CERCA de ese punto del Támesis en que está situada la iglesia de
_Rotherhithe_ existe hoy dia el mas súcio, mas estraño y mas
estraordinario de los rincones que hay en Londres; rincon desconocido aun
de nombre á la mayor parte de sus habitantes.
En la isla de Jacob, las casas que antiguamente servian de almacenes
están sin techos, las paredes arruinadas, las ventanas faltas de marcos,
las puertas no se sostienen en nada y amenazan caer en la calle; las
chimeneas negras, pero no sale de ellas humo. Hace treinta ó cuarenta
años era este un barrio comercial, mientras que ahora no es mas que una
isla desierta. Los edificios carecen de propietarios y solo están
ocupados por aquellos que tienen el valor de vivir y morir en ellos.
En un aposento superior de una de esas casas se hallaban reunidos tres
hombres mirándose unos á otros en silencio; el uno era Tobias Crachit,
el otro maese Chitling y el tercero llamado Kags, hombre de cincuenta
años, cuyo rostro estaba cubierto de magulladuras y de cicatrices, era
un presidario evadido.
--Querido --dijo Tobias dirijiéndose á Chitling --me hubieras dado
mucho gusto si te hubieses refugiado en otra parte.
--Vaya una gracia! --añadió Kags --como si no hubiera bastantes
_casuchas_, para venir aquí á comprometernos! . .
--Me esperaba por cierto de vosotros una acogida tan lisongera --replicó
Chitling con acento desconcertado.
--Crees tu --repuso Tobias --que sea muy grato para un _mozo_ como yo,
que vive retirado, todo lo posible, y que se ha sabido conservarse en su
_casa_ sin excitar la menor sospecha, recibir de _improviso_ la visita de
un _particular_ que por muy amable y aun _placentero_ que sea en el juego
de cartas no deja por ello de estar en una posicion equívoca?
--Sobre todo cuando ese _mozo_ hospeda en su casa á un amigo llegado de
_paises lejanos_, mas pronto de lo que se esperaba, y que es á un mismo
tiempo demasiado modesto y demasiado circunspecto para presentarse á los
jueces á su regreso! . . repuso Kags.
--Cuándo ha sido preso el judío? . . --preguntó Tobias Crachit.
--A las dos de la tarde, justamente en el acto de comer . . . respondió
maese Chitling. Carlota y yo hemos sido muy afortunados en habernos
podido escapar por la chimenea de la cocina; en cuanto á Mauricio
Bolter, se habia ocultado en el colador que habia tenido ocurrencia de
poner boca abajo, pero sus largos _remos_ que salian fuera lo han
descubierto y tambien ha sido cojido.
--Y Betsy?
--Pobre Betsy! --dije Chitling con acento lastimero --ha ido allí para
ver el cadáver, y la revolucion que esto la ha causado la ha vuelto loca.
--Qué se ha hecho el pequeño Carloto? . . preguntó Kags.
--Está en algun rincon de estos alrededores esperando sin duda que sea
de noche para venir aquí --respondió Chitling --ahora ya no puede
lardar. No hay que hablar, de ir á otra parte; la _tropa sorda_ ha
empezado por echar el guante á todos los que se hallaban en los _Tres
cojos_. Ha sido fortuna para mí encontrarme fuera, de otro modo, hubiera
formado cuerda con los otros. La sala del fondo y la de entrada están
llenas de _langostas_ os aseguro que hace allí calor!
--Arbitrariedad como ella! dijo Tobias Crachit mordiéndose los lábios.
--Hay mas de uno que la saltará en este asunto!
--Los _asisses_ han empezado --dijo Kags --si _calientan el negocio_, si
Bolter suelta el pico á cargo de Fagin (lo que no cabe duda despues de
lo que tiene ya dicho) el pobre viejo judío, quedará convencido de
complicidad en el asesinato y dentro ocho dias á contar desde hoy la
danzará de lo lindo.
--Daba grima oir á la multitud como gritaba tras él! . . dijo Chitling.
A no ser la _tropa sorda_ lo hubieran hecho añicos. --Una vez lo han
derribado en tierra y estoy seguro que lo hubieran muerto si los
_langostos_ no hubiesen al momento formado circulo á su alrededor; pero
puede decir que ha escapado de una buena.
Mientras que con los ojos bajos y el oido atento parecian todos abismados
en profunda reflecsion, se oyó en la escalera un pataleo y el perro de
Sikes entró de un salto en la estancia. Miraron inmediatamente á la
ventana; pero no vieron á nadie --bajaron la escalera, nadie; salieron
á la calle, nadie.
--Qué significa esto? --dijo Tobias --Acaso se atreveria á venir? . .
Espero que no!
--Si hubiese decidido venir aquí le hubiéramos visto tras de su perro!
--De dónde vendrá ese animal? --dijo Tobias --Sin duda habrá estado en
las otras _casuchas_ y habiendo visto allí una multitud de personas que
no conoce habrá corrido aquí, donde ha venido tantas veces. Pero por
qué llega solo?
--Creéis que haya sido _destruido_? . . preguntó Chitling.
Tobias sacudió la cabeza en señal de duda.
--Si esto fuera --repuso Kags --el perro nos atormentaria para que le
acompañáramos, en el sitio. Creo mas bien que habrá pasado en pais
estrangero, perdiendo á su perro.
Todos fueron de la opinion del presidario, y el perro encajándose en una
silla, se puso á dormir.
Como era ya de noche, cerraron los postigos y pusieron una vela sobre la
mesa. Los acontecimientos de los dos dias anteriores habian hecho tal
impresion en ellos que se estremecian al menor ruido. Se acercaron el uno
al otro y se hablaron en voz baja como si el cadáver de la jóven
hubiera estado en el aposento vecino.
Largo rato hacia que permanecian en esta posicion cuando de repente
llamaron á la puerta de la calle.
--Es el pequeño Carloto --dijo Kags.
Llamaron de nuevo con golpes redoblados.
--No; no es Carloto! . . el no llama nunca de tal modo.
Tobias Crachit se aventuró á mirar por la ventana, pero se retiró de
ella temblando; su palidez decia lo bastante. El perro se puso al momento
sobre sus patas y corrió hácia la puerta ladrando.
--Será _preciso_ abrirle --dijo Tobias tomando la vela.
--No hay medio de hacer otra cosa?
--No; es preciso abrirle --replicó Tobias.
--No vayas á dejarnos sin luz --dijo Kags.
Crachit bajó á abrir, y volvió acompañado de un hombre con la cabeza
envuelta en un pañuelo. Este hombre no era otro que Sikes. Puso su mano
sobre el respaldo de una silla, luego, volviendo la cabeza se estremeció
y fué á sentarse en otra silla arrimada á la pared.
--Por qué se halla aquí ese perro? . . preguntó.
--Ha venido solo; hace dos ó tres horas.
--¿Es verdad que el periódico de esa tarde anuncia que Fagin ha sido
preso?
--Es verdad.
--Qué el diablo cargue con todos vosotros! . . dijo Sikes pasando la
mano por su frente . . . Ni uno ni otro teneis nada que decirme?
Se miraron unos á otros con aire embarazado; pero ninguno desplegó los
lábios.
--Tú que eres aquí el _patron_, tienes ánsia de venderme, ó me
dejarás ocultar hasta que estén hartos de pesquisas . . . Ea . . .
habla! . . . preguntó Sikes dirijiéndose á Tobias Crachit.
--Puedes quedarte si te erees aquí seguro --respondió este.
Sikes volvió lentamente la cabeza hácia la pared contra la que estaba
arrimado de espaldas, y dijo con voz hueca.
--Y á ella . . . la . . . han enterrado?
Se contentaron con hacer una señal de cabeza negativa.
--Por qué no la han enterrado? . . Quién llama? . .
Tobias Crachit indicó con la mano que nada habia que temer, y habiendo
bajado á abrir la puerta, volvió luego seguido de Cárlos Bates.
Este al ver al asesino retrocedió horrorizado.
--Tobias! . . ¿Por qué no haberme dicho esto abajo?
Los otros tres palidecieron á esta pregunta del niño, y Sikes que lo
notó procuró acariciarlo.
Cárlos retrocedió tres pasos y puso la mano al pestillo de la puerta
como en ademan de salir.
--Carloto! acaso no me reconoces? . .
--No os acerqueis á mi monstruo! . . --esclamó Cárlos mirando al
asesino con una expresion de terror y espanto.
Sikes se detuvo; sus ojos se encontraron; pero al momento bajó los suyos.
--Notad bien los tres lo que os digo --esclamó Cárlos cerrando los
puños é irritándose mas y mas á medida que hablaba --Yo no le temo! . .
Si vienen á buscarle aquí; yo mismo le entregaré! . . Os juro que lo
haré como lo digo! Puede matarme si quiere ó si se atreve; pero os
declaro que lo entregaré á la policía si estoy aquí cuando vengan
para prenderle . . . Aunque tenga que ser quemado vivo lo entregaré! . .
Asesino! . . Socorro . . . favor! . . Al asesino! . .
Esto diciendo se abalanzó sobre Sikes que aturdido por sus gritos, y
sorprendido de encontrar tanta energía y valor en un niño, se dejó
derribar por él antes de tener tiempo de prepararse para la defensa.
La lucha con todo era demasiado desigual para poder prolongarse por mas
tiempo. Ya Sikes recobrada la ventaja, oprimia con la rodilla el pecho
del niño, cuando Crachit levantándose precipitadamente de su sitio, se
precipitó sobre él y tirándole por el brazo le señaló con el dedo la
ventana.
Habia una multitud de gente á la puerta de la calle; se hablaba en voz
alta; el ruido de los pasos y el de las voces llegaron hasta ellos y los
llenaron de espanto. Se daban á la puerta recios y redoblados golpes
como para tenderla.
--Socorro! . . Al asesino! . . --gritaba Cárlos.
--En nombre de la ley abrid! . . --clamaban á sus vez las personas de
afuera.
--Hundid la puerta! . . --repetia Cárlos. --No os abrirán --Venid en
derechura al aposento en que veis luz . . . aquí está el asesino.
--Las puertas y los cerrojos empezaban á ceder á los esfuerzos de los
acometidores, y los gritos de alegría de la multitud dieron á Sikes una
idea justa del peligro que corria.
--No teneis un sitio dónde pueda encerrar á este infernal vocinglero? . .
preguntó, buscando por el aposento.
Habiendo encontrado la puerta de un pequeño gabinete, la abrió y
encerró dentro al niño.
--Ahora --dijo --la puerta de abajo está bien cerrada?
--Con llave y cerrojos --contestó Tobias.
--Los tableros son sólidos? . .
--Forrados de hierro.
--Y los postigos? . .
--Los postigos tambien.
--Que mil truenos te confunda! . . esclamó el asesino abriendo la
ventana y desafiando á la muchedumbre.
--A tal desafio el populacho desenfrenado prorumpió en chiflas; los unos
gritaban á los que estaban mas cerca que pusieran fuego á la casa, los
otros instaban á los agentes de policía para que tiráran sobre él;
pero entre los mas encarnizados estaba un caballero á caballo, que
habiendo logrado abrirse paso entre la multitud, gritaba bajo las
ventanas de la casa «_Veinte guineas al que traiga una escala_.»
--Van á invadir el edificio! . . --esclamó el asesino mirando por la
ventana --Dadme una cuerda! una cuerda larga con cuya ayuda pueda
deslizarme en el foso y luego poner piés en polvorosa.
--Tobias le señaló con el dedo donde se encontraban esos objetos, y el
asesino habiendo escogido entre muchas cuerdas la mas larga y la mas
récia, subió precipitadamente al desvan.
Todas las ventanas que caian al detrás de la casa, y tenian de
consiguiente vista al foso habian sido aparedadas desde largo tiempo,
escepto sin embargo una pequeña abertura, situada en el cuartito en que
estaba encerrado Cárlos y la que era tan estrecha que no podia pasar por
ella la cabeza. Desde esta abertura no cesaba de gritar á la gente de
fuera que se dirijiera á este punto; de modo que cuando el asesino se
presentó al borde del techo para mirar á sus piés, una muchedumbre de
voces dieron aviso á los que estaban á la parte de delante de la casa y
estos se dirijieron en masa, hacia el foso.
Despues de haber atrancado la puerta del desvan con un trozo de madera
que habia tomado al efecto, salió por la lumbrera, y trepó sobré el
tejado.
Miró aun otra vez bajo de él; el foso estaba seco.
--Cincuenta libras esterlinas al que lo coja vivo! . . --esclamó un
caballero anciano cerca de allí. --Cincuenta libras al que lo coja vivo!
. . Permaneceré aquí hasta que venga á buscarlas.
Reuniendo todas sus fuerzas y toda su energía á la vista del peligro, y
estimulado por el ruido, que se hacia en el interior de la casa cuya
puerta al fin habia sido derribada, pasó un cabo de su cuerda al rededor
del cañon de una chimenea, y lo ató sólidamente en él; luego con la
ayuda de sus manos, hizo en un santiamen, un nudo corredizo con el otro
cabo. De este modo podia por medio de la cuerda, dejarse caer hasta
algunos palmos del suelo y cortar en seguida la cuerda con el cuchillo
que tenia abierto en su mano.
En el instante que tenia el nudo corredizo sobre su cabeza para pasarlo
bajo su brazo, y cuando el viejo caballero en cuestion --el mismo que
habia prometido cincuenta libras esterlinas al que prendiera el asesino,
advertia á los que tenia al lado de los designios de éste --Sikes miró
tras sí y cubriéndose el rostro con sus dos manos lanzó un grito de
terror!
--Ah! . . Todavia esos ojos infernales! --clamó! . .
Vacilando como si hubiese sido herido de un rayo, perdió el equilibrio y
cayó de espaldas de la altura de treinta y cinco piés con el nudo
corredizo pasado alrededor de su cuello. La cuerda se habia puesto
tirante como la de una ballesta, y su efecto fué tan instantáneo, como
la flecha que ella dispara. Tuvo lugar una horrible sacudida, luego un
movimiento convulsivo del cuerpo, y el asesino quedó colgado, teniendo
fuertemente oprimido en su mano el cuchillo abierto.
La antigua chimenea fué conmovida, pero con todo resistió; el cadáver
del bandido, estaba arrimado á la pared.
Un perro, que no se habia visto hasta entonces se puso á correr á
derecha é izquierda por el borde del tejado y dando un ahullido
espantoso, saltó de repente sobre las espaldas del colgado. Habiendo
faltado el golpe, cayó en el foso, de cabeza contra una piedra y se
rompió el cráneo.
[Illustration: Muerte de Sikes.]