Las pruebas contra Plácido no pasaban de gratuitas delaciones arrancadas
por el dolor, ó dictadas tal vez por la envidia que despertaba su
talento: mientras su condicion de hombre de color, y aquellas populares
décimas que comenzaban: «_Ese cometa que veis_» no dejaron de
considerarse argumento incontrovertible: era demasiado prominente para
poder sustraerse, á aquel huracan contra la verdad y la justicia que se
desencadenó contra una raza indefensa. No se necesitaba la delacion del
inmundo José de la O: la prevencion que ya existia contra él hubiera
bastado: habia sido preso por Tacon diez años ántes, se sabia su
carácter independiente y liberal, se habia atrevido á cantar á Guillermo
Tell y llorar la humillacion de Polonia: ¿quien no tenia copia de su
_Juramento_ y de su décima improvisada _Habaneros libertad_? sus versos,
tachados por el lápiz rojo se repetian de boca en boca: cuando oprimido
por la venal justicia humana, un epigrama le resarcia, una fábula le
vengaba: una de las más bellas que compuso fué en ocasion de una demanda
que su solo color le hizo perder: nos convirtió al juez en vívora y así
se desquitó ó se consoló. Todo esto era más de lo que se necesitaba para
enviar á un ciudadano libre á _la Escalera_.
Dice la historia, ó más bien la tradicion, pues nada de él se permitió
escribir (y ni aun hoy (1867) se ha dejado al Liceo hablar de sus
composiciones) que la Comision Militar le probó culpable, y en su
consecuencia, fué puesto en capilla el 28 de Junio, para ser con otros
19 de su color, pasado por las armas á las seis de la mañana del dia
siguiente.
Allí, despues de oida su sentencia, el sinventura poeta que no tenia á
quien volver los ojos para hallar un rostro amigo y protector, se arrojó
en brazos de la Religion, y como el cisne moribundo, compuso sus mejores
cantos, para oprobio de la sociedad que apagaba estólidamente tan lucida
antorcha: allí la _Plegaria á Dios_, reproducida en varias lenguas; la
misma que iba recitando cuando marchaba al patíbulo, con frente
serena[8] como de quien sentia venir la historia á justificarle algun
dia: allí su _Despedida á mi madre_; allí su _Adiós á mi lira_ último y
lastimero gemido de su agobiada musa.
Pero observemos un momento á Plácido en capilla; arriesguemos una mirada
al oscuro calabozo para revelar un misterio que avergüenza á nuestro
siglo: indaguemos lo que pasa en la mente del pobre desheredado de los
bienes del mundo, á quien el mundo tan despiadadamente oprime.
Su imaginación de poeta se exalta, mas no puede por eso exagerar los
horrores de su situacion: no hay más allá: sin duda en momento de
angustioso delirio, se levanta, y se pasea convulso, y esclama con
infinita amargura:
--¿En qué pais estamos?....... ¿en qué desgraciados tiempos me tocó
vivir?....... ¡Dios mio! ¡la sociedad me niega educacion, me deshecha,
mata mi fé; me escluye á todos los derechos de hombre, y ahora me pide
estrecha cuenta de mis acciones! ¡y me llevan á un suplicio! ¡y no hay
una ley que me proteja, no hay un ángel que me salve á mí de la muerte,
á mi patria de una mancha!
Quizá en otro momento veia aparecer en la húmeda mazmorra, al soberano
de su nacion que benévolo y sonriente, le dice:
--«Te van á matar por conspirador y la voz pública te declara inocente.
Yo quiero suponer que eres culpable; pero escucha, desgraciado: no hay
delito que echarte en cara; una institucion sacrílega que yo voy á
destruir, te disculpa; la misma sociedad en que vives te escusa: ella te
habia colocado tan bajo que fueras un miserable si fueras inocente. Te
perdono...... no, tú no aceptarias mi perdon, que no tiene derecho á
perdonar quien no lo tiene para castigar. Yo te pido perdon, á nombre de
la Sociedad, por lo que has sufrido: ella lavará ese delito que hemos
heredado de nuestros padres. Ven, poeta, yo te llevaré á la madre patria
que amorosa te abre sus brazos; allí serás igual á todos por tus
derechos y superior á todos por tu talento; ven, que tú en pago darás á
la patria lustre y gloria con tus cantos inmortales.»
Pero ¡ay! el infeliz mulato deliraba si pensaba así: semejante cosa era
un imposible, porque el soberano de su patria estaba.... muy lejos, y su
representante en Cuba, era el inexorable O'Donnell, para quien no habia
más poesía que el estricto cumplimiento de lo que creia su deber.
Mas si no eran tales los pensamientos de Plácido, sin duda ocupaban su
alma generosa sentimientos de paz y mansedumbre en los momentos en que
debia rebosar en hiel y rencor. Nuestros lectores conocen sin duda
aquella sublime carta, modelo de resignacion cristiana en que recomienda
á su esposa como único llanto á su memoria que perdone á sus enemigos,
que socorra á los pobres «y mi sombra estará risueña contemplándote
digna de ser esposa de Plácido!»
Sócrates murió perdonando, Jesucristo murió perdonando; pero Sócrates
era un filósofo, Jesucristo era un Dios; el pobre Plácido no era
siquiera un hombre, era un mulato peinetero en un pais esclavista! Y esa
carta que salida de las manos del humilde se ha paseado por todos los
idiomas cultos, no es un reproche solo á su pais, lo es á su época: es
un castigo inflijido á esa institucion que hoy empezamos á mirar como un
enjendro de la barbarie de los siglos pasados.
Llegó en tanto el dia de la sentencia, el nefasto 29 de Junio! no
horrorizarémos al lector con el cuadro de la ejecucion: treinta y cinco
años han pasado y todavía derramamos lágrimas al recordar aquellos dos
versos, quizá casuales, que ya herido pronunció ántes de espirar[9].
Más bien y para distraer un momento de cuadro tan tétrico su imaginacion
le recitarémos un bello soneto del «bardo del Yumurí.»