HABIÉNDOSE OFREGIDO Á OLIVERIO OTRA COLOCACION EFECTUA SU ENTRADA EN EL
MUNDO.
EN las familias numerosas de Inglaterra cuando no hay esperanza de lograr
un empleo ventajoso para un jóven que empieza á entrar en edad sea por
derecho de sucesion ó de futura, es costumbre comun el hacerlo marino.
Los Administradores estimulados por una conducta tan razonable y
ejemplar, se reunieron en consejo á fin de obviar los medios para
embarcar á Oliverio Twist en un buque mercante de poco porte que
estuviera á la carga para un puerto mal sano y adaptaron este partido
como el mas conveniente para el muchacho. De este modo era probable que
el dia menos pensado el patron del buque, con el fin de distraerse
despues de comer ó con el objeto de proporcionarse un ejercicio
favorable á la digestion, le haria saltar los cesos con una barra de
hierro. (Pasatiempo á que como sabe mos son muy aficionados los señores
marinos.)
Mr. Bumble encargado de hacer algunas diligencias preliminares para
lograr el encuentro de cualquiera capitan que necesitara á bordo de su
buque un grumete sin parientes ni amigos, volvia á la casa para dar
cuenta de su comision, cuando en el lindar de la puerta se encontró cara
á cara con un personage que era nada menos que Mr. Sowerberry empresario
_parroquial_ de los entierros.
--Ola Mr. Bumble! Vengo de tomar la medida de dos mugeres muertas ayer
noche. --dijo el empresario.
--Hareis fortuna Señor Sowerberry. --dijo el pertiguero introduciendo
con destreza el pulgar y el index en la caja de polvo que le presentó el
empresario y que era un hermoso y diminuto modelo de ataud. --Os digo que
hareis fortuna. --continuó dando un golpecillo de baston en muestra de
amistad sobre la espalda de este último.
--Así lo creeis? ―dijo el otro con un acento que parecía admitir y
rechazar á la vez la probabilidad del hecho. --Señor Bumble; los
precios que me abona la Administracion de la casa de caridad son muy
pequeños!
--Así son vuestros ataudes! --replicó el pertiguero con aire zumbon;
pero sin traspasar los límites de la gravedad anexa á un hombre de
posicion.
--Esta respuesta tan á propósito de Mr. Bumble, exitó como quien dice
la hilaridad de Mr. Sowerberry. No era menester otra cosa para provocar
su buen humor, así es que soltó una carcajada que parecía de nunca
acabar. --Vaya! En honor de la verdad Señor Bumhle ―dijo despues de
recohrada su serenidad ―confieso francamente, que despues del sistema
de alimentacion nuevamente adoptado en esta casa las cajas son un poco
mas estrechas y menos profundas que antes. Pero ya se vé, es preciso una
miaja de beneficio Señor Bumble. No ignorais que la madera tal como la
empleamos es algo cara, y los manojos de hierro tienen que venir de
Birmingham por el canal.
--Si, sin duda --replicó Mr. Bumble. --Cada oficio tiene su buen y mal
lado y un beneficio modesto no es para desdeñarse.
--Pues ya! --dijo el otro --Y si no gano gran cosa en tal ó cual
artículo . . . Caramba! siempre hay recompensa en la bondad del hecho
¿no es cierto? he! he! he!
--Justamente. --profirió Mr. Bumble.
--Sin embargo, podria qnejarme de la lucha desigual que sostengo pues que
siempre son las personas fomidas las que se _largan_ primero despues de
haber probado el régimen de esta casa. --prosiguió el empresario
reanudando el hilo de las reflecsiones que el pertiguero había
interrnmpido --Si Señor Bumble; acá internos, tres ó cuatro pulgadas
de mas en la cuenta de un individuo, abren una famosa brecha en sus
beneficios, sobre todo cuando tiene una familia que mantener.
Como Mr. Sowerberry decia esto con el aire de indignacion propia del
contratista engañado y Mr. Bumble conoció que insistiendo sobre este
punto podía acarrear alguna observacíon desagradable respecto el honor
de la parroquia, consideró prudente el mudar de conversacion y Oliverio
le proporcionó el medio.
--Conoceriais casualmente alguno ―dijo ―que necesitara un aprendiz?
Hay en la parroquia un niño, que actualmente es una carga monstruosa
para ella ó mejor una rueda do molino suspendida de su cuello. Señor
Sowerberry buenas condiciones! Una verdadera ganga! --Así hablando dió
con sn baston tres golpecitos muy marcados sobre las palabras: _cinco
libras esterlinas_ impresas en el anúncio en mayúsculas romanas de una
talla gigantesca.
--Por vida de . . . ―esclamó el empresario cogiendo á Bamble por el
faldon de su levita de uniforme --justamente quería hablaros de esto. No
ignorais . . . Diantre! Que hermoso escudo llevais Señor Bumble!
Paréceme que no os lo habia visto an teriormente?
--Si; hace bastante buen efecto. ―dijo el pertiguero envanecido de la
observacion. --El asunto es identíco al del sello parroquial: (_el buen
Samaritano curando las llagas de un pobre enfermo_) Señor Sowerberry; es
un regalo que me hizo la Administracion el primer dia del año. Lo llevé
por primera vez si no me engaño el dia que asistí á la vista del
proceso formado con motivo de aquel comerciante arruinado que murió al
pié de una puerta cochera en medio de la noche.
--Ah! ya recuerdo. --dijo el otro. --El jurado espresó su veredicto en
estos términos: _Muerto de hambre y de frio_, no es cierto?
Mr. Bumble hizo una señal afirmativa.
--Y añadió de un modo enérgico que si el oficial de vigilancia hubiese
. . .
--Ta . . . ta . . . ta . . . ta! --hizo el pertiguero con tono acre --Si
la Administracion tuviese que prestar oídos á toda la ojarazca que
esparcen esos _jurados ignorantes_ ¿donde iria á parar?
―Es cierto. --dijo Sowerberry.
―Los jurados ―prosiguió Mr. Bumble oprimiendo fuertemente con su
mano el baston, costumbre que tenia cuando estaba colérico. --Los
jurados son unos seres _viles, bajos y rastreros_ hasta la quinta
escencia.
--Tambien es cierto. --dijo el otro.
--Todos ellos no saben lo que es filosofía, ni _economía política_.
--añadió el pertiguero haciendo castañear sus dedos en señal de
desprecio.
--Sin duda. --repuso el otro.
--Yo los desprecio! --prosiguió el pertiguero con el rostro encendido
por el coraje.
--Y yo lo mismo! --añadió Sowerberry.
--Quisiera ver á uno de esos jurados _tan presuntuosos_ solo por quince
dias en nuestro establecimiento; el régimen y los estatutos de la
Administracion domarian pronto su espíritu de independencia.
--Es preciso dejarlos por lo que son Señor Bumble. --dijo Sowerberry
sonriéndose con aire de aprobacion para calmar el enojo creciente del
funcionario indignado.
--Mr. Bumble quítándose el sombrero sacó de él su pañuelo, enjugó
su frente que la irritacion habia inundado de sudor, colocó de nuevo
sobre su cabeza el tricornio, y volviéndose á Mr. Sowerberry dijo con
tono mas calmado:
--Y bien, que querias decirme respecto á ese muchacho?
--Nada Señor Bumble. Ya sabeis que pago una fuerte contribucion por
causa de los pobres.
--Hem! --hizo el pertiguero --¿y que?
―Creo, --repuso Sowerberry --que puesto que pago tanto por ellos, es
muy justo saque de ello todo el provecho posible. He aquí porque bien
refleccionado, no seria malo tomar ese niño para mi.
Mr. Bumble cojíó el _zampa―muertos_ por el brazo y lo hizo entrar en
la casa. Mr. Sowerberry estuvo encerrado con los Administradores por
espacio de cinco minutos durante los cuales se convino en que tomaria á
Oliverio por vía de prueba y que á este efecto este último iria
aquella noche misma á su casa.
Cuando al comparecer Oliverío en la propia tarde ante aquellos señores,
supo que iba á entrar de aprendiz en casa un fabricante de ataudes y que
si se quejaba de su condicion ó bien volvia otra vez á cargo de la
parroquia, se le embarcaria con peligro de ser machucado ó anegado,
demostró tan poca emocion que todos á una esclamaron que era un
pilluelo de corazon endurecido y Mr. Bumble recibió la órden de
llevarlo al momento.
Este acatándola sin demora, condujo al pobre Oliverío á casa su nuevo
patron, administrándole por vía de despido algunos bastonazos y algunos
consejos propios de un digno pertiguero. El niño lloraba y se
consideraba tan solo y abandonado que no pudo menos de hacerlo notar á
Mr. Bumble. Cualquier otro mortal se hubiera tal vez enternecido al ver
el dolor candoroso del infortunado. Pero un pertiguero! Mr. Bumhle creia
á la sensibilidad indigna de su dignidad parroquial.
El empresario acababa de cerrar las puertas de su tienda y se preparaba
para inscribir algunas entradas en su gran libro á favor de una vela
cuya claridad sombría se adaptaba muy bien con la tristeza del sitio,
cuando entró Mr. Bumble.
--Ah! ah! --dijo alzando la vista de sobre su libro y parándose á la
mitad de una palabra --Sois vos Mr. Bumble?
--Yo mismo Señor Sowerberry. --contestó este --Aquí teneis el
muchacho. (Oliverio saludó.)
--Ah! Bien venido; --dijo el otro levantando el candelero sobre su cabeza
para inspeccionar mejor á Oliverio --Señora Sowerberry. ¿Podeis
llegaros por un momento querida?
La Señora Sowerberry salió de la trastienda y presentó la forma de una
muger baja, delgadita y de talante ceñudo y regañon.
--Querida! --dijo su marido con deferencia --Este es el muchacho de la
casa de caridad de quien os he hablado. (Oliverio saludó de nuevo.)
--Buen Dios! y que pequeño! --dijo esta.
--Un poco es verdad! --replicó Mr. Bumble mirando á Oliverio con aire
de reconvencion, como si hubiera sido culpa del niño el no ser mas
grande --Es algo pequeño sí, Señora Sowerberry; pero el crecerá no lo
dudeis.
--Ah! sin duda que crecerá -- repuso secamente la señora --con nuestra
bebida y nuestra comida.
--Maliciosa! --Ya lo sabeis; ninguna ganancia hay en los muchachos de la
parroquia, ellos siempre cuestan mas caros de lo que valen.
--A pesar de esto los hombres se imaginan que siempre tienen mas razon
que sus mugeres. Adelántate tu pequeño esqueleto!
Al mismo tiempo abrió una puertecita y empujó á Oliverio hacia una
escalera rápida que conducía á una pequeña habitacion sombría y
húmeda adherida al lañero que se llamaba la _cocina_, y en la que
estaba sentada una jóven haraposa calzando zapatos destalonados y
llevando unas medias de estambre azules todas horadadas.
--Carlota! --dijo la Señora Sowerberry que habia seguido á Oliverio --
Dad á ese muchacho algunos de los pedazos de fiambre que habeis apartado
esa mañana para Frip: pues que no ha vuelto á casa en todo el dia se
pasará sin ellos. Creo que no te sabrá mal el comerlos, no es verdad?
Oliverio, cuyos ojos chispearon al oir hablar de fiambre, y que
anticipadamente se estremecia con el deseo de devorarlos, respondió
inmediatamente que no y fué colocado ante él un plato de fiambre
compuesto de los pedazos mas groseros y heterogéneos.
En un minuto Oliverío engulló todo lo que habia en el plato sin darse
la pena de mascarlo. La Señora Sowerberry le contemplaba con horroso
silencio considerando este apetito como de siniestro augurio para el
porvenir. Luego le condujo en medio de los ataudes y con su agasajo
ordinario le encajó debajo el mostrador que era el dormitorio destinado
al novel aprendiz.