UN ACONTECIMIENTO IMPREVISTO VIENE Á TURBAR LA DICHA DE NUESTROS TRES
AMIGOS.
EL estio sucedió pronto á la primavera y la campiña que Oliverio habia
encontrado tan hermosa al llegar á la aldea, desplegaba entonces sus
riquezas y se mostraba en todo el esplendor de su belleza. La tierra se
habia revestido de un manto de verdor y exhalaba sus mas dulces perfumes.
Una tarde que regresaban de un paseo mas largo que de costumbre, Rosa que
habia estado sumamente jovial durante todo el camino, se sentó al piano.
Despues de haber recorrido maquinalmente durante algun tiempo sus dedos
sobre el teclado, tocó un aire lánguido y la señora Maylie creyó
oirla sollozar.
--Rosa! Mi buena amiga! --dijo.
La jóven guardó silencio; pero tocó con un poco mas de viveza como si
la voz de la buena señora la hubiese arrancado de su sueño penoso.
--Rosa! Querida mia! --esclamó ésta levantándose precipitadamente de
su silla y acercándose á la jóven. --Qué tienes? . . . Tu semblante
está lleno de lágrimas! Díme qué ha podido causarte disgusto?
--Nada tia, os lo aseguro! --dijo Rosa --En verdad no sé lo que tengo;
pero me encuentro esta noche tan abatida!
--Angel mio! ¿Si estarás enferma? --preguntó la Señora Maylie.
--Ah! No; no estoy enferma? --respondió Rosa estremeciéndose como si un
frio mortal la hubiese cojido súbitamente . . . --Ello no será nada!
Pronto me encontraré mejor! Cerrad la ventana, os lo ruego!
--Oliverio la cerró bien y la jóven haciendo todos los esfuerzos
posibles para dominar el sentimiento que la agitaba, procuró tocar un
aire mas festivo. Pero apenas sus dedos rozaron las teclas, cuando no
pudo contenerse y cubriéndose el rostro con ambas manos, fué á
sentarse en un sofá y dió libre curso á sus lágrimas.
--Mi querida niña! --esclamó la Señora Maylie --Jamás le he visto en
tal estado!
--He hecho todo lo que he podido para no alarmaros! --dijo Rosa --Pero
creo que realmente estoy enferma.
Lo estaba en efecto, pues cuando trajeron luz notaron que estaba pálida
como la muerte. La espresion de su fisonomía nada habia perdido de su
belleza; pero con todo estaba cambiada y habia en sus facciones tan
dulces y tan regulares algo de estraviado que no se habia visto antes de
entonces. En un momento, su rostro se volvió purpúreo y sus hermosos
ojos azules se cubrieron de una nube. Al cabo de pocos minutos estaba
lívida hasta dar miedo.
Oliverio que durante todo este tiempo habia observado á la señora
Maylie con la atencion mas asídua, notó que estos síntomas estraños
la habian alarmado y él mismo quedó aterrorizado. Pero viendo que ella
procuraba ocultar su turbacion afectando un aspecto tranquilo; hizo otro
tanto la misma Rosa al ir á acostarse á instancia de su tia, se mostró
mas alegre y pareció encontrarse mucho mejor. Les aseguró su certitud
de levantarse á la mañana siguiente en perfecta salud.
--Creo que no hay nada de serio ¿no es cierto Señora? --dijo Oliverio
cuando la Señora Maylie volvió á entrar en el salon. --Parece que la
Señorita no se encuentra muy bien esta tarde; pero . . .
La buena señora le hizo señal de que no hablára y sentándose en un
rincon permaneció silenciosa durante algun tiempo. Al fin dijo con voz
trémula.
--Espero que no será nada, Oliverio. He sido muy feliz con ella por
espacio de algunos años! Demasiado feliz tal vez; y podria ser que me
sucediese alguna desgracia! No, que quiera decir que este sea el caso.
--Qué desgracia señora? --preguntó Oliverio.
--La de perder esa niña querida que por tanto tiempo ha sido mí alegria
. . . mi dicha! --dijo aquella con voz entrecortada.
--Dios no lo permita! --esclamó vivamente Oliverio.
--Hágase su santa voluntad? --repuso la señora torciéndose las manos.
--Oh! Seguramente no nos amenaza una desgracia tan grande! --dijo
Oliverio --Aun no hace dos horas que estaba tan buena!
Los temores de la Señora Maylie eran por cierto demasiado fundados y lo
que habia predicho sucedió. A la mañana siguiente se declararon en Rosa
los síntomas de una enfermedad peligrosa.
Es necesario darnos prisa y no perder el tiempo en aflicciones inútiles
--dijo la Señora Maylie, apretando la frente con sus manos. --Mr.
Losberne debe recibir esta carta lo mas pronto posible. Es preciso
llevarla al pueblo vecino, que está á cuatro millas de distancia lo
mas, andando por el atajo y de allí remitirla á Chertsey por un expreso
á quien encargareis que ande á toda prisa. La gente de la posada se
encargarán de ello y á vos os recomiendo que la veais marchar.
Oliverio no pudo responder tal era su afan de alejarse inmediatamente.
--Tomad esta otra! --continuó la señora Maylie con ademan pensativo
--Pero no sé si será mejor esperar que el doctor me haya dicho lo que
piensa de Rosa . . . En el caso de haber peligro no quisiera remitirla.
--Es tambien para Chertsey Señora? --preguntó Oliverio alargando su
mano trémula para recibir la carta, impaciente como estaba de cumplir su
comision.
--No, --contestó la señora entregándosela maquinalmente.
Oliverio echó una ojeada al sobre y vió que era para Enrique Maylie, en
casa de un caballero, del cual no pudo descifrar ni el hombre ni el
domicilio.
--Queréis que ella parta señora? --preguntó Oliverio mas impaciente
que nunca.
--Creo que será mejor esperar á mañana! --dijo la Señora Maylie
volviéndola á tomar.
Dicho esto, dió su bolsillo á Oliverio; que se lanzó fuera del salon
sin despedirse de su bienhechora.
Corriendo á través de los campos todo lo que sus fuerzas le
permitieron, ya oculto por el trigo de alto talle que se elevaba en ambos
lados del camino, ya en medio de un llano, en el que habia hombres
ocupados en segar y hacer gavillas y no deteniéndose mas que para tomar
aliento, llegó al fin cubierto de sudor y de polvo á la plaza del
mercado del villorrio.
Su primer cuidado fué buscar la posada de que le habia hablado la
Señora Maylie. Miró á todos lados. De pronto se presentó á sus
miradas una cerveceria pintada de rojo, luego la casa de la villa pintada
de amarillo y luego al fin una posada, que tenia por muestra. _Al rey
Jorge_. Inmediatamente entró en ella.
Se dirijió á un postillon que fumaba su pipa en el lindar de la puerta
cochera, quien despues de haberse hecho esplicar la clase del mensaje que
llevaba Oliverio, lo envió al muchacho de cuadra quien despues de la
misma esplicacion lo endosó al maestro de postas que apoyado contra la
bomba cerca la puerta de la cuadra se divertia paseando en su boca un
monda-dientes de plata. Este tomó la carta de las manos del niño y se
dirijió con displicencia hácia el bufete para enterarse de la
direccion, (lo que ecsijió aun bastante tiempo.) Luego que se hubo
enterado y exijido la paga adelantada, hizo ensillar un caballo y dió
órden á un postillon de que se preparára, lo que fué tarea de un
cuarto de hora, durante cuyo tiempo Oliverio que estaba como entre
espinas tuvo veinte veces la tentacion de saltar sobre el caballo y
correr á brida suelta hasta la prócsima parada.
Sin embargo al fin todo quedó listo y Oliverio despues que hubo
encargado encarecidamente al postillon de marchar lo mas aprisa que le
fuera posible, éste partió como el rayo y en menos de nada estuvo al
estremo opuesto del villorrio.
No era poco para Oliverio tener la certeza de que la jóven enferma iba
á recibir prontos ausilios y que no habia habido tiempo perdido. Acababa
de dejar el patio de la posada, con el corazon menos oprimido y pasaba el
lindar de la puerta cochera corriendo, cuando se enredó entre las
piernas de un hombre envuelto en una capa que entraba en el parador.
--Qué diablos es esto? --dijo el hombre retrocediendo de golpe al ver el
niño.
--Perdonad caballero! --contestó éste --Estaba ansioso de volver á
casa y no os veia.
--Maldicion! --murmuró el hombre entre dientes lanzando á Oliverio una
mirada furiosa --Es posible! Qué un rayo te parta! Creo que si estuviera
muerto, saldria espresamente de su tumba para encontrarse en mi camino!
--En verdad lo siento mucho caballero! --balbuceó Oliverio espantado del
modo como le miraba el estrangero. --Os he hecho daño?
--Maldicion! --murmuró de nuevo. --Si hubiese tenido solo el valor de
pronunciar una palabra, largo tiempo hace estaria desembarazado de él!
Qué el infierno te confunda! ¿Qué haces tu ahí pequeño demonio?
--Esto diciendo rechinó los dientes, cerró los puños y abalanzándose
sobre Oliverio como para cojerlo, cayó de espaldas espumeante de rabia y
debatiéndose como un furioso.
Oliverio con todo no pudo hacer caso de este hecho estraño porque luego
que hubo llegado á la casa, cuidados mas serios ocuparon su alma y
desviaron su atencion de lo que le era personal.
Rosa estaba mucho mas mala; la fiebre habia redoblado y al anochecer
entró en delirio. El cirujano del pais no la dejó un solo instante.
Apenas la hubo visto llamó á parte á la Señora Maylie y le declaró
que la enfermedad era de las mas graves y que solo un milagro podia
salvar á su sobrina.
A la mañana siguiente todo fué silencio en el interior de la casa. Se
hablaba en voz muy baja; algunas mugeres y niños se presentaban de
tiempo en tiempo á la verja y se volvian con las lágrimas en los ojos.
Todo el dia y aun hasta mucho despues de puesto el sol, Oliverio se
paseó en el jardin levantando la vista á cada momento hácia la ventana
del aposento de la enferma. Le parecia por la tristeza del lugar que la
muerte debia estar allí y se estremecia de horror.
Era ya muy entrada la noche cuando Mr. Losberne llegó --Es una gran
desgracia! --dijo al ver á Rosa --Tan jóven, tan amable! Pero poca
esperanza queda!
Durante muchos dias la muerte parecia habitar en esta casa, tanta era su
tristeza y melancolía, el silencio mas profundo reinaba en ella; el
dolor estaba impreso en todos los semblantes. Una tarde la Señora Maylie
y Oliverio estaban sentados en el salon, cuando fueron arrancados de sus
meditaciones por el ruido de una persona que se acercaba. Ambos se
precipitaron involuntariamente hácia la puerta, en el momento en que
entró Mr. Losberne.
--Y Rosa? --esclamó la Señora Maylie --Hablad, os lo suplico! Estoy
preparada del todo! No puedo vivir mas tiempo en tan horrible
incertidumbre! Hablad en nombre del cielo; hablad!
--Calmaos señora! --dijo el doctor, tomándola por el brazo. --Calmaos
os lo ruego!
--Por amor de Dios dejadme --continuó la Señora Maylie con voz ahogada
--Rosa, mi querida niña! Ha muerto! Se muere!
--No, --esclamó el doctor con fuerza --Dios que es la misma bondad,
permite que ella viva aun largos años para la felicidad de todos
nosotros.
La buena Señora cayó de rodillas y procuró plegar las manos en señal
de accion de gracias; pero el valor que la habia sostenido por tanto
tiempo la abandonó de improviso y se desmayó en los brazos de su
antiguo amigo.