LA SUERTE QUE NO SE CANSA DE PERSEGUIR Á OLIVERIO, LLEVA Á LONDRES UN
PERSONAGE ILUSTRE QUE ANONADA SU REPUTACION.
UNA mañana muy de madrugada Mr. Bumble salió de la Casa de la Caridad y
enfiló la Calle Mayor con paso firme y seguro. Su semblante demostraba
toda la gloria y el orgullo de su dignidad de pertiguero: los galones de
su sombrero de tres picos y de su levita brillaban al sol y oprimia su
baston con toda la fuerza de la salud y del poder. Mr. Bumble llevaba
siempre la cabeza erguida, pero en este dia la llevaba mas tiesa que de
costumbre. Habia tal distraccion en sus miradas y tal nobleza en sus
ademanes que un observador inteligente no hubiera podido menos de
presumir que pensamientos de una naturaleza poco comun ocupaban la mente
del pertiguero. No se dignó detenerse para conversar con los tenderos al
por menor y las demas personas que le dirijieron la palabra; se contentó
con responder á sus saludos por un movimiento de mano y no se detuvo su
marcha hasta que hubo llegado á la granja en que la Señora Mann
guardaba á los niños de la Casa con un cuidado _parroquial_.
--Que el diablo se lleve á ese importuno pertiguero, si no es él quien
llega tan de mañana! --dijo viéndole sacudir con impaciencia la puerta
del jardin --Ola Señor Bumble! Ya me figuré yo bien que no podiais ser
otro que vos! Es gran placer y una sorpresa agradable el poderos ver tan
de mañana! Os suplico que os tomeis la molestia de entrar!
Las primeras palabras fueron dirijidas á Susana y las últimas á Mr.
Bumble mientras le abria la puerta y le introducia en la casa con las
mayores señales de respeto y atencion.
--Señora Mann! --dijo Mr. Bumble dejándose caer gradual y pausadamente
en una silla, en vez de sentarse bruscamente como lo haria un palurdo
--Señora Mann os doy los buenos dias!
--Igualmente Señor Bumble! --contestó esta con muchas muecas graciosas
--¿Cómo vá esa preciosa salud?
--Psi! psi! Señora Mann. --replicó el pertiguero --Una vida
_parroquial_ no es ningun lecho de rosas!
--Bien seguro que no! --apoyó la Señora. (Todos los niños confiados á
su cuidado hubieran podido responder á coro si la hubiesen oido.)
--Una _vida parroquial_ Señora Mann --continuó el pertiguero golpeando
la mesa con su baston --es una vida de trabajo, de vejaciones y de
tormentos! Pero todos los _personajes públicos_, si así puedo
espresarme, deben esperarse el sufrimiento de la persecucion.
La Señora Mann no comprendiendo del todo lo que el pertiguero queria
decir, levantó las manos al cielo con aire místico y suspiró.
--Ah! Bien podeis suspirar Señora Mann! --dijo Bumble.
Aquella viendo que habia obrado bien, suspiró de nuevo con gran
satisfaccion del _funcionario público_ que reprimió una sonrisa
graciosa mirando fijamente al sombrero de tres picos.
--Me voy á Londres Señora Mann!
--De veras Señor Bumble? --contestó ésta plegando las manos y
retrocediendo tres pasos en señal de asombro.
--Si Señora. --replicó el imperturbable pertiguero --Me voy á Londres
en la diligencia . . . yo y dos pobres de la casa. Tenemos un pleito por
causa de esos pobres. No pertenecen á nuestra parroquia, de consiguiente
por pleno derecho no queremos albergarlos . . . y yo soy quien el consejo
de Administracion ha escojido por su representante y el que debe
responder en su nombre en las prócsimas sesiones de Clerkenwell. [3]
Figuraos ahora Señora Mann --continuó empinándose de toda su altura
--Figuraos digo cuanto hilo tendrán que torcer las sesiones de
Clerkenwell antes que concluyan conmigo.
--Oh! no vayais á tratarlas con demasiada severidad. --dijo la Señora
Mann con tono adulador.
--Ellas me habrán obligado Señora Mann, y si las sesiones de Crekenwell
no salen tan bien paradas como creen, á ellas mismas deberán echarse la
culpa!
Estas palabras fueron pronunciadas con tal calor y tal acento de amenaza
que la Señora Mann se estremeció.
--Os vais pues en la diligencia? --dijo --Creia que la costumbre era
enviar á esos pobres en carretas?
--Esto Señora Mann es cuando están enfermos. Entonces les encajamos
dentro de carretas descubiertas para impedir que los aires colados les
costipen.
--Ah! esto es otra cosa!
--La Administracion de diligencias se encarga de esos por una biscoca.
Ambos se hallan en muy triste estado, y calculamos que el cambiarlos nos
costará dos libras esterlinas menos que enterrarlos; es decir, si
logramos hacerlos recibir en otra parroquia, lo que creo no será dificil
en caso de que el despecho no los mato en el camino . . . ah! ah! ah!
Despues que Mr. Bumble hubo reido á sus anchas, sus ojos se encontraron
con el tricuspis y recobró su gravedad.
--Por vida de . . . hablando nos olvidamos de los asuntos. --dijo
--Señora Mann aquí tenéis vuestro _salario parroquial_ del mes.
Esto diciendo sacó de su cartera algunas monedas de plata envueltas en
un papel y pidió un recibo que la Señora Mann se apresuró á escribir.
--Hay muchos garabatos --dijo esta --pero ya pasará. Muchas gracias
Señor Bumble. Os estoy muy agradecida.
El pertiguero respondió á esta cortesia con una ligera inclinacion de
cabeza y preguntó por la salud de los niños.
--Pobres angelitos! --contestó la vieja con emocion. --Están lo mejor
posible, esceptuando los dos que se murieron la semana pasada y luego el
pequeño Ricardo que anda alicaido.
--No mejora? --preguntó el pertiguero.
La Señora Mann sacudió la cabeza.
La mañana siguiente á la seis Mr. Bumble, despues de haber cambiado su
sombrero de tres picos por otro redondo y empaquetado su individuo dentro
un redingote azul, tomó asiento en la delantera de la diligencia en
compañía de los dos _criminales_ de quienes la Administracion pretendia
deshacerse, y que eran la causa bien inocente del proceso que llamaba al
pertiguero á Londres. Este llegó á la capital sin haber esperimentado
en el camino otra incomodidad que la producida por la conducta
_inconveniente_ de los dos pobres que se obstinaron en quejarse del frio,
y en titiritar de tal manera durante todo el viaje que (á lo que dijo
Mr. Bumble.) sus dientes le castañearon en la cabeza y se encontró muy
poco á su gusto á pesar de tener un grueso redingote sobre su cuerpo.
Habiéndose desembarazado el pertiguero de tan _incómodos_ individuos
por toda la noche, se instaló en la fonda donde habia parado la
diligencia y se hizo servir una opípara comida compuesta de tajadas de
buey con salsa de ostras y una botella de escelente vino de Oporto. Luego
que hubo concluido, llenó un vaso de _grog_ que puso sobre la chimenea,
acercó su silla á la lumbre y despues de algunas reflecsiones morales
sobre la incomodidad que resulta de viajar con personas que titiritan y
que se quejan, se puso á leer un periódico.
El primer artículo sobre el que se fijaron sus ojos fué el anuncio
siguiente: