Chicago

El tren del Illinois Central que sale de New-York á las seis de la

tarde, llega á Chicago á las nueve de la noche del día siguiente.

Sin embargo, muchos opinan, en los Estados Unidos, que los trenes no

llegan casi nunca á la hora de itinerario; pero como yo llegué á las

diez al punto de mi destino, no salí mal librado del viaje ya que la

experiencia me demostró más tarde, que los itinerarios se dictan en

Norte América por el gusto de no tenerlos nunca en cuenta para nada.

La idea que tengo de mi llegada á Chicago no puede ser más confusa;

mareado y rendido, no he conseguido averiguar jamás á que depôt

ó estación me apeé; lo que supe más tarde, fué que debí bajar

en la estación de la calle 22, seguir esta vía hasta dar con su

intersección en ángulo recto con el Michigan Avenue, retroceder á la

calle 23, recorriendo un block ó una manzana de casas para dar con mi

cuerpo en el Metropole hotel, y evitarme tres cosas desagradables: un

verdadero viaje en coche, el susto de atravesar sitios oscuros junto

al lago, que me daban la idea de estar en pleno campo á las diez de

la noche, y una agarrada con el cochero que me pedía dollar y medio

por una carrera que en Barcelona ó en Madrid no habría costado más

allá de dos pesetas.

Mi primera impresión chicagoana no fué, pues, de las más halagüeñas;

una estación con montantes y cubierta de madera, pésimamente

alumbrada; un solado que se cimbreaba bajo mis pies, un portal con

unos cuantos policemen de factura inglesa, club en mano y casco

esferoidal en la cabeza, vigilando la concurrencia, tres ó cuatro

carruajes de alquiler con sus ruedas metidas en el barro negruzco

de una calle abandonada, tres cocheros que se quieren amparar de

mi equipaje de mano y vacilan ante mi deseo de ir al Metropole

Hotel, no son notas dignas de una gran ciudad. Al fin escojo á mi

automedonte que gruñe entre dientes: ¿Metropole Hotel?... ¿Metropole

Hotel?... como si estuviera buscando una seña ingrata escondida en

el fondo de su memoria velada quizás por los vapores del whiskey ó

del brandy. Y como no acierta á resolver, me decido á intervenir

entre tantas gentes que preguntan y nadie responde.—Twenty third

street, corner Michigan Avenue... ¡Aoh! ¡yes! ¡Aoh! ¡yes!... Monto en

el carruaje, y fiado en mi cochero empiezo á escudriñar el terreno

y á orientarme. Pasa un cuarto de hora y apenas consigo formar

concepto del terreno que piso; en el fondo me parece percibir aguas

en que riela la luz de las estrellas; de cuando en cuando una luz

eléctrica de arco, montada sobre alto pie derecho, me deslumbra

para entrar rápidamente en la sombra pavorosa de lo desconocido;

el tiempo pasa, y con él va desvaneciéndose la tranquilidad de mi

espíritu hasta que vislumbro ya calles alumbradas, anchas, en que

transita poca gente; atravieso una gran avenida y doy por fin con un

edificio que tiene apariencias de castillo medioeval que se llama

el Metropole Hotel. Dobles puertas vidrieras montadas sobre ancha

escalera, dan paso á un vestíbulo de bóveda rebajada, estucado con

colores vivos y brillantes, espléndidamente iluminado y calentado

al rojo. Es uno de tantos hoteles montados teniendo á la vista los

dorados espejismos con que se han embriagado los burgueses yankees,

ante los esperados prodigios de la Exposición universal. Me acerco

á las oficinas del manager que toma nota de mi nombre y apellido,

me da una llave con una placa de latón de grandes dimensiones, y me

meto en el ascensor, que pára en el quinto piso al pie de un cuarto

interior, lleno de luz y escesivamente calentado, con el mueble cama

plegado, dando á la habitación aire de salita de recibo de pocas

pretensiones, pero aceptable, por su limpieza, sus muebles, que

parecen recién salidos del taller, su piano de factura americana,

y sus luces de incandescencia, que en forma de araña y palmatorias

de paramento se han prodigado en la habitación. Me entretengo en

cerrar los circuítos de las luces eléctricas, y con tanta luz, los

reflejos sobre muebles barnizados dan aire de fiesta á lo que, visto

más detenidamente, resulta modestísimo ajuar de un hotel de segundo

orden. El calorífero, que parece la tubería de un órgano, presenta

una superficie de calefacción tan extensa, y de radiación tan fuerte

que, en noches de hielo, se duerme sin abrigo y aun con la ventana

abierta; así la tuve por descuido durante la primera noche que pasé

en Chicago.

Al día siguiente, contento de haber llegado al término de mi viaje

oficial, faltóme tiempo para echar una rápida ojeada al centro

de negocios de la ciudad, y al recinto inmenso de su Exposición

universal.

Acompañado del Sr. Dupuy de Lome, delegado general de España en la

Exposición, y de D. Juan Cologan, capitán de Ingenieros militares,

emprendí temprano mi excursión al centro de negocios, al celebrado

Downtown de Chicago. El ferrocarril elevado que sigue la dirección

norte-sur de la ciudad, tomado en la estación de la calle 22, twenty

second street, nos condujo en menos de un cuarto de hora al pie de

Van Buren, en el gran centro comprendido entre el lago Michigan y

el río Chicago, con dos ramas; una al Norte y otra al Oeste, y la

calle 12 que forman la zona de tráfico más típica, más americana y

característica de la gran ciudad del Michigan.

Estoy, pues, ya, en el primer centro comercial del mundo; su

fisonomía especial, su tráfico babilónico, sus edificios colosales,

su atmósfera arrebolada de tintas negras que manchan un cielo gris,

triste y descolorido, los rayos del sol que no logran dar á aquellas

masas tonos de color acentuados, dominando siempre los colores

sucios de areniscas rojas, de hierros pardos, de granitos en que

domina la mica negra; de coches de tranvía deslustrados por el uso,

de grandes carros y coches que siguen su camino agobiados ya por

la pesadumbre de los años; el arroyo ennegrecido por el detritus

del humo que vomitan millares de chimeneas, las aceras sucias,

desiguales y descuidadas de una administración comunal poco celosa;

la indumentaria de las gentes, extraña, ridícula, pretenciosa á

veces... cosas son todas que constituyen un portento de rarezas,

la gran mancha abigarrada del Far-West americano, con todos sus

alientos, sus grandezas, sus opulencias, sus miserias, sus ambiciones

locas y sus osadías sin cuento y sin medida.

El que visita por primera vez el Downtown de Chicago, lo primero que

se le ocurre preguntar es si aquella ciudad se ha construído para

gigantes y por una raza superior que sólo concibe lo monumental y

grandioso, cuya fórmula se sintetiza en su famosa osadía. «Todo lo

americano es lo más grande del mundo.» «The greatest of the World.»

El centro tiene realmente una fisonomía especial digna de un mundo

nuevo, calcado en moldes distintos de los usados en el continente

europeo. Aquellos macizos de edificación aplastan al viandante, la

enorme desproporción que existe entre las dimensiones de las casas y

la mísera gente que hormiguea al pie de obras monumentales levantadas

por la soberbia americana, produce el efecto extraño de un estrabismo

intelectual que no caben juntos en el cerebro, sin tormento del

espíritu, tan discordes elementos.

Cada paso en Wabash street y en State street es una sorpresa;

aquellos edificios inmensos, The Auditorium, el Masonic Temple, los

Bancos, las Sociedades de Seguros, el palacio de la Administración

de correos, los hoteles Victoria, Palmer house, etc., con sus

grandes macizos de sillería, me parecían canteras desbastadas en

cuyos estratos se habían entretenido razas gigantes en labrar

con enormes martillos y cinceles, puertas y ventanas, columnas

estrambóticas, frisos desproporcionados, paramentos lisos, desnudos,

fríos, sostenidos por arcos de no sé cuantos centros, casi siempre

rebajados, haciendo oficio de espaldas colosales que sostienen

la pesadumbre inmensa de una cantera de piedra de sillería. La

arquitectura en Chicago exagera la nota yankee que florece raquítica

en New-York. Los aires del desierto americano azotando las frentes de

los hijos del Far-West producen obras más informes, de perfiles menos

atildados, de líneas menos suaves, de ornamentación más sobria, más

árida y ¿por qué no decirlo? menos culta que en la ciudad del Este;

manifestación de razas enamoradas de las inmensas estepas, de las

grandes altitudes, de los ciclones asoladores, de los blizzards que

ciegan, hielan y matan; de todo lo grandioso aprendido en la escuela

realista de una naturaleza que ostenta en las llanuras americanas

bríos y fuerzas de una grandeza sublime.

El arte en Chicago no tiene grandes admiradores; lo que allí cuenta

es, en todo orden de ideas y manifestaciones, lo grandioso, lo

que puede apellidarse gráficamente un mammoth, el gigante de los

animales, más pequeño sin duda que las osadías inagotables del genio

yankee.

La descripción de los edificios del Downtown resultaría deslabazada

y monótona: edificios de veinte y treinta pisos, en cuyos paramentos

caben todos los estilos y adornos, rasgos geniales de trazo limpio

y seguro con detalles nimios, pobres, llenos de incorrecciones,

desdibujados y sin sentido; colores chillones, alternando con masas

negruzcas, rojizas, de tonos sucios, concreciones de los vahos

inmundos de la población más sucia de la tierra, que manchan las

fachadas de las casas; talleres, bazares, librerías, pocas, muy

pocas en número, restaurants, bars, tiendas inmensas, imitaciones

del Grand Marché, Le Printemps etc., de París; grandes depósitos

de muebles, edificios destinados exclusivamente á escritorios y

oficinas, manifestaciones todas de un centro donde el agio disputa

palmo á palmo el terreno para montar y encasillar, en el mejor sitio

del mercado sus ideas, sus invenciones, su tráfico, sus monopolios y

cuanto constituye la vida comercial é industrial de Chicago.

La extensión inmensa de una ciudad que no llega á tener dos millones

de habitantes, las soluciones de continuidad que existen aún entre

barrios poco alejados del centro, los parques inmensos enclavados en

puntos distintos de la ciudad, la longitud y anchura de las calles

recorridas constantemente por los tranvías de cable, la escasa

densidad de una población en que cada familia ocupa una casa entera,

siendo una excepción el caserío alquilado por pisos, causas son que

contribuyen á dar á Chicago un aspecto melancólico, pues sólo en

Downtown y en centros especiales, alcanza tráfico suficiente para dar

animación á la ciudad, cuyo perímetro inmenso puede contener cuatro

veces, por lo menos, la población actual.

Los parques y jardines, más extensos que bien cuidados, numerosos,

repartidos convenientemente para que los diferentes centros de

población puedan disfrutar de sus paseos y arboledas; el Lincoln

park, el Washington Park, el Garfield park, el Jackson park, donde

se ha montado el inmenso mecanismo de la Exposición colombina, con

sus estatuas y monumentos, con sus extensas praderías y rodales de

árboles forestales que alternan con masas de flores y hojarasca

variada; los recursos de una vialidad facilísima, motivos son de

concurrencia en días festivos que dan á la ciudad atractivos y

aires de alegría. El lago, el Michigan de horizontes infinitos, mar

interior, tan grande como el Mediterráneo, en que navegan tantos

barcos que convierten el puerto de Chicago en el más concurrido del

mundo, no alcanza nunca, ni aun en los mejores días del año, cuando

el sol y el aire ostentan sus mejores galas, el aspecto sonriente

del mar latino que no refleja jamás las sombras de masas de humo,

de gases y vapores de agua que dan á la naturaleza entera tonos

grises como los que reproducen las aguas tristes del Michigan,

impurificadas por la respiración inmensa y los detritus variadísimos

de la ciudad de Chicago.

Reproducir ahora aquí lo ya repetido en libros, revistas y

periódicos acerca de los recursos de Chicago, acumular cifras, datos

estadísticos, impresiones gastadas por lo sobadas y repetidas, no

sería plato de gusto para nadie; baste, pues, condensar lo más nuevo,

lo menos conocido y más variado que he visto allí, sin que haya

levantado en mi espíritu las oleadas de entusiasmo que durante tantos

años han mantenido en Europa una opinión deslumbradora, sostenida por

la opinión política y el afán de atribuir grandezas é iniciativas á

las razas americanas, productoras de una civilización nueva capaz

de regenerar la sangre del mundo entero, con el aliento gigante de

un pueblo que se inspira en el principio, que llaman santo, de la

libertad absoluta.

Los que me sigan en mi viaje al través del continente americano,

descontarán en el camino muchas grandezas, dejando entre flores,

abrojos y espinas muchas ilusiones y no pocas esperanzas.

Viaje a America, Tomo 1 de 2 Estados Unidos, Exposición Universal de Chicago, México, Cuba y Puerto Rico · 第 11 / 37 题