COMO OLIVERIO TWIST ESTUVO PROCSIMO Á COJER UNA PLAZA QUE PODIA MUY BIEN
LLAMARSE UNA PREBENDA.
OCHO dias despues que Oliverio se hizo culpable del _crimen nefando_ de
pedir mas puches, habitaba un camarachon obscuro, donde estaba encerrado
en clase de prisionero, gracias á la _clemencia_ y á la _sabiduria_ de
la Administracion. No seria fuera del caso suponer desde ahora, que por
poco sentimiento de respeto que le hubiera merecido la prediccion del
hombre del chaleco blanco, hubiera podido solidar una vez para siempre la
reputacion profética de ese sabio individuo, atando á un gancho de la
pared uno de los cabos de su pañuelo de faltriquera, y en seguida
pasando el otro al rededor de su cuello. Con todo; para llegar á este
resultado habia un inconveniente. Considerados los pañuelos como
_artículos de mero lujo_ se habian suprimido para entonces y para
siempre; y de consiguiente se habían eliminado de la nariz de los pobres
por órden expresa emanada de la Administracion reunida á este efecto en
consejo pleno; cuya órden se dió solemnemente, se aprobó, firmó y
rubricó por cada uno de los miembros del consejo y se revistió con el
sello de la Administracion.
Otro obstáculo mayor para Oliverio era su juventud y su inexperiencia.
El pobre niño se contentaba con llorar amargamente todo el dia, y cuando
llegaba la noche fria y lenta, estendia sus manecitas ante sus ojos para
no ver la obscuridad y se acurrucaba en un rincon para poder lograr el
sueño.
Guárdense de suponer los enemigos del _nuevo sistema_ que se privó á
Oliverio de la gracia del ejercicio, del goce de la sociedad y de las
ventajas reales de un consuelo religioso, durante el tiempo de su
reclusion. En cuanto al ejercicio, le era permitido ir cada mañana con
un frío helado, pero sano, á un patio empedrado para lavarse bajo el
chorro de una bomba, en presencia de Mr. Bumble, quien para impedir que
le cogiera un reumatismo, le facilitaba una viva sensacion en todo el
cuerpo, distribuyéndole algunos bastonazos con una liberalidad poco
comun. En cuanto á la sociedad; cada dos dias venia al refectorio
durante la comida de los niños para ser azotado públicamente, con el
fin de servir de ejemplo y de leccion en el porvenir; y muy lejos de
privarle de las ventajas de un consuelo religioso, se le introducia á
punta pies en el mísmo sitio á la hora de la oracion de la noche,
durante la cual podia á su gusto beatiticar su alma prestando oidos á
una _formula_ añadida á la oracion ordinaria, por órden expresa de la
Administracion. Por medio de este suplemento de rogativa, los niños
pedian á Dios con fervor, les hiciera la merced de ser buenos,
virtuosos, contentos y obedientes, y les preservára de las culpas de
Oliverío Twíst, á quien la formula conceptuaba sujeto al patronato
esclusivo, á la proteccion y al poder del demonio y como salido el mismo
de la fábrica de Satanas.
Mientras que los asuntos de Oliverio se hallaban en este estado
faborable, y se presentaban bajo tan hermoso aspecto, sucedió que Mr.
Gamfield, limpia chimeneas, se dirijía á la calle Mayor pensando
seriamente en los medios de pagar muchos plazos vencidos de alquileres,
por los cuales su casero, se iba haciendo cada dia mas cocora. A pesar de
los vastos conocimientos de Mr. Gamfield en aritmética , no podia llegar
á la resolucion de la suma de cinco libras esterlinas (montante de su
deuda); y en un rapto de frenesí matemático, golpeaba alternativamente
su frente y á su jumento, cuando al llegar frente la casa de Caridad,
sus ojos se encontraron con el anuncio fijado en la puerta.
―So! o . . . o . . . o . . . so! ―dijo el limpia chimeneas
dirigiéndose á su burro.
--El _caballero_ del chaleco blanco estaba en el lindar de la puerta con
las manos tras la espalda, viniendo de pronunciar sin duda un discurso
soberbio en la sala del consejo. Habiendo sido testigo de la pequeña
discusion entre Mr. Gamfield y su asno, sonrió graciosamente al ver al
primero leer el anúncio, pues pensó al momento que ese era el género
de amo que convenia á Oliverio. Mr. Gamfield sonrió tambien para sus
adentros recorriendo el anúncio; porque cabalmente cinco libras
esterlinas formaban la suma justa que necesitaba; y por lo que toca al
niño que era necesario cargarse á cuestas, el limpia chimeneas pensó
que con el régimen de vida, á que habia sido ajustado , debia tener una
talla capaz para pasar las chimeneas mas estrechas. Releyó pues por
segunda vez desde la cruz á la fecha el anúncio y llevando la mano á
su gorra de pelo de nutria se arrimó con el mas profundo respeto al
_caballero_ del chaleco blanco y le habló en estos términos:
―Perdon, caballero! ¿No es aqui que hay un niño á quien la parroquia
quisiera colocar de aprendiz?
--Si buen hombre. --dijo el otro con una sonrisa graciosa --Que le
quereis?
--Si la parroquia quisiera darle un oficio agradable y muy fatigoso en el
arte de limpiar chimeneas por ejemplo; yo lo tomaria de muy buena gana;
porque cabalmente necesito un aprendiz.
--Entrad. --dijo el hombre del chaleco blanco.
Mr. Gamfield despues de haber retrocedido algunos pasos para soplar á su
rucio un nuevo golpe en la cabeza y una nueva sacudida en la quijada, por
via de advertencia de que no se meneara durante su ausencia, siguió al
_caballero_ del chaleco blanco basta la sala, donde Oliverio Twist lo
habia visto por primera vez.
--Es un oficio bastante sucio! --dijo Mr. Limbkins despues que Gamfield
hubo expuesto de nuevo su pretension.
--Parece que ya ha habido muchachos ahogados en las chimeneas. --dijo
otro.
--Porque se mojaba la paja antes de encenderla para hacerlos bajar de
ellas --dijo Gamfield. --Todo era humo sin llama . . . Además, de nada
sirve el humo para hacer bajar un muchacho de una chimenea; al contrario
no es bueno sino para adormecerle que es lo que quiere. Los niños, como
saben Vds. señores, son perezosos y obstinados como el diablo; nada
mejor que una buena llama para afufarles. Sobre todo es hacerles un gran
favor por que á la verdad Señores, el asarles una miaja las plantas de
los pies cuando se han aletargado en la chimenea, es muy del caso para
hacerles deslizar con mas rapidez.
El hombre del chaleco blanco se mostró muy satisfecho de esta
esplicacion; pero una mirada de Mr. Limbkins reprimió instantáneamente
su contento. Los miembros del consejo continuaron hablando entre si por
algunos momentos; pero tan bajo que estas palabras: _procuremos la
economia_ . . . _veamos el libro de cuentas_ . . . _hagamos imprimir una
informacíon_, fueron las solas que pudieron oirse; porque se repitieron
muy amenudo y con mucho enfasis.
Al cabo cesó el cuchicheo y habiendo recobrado los miembros del consejo,
cada uno su silla y su dignidad, Mr. Limbkins tomó la palabra:
--Hemos discutido vuestra proposicion y no la admitimos. --dijo á
Gamfield.
―De ningun modo. --añadió el caballero del chaleco blanco.
--Despues de bien meditado; no. --concluyeron los demas miembros.
Como Mr. Gamfield tenia fama de haber apaleado á tres ó cuatro
muchachos hasta matarlos, le vino á las mientes que tal vez los miembros
del consejo por un capricho inconcebible se habian imaginado que esta
circunstancia, (de ningun valor para ellos) debia con todo influir sobre
su conducta en esta ocasion. No siendo así hubiera sido muy contrario á
su modo acostumbrado, de obrar y de pensar. Además, como no tenia
ningunas ganas de atizar la fama publica, se alejó lentamente de la mesa
revolviendo su gorra entre sus manos.
--Con que no quereis dármelo caballeros? --dijo parándose en el lindar
de la puerta.
--No. --contestó Mr. Limbkins. --Siendo un oficio sucio, nos parece que
deberiais tomar algo menos de la suma ofrecida en el anuncio.
Los ojos del limpia chimeneas brillaron de gozo y dijo volviendo atrás:
--Veamos caballeros, que es lo que Vds. quieren dar? Que diablos! No sean
Vds. tan duros para un pobre diablo como yo. Que quieren Vds. dar?
―Creo que tres libras diez chelines, son bastantes. --dijo Mr. Limbkins.
--Vamos --repuso Gamfield --sean cuatro libras y quedan Vds.
desembarazados de una vez para siempre. Vamos caballeros!
--Tres libras diez chelines. --repitió Mr. Limbkins con firmeza.
--Pues bien! partamos la diferencia caballeros. --insistió Gamfield.
--Digamos tres libras quince chelines.
--Ni un _liard_ de mas! --Tal fué la respuesta de Mr. Limbkins.
--Están Vds. conmigo azás rigurosos caballeros! --dijo el limpia
chimeneas titubeando.
En fin, despues de un ligero debate se acordó la venta, y Mr. Bumble
recibió el encargo de llevar Oliverio Twist con una acta de aprendizage,
que debía ser aprobada y firmada por el magistrado en la tarde del mismo
dia.
Por resultado de esta determinacíon el pequeño Olíverio fué librado
de su cautiverio con gran asombro de su parte, y recibió la órden de
ponerse una camisa blanca. Apenas había concluido este ejercicio
gimnástico, (al que se entregaba rara vez) cuando Mr. Bumble le
presentó con sus propias manos una escudilla de puches, y la racion de
los dias festivos; esto es, dos onzas y cuartillo de pan, lo que viendo
Oliverio se puso á llorar amargamente, considerando naturalmente que era
necesario una resolucion de matarlo para algun fin ventajoso; pues de lo
contrario no se empezaría por engordarlo de tal modo.
--No te hagas el cariacontecído. --dijo Mr. Bumble afectando un aspecto
magnánimo ―Come y sé agradecido Oliverio . . . Vas ha entrar de
aprendiz hijo mio!
--De aprendiz caballero! --preguntó el niño con voz temblorosa.
―Si Oliverio! Los hombres _sensibles_ y _generosos_ que son para ti
cual otros nuevos padres, pues que te ves privado de los tuyos, van á
colocarte de aprendiz; á lanzarte en el mundo y hacer de ti un hombre,
apesar de las tres libras diez chelines que ello cuesta á la parroquia!
Tres libras diez chelines Oliverio! Sesenta y dos chelines! Ciento
cuarenta monedas de seis sueldos! Y todo esto por quien? Por un bergante,
un mal espósito á quien todo el mundo detesta!
Mr. Bumble se paró para recobrar el aliento, despues de haber recitado
esta arenga con tono magistral; copiosas lágrimas rodaron por las
mejillas del pobre niño y sollozó amargamente.
―Vamos! --dijo Mr. Bumble con acento mas cariñoso, ufano del efecto
producido por su elocuencia --vamos Oliverio; enjuga tus ojos con la
manga de tu chaqueta, y no llores de este modo sobre tus puches. Es una
bestialidad el llorar como lo haces en tus puches! ―(efectivamente era
una bestialidad) sobraba el agua en sus puches.
Mientras se dirijian al tribunal, Mr. Bumble insinuó á Oliverio que
debia mostrarse muy contento, y cuando el caballero magistrado le
preguntase si era de su gusto el entrar de aprendiz responder que lo
deseaba de todo corazon. Oliverio prometió conformarse á una y á otra
de las dos recomendaciones, tanto mas porque el pertiguero le dió á
entender con mucha destreza que si fallaba no respondía de los
resultados. Llegados al despacho del magistrado, el niño fué encerrado
y dejado solo en un gabinete con la órden de esperar la vuelta de Mr.
Bumble. Allí quedó durante media hora con el corazon palpitante de
temor, pasada la cual aquel entreabrió la puerta y alargando su cabeza
desprovista del sombrero de tres picos dijo de modo que pudiera ser
oído: ―Amigito? ven á presentarte al Señor Magistrado. ―Luego
tomando un aspecto amenazador añadió en voz baja ―Bribonzuelo!
cuidado con olvidar lo que te tengo dicho!
Oliverio miró á Mr. Bumble con aire de babiéca, sorprendido de un modo
de hablar tan contradictorio; pero ese digno sujeto no le dió tiempo
para hacer comentario alguno sobre este punto y le introdujo en una pieza
vecina cuya puerta estaba abierta. Esta era una sala espaciosa alumbrada
por una gran ventana. Detras de la balustrada dos viejos señorones con
la cabeza empolvada estaban sentados en un bufete. El uno leía un
periódico, y el otro con la ayuda de un par de anteojos de concha,
recorria una oja pequeña de pergamino colocada ante el. A un lado y
frente el bufete, se mantenía tieso Mr. Limbkins, y en el otro, Mr.
Gamfield con su cara embadurnada de hollin; dos ó tres cara de pascuas
con botas de vueltas de ante (ó a la Imperial.) se pavoneaban en el
mismo centro de la sala.
El viejo de los anteojos se adormeció por grados sobre el pergamino y
reinó un momento de silencio despues que Mr. Bumble hubo colocado á
Oliverio frente el bufete.
―Aquí está el niño Señor Magistrado. ―dijo Bumble.
El viejo que leia el periódico, se ladeó un poco y logró despertar al
otro tirándole de la manga.
―Ah! ¿es el niño? ―dijo este.
--El mismo. ―respondió el pertiguero. --Amigito; saluda al Señor
Magistrado!
Oliverio se revistió de valor é hizo el mejor saludo posible en él.
Fijos sus ojos sobre las cabezas empolvadas de los magistrados, se
preguntaba á si mismo, si acaso todos los miembros del tribunal de
justicia nacian con esa materia blanca en los cabellos, y por esto
llegaban á ser magistrados.
--Esta bien. --repuso el de los anteojos ―Creo que tendrá aficion á
limpiar chimeneas.
--Se muere por lograrlo Señor Magistrado. --replicó Bumble pellizcando
de lo lindo á Oliverio para insinuarle que obraria bien en no decir lo
contrario.
--Con que _quiere_ ser raspa hollines? ―preguntó el magistrado.
--Por mas que hiciéramos para obligarle á tomar otro oficio á la
mañana siguiente nos dejaria burlados. --respondió Mr. Bumble.
--Y es ese hombre quien vá á ser su maestro? Vos Señor? Es cierto que
lo tratareis bien? que lo alimentareis bien y que tendreis mucho cuidado
de él?
--Cuando se dice que se hará; prueba que hay intencion de hacerlo.
--repuso Gamfield con aire bestial.
--Teneis la palabra viva y el tono brusco amigo; pero me pareceis franco
y honrado. --dijo el magistrado apuntando sus anteojos al pretendiente á
la prima prometida en el anúncio, cuyo semblante innoble llevaba impreso
el sello de la crueldad; pero como el magistrado era medio ciego y medio
niño, no hay que asombrarse de que no discerniera, lo que cualquiera
podia distinguir al momento.
--Lo soy una miaja, con mucha vanagloria! --dijo el limpia chimeneas con
una sonrisa espantosa.
--No lo dudo. --dijo el magistrado fijando sus anteojos en la punta de
las narices, y buscando con la vista el tintero.
Este era el momento crítico para la suerte de Oliverio. Si el tintero
hubiese estado en el sitio en que le creia el magistrado, indudablemente
hubiera sumerjido en el su pluma, hubiera firmado el acta, y Oliverio
hubiera sido llevado sin mas dilacion; pero como cabalmente estaba bajo
sus ojos, es de aqui que naturalmente lo buscó por todo el pupitre sin
poder encontrarlo. En esta pesquiza fijó la vista en linea recta ante si
y su mirada se encontró con el rostro pálido y lívido de Oliverio,
quien apesar de los guiños significativos y las advertencias
_edificantes_ de Mr. Bumble, que continuaba en pelliznarle, contemplaba
con una espresion de horror mezclada de espanto la fisonomía repugnante
de su futuro patron. Esta espresion era demasiado significativa para que
un magistrado por ciego que fuera dejase de apercibirla.
El viejo cesó en sus pesquizas; dejó su pluma sobre la mesa y miró
alternativamente á Oliverio y á Mr. Limbkins, quien tomó un polvo
afectando un aire candido é indiferente á la vez.
--Hijo mio! --dijo el magistrado inclinándose sobre el pupitre.
Oliverio Se estremeció al sonido de esta voz. En ello tenia escusa;
estas palabras eran dictadas por la benevolencia, y ordinariamente los
sonidos estraños nos espantan. Tembló de pies á cabeza y rompió en
copioso llanto.
--Hijo mio! --prosignió el magistrado --estais pálido y pareceis
espantado!
Decid; que teneis?
Oliverio cayó de rodillas, juntó sus manos y esolamó con tono
suplioante:
--Volvedme a la prision, al aposento negro! Dejad que me muera de hambre
. . . azotadme, matadme si quereis; pero por piedad, no me envieis con
ese hombre espantoso!
--No esperaba menos! --dijo Mr, Bumble elevando los ojos y las manos con
el aire mas mistico ―Entre los espósitos falsos é hipócritas que
conozco, tu Oliverio te llevas la palma.
--Callaos pertiguero! --esclamó el segundo magistrado despues que aquel
hubo desembuchado este doble epíteto.
--Perdon señor magistrado. --dijo Mr. Bumble creyendo haber oido mal.
--Acaso me habeis dlrijido la palabra?
--Si; Sin duda. Os he dicho que os calleis.
Mr. Bumble quedó estupefacto. Imponer silencio á un pertiguero! Que
revolucion moral!!!!
El magistrado de los anteojos de concha miró á su colega, é hizo un
movimiento de cabeza significativo.
--Rehusamos sancionar esta acta! --dijo rechazando la hoja de pergamino.
--Espero Señores Magistrados --balbuceó Mr. Limhkins --que el simple
testimonio de un niño no inducirá á creer que las autoridades de la
casa de Caridad se han portado mal en esta ocasion.
--Los Magistrados no son llamados para dar su dictámen sobre este asunto
--repuso el segundo magistrado. --Volved este niño á la casa y tratadlo
con dulzura, pues parece tiene de ella mucha necesidad.
Aquella tarde misma el hombre del chaleco blanco afirmó con mas
conviccion que nunca, que no solo Oliverio seria ahorcado, si que tambien
descuartizado por añadidura. Mr. Bumhle sacudió la cabeza con aire
sombrío y misterioso y dijo deseaba que el muchacho _tuviera buen fin_,
á lo que Mr. Gamlield añadió que desearia fuera _en sus manos_, deseo
que pareció de naturaleza muy diferente aunque en muchos puntos el
limpia chimeneas estuviera acorde con el pertiguero.
A la mañana siguiente se hizo saber de nuevo al público que Oliverio
Twist estaba aun para alquilar, y que se le contarian 5 libras esterlinas
al que quisiera encargarse de él.