NOÉ corrió como un galgo por las calles y no se paró para tomar
aliento hasta que hubo llegado al portal de la Casa de caridad. Allí
esperó algunos minutos á que vinieran en su ayuda las lágrimas y los
sollozos y pudiera prestar á su fisonomía un aire de espanto y de
terror. Luego llamó bruscamente á la puerta y, manifestó un semblante
tan lastimoso al viejo pobre que vino á abrirle, que este aunque muy
acostumbrado á no ver á su alrededor mas que semblantes lastimosos aun
en los mas bellos dias del año retrocedió asombrado.
--Que te pasa muchacho?-- preguntó.
--Mr. Bumble! Mr. Bumble!-- gritó Noé fingiendo terror y alzando tanto
la voz que su acento no solo llegó á los oidos de Mr. Bumble que se
hallaba distante algunos pasos si que tambien lo espantó hasta el
estremo de precipitarse en el patio sin su fiel tricorne (circunstancia
tan rara como curiosa que nos convence de que un pertiguero cuando es
presa de un impulso repentino y poderoso, puede muy bien caer en una
fascinacion momentánea y olvidarse á la vez de si mismo y de su
dignidad personal.
--Señor Bumble!-- dijo Noé --si supierais señor . . . Oliverio, ha . . .
--Y bien! que? que ha hecho Oliverio? --preguntó el pertiguero brillando
un rayo de placer en sus ojos metálicos --¿Se ha fugado?
--No Señor; muy al contrario; en vez de fugarse se ha vuelto _asesino_!
--replicó Noé --Ha querido asesinarme á mi y luego á Carlota y luego
á la señora . . . Oh! la . . . la . . . la . . . la. ¡Dios mio, que
dolor! Señor si supierais . . . Oh! hu! ah! (al mismo tiempo se
retortigaba en todas direcciones, removiendo el vientre con ambas manos y
haciendo contorsiones y visajes horribles, para hacer creer á Mr. Bumble
que por el ataque violento que habia sufrido se le habia desarreglado
algo en el cuerpo que le hacia sufrir cruelmente en aquel momento.)
Viendo que habia logrado su objeto y que su relacion habia paralizado al
pertiguero, juzgó oportuno añadir al efecto producido una serie de
lamentaciones sobre una octava y media mas alta que antes. En esto
apercibió á un caballero de chaleco blanco que atravesaba el patio y le
vino la feliz idea de llamar la atencion y excitar el enojo del susodicho
caballero gritando mas recio que nunca.
En efecto el caballero no hubo dado dos pasos cuando retrocedió y se
informó del motivo que hacia _aullar_ de tal modo á aquel _cachorro de
presa_; amonestando á Mr. Bumble porque no le habia administrado dos
buenos bastonazos para hacerle llorar por alguna cosa.
--Es un pobre muchacho de la escuela de la caridad --dijo Bumble --que ha
estado muy cerca de ser asesinado por el jóven Twist.
--No lo dije! --esclamó el hombre del chaleco blanco parándose
secamente --Estaba yo bien seguro! Desde el momento tuve el extraño
presentimiento de que ese pilluelo algun dia se haria colgar de una horca.
--Tambien ha intentado asesinar á la criada! --dijo Bumble pálido de
terror.
--Y luego á su ama! --añadió Noé.
--No habeis dicho que tambien á su amo? --repuso el pertiguero.
--No señor; porque habia salido de otro modo le hubiera asesinado
--replicó Noé --Así lo ha dicho.
--Hijo mio! con que ha dicho que lo quería asesinar? --dijo el caballero
del chaleco blanco.
--Si. --repuso Noé --Y á propósito mi ama me envía para suplicar á
Mr. Bumble venga por un momento á casa si puede para zurrar á Oliverio
ya que mi amo está ausente.
--Tienes razon amiguito! tienes razon! --dijo el caballero del chaleco
blanco con aire melifluo, y pasando su mano sobre la cabeza de Noé que
era mas alto que el á lo menos de tres pulgadas añadió --Toma ahi
tienes un sueldo para tí. Bumble! corred con vuestro baston á casa
Sowerberry y ved vos mismo lo que hay que hacer. No haya cuartel Bumble;
lo entendeis?
--Perfectamente. --replicó el otro encajando un látigo que se adaptaba
al estremo de su baston y del que se servia para imponer correcciones
_parroquiales_.
--Decid á Sowerberry que tampoco le perdone. Solo á golpes se podrá
algo con él. --dijo el hombre del chaleco blanco.
Ajustados el baston y el tricorne cada uno en su lugar y sitio con gran
satisfaccion de su comun dueño, Mr. Bumble y Noé Claypole se dirijieron
precipitadamente á la casa de Sowerberry.
En ella el estado de los asuntos no habia mejorado lo mas mínimo. Mr.
Sowerberry aun no habia vuelto y Oliverio continuaba dando puñetazos á
la puerta de la carbonera con brio igual. El fiel relato que Carlota y la
Señora Sowerberry hicieron de la _ferocidad_ del niño fue le un
carácter tan alarmante que Mr. Bumble
juzgó prudente parlamentar antes de abrir la puerta. De consiguiente
dió por si mismo un puntapié en ella á guisa de exordio, y aplicando
sus labios al ojo de la llave dijo con tono grave é imponente.
--Oliverio!
--Abrid esta puerta! --respondió el niño.
--Oliverio reconoces esta voz? --preguntó el pertiguero.
--Si. --repuso Oliverio.
--Y no os da miedo? No temblais, mientras os hablo?
--No. --respondió Oliverio con resolucion.
--Una respuesta tan diferente de la que tenia derecho á esperar y á la
que no estaba acostumbrado, desconcertó en gran manera á Mr. Bumble.
Dió tres pasos atrás, se empinó todo derecho y paseó alternativamente
sus miradas sobre los tres espectadores sin poder proferir una palabra.
--Ya lo veis Señor Bumble! --dijo la Señora Sowerberry --Es necesario
que esté loco. Otro muchacho que no poseyera mas que la mitad de su
razon, so guardaría muy bien de hablaros de este modo.
--No es la locura señora! --dijo Mr. Bumble despues de algunos instantes
de refleccion --Es la comida!
--Que me decís? --esclamó la Señora Sowerberry.
--La comida señora! --repuso el pertiguero con tono enfático --No mas
que la comida. Lo habeis sobrecargado de alimento; habeis _erijido_ en
él un alma y una inteligencia _artificiales_ que de ningun modo
convienen á las personas de su clase; como o lo dirán por su propio
labio los Administradores que son filósofo experimentales señora
Sowerberry. Que necesidad tienen los _pobres_ de poseer una inteligencia
y un alma? No basta el que les hagamos vivir? Si vos señora no le
hubieseis dado mas que puches no hubiéramos llegado á este caso.
--Dios mio! Dios mio! --esclamó la Señora Sowerberry elevando
piadosamente sus ojos al techo do la cocina --Es posible que esto dimane
de un exceso do liberalidad!
La liberalidad do la Señora Sowerberry para con Oliverio consistia en
una prodigalidad confusa de escamochos que ningun otro que el hubiera
querido comer; por lo que habia mucha abnegacion y deferencia en soportar
voluntariamente la _pesada acusacion_ de Mr. Bumble de la que (sea dicho
con justicia) era inocente de pensamiento, de palabra y de accion.
--Ahora bien --dijo el pertiguero cuando la Señora vuelta de su éxtasis
dirijió de nuevo sus ojos á la tierra --lo que conviene por el momento
en mi sentir es dejarle veinte y cuatro horas aquí hasta que el hambre
empiece á hacerle cosquillas; luego le pondreis en libertad y lo
sujetareis á los puches claros durante todo el tiempo de aprendizage.
Señora Sowerberry tened entendido que procede de _mala semilla_. El
cirujano y la enfermera me han dicho que su madre vino á la casa entre
dificultades y penas que hubieran acabado mucho antes con una _muger
virtuosa_.
A este punto del discurso Oliverio que habia comprendido lo bastante para
saber que se hacia de nuevo alusion á su madre, volvió á golpear con
tal fuerza que aturrullaba los oidos. En medio de esta bataola entró Mr.
Sowerberry y habiéndole _las señoras_ contado el crímen de Oliverio
con toda la exajeracion que creyeron á propósito para exitar su enojo,
en un abrir y cerrar de ojos abrió la carbonera é hizo salir de ella á
su _rebelde_ aprendiz cojiéndole por el cogote.
Durante la lucha los vestidos de Oliverio habian sido rasgados, su rostro
estaba magullado y arañado, sus cabellos caian en desórden sobre su
frente. El rojo de la cólera no habia desaparecido aun de sus megillas,
y al salir de su prision lejos de manifestarse acobardado dirigió una
mirada amenazadora á Noé.
--Ola! bravo mozo! --dijo Sowerberry sacudiendo la cabeza de Oliverio y
dándole luego un bofeton en la oreja.
--Porque ha hablado mal de mi madre. --replicó el niño.
--Y aun que así fuera pillastron! --dijo la Señora Sowerberry --No ha
dicho todo lo que ella merece!
--No lo merece! --dijo Oliverio.
--Lo merece. --objetó la Señora Sowerberry.
--Es mentira!
La Señora Sowerberry derramó un torrente de lágrimas. Este torrente de
lágrimas privaba á Mr. Sowerberry de toda alternativa. El lector
prevenido comprenderá fácilmente que si este último hubiese titubeado
un solo momento en castigar severamente á Oliverio, hubiera sido bajo el
aspecto de los usos establecidos cuando se trata de disputas conjugales,
un bruto, un marido desnaturalizado, una ridícula imitacion del hombre y
tantos otros hermosos epitetos demasiado numerosos para insertarlos en
este capítulo. Para hacerle justicia tenia á favor del niño toda la
buena disposicion que le permitia su poder muy limitado: pueda tambien
que le impulsara el propio interés; ó bien porque su muger no lo podia
sufrir. Asi es que como tengo dicho ese torrente de lágrimas no le
dejaba alternativa y de consiguiente lo zurró de lo lindo para
satisfacer á su ultrajada esposa y hacer al mismo tiempo inútil el
_baston parroquial_. Nuestro jóven héroe fué encerrado por todo el
resto del dia en la carbonera en compañía de un jarro de agua y un
mendrugo de pan. Por la noche la Señora Sowerberry lo abrió no sin
haber hecho antes algunas observaciones poco lisongeras respecto á su
madre y entre las burlas y sarcasmos de Noé y de Carlota fué á echarse
en su lecho de dolor.
Solo cuando se vió aislado en el taller del Zampa-muertos, dió libre
curso á la emocion que el tratamiento del dia debió dispertar en su
pecho de niño. Habia escuchado los sarcasmos con desprecio; habia
sufrido los golpes sin proferir un solo lamento, por que sintiara nacer
en el esa noble fiereza capaz de ahogar el menor grito aun cuando le
hubieran quemado vivo; pero ahora que nadie podia verle ni oirle se dejó
caer de rodillas sobre el pavimento y ocultando su rostro con sus manos
derramó tales lágrimas que Dios quiera que para el bien de nuestro
espíritu ningun niño tan jóven haya tenido ocasion de derramarlas por
nosotros ante él!
Oliverio permaneció largo tiempo en esta postura: la vela iba á
consumirse del todo en el tubo de su candelera cuando se levantó; y
habiendo mirado con precaucion á su alrededor y escuchando con suma
ansiedad tiró los cerrojos de la puerta de entrada y fijó su vista á
la calle.
La noche estaba sombria y fria y las estrellas parecieron á los ojos del
niño mas lejanas de la tierra que no las habia visto antes. No soplaba
el menor aire y las sombras negras de los árboles por su inmobilidad
tenian algo de sepulcral como la misma muerte. Volvió á cerrar
suavemente la puerta y aprovechándose de la luz vacilante del cabo de la
vela que finia para envolver en un pañuelo los pocos harapos que tenia
se sentó sobre su jergon esperando el dia.
A los primeros rayos de la aurora que empezaron á filtrar al través de
las rendijas de la puerta de la tienda, Oliverio se levantó y abrió de
nuevo la dicha puerta. Una mirada temerosa en torno suyo; un momento de
vacilacion . . . la cerró tras si y hele ah en medio de la calle. Miró
á derecha é izquierda no sabiendo por que lado huir. Recordó haber
visto los carros cuando dejaban el pais subir lentamente la colina . . .
se dirije por este lado y habiendo llegado á un sendero que sabia iba á
desembocar en la carretera un poco mas lejos le tomó y marchó á buen
paso.
Al hallarse en este mismo sendero Oliverio recordó haber trotado por el
al lado de Mr. Bumble cuando este le volvia de la sucursal á la casa de
Caridad. Este camino conducia á aquella. Su corazon latia muy fuerte
pensando en ello y le vinieron ganas de retroceder. Sin embargo habia ya
andado un largo trecho y perdía mucho tiempo obrando asi; además era
tan de mañana que no habia peligro de que se le viera. Continuó pues y
llegó delante de la casa. No habia apariencia de que los comensales
estuvieran ya levantados en una hora tan matinal. Se paró y miró con
precaucion al jardín. Un niño estaba en el ocupado en arrancar las
malas yerbas de un cuadro y al levantar la cabeza pare descansar Oliverio
reconoció en él á uno de sus camaradas de la infancia. Tuvo mucha
satisfaccion de verle antes de partir; porque aunque mas jóven que él,
este niño habia sido su amigo y compañero de juego. Habian tenido
hambre, habian sido golpeados y encerrados juntos tantas y tantas veces!
--Silencio Ricardo! --dijo Oliverio viendo al muchacho correr á la
puerta y pasar sus bracesitos al traves de la verja para recibirle --Se
han levantado ya aquí?
--No; yo solo! --respondió el niño.
--Que no digas que me has visto; lo entiendes Ricardo? --dijo Oliverio
--Yo me escapo: me golpeaban y me maltrataban muchísimo! Voy á buscar
fortuna lejos, muy lejos de aquí; no se donde. ¿Que pálido estás?
--He oido decir al médico, que me muero. --repuso el niño con una
lánguida sonrisa --Estoy tan contento de verle querido amigo! Pero no te
entretengas; vete pronto!
--No, no! quiero decirte hasta la vista. --prosiguió Oliverio --Volveré
á verte Ricardo; estoy seguro de ello. Entonces estarás bueno y serás
mas feliz.
--Asi lo espero! --dijo el niño --pero cuando habré muerto; no antes.
Se bien que el médico tiene razon Oliverio; porque sueño muy amenudo en
el cielo y en los ángeles y veo fisonomías dulces cual no las he visto
nunca cuando estoy dispierto. Abrázame! --continuó encaramándose en la
puerta del jardin y pasando sus bracecitos alrededor del cuello de
Oliverio --Hasta la vista allá arriba amigo! Que Dios te bendiga!
Aunque dada por un niño, esta bendicion era la primera que Oliverio
sentia invocar sobre su cabeza y en medio de los sufrimientos y de las
vicisitudes de su vida futura, no la olvidó una sola vez.