Un escritor de nuestros dias clasifica á Plácido en las siguientes
palabras:
«Fué un mulato pendenciero, borrachon y disoluto en todos los terrenos
donde se le presentaba la ocasion.»
No hay que admirarse de esas palabras: ni hacen ningun daño á la memoria
de Plácido porque son del mismo que pretendió infamar la del venerable
Padre Las Casas, llamándole frailucho inmundo y embustero.
Bien sabido es que fué, al contrario, de carácter dulce, afable y
complaciente: á primera insinuacion improvisaba ó con voz campanuda y
enfático gesto comenzaba á declamar la pieza que se le pedia. No nos ha
quedado retrato suyo: en el grupo de literatos cubanos formado en esta
ciudad en 1861 por «Cuba Literaria» en el lugar que le corresponde se
colocó una corona de laurel: pero hé aquí un retrato á la pluma que le
reproduce con exactitud: «Era de buena estatura y conformacion de
miembros, de rostro no muy claro, sombreado por una ligera barba, frente
espaciosa y ojos negros, espresivos; su aspecto taciturno y reflexivo
cuando estaba solo, y abierto y animado en compañía de sus amigos; era
de un natural afable, alegre y cariñoso, su andar pausado sin afectacion
y vestia con decencia; amaba la religion sin fanatismo, y practicaba la
mejor de las virtudes con tal devocion que á veces pidió prestado lo que
difícilmente podia pagar para socorrer á los necesitados, y cuando
álguien lo censuraba por tanto desprendimiento, decia, «que querria
poseer inagotables riquezas para no oir las quejas de la humanidad sin
aliviarlas.» Tenia una memoria prodigiosa, leia con una entonacion y
gusto sorprendentes y hemos oido á algunos que lo trataron con intimidad
que poseía el don de la improvisacion de una manera maravillosa.»
Tal era en efecto Plácido: examinando su _Plegaria_ un filósofo aleman
opina que no podia ménos de ser inocente porque, como dice el mismo
poeta «entre Dios y la tumba no se miente.» Nosotros dudamos de esa
inocencia y en honor al recuerdo de Plácido la rechazamos si por ella ha
de entenderse no participacion en algun plan revolucionario: preferimos
hallarlo delincuente[12] aunque nunca digno de castigo; porque esa
delincuencia no era más que noble aspiracion. Si lo habíamos colocado
en el último escalon social ¿no era perdonable que aspirara á subir? Lo
repetimos, es más grande culpable que inocente, y suponemos que en su
_Plegaria_ su pretendida inocencia encerraba una significacion más digna
de la que se le atribuye. Pretendió luchar; pero tenia razon para
emprender la lucha: esa es su inocencia.
Tampoco creemos como la mayoría que su martirio, asesinato judicial como
lo llama Thales Bernard (Revue des races latines) haya contribuido en
nada para su popularidad: esta precedió al drama final y descansa en el
verdadero mérito de sus obras: hemos recorrido las diversas opiniones
emitidas sobre ese mérito. Nosotros sin incurrir en las exageraciones de
Mathurin M. Ballou[13] y otros que quieren hacerlo superior á Heredia,
tampoco estarémos con los que afirman que su renombre procede de sus
condiciones especiales. Creemos con Villaverde, que ha sido «el poeta de
más estro de Cuba» y que de haberle igualado la instruccion nadie
hubiera alcanzado más alto. Hay en sus obras un romance
_Jicotencal_,[14] que, como dice Suarez Romero en el prólogo á las obras
de Palma puede sostener el paralelo con los mejores escritos hasta ahora
en la lengua castellana» y junto á esta obra maestra no tenemos reparo
en colocar su soneto _Jesucristo en la cruz_ que por la sublimidad de
imágenes y el sombrío terror que infunde no palideceria al lado de los
mejores de su clase.
Plácido cultivó diversos géneros sobresaliendo en el romance, en la oda
y en la sátira. Poseedor en grado eminente de la facultad poética,
estro, pocos tuvieron como él facilidad para enaltecer las cosas más
triviales, depurándolas de las miserias que las deslucieran, y amoldando
su pensamiento á todas las formas, escepto el drama y la epopeya, á no
ser que su leyenda _El hijo maldito_[15] se considere de este último
género[16]. Decia, y así lo espresó en un ingenioso soneto, que tenia
horror á los versos impuestos ú obligados; sin embargo, su triste
situacion le hacia ahogar la espontaneidad y prodigar elogios y
felicitaciones, raras veces dictadas por la admiracion, muchas por la
gratitud y no pocas por la necesidad. Cuéntanse entre las primeras _La
Siempreviva_ á Martinez de la Rosa, _Las flores del sepulcro_ á una dama
de alto rango que le favorecia, y su oda _A la Condesa de Merlin:_ entre
los segundos la oda ya citada á Isabel II.
Cultivó también la fábula, para narrar sus propias desventuras, de modo
que ese género volvió con él á su primitivo destino: por ellas
principalmente se ha dicho que la vida de Plácido son sus poesías: no
habia leido ciertamente su apólogo _La Palma y la malva_, cierto crítico
que pretende que los versos de Plácido «respiran libertad sin tinte de
democracia.» Es verdad que, segun el mismo escritor, _la conspiracion
fué descubierta por una esclava del poeta_.
Tambien el amor suele ser objeto de los poemas de Plácido ¿quién lo
cantó como él, y quién ménos apto que el ser entregado al amor sensual
que mata al platónico?
En cuanto al lenguage no cabe duda que contiene gravísimos lunares, no
podia ser de otro modo, pero parece increible, como ya observó un
crítico cubano (Piñeyro) que sea Plácido más puro y correcto que
Milanés, cuando aquel era un ignorante y este poseía una regular
instruccion literaria. Y es que habia en el primero más estro, más
espontaneidad en la inspiracion, en el segundo más preparacion y arte;
aquel cantaba lo que sentia, su corazon era un arpa eólica que resonaba
á las menores impresiones que lo hirieran; por eso su forma era más
adecuada aunque alguna vez ménos pulida: Milanés se ocupaba ántes de la
leccion de moral que de la inspiracion; la poesía era para él un medio
de amonestar; de aquí la falta de espontaneidad.
Mr. Cambouliu en _Magasin de la Librairie_ lo compara con acierto á
Heredia y la Avellaneda; «pero estos dice se desarrollaron bajo otras
influencias: la llama del amor patrio vive constante en sus corazones y
se revela en sus estrofas, pero vivieron bajo otros climas, se
interesaron por otros hombres y otros sucesos, en medio de sus triunfos
uno y otro perdieron de vista el cielo de las Antillas, el talento de
ambos tiene algo de más cosmopolita. No así respecto á Plácido que jamás
salió de Cuba: su corazon palpitó con todos los temores, con todas las
esperanzas de sus compatriotas y jamás el aspecto de estrañas tierras
vino á entibiar en él las impresiones del suelo natal. Así, con qué
brillo no retrata su poesía ese esplendor de los trópicos; aquí la
vegetacion fogosa, allí las salvages montañas, ora las noches
espléndidas, ora la brisa perfumada, los inviernos sin nieves ni brumas,
el huracan furioso desvastando los bosques de naranjos, y las demás
maravillas que le rodean! Con la lectura de su tomo puede uno
reconstruirlo todo, el pais, los hombres, vida, costumbres, todo, como
si la imaginacion nos trasportara á los lugares donde canta el poeta.»
No concluirémos sin tomar algo del prólogo de Mr. Jourdan, filósofo en
sus apreciaciones aunque lleno de inexactitudes por lo que respecta á
datos biográficos. «La limpidez del estilo, dice, la propiedad de la
espresion, sus giros sencillos y originales, la riqueza de imágenes
caracterizan y enaltecen las composiciones de Plácido: para él la
concepcion y la creacion son simultáneas: como comprendió todas las
ideas amoldó su lira á todos los metros y géneros: trozos pudiéramos
citar de él que parecen de Shakspeare ó de autores alemanes: la
facilidad cómica corre parejas con los transportes de la fantasía, y
maneja la sátira tan hábilmente como la oda...... como Quevedo el poeta
cubano satiriza, riendo...... saludemos á ese génio que á la vez fué un
gran mártir.»
Nada estraño pues que por medio de repetidas ediciones la posteridad
haya dado á Plácido el lugar que le corresponde. La primera aquí
conocida es la de Matanzas 1838: pocos saben que con gran anterioridad
se hizo una muy incompleta en Palma de Mayorca, por Feliú Perelló, que
despues de conocer al autor en la Habana se habia retirado á su ciudad
llevando los primeros versos del poeta: no está allí la Siempreviva que
aun no se habia escrito. Despues de la edicion de Matanzas que hasta
hace poco tuvimos por primera y que contenia solo 26 piezas, se hizo
otra en la misma ciudad en 1842, Poesias escogidas de Plácido, y en el
propio año otra en Méjico, donde ya el autor era popular: la edicion de
Veracruz de 1845 y la de Nueva Orleans de 1847 se suponen tambien hechas
en Matanzas: en el 54 se hizo la de Barcelona que nada agregó á las
anteriores; con posterioridad tres en Nueva York, por Vingut, la primera
en 1854 ha sido la que más rodó, otra en el 56 y la tercera bastante
completa en el 57: en el mismo 56 se dió otra en Méjico por Mellado y
Contreras, tomo en 12.º con 387 páginas: finalmente en Nueva York, con
prólogo y biografia, la edicion de 1860 que todos conocemos.
«No será esta la última, observa un eminente crítico francés, porque la
reputacion de Plácido se formó sola y no puede sino aumentar con los
tiempos.»