El lector mil veces habrá oido nombrar á Juan Francisco Manzano, habrá
quizá leido algunas de las producciones de su inculto genio; pero
¿conoce su vida? ¿se detuvo alguna vez á escuchar los lamentos de aquel
pobre-desheredado de todos los bienes del mundo? Quizás no; por lo mismo
le invitamos ahora á derramar algunas lágrimas á su memoria: lea su
lamentable historia y por empedernido que se halle su corazon se unirá á
nosotros para tributarle ese tardío tristísimo homenage.
Víctima de una malhadada institucion que si aun existe es porque
responde todavía á ciertas ya moribundas exigencias de los tiempos, la
historia de aquel esclavo es una prolongada nota de agonía, un poema de
dolor y lágrimas. Nunca llegó á la altura popular de Plácido; pero la
relacion de su vida no es ménos interesante: es, sí, más dolorosa;
Plácido es una súbita ráfaga de muerte, un drama de sangre; Manzano es
una larga série de padecimientos ocultos, de sollozos ahogados en
misterioso silencio. La historia de Plácido conmueve é indigna, la de
Manzano enternece y hace llorar.
Desde luego no puede ménos de admirar el hecho de un esclavo oscuro,
para cuyo talento no fué rémora la más miserable de las condiciones, y
que gracias á su solo ingenio hace sonar su nombre en lenguas y naciones
extranjeras. ¿Qué habria sido se pregunta uno naturalmente, si hubiera
nacido libre y con proporciones?
--Nada ó muy poco, contestará quizá alguno, porque la pólvora necesita
la presion para estallar, y solo el lamentarse de su suerte presenta á
un esclavo fecundo y no esplotado campo de poesía elegiaca. Pero he ahí
justamente en lo que erraría el que así pensara, porque Manzano nunca
empleó su musa en llorar su condicion; es verdad que todas sus poesías
están impregnadas en mística melancolía, es verdad que en cada verso
parece oirse el ay desgarrador del siervo indefenso; pero jamás una
imprecacion, jamás un arranque de ira en quien tenia más que otro alguno
derecho á maldecir.
Para considerar en su justo valor la situacion de Manzano, es preciso
trasladarse á su época, en la cual, aunque precedente inmediata de la
nuestra, eran mucho mayores las preocupaciones y mucho menor la
conmiseracion hácia esa raza: el hombre de color aun libre no podia
hablar al blanco más humilde sino con el sombrero en la mano y con
tratamiento de _su merced_: no existia esa luz que solo de hace poco
ilumina nuestra conciencia en ese oscurísimo punto que hemos dado en
llamar institucion _social_.
Trasladado uno á esos primeros dias de nuestro protagonista, se pregunta
con asombro ¿cómo pudo ilustrarse? ¿cómo aprendió siquiera á leer? Hé
aquí lo que van á revelarnos sus _Apuntes autobiográficos_, modelo de
sencillez en el estilo narrativo que vamos á dar á conocer. Consérvanse
estos en manuscrito autógrafo en la biblioteca del Sr. Delmonte, y
aunque traducidos al inglés por Richard Maddens (Lóndres 1840)[20] el
original castellano ha permanecido inédito. Nosotros hemos leido sin
poder contener el llanto esas páginas de amargura, hemos devorado con el
corazon oprimido de angustia ese poema de ignorados dolores. Su
publicacion seria el mayor de los anatemas lanzados contra una
institucion _social_, pero abominable, admitida aunque inadmisible. No
ha llegado empero la hora de su publicacion; aparte la ofensa que se
infiriera á ciertas susceptibilidades (que acaso deploran culpas de sus
abuelos) debemos recordar que la libertad concedida á la prensa esceptúa
lo relativo á la esclavitud. Comprendemos los motivos de esa exclusion,
sabemos lo inconveniente que seria ventilar hoy con libertad cuestion de
tal trascendencia que ha de resolverse con mesura y precauciones; mas
deseando dar á conocer en todas sus faces la vida de nuestro poeta,
tomarémos de sus _Apuntes_ lo necesario para nuestra biografía.
Manzano no nació, como dice _Cuba Poética_, «en las haciendas de sus
señores» ni fué libertado «por varios matanceros»[21]: con mejores datos
aseguramos que vió la luz en la Habana, Agosto de 1804, casa contigua á
la Machina, de los marqueses Juztiz de Santa Ana, de quienes nació
esclavo (esto es D. Juan Manzano y Doña Beatriz Juztiz de Santa Ana.)
Fué su madre la negra María del Pilar Manzano, que traida del ingenio
llegó á ser una de las criadas de distincion de la dicha marquesa; y su
padre Toribio Castro, mulato, quedando al nacido, como es costumbre el
apellido de los amos. «Saliendo yo á luz el año de......... dice la
Autobiografía, y aunque no da fecha, la hemos deducido por advertir más
adelante que, con diferencia de dias, fué contemporáneo de D. Nicolás de
Cárdenas y Manzano, uno de sus señores.
Los primeros años del poeta fueron felices; apacible aurora que precedió
á un dia de tinieblas; su madre era la criada favorita de la dicha
marquesa, quien llamaba al reciennacido el niño de su vejez, y éste á su
vez la llamaba _mamá_. Cuenta la Autobiografía que en el mismo faldellin
de la señora Doña Beatriz fué envuelto para su bautismo, del cual
recuerda...... «que se celebró[22] con arpa que tocaba mi padre por
música, con clarinete y flauta, y que mi señora quiso marcar este dia
con uno de sus rasgos de generosidad, coartando á mis padres en
trescientos pesos. Yo debí ser más feliz, pero......»
Es preciso notar aquí con cuánto agradecimiento, con qué candorosa
sinceridad habla el autobiográfico de estos primeros años, refiriendo
los menores detalles relativos á sus amos, y á la educacion cariñosa,
aunque no por eso mejor dirijida, que se le dió; es verdad que no se
pensaba en formar un poeta, ni nadie habia adivinado al genio: siendo
esclavo raro es que se le permitiera aprender á leer.
«A los seis años, dice, por demasiado vivo me mandaron á la escuela en
casa de mi madrina de bautismo Trinidad de Zayas; á las doce y por la
tarde me traian para que la señora me viera. De diez años daba de
memoria los más largos sermones de Fray Luis de Granada, sabia tambien
todo el Catecismo, y cuanto puede enseñar de religion una mujer, é
infinidad de relaciones, loas, entremeses; cosia regular y conocia la
colocacion de las piezas: de esa edad me pusieron á pupilo, con mis
padrinos, llevando ya las primeras lecciones de sastre por mi padre.»
Entónces viajaba la señora Marquesa con frecuencia á su hacienda _El
Molino_ situada en tierras de Matanzas; en uno de estos viajes enfermó y
murió en la dicha finca, y esto fué para el poeta, entónces de once
años el crepúsculo nebuloso que anunció la série de sinsabores apuradas
durante el resto de su vida; pero no podemos ménos de copiar la hermosa
pincelada con que describe la muerte de la buena marquesa, su
protectora.
«Esta época por lo remota no está bien fija en mi memoria: solo me
acuerdo de que mi madre y la señora Doña Joaquina[23] el padre y yo
estuvimos en fila en su cuarto mortuorio, que ella me tenia puesta la
mano en mi hombro, que mi madre y la señora Doña Joaquina lloraban, de
lo que hablaban no sé, que salimos de allí y yo me fuí á jugar: que á la
mañana siguiente la ví tendida en una gran cama; que grité y me llevaron
al fondo de la casa, donde estaban los demás criados enlutados, que por
la noche toda la negrada sollozando rezó el rosario, que yo lloraba á
mares, y que me separaron entregándome á mi padre.»
Y continua despues de algunos renglones que omitimos:
«Transcurrido algun tiempo pasamos á la Habana, donde de nuevo fuí á
casa de mi madrina; corrieron algunos años sin ver á mis padres; creo no
equivocarme si digo que fueron seis........ hacia el oficio de
paje........»
«Habia compuesto ya á los doce años muchas décimas de memoria, causa
porque mis padrinos no querian que aprendiese á escribir; pero yo los
dictaba á escondidas á una jóven morena llamada Serafina»......
«Pero la verdadera historia de mi vida empieza desde los catorce años de
edad en que la fortuna se desplegó contra mí hasta el grado de mayor
encarnizamiento, como veremos. Por la más leve maldad propia de un
muchacho me encerraban por más de veinte y cuatro horas en una
carbonera; era yo en estremo miedoso y me gustaba comer: mi cárcel, como
puede verse todavía, era tan oscuro que en lo más claro del medio dia se
necesitaba vela para distinguir en ella los objetos. Allí, despues de
llevar récios azotes, me ponian con órden, so pena de gran castigo, al
que me diese una gota de agua; lo que sufria aquejado del hambre y de la
sed, atormentado del miedo en lugar tan soturno como apartado de la
casa, en el traspatio, junto á la caballeriza, á un espantoso y
evaporante basurero, y á un lugar comun infecto, húmedo y siempre
pestífero, que solo estaba separado por sus paredes, todas agujereadas,
guarida de diformes ratas que sin cesar me pasaban por encima......
tenia la cabeza llena de los cuentos de cosa-mala de otros tiempos, de
las almas aparecidas en este mundo y de los encantamientos, y por eso
cuando aparecia un tropel de ratas haciendo ruido, me parecia ver aquel
sótano cundido de fantasmas, y daba tantos gritos pidiendo misericordia,
que entónces me sacaban de allí y me crucificaban á zaetazos...... luego
me encerraban otra vez, guardando la llave en el cuarto mismo de la
señora.»
Dos ó tres veces se distinguió la piedad del señor D. Nicolás[24] y sus
hermanos introduciéndome, por la noche, algun poco de pan bizcochado por
una rendija de la puerta y dándome agua con una cafetera de pico largo.
Esta penitencia era tan frecuente que no pasaba semana sin que la
sufriera dos ó tres veces, y en el campo tenia igual martirio siempre.
Yo he atribuido la pequeñez de mi estatura y la debilidad de mi
naturaleza á la amargosa vida que desde trece ó catorce años he traido:
siempre flaco y estenuado, llevaba en mi semblante la palidez de un
convaleciente con tamañas ojeras...... no es de estrañar que de contínuo
hambriento me comiese cuanto hallaba por lo que se me miraba como el más
gloton; no teniendo hora marcada comia á dos carrillos, tragándome las
cosas medio enteras, de donde me provenian frecuentes indigestiones, y
yendo á menudos á ciertas necesidades, me hacia acreedor á otros
castigos; mis delitos comunes eran no oir á la primera vez que me
llamaban, si al tiempo de dárseme un recado dejaba alguna palabra por
escuchar. Como llevaba una vida tan angustiada, sufriendo casi
diariamente rompeduras tras rompeduras de narices, lo mismo era
llamárseme que me entraba un temblor tan grande que apénas podia tenerme
sobre mis piernas; pero suponiéndose esto fingimiento no pocas ocasiones
recibí por manos de un negro rigurosos azotes...... Desde la edad de
trece ó catorce años la alegría y viveza de mi genio, lo parlero de mis
labios, llamados pico de oro, todo se trocó en cierta melancolía que se
me hizo con el tiempo característica; la música me embelesaba; sin saber
por qué lloraba y gustaba de ese consuelo, en hallando ocasion de
llorar, que siempre buscaba la soledad para dar rienda suelta á mis
pesares, adquiriendo mi corazon cierto estado de abatimiento incurable
hasta el dia.....»
* * * * *
«Quince ó diez y seis años tenia cuando fuí llevado á Matanzas otra vez;
abracé á mis padres y á mis hermanos y conocí á los que nacieron despues
de mí...... Cinco años pasamos en Matanzas donde era mi oficio barrer y
limpiar cuando podia...... desde el amanecer, ántes que nadie se
levantase»......
Desde este punto toda la autobiografía es un continuado lamento, un
quejido de angustia: jamás hemos visto la desventura ensañarse con mayor
terquedad en la persona del humilde y del indefenso. Sin duda aquel
venerable sacerdote á quien se atribuye la idea de traer africanos[25]
para aliviar á los indios sus protejidos, no se representó el cuadro
horrible del talento encadenado y al arbitrio de un amo desapiadado é
insensible: él sin duda solo consideró al africano devorado en su tierra
por las guerras, desnudo y hambriento, sin pan para sus hijos, sin
religion, sin familia; no pensó en la sórdida avaricia, en el látigo
acerado, en las hijas separadas de sus madres, en las madres castigadas
en presencia de los hijos; no adivinó que andando el tiempo de esa raza
negra habia de nacer un Plácido cuya vida y muerte seria padron de
deshonra para su siglo, y un Manzano cuyos ahogados lamentos habian de
sonar como el grito de la conciencia humana, revelándose á un tiempo en
el corazon de todos los hombres rectos.
Continuemos copiando: por estos dias su señora se mudó á su hacienda de
_El Molino_, y venia todas las noches á Matanzas, donde jugaba al
tresillo hasta las doce, obligado el page («como un falderillo») á estar
de pié detrás de su sillon para servirla en lo que se ofreciera.
«Si durante la tertulia me dormia, si al ir detrás de la volanta se me
apagaba el farol, aunque fuése por casualidad, como sucedia en los
carrilones de las carretas, que llenándose de agua, al caer la rueda,
saltaba aquella y se entraba por las labores del farol de hoja de lata,
luego que llegábamos se despertaba al mayoral ó administrador, y yo iba
á dormir al cepo y al amanecer _ejercia aquel en mí una de sus
funciones_[26] pero no como en un muchacho...... nadie me valia...... A
mi pobre madre y á mi hermano más de dos veces les amaneció esperándome,
interin encerrado aguardaba yo un doloroso amanecer.
«Aquella vivia tan recelosa ya que cuando yo no llegaba á la hora poco
más ó menos, bajaba de su bohío y acercándose á la puerta de la
enfermería, donde estaba el cepo, hácia la izquierda por ver si me
hallaba allí, me llamaba...... ¡Juan!...... y yo le contestaba gimiendo,
y ella decia desde afuera...... ¡ay, hijo!...... Entónces era el llamar
de la sepultura á su marido porque cuando esto ya mi padre se habia
muerto: tres ocasiones recuerdo haber visto repetirse esta escena, pero
otras veces me encontraba mi madre en el camino cuando me llevaban de la
casa de vivienda al cepo.
«Una vez más que todas para mí memorable me sucedió lo siguiente: nos
retirábamos del pueblo[27] y como era ya demasiado tarde y la volanta
andaba despacio, y yo venia sentado como siempre, asido con una mano á
un barrote, y en la otra el farol, me dormí de tal modo que solté aquel,
pero tan bien que cayó parado á unos veinte pasos: abrí de pronto los
ojos, me hallo sin él, veo la luz en donde estaba, tírome abajo, corro á
cojerle, doy ántes de llegar dos caidas con los terrones, tropezando al
fin lo alcanzo, quiero volar en pos de la volante que ya me sacaba una
ventaja considerable; pero cuál fué mi sorpresa al ver que el carruaje
apretó marcha, y por más que procuré alcanzarlo se me desapareció. Sabia
lo que me iba á suceder, llorando seguí á pié, pero cuando llegué cerca
de la casa de vivienda, me hallé cojido por D. Silvestre, que era el
nombre del mayoral, quien ya venia en mi busca. Al conducirme para el
cepo nos encontramos con mi madre, que siguiendo los impulsos de su
corazon, vino á acabar de colmar mis infortunios. En habiéndome visto
quiso preguntarme qué habia hecho, mas el mayoral imponiéndole silencio,
se lo trató de estorbar, sin atender á ruegos ni lágrimas. Irritado
porque lo habian hecho levantar á aquella hora, alzó la mano y le dió á
mi madre con el manatí: este golpe lo sentí en el corazon. Dar un grito
y convertirme de un manso cordero en un leon, todo fué uno: me le zafé
con un fuerte tiron del brazo por donde me llevaba y me le tiré encima
con dientes y manos; es de considerarse cuantos manatiazos, puntapiés y
otros golpes llevaria; mi madre y yo fuimos conducidos y puestos en un
mismo lugar. Los dos gemíamos á una allí, miéntras mis hermanos Filomeno
y Fernando lloraban en el bohío. El primero tendria seis años, y el
segundo, que hoy sirve al médico señor D. Tomás Pintado, cinco. Apénas
amaneció dos contramayorales y el mayoral nos sacaron llevando cada uno
de los negros su presa al lugar del sacrificio. Yo sufrí más de lo
mandado _por guapito_; pero las sagradas leyes de la naturaleza obran en
las madres efectos maravillosos. La culpa de la mia fué que viendo que
me tiraban á matar, se tiró encima del mayoral para hacerse atender, mas
llegando los negros del tendal nos echaron mano. Al contemplar á mi
madre por primera vez en su vida en el lugar del sacrificio, suspenso,
sin poder ni llorar, ni discurrir, ni huir, temblando, interin sin pudor
los cuatro negros se apoderaron de ella y la arrojaron por tierra para
azotarla...... no hacia más que pedir por Dios, todo lo resistia por
ella; pero al oir estallar el primer foetazo, enfurecido como un tigre ó
como la fiera más animosa, estuve á pique de perder la vida á manos del
citado D. Silvestre...... pasemos, pasemos en silencio el resto de esta
escena dolorosa......
.........«No, que no puedo enumerar los increibles trabajos de mi vida,
toda ella está regada de lágrimas...... Mi pobre corazon se enfermó á
fuerza de tanto sufrir, por lo que todo me asustaba»........
* * * * *
Endulzóse un momento la suerte del infeliz esclavo cuando pasando
segunda vez á la Habana, fué entregado para el servicio de D. Nicolás de
Cárdenas y Manzano, su _amito_; pero ¡ay! estos cortos dias de ventura
no son más que un oasis en el dilatado desierto de su existencia. Veamos
con qué palabras describe el carácter de aquel señor.
«Solo me privaba de la calle, de la cocina y del roce con personas de
malas costumbres, porque este señor como que desde bien jóven las tuvo
irreprensibles, queria que todo el que tuviera á su lado fuera lo
mismo.»
El lector sin duda sabe quien fué Cárdenas y Manzano, á quien todos
convienen en reconocer un hombre probo, un digno ciudadano que prestó
valiosos servicios en la causa de la instruccion pública; pero el elogio
sincero del humilde poeta esclavo, ese certificado irrecusable de la
bondad de Cárdenas, le realza más en nuestro concepto que los que le
otorgaron las aulas y corporaciones de que fue ilustre miembro. ¿Por qué
la suerte que hizo esclavo á Manzano al ménos no lo hizo siempre esclavo
de Cárdenas? No hubiera sufrido el horrible tratamiento de que se
lamentaba con tanta humildad como razon, quizás no leeríamos hoy esta
autobiografía escrita con hiel, quizás hubiéramos tenido un poeta de más
alcance; porque quien lea sus versos pronto descubre que á aquella
fantasía solo faltó el elemento de la instruccion para elevarse á la
region de Heredia y la Avellaneda.
Continuemos estractando:
«Me fuí de tal modo identificando con sus costumbres, que empecé tambien
á darme á ellos (_á los libros_). Tomaba sus libros de Retórica, me
ponia mi leccion de memoria, la aprendia como un papagayo, y ya creia yo
saber algo; pero el poco fruto que de ello sacaba, lo conocia en que
nunca habia ocasion de aplicar mis conocimientos. Entónces determiné
darme á otro estudio más fácil que fué el de aprender á escribir.»
Pinta aquí con tanta sencillez como galanura los apuros que pasó porque
«_no hallaba cómo empezar_.» No sabia, dice, cómo cortar las plumas y me
guardaria de tocar ninguna de las de mi señor. Sin embargo, ¿qué hice?
compré un tajaplumas, plumas y papel muy fino y metia entre llanas algun
pedazo de los que mi señor botaba escritos, con el fin de acostumbrar el
pulso á formar letras, ó iba siguiendo la forma de los que tenia debajo,
con cuya invencion ántes de un mes, ya hacia renglones, logrando la
forma de letra de mi amo; por lo que hay tanta identidad entre la suya y
la mia»......
«Prohibióseme la escritura, pero en vano, porque todos se habian de
acostar, y entónces yo encendia mi cabito de vela, y me desquitaba á mi
gusto, copiando las más bonitas letrillas de Arriaza, á quien imitaba
siempre, figurándome que con parecerme á él ya era poeta. Pilláronme una
vez algunos papelillos de décimas, y el señor Dr. Coronado fué el
primero que pronosticó que yo seria poeta, aunque se opusiera todo el
mundo.»
Hé aquí una noticia desconsoladora: la melancolía que enjendra la
lectura de ese escrito se convierte ahora en indignacion. ¡Con que ya se
habia revelado el genio! ¡Con que ya hubo quien leyera al poeta á traves
de la tosca envoltura del esclavo! ¡Con que ya no era el caso un poco
ménos acerbo del africano embrutecido, de cerebro imperfecto, en quien
tal vez no hay más sufrimiento que el físico, porque no tiene idea de la
dignidad, que carece de amor propio, que creyó ser nacido para ello! Es
preciso siempre trasladarse á la época para no hacer inculpaciones
injustas: nadie duda que Cárdenas Manzano fué recto, benévolo,
magnánimo; como tal aparece en nuestro Diccionario ¿por qué volvió el
sinventura poeta á la hacienda del Molino despues de la revelacion de
Coronado?[28]
«Entretanto (habla Manzano) estaba mi señor en vísperas de casarse con
la señorita Doña Teresa Herrera; y yo era el Mercurio que llevaba y
traia; distinguido lugar que me daba mucho, pues tenia doblones sin
pedirlos. No sabia qué hacer del dinero y despues de comprar gran
provision de papel, plumas y buena tinta, y haber comprado un tintero,
lo demás se lo enviaba á mi madre en efectivo.»
«Cosa fué de tres años ó poco más esta felicidad cuando viniendo mi
señora de Matanzas, oyó la fama de mi servicio en todo, y sin saber yo
por qué determinó llevarme otra vez consigo.»
La azarosa vida del poeta vuelve aquí á nublarse y ahora por un espacio
más dilatado: con su vuelta á Matanzas se renovaron las angustiosas
visitas al Molino. Habla aquí de los _padrinos_ que á menudo tenia que
buscar para sustraerse á un vejaminoso castigo; D. Tomás Gener, el Conde
de Jibacoa &.ª y esclama en un arranque de justísima indignacion
«¡Vergüenza me daban estos padrinazgos.» Y hé aquí toda la imprecacion
que pronuncian los labios del manso cordero en los momentos en que el
infortunio fulminaba sobre él sus rayos más tremendos! Por eso, lo
repetimos, quien quiera aborrecer y execrar esa institucion ó mejor
dicho ese crímen social en cuanto se merece, lea esa epopeya de lágrimas
en que no se ha escrito la palabra maldicion. Es justamente su estilo
cuasibíblico, bien semejante al de Silvio Pellico, es esa misma
simplicidad, es la verdad tristísima que se traspira en ella, lo que
hace que esa dolorosa relacion, bella en su desórden, sublime en su
desaliño, sin adorno de estilo como no escrita para lucir erudicion,
acongoje el alma hasta arrancarle lágrimas de enternecimiento y de
indignacion.
El espectáculo contínuo del sufrimiento de otros, la tolerancia general
respecto de un error intolerable, sin endurecer acaso las almas ha
llegado á rodearnos de una atmósfera deletérea, á crear un pernicioso
hábito, una ceguedad de que nadie podria darse cuenta. Es que todo se
degrada y se envilece allí donde hay hasta sacerdotes poseedores de
esclavos y verdaderos amos feudales de séres que conviene sostener en el
embrutecimiento y en la ignominia. ¿Cuál era el instrumento, cuál era la
fiera elegida por el acaso para atormentar á aquella víctima
desventurada? ¡Era una mujer!
Pero doblemos unas cuantas hojas, y copiemos algun otro de sus dolientes
episodios: no será estraño que nos estendamos demasiado en estos
estractos, porque esta autobiografía no ha sido publicada y pocos
cubanos[29] la conocen.
«Ya he dicho que era el falderillo de mi señora, y así puede decirse,
porque tenia por obligacion seguirla siempre, á ménos que fuese á sus
cuartos, que entónces me quedaba á las puertas, impidiendo la entrada á
todos, ó llamando á quien ella llamase, ó haciendo silencio si
consideraba que dormia. Pues una tarde salimos al jardin; largo tiempo
hacia que ayudaba á mi señora á cojer flores y á trasplantar algunas
maticas como en género de diversion, miéntras el jardinero andaba por
todo lo ancho del jardin cumpliendo su deber; cuando al retirarnos, sin
saber materialmente lo que hacia, cojí una hojita no más de geranio
donato. Esta malva sumamente olorosa, iba en mis manos, mas yo no sabia
lo que llevaba, distraido con mis versos: seguia á mi señora á distancia
de dos ó tres pasos, tan ageno de mí que iba haciendo añicos la hoja, de
la que resultaba mayor fragancia. Al entrar en una antesala, no sé con
qué motivo retrocedió, hícela paso, pero al enfrentar conmigo llamóle la
atencion el olor: colérica de pronto, con una voz vivísima y alterada me
preguntó ¿Qué traes en las manos? Yo me quedé muerto; el cuerpo se me
heló de improviso, y sin poder tenerme del temblor que me dió en ambas
piernas, dejé caer en el suelo una porcion de pedacitos que fueron un
monton, una mata, un atrevimiento de marca. Me rompieron las narices y
en seguida vino D. Luis Rodriguez, emigrado de Santo Domingo, empleado
en la finca, á quien se me entregó. Serian las seis de la tarde en el
rigor del invierno; la volante estaba puesta para partir al pueblo y yo
debia ir detrás, pero ¡Cuán frágil es la suerte del que está sugeto á
contínuas vicisitudes, como yo que nunca tenia hora segura! Lleváronme
al cepo: en este lugar ántes enfermería de hombres, cabrán, si existe,
cincuenta camas en cada lado,[30] pues en ella se recibian los enfermos
de la Hacienda y á más los del ingenio San Miguel; pero entónces estaba
vacío y no se le daba ningun empleo; tenian allí el cepo y solo se
depositaba algun cadáver hasta la hora de llevarlo al pueblo á darle
sepultura. Metiéronme en aquel los dos piés con un frio que helaba, sin
ninguna cubierta, y despues me encerraron. ¡Qué noche no pasaria allí,
solo en el alma! Parecíame que los muertos se levantaban y bajaban por
todo lo largo del salon, y que se colgaban por una ventana medio
derrumbada que caia al rio[31] cerca de un despeñadero de agua cuyo
perenne golpeo se me figuraba una legion de duendes. No bien habia
empezado á aclarar cuando sentí correr el cerrojo: entra un
contramayoral seguido del administrador envuelto en su capote; me sacan
á una tabla parada contra un horcon que sostenia el colgadizo y veo al
pié de aquella un mazo de cincuenta cujes. El administrador por debajo
del pañuelo que le tapaba la boca gritó con una voz ronca: «amarren». Me
atan las manos como las de Jesucristo; me cargan y me meten los piés en
las dos aberturas que tenia la tabla........ ¡Oh, Dios! ¡corramos un
velo sobre esta escena tan triste!...... ¡ay! mi sangre se derramó y yo
perdí el sentido. Cuando volví en mí me hallé á las puertas del
oratorio, en los brazos de mi madre anegada en lágrimas, que á
instancias del padre don Jaime Florid, se retiró de allí desistiendo del
intento que tenia de ponérsele delante á mi señora, qué sé yo con qué
pretension. A las nueve poco más ó ménos se levantó aquella; su primer
diligencia fue imponerse de _si me habian tratado bien_: el
administrador que la esperaba me llamó y me la presentó: ella entónces
me preguntó: «Si queria otra vez tomar hojas de su geranio:» como no
quisiese responder por poco me sucede otro tanto, y tuve á bien decir
que no. Como á las nueve me entró crecimiento, y mé pusieron en un
cuarto; tres dias sin intermision estuve en este estado, dándome baños y
unturas. Mi madre no venia allí sino por la noche, cuando consideraba
que mi señora estuviese en el pueblo. Al sesto dia andaba ya solo y se
contaba con mi vida: á eso de las doce me encontré con ella que
atravesaba por el tendal, y me dijo: «Juan, aquí llevo el dinero de tu
libertad, ya tú ves que tu padre se ha muerto, y tú vas á ser el padre
de tus hermanos; ya no te volverán á castigar más, Juan, cuidadito,
¡eh!...... Un torrente de lágrimas fué mi única respuesta. Ella siguió y
yo fuí á mi mandado, mas el resultado de esto fué que mi madre salió sin
dinero, y yo quedé de esperar qué sé yo cuanto tiempo que nunca
llegó»[32].
«Después de este pasage me aconteció el siguiente. Una tarde trajeron
del ingenio unos cuantos pollos y capones, y á mi me tocó como siempre
estaba de centinela para el que llegaba, recibirlos por desgracia. Entré
la papeleta dejando las aves en el pasadizo, debajo de la glorieta que
se hallaba á la entrada; leyóse el papel y me mandaron llevarlos al otro
lado para entregarlos á D. Juan Malo que era mayordomo ó celador de
aquella otra parte; tomélo todo despidiendo al arriero, é iba contento,
pues en este intérvalo respiraba; entregué lo que recibí y me acuerde
que eran _tres capones_ y dos pollos. Pasadas unas dos semanas me
llamaron para que diese cuenta de un capon que faltaba; al momento dije
que los que vinieron fueron tres y dos pollos, y que esos mismos habia
entregado. Quedóse esto así, mas á la mañana siguiente ví venir al
mayoral del ingenio, que habló largo rato con mi señora y se fué.
Servimos el almuerzo, y cuando iba á meterme el primer bocado,
aprovechando el momento porque pasado este...... (_no puede leerse en el
manuscrito el_ RESTO _de esta frase_)....... me llamó mi ama, y me mandó
que fuese en casa del mayoral y le dijese qué sé yo qué cosa: aquello me
dió mal ajo, oprimiéndoseme el corazon, y fuí temblando, como que estaba
acostumbrado á irme á entregar yo mismo. Llego á la puerta y veo dentro
á los dos, el del Molino y el del Ingenio; dóile al primero el recado y
haciéndose sordo me dice «Entra, hombre,» y como me hallaba en el caso
de estar bien con estas gentes, porque cada rato caia entre sus manos,
le obedecí. Iba á repetir el recado; pero el señor Dominguez, que así
era el apellido del mayoral del ingenio, me cojió por un brazo diciendo
«A mí es á quien busca.» Sacó una cuerda de cáñamo delgada, me amarró
como á un facineroso, montó á caballo, y echándome por delante, me mandó
á correr, y nos alejamos prontamente por aquellos contornos: el fin era
que mi madre, ni mi segundo hermano, ni los niños y niñas me viesen,
porque todos al momento se echarian á llorar, y la casa seria un lugar
de duelo y me apadrinarian.»
«Nos habiamos alejado como un cuarto de legua cuando fatigado de correr
delante del caballo, dí un traspié y caí; apénas dí en tierra dos perros
ó dos fieras que nos seguian se me echaron encima».........
No quisiéramos continuar copiando este pasage: es demasiado repugnante,
y la misma sencillez del narrador lo hace más monstruoso: el esclavo fué
llevado al ingenio, donde ya varias veces habia ido á _estacion
semejante_, y despues de varios dias consecutivos de bárbaro
castigo,[33] tras el cual se le preguntaba _por el capon_, cuando ya su
enfermo cuerpo estaba á punto de sucumbir al rigor del desalmado
Dominguez, se descubrió...... ¡que era inocente! ¡el capon no habia sido
enviado! ¡Oh, cuántas veces monstruosidad idéntica habrá tenido lugar en
nuestros campos de Cuba!
Triste es pensar que en este siglo de ilustracion, en que tanto se
preconizan los sacrosantos dogmas de igualdad y justicia, no tengamos
que remontarnos hasta los tiempos de Fedro para ver el cuadro de la
inteligencia aherrojada y víctima de la abyeccion social, y es más
triste pensar, cuántos como él, genios que pudieran haber sido honra de
la patria, habrán desaparecido ahogados en la ignominia, sin tener
ocasion de patentizar que se ocultaba en ellos dignidad de hombre y alma
de poeta!
Hé aquí por qué nos hemos conmovido en lo más íntimo del alma, cuando
despues de leer algunas otras de las dolorosas escenas de su vida,
encontramos lo que ya esperábamos, que comienza á quebrantarse su fé, y
á evaporarse su esperanza, «esa antorcha providencial que nunca se apaga
del todo» y que es el único consuelo de los desamparados: hé aquí por
qué no contenemos nuestras lágrimas cuando la inofensiva víctima «á
quien nadie valia,» «que comia poco y casi siempre llorando» sin
proteccion ni amigos, oprimido por la sociedad, considerado como un
animal doméstico, en un arranque de infinita angustia esclama:
--«¡Mi corazon no era bueno! ¡y la Habana juntamente con los felices
dias estaban impresos en mi alma, y yo solo deseaba volverme á
ella!».....
Es decir que el angustiado siervo todo lo que deseaba, todo lo que pedia
á su destino, era ir á la Habana á servir á otro sin remuneracion, pero
libre de los frecuentes castigos de la finca[34]. En verdad nos temíamos
algo más grave, temíamos que lo que deseara fuera vengarse ó morir
maldiciendo: nos alegramos empero que no fuera así; es más grande en su
resignacion aunque sea así su historia más afrentosa para todos
nosotros.
Y cuando se esfuerza en hacer versos esclama con no ménos abatimiento.
«Pero yo criado en la oscuridad y en la ignorancia ¿qué podia saber?
Veámosle ahora recojiendo por los suelos el alimento intelectual como
recoje un perro el sustento material.
«Por esta época escribia muchos cuadernos de décimas que vendia (_están
en Matanzas_) y Arriaza á quien tenia en la memoria era mi guía...... La
poesía quiere un objeto á que dedicarse: el amor regularmente nos
inspira; pero yo era demasiado ignorante, y todavía no amaba, por lo
tanto mis versos eran frias imitaciones; y si no me salian algunos muy
malos es menester atribuirlos á la estremada aficion que tuve desde bien
chico á leer cuanto topaba leible en mi idioma, aunque fuera por las
calles; y así en yendo por aquellas, donde veia un pedacito de papel
impreso lo alzaba, y como estuviese en verso no paraba hasta sabermelo
todo de memoria.»
Y poco más adelante dice:
«Por lo cual tenia en la uña la vida de los santos más milagrosos y los
versos de sus rezos, los de la novena de San Antonio, los del Trisajio y
en fin todos los de los Santos, únicos casi que alcanzaba; fuera de los
que en la mesa de mi señora, en los dias de comida, que eran todos por
lo regular, le improvisaban para coronarla cuatro ó cinco poetas,
quienes me dejaban bastantes, pues yo tenia mi cáscara de huevo
(_tintero_) y mi pluma, y apénas acababa uno, inter otros aplaudian y
los demás rebosaban las copas, yo detrás de alguna puerta escribia los
trozos que se me quedaban en la memoria.»
Esto enternece tanto más si se considera que esa fué la única escuela de
Literatura que tuvo el autor de la _Zafira_; y el lector sabe sin duda á
qué atenerse respecto al mérito literario de aquellas improvisaciones
que se usaron de sobremesa, y que hicieron bien en pasar á desuso: lo
mismo decimos de los versos de rezos.
Pero este pasage encierra otra leccion que no debemos pasar en silencio,
y es que al admirable ejemplo de mansedumbre y resignacion, se une otro
no ménos grande de perseverancia; ejemplo que viene á llenar de
confusion al mimado alumno que rodeado de todos los medios para
ilustrarse ni los aprecia, ni los aprovecha, ni sabe agradecerlos.
Estudiad la historia de Manzano, niños que desestimais los desvelos de
vuestro padres; vosotros los que teneis libros y maestros, los que el
cariñoso afan de una madre rodeó de todos los elementos para formar un
porvenir de luz y felicidad, poneos un momento en el lugar de aquel
infeliz sin proteccion ni recursos y que no sabia á donde volver los
ojos para encontrar un rostro amigo. Se os figurará una planta de
generosa condicion, pero nacida entre piedras, en atmósfera viciada, sin
abono y sin riego...... por fuerza solo de su propia bondad germina,
lucha, rompe el valladar que coarta su crecimiento, brota al fin para
dar una flor que no puede ser sino pálida, y esparce una fragancia que
no puede ser sino raquítica.
Reproducirémos un pasage más para concluir. Despues de hablarnos de la
muerte de su madre, de su proyecto de fugarse á la Habana; nos refiere
el siguiente:
«Al cabo de tres meses ó cuatro de mi último acaecimiento, se armó viage
á Madruga, donde debia mi señora tomar baños. Con los achaques tornóle
el malhumor antiguo...... de contínuo me amenazaba con el Molino y D.
Saturnino, (ya en páginas anteriores nos ha dicho quien es don
Saturnino, verdadero mayoral de nuestros campos, cruel é irracional, en
cuyas manos habia sufrido Manzano diversos castigos.) «Las últimas
espresiones de éste las tenia grabadas en mi corazon, y no tenia la
menor gana de volver á verme con él. Pregunté cuantas leguas distaba de
allí la Habana, y supe que doce, y ví que no las podria vencer en una
noche de camino á pié, y desistí de pensar más en verme en la ciudad,
esperando que en yendo se decidiria mi suerte, siempre con la idea _de
que era libre_. Un dia, este dia de resignacion, principio de cuantos
bienes y males el mundo me ha dado á probar, me sucedió lo que sigue:
Era sábado y debia ántes del almuerzo, según teníamos de costumbre,
asearme, pues vestia dos veces á la semana. Para ello me fuí al baño de
la Paila, que distaba al frente de la casa, en un declive, como treinta
pasos: estando bañándome me llamaron por órden de la señora, y ya se
puede considerar cómo saldria: me recibió preguntándome. ¿Qué hacias en
el baño? le contesté que me aseaba para vestirme. ¿Con qué licencia lo
has hecho? respondió. Con ninguna, respondí. ¿Y por qué fuiste? tornó á
decir. Para asearme, volví á contestar. Esta escena fué en el colgadizo
y puerta de la calle: allí mismo me rompieron las narices, y fuí para
dentro echando las venas de sangre; lo cual me abochornó y apesadumbró
en estremo, porque á la otra puerta vivia una mulatica de mi edad,
primera que me inspiró amor, cosa que yo no conocia, ó más bien una
inclinacion angelical como si fuera mi hermana, que no pasaba de
regalarle santos de maravillas de diversos colores, que ella recibia
dándome algun dulce seco ó fruta. Habíale dicho que yo era libre, y que
mi madre habia muerto poco hacia. No bastante lo ya dicho como á las
diez me hizo mi ama quitar los zapatos y me pelaron[35]; esto era muy
frecuente, pero esta vez me sirvió de la mayor mortificacion: púsome
despues á cargar agua para la casa, con un barril á la cabeza. El arroyo
distaba del punto de aquella unos treinta pasos, haciendo una bajadita;
cuando llené mi barril me hallé en la necesidad, no solo de vaciarle la
mitad, sino tambien de suplicar á uno que pasaba, que me ayudase á
echarlo al hombro, y yendo á subir la lomita que habia hasta la casa,
con el peso del barril y mis fuerzas nada ejercitadas, faltóme un pié,
caí dando en tierra con una rodilla; el barril cayó algo más adelante;
rodando me dió en el pecho, y los dos fuímos á parar al arroyo,
inutilizándose aquel. La señora me amenazó con el Molino y D. Saturnino,
porque suponia aquella contingencia como de premeditada intencion, y la
amenaza era grave. No llegué á la noche sin desgarrar muchos esputos de
sangre. Este tratamiento me cojió de nuevo en cuanto á los errados
cálculos que habia formado de mi suerte. Desengañado de que todo era un
sueño, me acometió otra vez el deseo que tenia de volver á la Habana. Al
dia siguiente que era domingo, cuando la gente estaba en misa, me llamó
un criado libre de la casa, y estando con él á solas me dijo: «Hombre,
qué tú no tienes vergüenza, para estar pasando tantos trabajos;
cualquiera negro bozal está mejor que tú; un mulatico fino, con tantas
habilidades como tú al momento hallará quien lo compre.» Por este estilo
me habló mucho rato, concluyendo por decirme que llegado al tribunal del
Capitan General, y haciendo un puntual relato de todo lo que me pasaba,
podia salir libre: me indicó el camino de la Habana, y me dijo por
último que no fuera bobo, que aprovechara la primera oportunidad. Con lo
que me obligó muchísimo, pues sin el menor aviso tenia más de lo
regular, á lo cual tambien contribuian las terribles insinuaciones que
me hizo...... A las once de la mañana del lunes ví llegar á D.
Saturnino; apeóse y le tomaron el caballo. Desde el momento que este
señor entró se me acibaró toda la vida; latíame el corazon con
violencia y mi sangre se puso en un estado de efervescencia que no me
dejaba sosegar. El lugar comun era regularmente mi cuarto de meditacion,
inter estaba en él pensaba con alguna serenidad; así fué que estando en
él como á las cuatro oí que hablaban dos, una criada de mano y un
criado, á quien habiéndole preguntado aquella que á qué vendria el
administrador, respondió: «¿A qué ha de venir? á llevarse á Juan
Francisco.» Enterado así de mi mala suerte, no me es dado pintar mi
situacion amarguísima en este instante: un temblor general se apoderó de
todo mi cuerpo, y me atacó un dolor de cabeza que no me podia valer: ya
me veia atravesando el pueblo de Madruga como un facineroso atado,
pelado y vestido de cañomazo, como me ví en Matanzas[36] sacado de la
cárcel pública para ser conducido al Molino, sin padres ni aun
parientes...... Todo esto se presentó á mi imaginacion y en aquel
instante determiné mi fuga. El moreno que me habia insinuado el camino
que debia tomar como favorable, á eso de las cinco de la tarde, me dijo:
«Hombre, saca ese caballo de ahí y ponlo al fresco que ahí estará
haciendo ruido y despertarán los amos, cuando lo vayas á cojer para D.
Saturnino, y diciéndome esto me entregó las espuelas, agregando: «Allí
está la silla sin pistoleras, tu sabrás donde está todo, para cuando se
necesite.» Con una mirada que me convenció de que me hablaba así para
que aprovechara el tiempo. Este tal fué siempre muy bien llevado con mi
padre, y trataba á mi madre con algun respeto aun despues viuda. No
estaba yo con todo resuelto todavía, considerando que dejaba á mis
hermanos en el Molino, y que tenia que andar toda una noche solo, por
caminos desconocidos, y espuesto á caer en manos de algun comisionado
(_policía_). Pero cuál fué mi sorpresa cuando en habiendo acabado todos
de cenar y estando yo sentado á solas sobre un trozo, meditando si me
determinaria ó no, ví llegarse á mí á don Saturnino que me preguntó
donde dormia. Le señalé sobre una barbacoa, pero aquella pregunta acabó
de resolverme; bien pudo haber sido hecha con todo, y que todo fuese
habladurias de criados, que todo variase á la misma hora como en otras
ocasiones; mas yo no pude recibirla sino de muy mal anuncio, en vista de
lo que estaba ya en mi conocimiento. Se me representó la mala suerte de
un tío mio, que habiendo tomado igual resolucion por irse á donde el
señor D. Nicolás, señor D. Manuel y señor Marqués, fué traído como todo
cimarron; pero sin embargo estaba resuelto á echar una suerte y padecer
con motivo. Velé hasta más de las doce; aquella noche se recojieron
todos temprano por ser de invierno y lluviosa: ensillé el caballo por
primera vez en mi vida, y púsele el freno, mas con tal temblor que no
atinaba á derechas con lo que hacia; acabada esta diligencia me puse de
rodillas, me encomendé á los santos de mi devocion, me puse el sombrero
y monté á caballo. Cuando iba á andar para alejarme, oí una voz que me
dijo: «¡Dios te lleve con bien, arrea duro!» Yo creí que nadie me veia y
todos me observaban como supe despues, pero ninguno se me opuso......
Mas lo que me ha sucedido luego lo veremos en la segunda parte de esta
historia.»
Al pié del manuscrito hay una nota que dice así: «Esta segunda parte no
llegó á escribirse.» Sabemos sin embargo que sí se escribió y que
entregada por Anselmo Suarez al poeta Ramon de Palma para ponerla en
limpio y arreglar la ortografía, se estravió en manos de éste[37].
Hasta aquí, pues, Manzano: el lector no esperaba ciertamente que esa
cosa que llamamos esclavo, pudiera escribir su historia en ese lenguage
en el que, cuando más se ve alguna sombra de amarguísimo sarcasmo, de
ligerísima reconvencion: si esperaba tal vez una série de reproches y
maldiciones; y téngase siempre presente que lo que más angustia el
corazon, es el pensar que en toda esa tristísima relacion no hay
siquiera ponderacion: es la verdad en toda su repugnante desnudez;
verdad que en otra parte pareciera inverosímil, pero que en Cuba no será
por cierto la historia de un solo individuo: el tormento de Manzano lo
han sufrido muchos, y lo sufren muchos hoy mismo á despecho de las
benignas instituciones que tienden á suavizar la condicion de nuestros
esclavos. ¿Y podria el poeta, podria el novelista, en el libre campo de
la fantasía, idear obra abolicionista que hiciera más efecto en el ánimo
del lector que Manzano con la sencilla y no comentada enumeracion de sus
dolores?
Durante su lectura quizás alguno se ha preguntado ¿Por qué ensañarse
contra aquel desgraciado acaso más que contra otro ninguno? ¿Era de
espíritu altanero y contumaz?...... No, la modestia y humildad de
Manzano, bien lo revelan sus escritos, era inconcebible. Es fama que D.
Domingo Delmonte, promotor de los donativos para su manumision, jamás
pudo hacerle tomar asiento en su presencia[38]. Se le perseguia más
porque sabia más, porque osó tener alma y ver en la oscuridad, porque
hacia versos!......... para ciertas inteligencias malo es ser esclavo,
pero es mil veces peor ser esclavo despierto: un esclavo que piensa es
una protesta viva, es un juez mudo y terrible que está estudiando el
crímen social: no le tememos, porque lo conservamos bien desarmado, pero
nos avergonzamos ante él......... y luego, sentándonos un momento en el
pedestal de la eterna justicia, nos encontramos tan inferiores! ¿cómo
hemos de amar nosotros los amos al débil que nos empequeñece?
Pero hemos concluido la historia del esclavo, sigamos la del poeta.
Sabemos que salió al fin de las garras de su primera ama[39], que se le
dió licencia para ganar jornales y sirvió á varios amos entre otros á D.
Tello de Mantilla cuya benignidad elogia[40], y por último, que casó en
1835 y que pertenecia á D.ª Mª. de la L. de Z. cuando la filantropía de
varios admiradores compró su libertad en 500 pesos, precio mayor que
podia alcanzar un esclavo en aquella época. Se habia leido su magnífico
soneto, más bien su gemido, titulado _Mis treinta años_, 1836, que ha
sido despues traducido á cuatro idiomas, y pasa por uno de los modelos
de su género[41] y sus _Cantos á Lesbia_, en los que si no campea la
correccion de lenguaje, sí un verdadero sentimiento de poeta[42].
Es lástima grande que se haya perdido la segunda parte de su manuscrito:
la ráfaga de muerte que en el año 44 azotó despiadada á la raza de
color, deshonrando á la blanca, tambien escribió un episodio de sangre
en la vida de nuestro protagonista, que tenia como tantos otros el
delito de su color. En nuestra historia de Plácido hemos dado ya una
idea de aquellos funestos cuadros; pero cuán interesante seria la
relacion de tales escenas en el estilo inculto, pero sencillo y
pintoresco de aquel siervo que valia más que sus señores, de aquel
esclavo que mereció ser hombre.
Una vez liberto se dedicó al poco lucrativo oficio de cocinero y
arrastró una vida si no tan azarosa, sí oscura y miserable hasta el año
de 1854 en que acaeció su muerte. No llegó á la ancianidad; ¡ay! ni
podia ser de otro modo. ¿Cómo habia de vivir mucho la mansísima víctima
á quien nadie valia, que no podia enumerar los increibles trabajos de su
vida, cuyo corazon estaba enfermo á fuerza de tanto sufrir, y cuyos
gemidos ningun amigo oia, ninguna madre consolaba? Como lo habia
predicho, el mal trato abrevió los dias de su miserable existencia.
Por 1837 colaboró en _El Album_ de Caso y Sola, que ya pertenecia á
Palma, en _El Aguinaldo habanero_, en _La Moda_ ó _Recreo de las
Damas_[43] y algun otro literario; hay una poesía suya en la Corona
fúnebre al Presbítero D. Manuel de Lara, 1842. Sus obras constan
principalmente de composiciones líricas entre las que despuntan el
citado soneto, _El cocuyo_, _Ilusiones_, su oda _A la Luna_ que dedicó
al señor Bachiller y Morales, _El Reloj adelantado_, _A Matanzas_, tras
larga ausencia, _Un sueño_, á mi segundo hermano, con las cuales y otras
se formó una coleccion en 1841; un drama, _Zafira_, en cinco actos, en
verso, á la aparicion del cual saludaron al autor en sentidos versos los
poetas Velez Herrera, Matamoros, Valdés, &.ª[44], además sus _Apuntes
autobiográficos_[45] de que hemos estractado, sin olvidar sus
candorosas cartas á Delmonte 1834 y 35 que lo mismo que aquellos pueden
considerarse como pintura fiel de la servidumbre.
Cosa rara é inesplicable es para muchos que sus mejores poesías las
escribió miéntras gemia bajo el ominoso yugo de la esclavitud, y que al
respirar el aire de la libertad, contra lo que debia suceder, pareció
oscurecerse su talento. Despues de esa obra maestra _Mis treinta años_,
hecha cuando esclavo lo mismo que _El Cocuyo_, nada escribió que le
igualara y esto naturalmente amenguó el entusiasmo con que se leyeron
sus primeros cantos en los círculos literarios, como que no podian
considerarse sino chispas del genio en un hombre de condiciones tan
desfavorables, desposeido de medios, sin libros, sin maestros, sin
estimulo, sin porvenir en fin. Mas para nosotros esto nada tiene de
estraño. Manzano esclavo, tenia quien lo mantuviera, y, aunque en el
oprobio, no tenia que ocuparse de la subsistencia: como trabajaba para
otro debia hacerlo con desgana, cercenando de sus ocupaciones todos los
ratos que podia para dedicarlos á las letras: la suscricion filantrópica
que lo manumitió no le dió una posicion social, teniendo entónces que
trabajar para sostenerse y alimentar á su familia. Entónces y con 31
años y enfermo y decaido, de golpe se abre el ancho mundo ante sus ojos
y conoce que aparte su infelicidad, todo lo ignoraba. ¿No era sobrado
motivo para desmayar?
Otro tanto sucedió con el poeta Echemendia, de Cienfuegos, que nacido
esclavo, corrió igual suerte que Manzano: nos congratulamos empero que
Cuba, ya que no ha podido hasta ahora resolver el más complicado de sus
problemas sociales, se haya apresurado al menos á redimir á las
inteligencias que nacieron en la raza desgraciada. Haga lo mismo con
todos los que despunten, que es muy doloroso el cuadro del talento
encadenado; y si, como en Manzano y en Echemendia, el liberto no
pareciere corresponder al sacrificio, enhorabuena perdamos un poeta á
trueque de hacer un hombre de quien lo merece.