CAPÍTULO IV

=La tempestad=

Cuando Polonia recobró el conocimiento era de noche; quiso gritar, pero

la mordaza ahogaba su voz en la garganta y su corazón latía de un modo

violento.

Se levantó como pudo; sintió grandes dolores en todo su cuerpo. Comenzó

a subir la rampa del barranco con gran fatiga.

Una vez en la carretera, echó a correr hacia el pueblo.

El cielo se había encapotado, el viento producía en las hojas de los

árboles ese ruido que imita el eterno movimiento de las olas del mar al

estrellarse sobre las rocas de las costas.

Este cambio repentino de tiempo, tan frecuente en el mes de agosto, no

fué apercibido por Polonia, que corría y corría siempre, respirando de

un modo fatigoso.

Ya cerca del pueblo vió venir gente hacia ella.

Eran don Salvador, el alcalde y el secretario, que, extrañándoles la

tardanza de Juanito, iban en su busca.

Al ver a Polonia amordazada y con las manos atadas a la espalda, don

Salvador lanzó un grito de espanto, como si lo adivinara todo.

El alcalde y el secretario quitaron la mordaza y las ataduras de las

manos de Polonia, que cayendo de rodillas a los pies de su buen amo,

sólo pudo decir:

--¡Me han robado a Juanito, señor, me lo han robado!...

Y volvió a desmayarse.

Don Salvador se quedó aterrado, le flaquearon las piernas y se abrazó al

cuello del alcalde para no caerse.

Afortunadamente, la pareja de la guardia civil, que salía del pueblo a

hacer el servicio nocturno de carretera, llegó a tiempo y pudieron

conducir hasta su casa a don Salvador y a Polonia.

Reanimados un poco con los auxilios que les prestaron, la nodriza contó

detalladamente todo lo que les había ocurrido desde que oyeron los

tristes lamentos de la infame niña mendiga hasta el instante que perdió

el sentido.

--¡Ah, si hubieras hecho caso de los gruñidos de Fortuna, que os

anunciaban un peligro!--exclamó el anciano, golpeándose la

frente.--¿Pero dónde está que no le veo?

--Indudablemente le matarían, porque yo tampoco le vi más desde que

salieron aquellos hombres del carrizal.[16]

--En fin, dame, dame esa carta, Polonia; no se ha perdido todo; esto

será cuestión de dos, de tres, de cuatro mil duros, de todo lo que poseo

si se les antoja pedírmelo. ¿No es verdad, guardias? ¿No es verdad,

señor alcalde? Los secuestradores son unos infames, unos criminales;

pero generalmente no matan a los secuestrados. Me lo devolverán, sí; me

lo devolverán, y yo en cambio les daré lo que me pidan. Don Salvador se

ahogaba; tuvo que sentarse, se quitó la corbata y se desabrochó el

chaleco; no podía respirar.[I]

Mientras tanto Polonia buscaba en vano la carta que tan brutalmente le

había metido en el pecho el secuestrador.

--¡Pero no me das esa carta!--exclamó el anciano.

--Si no la encuentro, señor.

--¡Que no la encuentras!--exclamó el abuelo, pálido como un cadáver y

levantándose de la silla como impulsado por una fuerza superior a su

voluntad.[18]

--No; no la encuentro,--exclamó Polonia con desesperación;--me la metió

uno de ellos en el pecho mientras otro me ataba las manos y me ponía la

mordaza; pero como luego caí desmayada en el barranco....

--Entonces se te habrá caído en el barranco y es preciso ir a

buscarla.[19]

Y don Salvador se dirigió a la puerta.

El alcalde le detuvo, diciéndole:

--Para buscar la carta bastamos nosotros. Polonia nos acompañará. El

tiempo ha cambiado y amenaza tormenta. A ver; Atanasio, coge la

linterna; vamos andando.

Don Salvador quiso acompañarlos, pero el médico y el cura, que también

habían acudido al saber la desgracia de Juanito, se opusieron

firmemente.

--¡Oh, Dios mío, Dios mío!--exclamó el anciano con desesperación;--si no

encuentran esa carta, mi pobre Juanito está perdido, porque le matarán

viendo que no se les da el dinero que piden. Salieron en busca de la

carta Polonia, los dos guardias civiles, el alcalde, el secretario,

Cachucha y el jardinero.[20]

El médico y algunos vecinos del pueblo se quedaron acompañando a don

Salvador.

Cuando los expedicionarios salieron a la calle, los deslumbró un

relámpago que fué seguido de un espantoso trueno:

La lluvia caía con esa violencia propia de las tormentas de verano.

Nadie hizo caso. Caminaban en silencio por la carretera, preocupados en

aquel triste acontecimiento que afligía a todo el pueblo.

Cuando llegaron al puente, Cachucha que iba delante se detuvo, reconoció

el terreno, y dijo:

--Trabajo perdido; el barranco viene lleno de agua; es imposible bajar.

La avenida era grande; las turbias aguas se arrastraban con violencia

sobre el pedregoso cauce del barranco, rugiendo de un modo amenazador.

--¡Qué lástima!--añadió un guardia civil;--no sólo hemos perdido la

carta sino las huellas de los secuestradores.

--¿Y qué hacemos ahora?--preguntó Cachucha.[21]

--Toma; regresar al pueblo;--contestó el alcalde.

Y sin hablar más, regresaron al pueblo tristes, silenciosos y empapados

de agua y lodo hasta los huesos.

El pobre don Salvador se quedó anonadado al saber la avenida del

barranco.

Cayó de rodillas, juntó las manos y elevó los ojos llenos de lágrimas al

cielo, murmurando con trémula voz:--Señor.... Dios mío.... Padre

misericordioso, sin cuya voluntad no se mueve una hoja de los árboles ni

un átomo de polvo de la tierra.... Vela por mi hijo, vela por Juanito.

Un profundo silencio se extendió por la habitación, todos rezaban en voz

baja, todos le pedían a Dios por el niño secuestrado.[J]

Fortuna · 第 14 / 17 题