COMO la enfermedad de Oliverio, habia sido de un carácter sério, su
convalecencia fué larga. Los dolores que le causaba su herida, unidos á
una fiebre ardiente, que duró mas de un mes le habian aniquilado del
todo. Penetrado de los cuidados que sus dos huéspedas le prodigaban, les
manifestaba su gratitud con las lágrimas en los ojos y á menudo las
decia, cuanto sentia la tardanza en restablecerse para hacer algo por
ellos aunque no fuera sino para probarlas que sus bondades no eran
estériles y que el pobre niño á quien ellas habian libertado de la
miseria y tal vez de la muerte, estaba del todo entregado á su servicio.
Y sin embargo apesar de las bondades de la Señora Maylie y de Rosa,
Oliverio estaba á menudo inquieto. Parecia esperimentar un remordimiento
y era que pensaba en Mr. Brownlow y en aquella anciana señora que le
habian tratado tan bien durante su enfermedad. Temia pasar por un ingrato
á los ojos de sus generosos protectores y así no estuvo tranquilo hasta
que Mr. Losberne le hubo prometido formalmente llevarlo á verlos luego
que se hallaria en estado de soportar el viaje.
Oliverio se restableció al fin. En consecuencia una hermosa mañana
partió con Mr. Losberne en la calesa de la Señora Maylie. Llegados al
puente de Chertsey, se puso pálido y lanzó un grito penetrante.
--Vaya! ¿qué le da ahora á este muchacho? --esclamó el doctor con
tono brusco como de ordinario --¿Qué ves? ¿Qué sientes? ¿Qué oyes?
Ea! habla!
--Esa casa caballero! --dijo Oliverio.
--Y bien! ¿Qué? Parad cochero! Qué es lo que tiene de particular esa
casa muchacho?
--Los ladrones! La casa en que me han conducido! --dijo en voz baja
Oliverio.
Sin dar tiempo al cochero para bajar de su asiento el doctor logró (no
sé como) salir de la calesa y corrió en derechura á la casucha, á
cuya puerta llamó con golpes redoblados, como un rabioso.
--Voto á mil legiones de demonios! --prorrumpió un feo y raquítico
jorobado, abriendo la puerta tan bruscamente que el doctor que acababa de
dar su último punta-pié perdió el equilibrio y faltó poco, para que
no cayera de todo lo largo en el pasadizo --¿Qué es lo que sucede?
--Lo que sucede? --esclamó el otro cojiéndole por el pescuezo, sin
darle tiempo para decir Jesus --Lo que sucede! Se trata de un robo con
escalamiento y fractura: He aquí lo que sucede!
--Entonces sucederá además un homicidio si no me soltais! --contestó
el jorobado con frialdad --Lo entendeis?
--Sí; os entiendo! --replicó el doctor apretando á éste fuertemente
--Dónde está . . . (Por vida . . . ahora se me escapa el nombre.)
Dónde está ese ladron ese pillo de Sikes?
El raquítico jorobado miró al doctor con asombro é indignacion á la
vez; y desprendiéndose con sagacidad de las manos de este último, se
retiró al fondo de la casa profiriendo un _Kirie_ . . . _le_ . . . de
juramentos horribles. Mr. Losberne le siguió hasta una salita obscura
sin decir palabra. Miró en torno suyo con alguna inquietud; ningun
mueble; ningun objeto animado ó inanimado, ni aun el sitio de los
armarios: nada en fin respondia á la descripcion, que de ella habia
hecho Oliverio.
--Ea! --dijo el jorobadillo que habia estudiado todos sus movimientos
--Cuál es vuestra intencion al entrar de este modo en mi casa? Venís
para robarme ó para asesinarme? Cuál de las dos cosas?
--Habeis visto alguna vez vos viejo vampiro á un ladron ó asesino bajar
de un coche, para dar su golpe de mano? --preguntó el irracible doctor.
--Entónces que queréis? --esclamó el jorobado con acento furioso --Os
invito á que salgais incontinenti si no quereis que os suceda una
desgracia.
--Me iré cuando me dará la gana! --dijo Mr. Losberne echando una ojeada
rápida á otra salita que lo mismo que la primera no tenia nada de
semejante con la descripcion que Oliverio habia hecho de ella --Amigo
mio! Sabré volveros á encontrar uno de esos dias.
--Si hé! --dijo rechinando los dientes el horrendo jorobado. --Si alguna
vez necesitais de mí, aquí me encontraréis. Hace veinte y cinco años
que no he vivido solo en este sitio en tal estado para que vinierais vos
á asustarme de este modo. Me la pagaréis! Estad seguro de ello.
Dichas estas palabras el feo y diminuto mónstruo dió un grito acre y se
puso á bailar con un furor frenético.
--Esto es demasiado ridículo, --dijo el doctor para sí --Es necesario
que el muchacho se haya engañado. Tomad esto!
Al mismo tiempo sacó de su faltriquera una moneda que arrojó al
jorobado y volvió á la calesa. Este le siguió hasta la portezuela
lanzando imprecaciones todo el camino y mientras Mr. Losberne hablaba al
cochero lanzó sobre Oliverio una mirada tan furiosa que de noche como de
dia el niño pensó en ella durante un mes entero. El jorobado continuó
sus juramentos y sus imprecaciones hasta que el cochero hubo subido otra
vez á su asiento; y cuando el coche estuvo ya lejos se le hubiera podido
ver aun de cierta distancia patear de rábia y arrancarse los cabellos en
un exceso de furor.
--Soy un asno! --dijo el doctor despues de un silencio dilatado --¿Lo
sabias tu Oliverio?
--No Señor.
--Pues bien otra vez no lo olvides! Sí; soy un borrico! --continuó el
doctor despues de un momento de reflecsion . . . Dado caso que aquella
hubiera sido la misma casa y los mismos individuos ¿qué podia hacer
solo? Y aun cuando hubiera dado recio no habria hecho mas que venderme á
mí mismo divulgando la estratagema que he debido emplear para ahogar
este asunto. Y con todo esto hubiera sido bien hecho! Me hundo siempre en
algun pantano, obrando así, segun mi primer impulso y nunca saco de ello
ningun bien.
El hecho es que este hombre escelente jamás en su vida habia obrado de
otro modo; y que lejos de hundirse en un pantano como decia, la
naturaleza del impulso que seguia era tal que se habia adquirido el
respeto y la estimacion de todos los que le conocian.
Como Oliverio sabia el nombre de la calle en que habitaba Mr. Brownlow se
dirijieron á ella en derechura, sin buscar y cuando la calesa dobló la
esquina de esa calle, el corazon del niño palpitó con tanta fuerza que
apenas podia respirar.
--Hijo mio! Dinos ahora que casa es esa? --preguntó Mr. Losberne al
doblar una esquina.
--Allí! allí! Aquella! La casa blanca! --esclamó vivamente Oliverio
sacando la cabeza por la portezuela del coche --Oh! pronto . . . pronto
. . . os lo suplico! Siento que me moriré de alegria . . . Estoy todo
tembloroso.
--Paciencia! Paciencia! --dijo el bueno del doctor dándole un golpecillo
sobre la espalda . . . Los verás al momento y ellos estarán gozosos de
verte sano y salvo.
--Oh! No lo dudo! --replicó Oliverio --Han sido tan buenos para conmigo!
Si lo supierais caballero!
--El coche se paró: no era esta la casa. Avanzó algunos pasos y se
paró otra vez. Lágrimas de contento se escaparon de los ojos del niño
cuando miró á las ventanas . . . Ah! La casa blanca estaba desierta y
un letrero con estas palabras «Para alquilar.» colgaba encima de la
puerta.
--Llamad á la otra puerta cochero! --dijo el doctor pasando su brazo
bajo el de Oliverio.
--Sabeis que se ha hecho de Mr. Bronwlow que habitaba la casa vecina?
--preguntó á la criada que vino á abrir.
--No lo sé; --contestó ésta --pero voy á informarme.
Volvió al cabo de un momento y dijo que hacia cerca seis semanas que Mr.
Brownlow habia vendido su moviliario y que en seguida habia partido para
las Indias occidentales.
--Se ha llevado con él la ama de llaves? --preguntó Mr. Losberne
despues de un momento de reflecsion.
--Sí caballero. --respondió la criada --Se ha llevado á su ama de
llaves y á uno de sus amigos . . . Los tres han partido en el mismo dia.
--Ea! derecho á casa cochero! --dijo Mr. Losberne --y picad de recio á
vuestros caballos hasta que estemos fuera de este maldito Lóndres.
--Y el librero señor? --dijo Oliverio --Sé donde habita . . . Vamos
allá; os lo ruego . . .
--Pobre muchacho! --contestó el doctor. --Basta ya de desorientamiento
por hoy. Si vamos á la habitacion del librero, no dudo que habrá
muerto, ó que su casa ha sido incendiada, ó bien que se ha fugado . . .
. No; derecho al domicilio. --Y conforme al _primer impulso_ del doctor,
se volvieron á casa.
Esta circunstancia con todo no produjo cambio alguno en la conducta, de
las bienhechoras de Oliverio para con él. Pasó luego una quincena, y
habiendo llegado la hermosa primavera se prepararon para dejar por
algunos meses la casa de Chertsey. En consecuencia enviaron á casa su
banquero la platería que habia excitado tanto la codicia del judío y
despues de haber dejado á Giles y otro criado en la casa para que
cuidáran de ella durante su ausencia, las dos señoras partieron á su
casa de campo situada á algunas leguas distante de allí llevándose con
ellas á Oliverio.
La campiña en que se habian retirado era á la verdad encantadora y
Oliverio poco acostumbrado á una mansion tan deliciosa, parecia empezar
una nueva vida.
Cada mañana iba cerca la iglesia en casa un anciano de blancos cabellos
quien le enseñaba á leer y á escribir, el cual lo hacia con tanto
ahinco que Oliverio jamás podia hacer bastante para contentarlo. En
seguida daba un paseo con sus bienhechoras; y si se sentaban para
recrearse con la lectura, escuchaba con tanta atencion que la noche
hubiera llegado sin notarlo. Luego era necesario prepararse para la
leccion del dia siguiente encerrándose en un pequeño gabinete, que daba
al jardin y estudiando hasta la tarde en que se daba un segundo paseo.
Todos los dias á las seis de la mañana estaba en pié recorriendo los
campos y cojiendo flores de las que hacia ramilletes que ponia sobre la
mesa á la hora del almuerzo. Traia tambien _yerba murages_ para los
pajáros de la Señorita Maylie y decoraba con ella las jaulas con un
cuidado esquisito. Concluida esta faena siempre habia alguna pequeña
comision que desempeñar en el pueblo, algun acto de caridad que ejecutar
de parte de las señoras. O bien se divertia cultivando en el jardin las
plantas que el clérigo del villorrio, que era jardinero, le habia
enseñado á conocer y en medio de esa ocupacion llegaba la Señorita
Rosa, quien jamás dejaba de elogiarle por todo lo que habia hecho
recompensándole siempre con una sonrisa graciosa.
Así transcurrieron tres meses: tres meses de felicidad para Oliverio,
cuya vida hasta entonces no fuera mas que una cadena contínua de
tristezas y de tormentos.