, pon en unas alforjas algunos comestibles; tú,
Macario, apareja mi jaca, pero de prisa, muy de prisa, pues me mata la
impaciencia.
Media hora después todo estaba dispuesto y los expedicionarios reunidos
en casa de don Salvador.
El perro no cesaba de ladrar y hacer viajes hacia la puerta, indicando
su impaciencia.
--En marcha, Fortuna, en marcha;--exclamó el anciano con firme
entonación,--condúceme a donde está Juanito, y que Dios nos ayude.
El perro comenzó a dar saltos de alegría, salió a la calle y tomó a la
derecha.
Todos le siguieron, Fortuna iba delante, luego dos guardias civiles a
pie, don Salvador, el cuadrillero a caballo, y por último, cuatro
criados de la casa.
Todos iban armados de escopetas y resueltos a salvar a Juanito. Tenían
una fe ciega en las demostraciones del perro. Nadie dudaba de que aquel
noble e inteligente animal les conduciría a donde estaba el niño
secuestrado.
La noche era serena, apacible. La luna iluminaba con dulce claridad la
tierra.
El perro, que caminaba siempre delante, volviendo de vez en cuando la
cabeza para ver si le seguían, llegó al puente, y en vez de bajar al
barranco, torció a la izquierda caminando por la orilla del cauce unos
quinientos pasos. Allí bajó por una vereda, cruzó el barranco y tomó una
senda que conducía al monte.
[Illustration]
Todos le siguieron en el mayor silencio. Después de dos horas de trepar
por aquel camino de cabras, los expedicionarios llegaron a la cumbre de
una elevada montaña.
--Guardias, ¿están Vds. cansados?--les preguntó don Salvador.
--Adelante, adelante; éste es nuestro oficio,--contestó uno de
ellos.--Mientras el perro no vacile, le seguiremos.
Se hallaban en una meseta sembrada de espesos chaparrales y copudas
encinas. La luna lo iluminaba todo; aquel espesar era interminable; a lo
lejos parecía distinguirse grandes grupos de árboles en el fondo de un
valle encerrado entre dos altísimas montañas. El perro continuó
descendiendo por la parte de la umbría durante media hora, luego torció
a la derecha, caminando siempre a media ladera.[L]
Los expedicionarios comenzaban a impacientarse: llevaban cuatro horas de
no interrumpida marcha por un camino fatigoso y duro.
Llegaron por fin al valle. Grandes grupos de fresnos y de álamos
formaban aquí y allá espesos bosquecillos.
El perro penetró resueltamente en uno de aquellos espesares.
De pronto Fortuna se detuvo. Los expedicionarios vieron a pocos pasos de
distancia una casa de pobre apariencia.
La casa sólo se componía de piso bajo.
El perro, con mucho recelo, y arrastrándose por la tierra, llegó a la
puerta, la olfateó y luego, volviéndose a los que le seguían, formuló
uno de esos gemidos tan peculiares a los animales de su raza para
indicar la aproximación de su amo.
Todos oyeron este gemido y los resoplidos que daba Fortuna procurando
introducir el hocico entre el dintel y la puerta.
A nadie le quedó la menor duda de que en aquella casa estaba Juanito o
por lo menos había estado.[23]
Uno de los guardias civiles dijo en voz muy baja:
--Esta casa es la del guarda de esta umbría que acabamos de cruzar. Es
hombre de malos antecedentes, ha estado en presidio y la guardia civil
le tiene apuntado en su libro. Todo el mundo pie a tierra y preparados;
mi compañero y yo entraremos delante. Tú, Cachucha, te pones de
centinela por la parte del río, y si ves alguno que quiere escaparse
saltando las tapias del corral, le haces fuego. Tú, Atanasio, ten la
linterna prevenida por si hace falta.[24]
Se obedecieron las disposiciones del guardia.
Don Salvador sintió que su corazón latía con extremada violencia.
El guardia civil, con la culata de su carabina, dio dos fuertes golpes
sobre la puerta.
Transcurrieron algunos segundos sin que nadie contestara. En la casa
remaba un silencio sepulcral.
El guardia llamó segunda vez diciendo en voz alta:
--Cascabel (éste era el apodo del guarda del monte Corbel), abre a la
guardia civil o descerrajamos la puerta a tiros.
--Allá va, allá va; un poco de paciencia, que me estoy
vistiendo,--contestó una voz femenina.
Transcurrieron dos minutos. Dentro de la casa se oyó un ruido como si
arrastraran un pesado mueble cambiándolo de sitio. Luego se abrió la
puerta presentándose una mujer con un candil en la mano.
Tendría cuarenta años de edad, era alta, delgada, de color cetrino y
pelo rojo y enmarañado. Todo en aquella mujer indicaba la falta de aseo;
a primera vista era verdaderamente repugnante.
Al ver tanta gente retrocedió dos pasos frunciendo el entrecejo y dijo:
--¿Qué es esto?
--Esto es que venimos a hacerte una visita a ti y a tu marido,--contestó
un guardia.--¿Dónde está Cascabel?
--Recorriendo el monte, porque hay muchos dañadores. ¿Pero qué le
querían Vds.?--Tú ya sabes lo que nosotros queremos,--añadió el
guardia.[M]
--¡Yo!... Pues aunque tuviera el don de la adivinanza,--exclamó haciendo
una mueca la guardesa.[25]
--Vamos, menos palabras, y dinos dónde tienes al niño.
--Pues si yo no he tenido hijos nunca.
--Ya que no quieres a buenas, peor para ti, hablarás a malas.
El guardia hizo una seña a su compañero, y cogiendo a la guardesa cada
uno de un brazo y juntándole los dedos pulgares de las manos por detrás
de la espalda, le pusieron el tornillo y la cadenilla de hierro.
La guardesa exhaló un rugido de dolor, y haciendo rechinar los dientes,
dijo:
--¡Vaya una hazaña! ¡qué valientes!
Todos escuchaban el diálogo con gran interés, cuando de pronto Fortuna
comenzó a ladrar de un modo estrepitoso.
Al extremo de aquella sala-cocina se hallaba un enorme arcón viejo y
desvencijado. El perro escarbaba con furia junto al arcón.
--Ahí está mi hijo,--gritó don Salvador.
Abrieron el arcón: no había nada. El perro continuaba ladrando y
escarbando. La guardesa miraba a Fortuna con sombríos y recelosos ojos.
Atanasio y Macario quitaron el arcón de aquel sitio y debajo apareció
una trampa de madera con una argolla de hierro.
El abuelo lanzó un grito de gozo, abalanzándose hacia la trampa. Uno de
los guardias civiles le detuvo cogiéndole por el brazo y le dijo:
--Todo se andará, don Salvador; pero antes conviene tomar algunas
precauciones. Esta mujer bajará delante. Atanasio, coge la linterna y
abre la trampa.
El jardinero levantó la trampa. La bajada a la cueva era muy rápida y
resbaladiza. El perro Fortuna se precipitó por aquel boquete negro
ladrando de un modo furioso.
Los guardias civiles empujaban a la guardesa delante de ellos.
Atanasio alumbraba con la linterna; el perro que se había internado en
la cueva seguía ladrando a lo lejos.
Todos siguieron aquellos ladridos caminando por un terreno húmedo y
resbaladizo, cuyas angostas paredes chorreaban agua.
De pronto se oyó una voz débil que dijo:
--Ah, Fortuna, ¿eres tú, Fortuna? ¡Cuánto te agradezco que vengas a
verme!
--Es la voz de mi Juan,--gritó don Salvador.
--Aquí, aquí, abuelito de mi alma,--volvió a decir el niño.
Don Salvador, que iba detrás, apartó a todos y se puso delante,
gritando:
--Alumbra, Atanasio, alumbra.
Entonces los claros reflejos de la linterna iluminaron un cuadro
interesante: sobre un lecho de carrizo se hallaba Juanito con el traje
en jirones y abrazado al perro Fortuna que le lamía la cara gimiendo
dolorosamente.
El abuelo cayó también sobre aquel lecho y se abrazó llorando a su
nieto, y entonces el perro repartía por igual sus caricias entre el
viejo y el niño. Todos lloraban, todos, menos la guardesa, menos
aquella fiera que miraba con ojos enjutos y torvo ademán el patético
grupo que tenía delante y que iba a abrirle a ella, a su marido y a sus
cómplices las puertas de un presidio.[N]
* * * * *
En el pueblo se recibió a Juanito y a los expedicionarios echando las
campanas al vuelo. La alegría fue inmensa.[26]
Desde aquel día se miró al perro Fortuna con veneración.
Don Salvador mandó hacer un buen retrato al óleo del perro Fortuna y lo
colocó en un sitio preferente de su casa.
Al pie de este retrato se leía esta inscripción:
«Este perro se llamó Fortuna y probó a los hombres que tuvieron la dicha
de conocerle, que en este mundo el que siembra recoge.»