En Alemania se multiplicaron las versiones, dando el ejemplo

NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

* Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se

han convertido a MAYÚSCULAS.

* Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar. Para su

detección se han tenido en cuenta otras ediciones de estos dramas.

* Se ha respetado la ortografía original, normalizándola a la

grafía de mayor frecuencia. También se han respetado las

inconsistencias en la acentuación.

* No obstante, se han incorporado los siguientes cambios:

p. xvii: Bolh de Faber → Böhl de Faber

p. xlvii: Copavacana → Copacabana

p. 335: ESCENA VI. → ESCENA IV.

* Se han reparado los emparejamientos de los signos de admiración

e interrogación.

* Las notas a pie de página se han renumerado y colocado tras el

párrafo o la estrofa en que se encuentra la llamada.

* En el original impreso, las indicaciones escénicas se distinguen

del texto principal por su menor tamaño. En esta transcripción se

presentan en cursiva.

TEATRO SELECTO

DE

CALDERON DE LA BARCA.

BIBLIOTECA CLÁSICA.

Doce reales cada tomo en toda España.

OBRAS PUBLICADAS.

Tomos.

HOMERO.—_La Ilíada_, traduccion directa del griego en verso y

con notas de D. José Gomez Hermosilla. 3

CERVANTES.—_Novelas ejemplares y viaje del Parnaso._ 2

HERODOTO.—_Los nueve libros de la historia_, traduccion

directa del griego, del padre Bartolomé Pou. 2

ALCALÁ GALIANO.—_Recuerdos de un anciano._ 1

VIRGILIO.—_La Æneida_, traduccion directa del latin, en verso y

con notas de D. Miguel Antonio Caro. 2

— _Las églogas_, traduccion en verso, de Hidalgo.—_Las

geórgicas_, traduccion en verso, de Caro; ambas traducciones

directas del latin, con un estudio del Sr. Menéndez Pelayo. 1

MACAULAY.—_Estudios literarios._ 1

— _Estudios históricos._ 1

— _Estudios políticos._ 1

— _Estudios biográficos._ 1

— _Estudios críticos._ 1

Traduccion directa del inglés de M. Juderías Bender.

QUINTANA.—_Vidas de españoles célebres._ 2

CICERÓN.—_Tratados didácticos de la elocuencia_, traduccion

directa del latin de D. Marcelino Menéndez Pelayo. 2

SALUSTIO.—_Conjuracion de Catilina._—_Guerra de Jugurta_,

traduccion del infante D. Gabriel.—_Fragmentos de la grande

historia_, traduccion del Sr. Menéndez Pelayo, ambas directas

del latin. 1

TÁCITO.—_Los anales_, traduccion directa del latin de don Cárlos

Coloma. 2

PLUTARCO.—_Las vidas paralelas_, traduccion directa del griego

por D. Antonio Ranz Romanillos. 5

ARISTÓFANES.—_Teatro completo_, traduccion directa del griego

por D. Federico Baráibar. 2

POETAS BUCÓLICOS GRIEGOS.—(_Teócrito, Bion y Mosco_). Traduccion

directa del griego, en verso, por el Ilmo. Sr. D. Ignacio

Montes de Oca, Obispo de Linares (Méjico). 1

MANZONI.—_Los Novios_, traduccion de D. Juan Nicasio Gallego. 1

ESQUILO.—_Teatro completo_, traduccion directa del griego, con

notas, por D. Fernando Brieva Salvatierra. 1

QUEVEDO.—_Obras satíricas y festivas._ 1

DUQUE DE RIVAS.—_Sublevacion de Napoles._ 1

MADRID.—IMP. CENTRAL Á CARGO DE VÍCTOR SAIZ, COLEGIATA, 6.

BIBLIOTECA CLÁSICA

TOMO XXXVI

TEATRO SELECTO

DE

CALDERON DE LA BARCA

PRECEDIDO DE UN ESTUDIO CRÍTICO

DE

D. MARCELINO MENÉNDEZ PELAYO

TOMO I

DRAMAS RELIGIOSOS Y FILOSÓFICOS

LA VIDA ES SUEÑO.

LA DEVOCION DE LA CRUZ.

EL MÁGICO PRODIGIOSO.

EL PRÍNCIPE CONSTANTE.

MADRID

LUIS NAVARRO, EDITOR

COLEGIATA, NÚM. 6

1881

ESTUDIO CRÍTICO.

Justa y noble cosa es que los pueblos honren la memoria de sus grandes

poetas; pero si he de decir lo que siento, ántes me parece funesto

que útil el entusiasmo oficial y la devocion obligada, que produce

los aniversarios y centenarios, con el obligado cortejo de músicas,

carros triunfales, pompas y apariencias, versos y justas poéticas. Aun

lo bueno sobre un mismo asunto empalaga, cuando es demasiado: ¿qué

será cuando en la turbia corriente de tales solemnidades rueda tanto

de mediano y áun de malo? La secta de los cervantistas acabaria, á no

ser tan grande el personaje á quien injurian y apedrean, por hacer

aborrecible hasta el nombre de Cervántes en la memoria de las gentes.

¿Quién sabe si conseguirán otro tanto los calderonianos, á fuerza de

sacrificar en las aras de su autor favorito todas nuestras glorias

dramáticas? No sé á punto fijo en qué consiste, pero hay en el fondo

de toda alma verdaderamente artística algo que se rebela contra las

admiraciones convencionales, de ritual ó de reata, un secreto espíritu

de reaccion contra todo fetiquismo, y de protesta contra gárrulos

encomios. De aquí que los espíritus delicados y que sienten y aman

desinteresadamente la hermosura, se refugien en el culto íntimo y

solitario de otros autores más modestos y olvidados, á quienes suele

llamarse _de segundo órden_ por lo mismo que andan ménos profanados en

bocas de necios, y porque han logrado la muy apetecible fortuna de no

llevar tras sí una turba ignara de admiradores y devotos.

Quizá parezcan demasiado amargas las palabras que llevo escritas, pero

no cabe en mi ánimo el decirlas más halagüeñas, ni el esperar nunca

gran cosa de estas apoteósis semi-paganas, que poco han de regocijar

en la otra vida á tan cristiano poeta como Calderon. Como quiera,

parece que el más digno tributo que en tal ocasion puede ofrecerse á

su gloria terrena es una nueva edicion de sus obras. Y por desgracia,

las ediciones no abundan, ni en todo rigor crítico las mismas que hay

satisfacen. Expuestos estamos á que cualquier extranjero, atraido á

Madrid por el ruido y baraunda que á propósito de Calderon estamos

haciendo, recorra en vano nuestras librerías sin encontrar otra

coleccion asequible de las obras de autor tan famoso (en cuyo honor

quemamos fuegos de artificio y encendemos luces de Bengala) sino la que

forma parte de la _Biblioteca de Autores Españoles_, de Rivadeneyra.

Si desea otra de más cómoda lectura y letra ménos apretada, tendrá

que acudir á Leipzig en busca de la de Keil. Si no quiere ó no puede,

por falta de tiempo, enterarse de toda la inmensa balumba de comedias

y autos del poeta, y prefiere una edicion de sus dramas selectos,

se fatigará en vano, porque hoy es el dia en que, á pesar de tantas

bocanadas de humo y tantos ditirambos en loor de nuestro gran poeta

nacional, áun tiene casi intacta en sus almacenes la Real Academia

Española la impresion de los dos primeros tomos de dramas escogidos

de Calderon, que empezó á publicar en 1868, y que en vista de tal

indiferencia del público, no ha pasado adelante. Bueno es ensalzar á

Calderon y hacer versos y prosas en conmemoracion suya, y colgar de

nuestros balcones retales de percalina, cual si se tratase de festejar

la entrada de un héroe patriótico y libertador; pero áun fuera mejor

leer y estudiar sus obras, y razonar un poco nuestras admiraciones

_à priori_. Aunque nos duela decirlo, los mejores trabajos críticos

acerca de Calderon, los de Schack, Rosenkranz y Schmidt, han salido de

Alemania: el único texto críticamente impreso de una comedia suya le

ha publicado un frances, así como ántes otros extranjeros vinieron á

enseñarnos y á defender contra nuestros críticos que Calderon era un

gran poeta, cuando aquí le teníamos por un bárbaro.

No todo se puede hacer en un dia, pero gran principio de remedio es

conocer el daño. Y por eso entiendo que lo primero y más útil es

popularizar la lectura de Calderon, para que el vulgo de las gentes,

y áun el vulgo literario, no le juzgue de oidas y por adivinacion,

sino atendiendo á lo que en sí mismo vale y significa. Por eso

esta BIBLIOTECA CLÁSICA, ya que por su objeto y condiciones no

puede honrarse con una edicion completa de D. Pedro Calderon de la

Barca, publica hoy en cuatro volúmenes lo más selecto de su teatro,

convenientemente ordenado y metodizado.

La ocasion parece oportuna para refrescar algunas ideas acerca del

autor y de su mérito dramático.

I.—Vicisitudes de la crítica calderoniana.

Calderon, de igual suerte que Lope, no obtuvo en su tiempo más que

alabanzas, ni hay ejemplo de popularidad igual á la suya, como no sea

la del Fénix de los ingenios. Y áun me atrevo á decir que fué más honda

y sobre todo más duradera la de Calderon, como que á los erráticos

vuelos y facilidad abandonada del padre de nuestro teatro sustituyó una

concepcion dramática, si ménos ámplia y rica, más una y consistente,

y asimismo más española, aunque más estrecha: tan española y tan del

tiempo en que floreció, como que Calderon vino á ser el poeta nacional

por excelencia: lauro honrosísimo, aunque se compre á costa de un poco

de personalidad, y lauro tal que sólo suelen alcanzarle los autores de

las primitivas epopeyas ó los ingenios afortunados que, como Dante,

cogen una sociedad y una lengua en mantillas, y modelan á su gusto la

literatura y la lengua. Pero el hacerse poeta popular cuando ya se ha

fijado la lengua, y cuando la literatura de un pueblo ha llegado al

punto culminante de su desarrollo, sólo suele alcanzarse por medio de

la dramática; y como en el mundo andan siempre revueltos los bienes

con los males, trae consigo (por lo general) á la vez que cierta

abdicacion del sentir y del pensar propios, una triste sujecion á las

formas convencionales y á los gustos del público, lo cual si hace al

poeta personaje semi-sagrado entre los de su tiempo y raza, suele

perjudicarle para lo futuro, sobre todo en el concepto de los extraños,

y áun hacerle ininteligible, quitándole esa universalidad que da vida

y juventud perenne á Shakespeare y á Cervántes, por ejemplo. Algo

de esta fatalidad pesa sobre Calderon, pero no del todo, puesto que

de él se admiran por la crítica de todos los países las concepciones

y los asuntos (indicio seguro de vigorosísimo entendimiento), aunque

logre ménos aplauso la ejecucion, que así en los aciertos como en los

lunares, es muy española y muy del siglo XVII, ya decadente.

Como quiera, repito que nuestro poeta fué gala, entusiasmo y regocijo

de su siglo, no sólo durante su vida larga, quieta, serena y siempre

honestamente ocupada, sino despues de su muerte, que produjo un

verdadero duelo nacional, siquiera tomase éste formas más solemnes

y graves que las que sirvieron para honrar la memoria de Lope. La

escuela de éste áun habia experimentado lucha y contradicciones; pero

en tiempo de Calderon la victoria del sistema dramático independiente,

español y revolucionario podia juzgarse completa. Hasta los clásicos

más recalcitrantes habian cedido, y con alto espíritu estético buscaban

en la Poética del Stagirita defensa y justificacion para las audacias

de nuestros dramáticos, y ensalzaban el teatro español en el concepto

de arte _naturalista_, puesto que, entendido rectamente el principio de

la _imitacion_ ó _mimesis_, que sirve de fundamento á las enseñanzas

de Aristóteles, claro es que implica no la mecánica imitacion de los

modelos, sino la reproduccion de la naturaleza humana con toda la

variedad y riqueza de contrastes y con la alternativa de lágrimas y de

risas que ella en sí tiene, y que en la vida se muestra y desarrolla.

De donde inferian que, siendo la comedia espejo de la vida humana,

cumplian á maravilla con su objeto nuestros dramáticos, fieles pintores

de la realidad histórica que sus ojos veian, y hábiles al par que

valientes en la mezcla de los efectos cómicos y trágicos. Tal es,

en sustancia, la doctrina que en modo muy dialéctico y bien trabado

expusieron el catedrático complutense Alonso Sanchez de la Ballesta,

grande apologista de Lope de Vega contra las detracciones de Pedro de

Torres Ramila, el licenciado Francisco de la Barreda en uno de los

discursos que sirven de exornacion al _Panegírico_ de Plinio (traido

por él á nuestra lengua), y así otros muchos que fuera largo enumerar.

Sólo reparos morales pusieron algunos escrupulosos á las comedias de

Calderon, como ántes á las de Lope y Tirso. Porque si es verdad que

el autor de _La vida es sueño_ y de _El Príncipe constante_, y de

tantas otras joyas de la inspiracion cristiana, fué por lo general

el más católico de todos los dramáticos del mundo, y aunque sea

cierto de igual modo que áun en sus comedias de costumbres se abstuvo

cuerdamente de las liviandades y desenfados que el fraile de la Merced

habia consentido á su apicarada musa, tambien lo es que en esas

mismas comedias y en sus dramas trágicos pagó largo tributo Calderon

á las preocupaciones de su tiempo y de su sangre, y sobre todo á esa

moral del honor, moral social y _relativa_, en muchas cosas opuesta

á la moral cristiana y absoluta. De aquí no sólo tésis radicalmente

inmorales como la de _A secreto agravio secreta venganza_, sino una

lastimosa exageracion del espíritu vindicativo, duelista y de punto de

honra. Cierto que pueden traerse circunstancias atenuantes. Así, verbi

gracia, el sangriento castigo del adulterio muestra por su misma dureza

y ferocidad la rareza de las infracciones, el espíritu patriarcal que

aún imperaba en la familia castellana, y el dominio de la ley ética en

la mayor parte de los corazones.

Pero es lo cierto que el teatro de Calderon promovió ya en sus dias

los escrúpulos de algunos varones timoratos, y él mismo hubo de

defenderse en un papel dirigido al Patriarca de las Indias, alegando

el mandato del Rey, que le hacía escribir para sus fiestas. Despues

de su muerte, la aprobacion dada á la _Verdadera Quinta Parte_ de

sus comedias por el trinitario fray Manuel de Guerra y Ribera,

aficionadísimo, como otros frailes de su tiempo, á los espectáculos

dramáticos, promovió contestaciones y clamores, que en vano quiso

acallar el mismo aprobante con su _Apelacion al tribunal de los

doctos_, ocasion de nueva pelamesa, en que al fin vino á quedar por los

calderonianos la victoria.

Censuras literarias no se hicieron de Calderon hasta el siglo XVIII.

Iniciólas Luzan en su célebre _Poética_ (1737), tenida generalmente

por código del gusto frances, aunque debe más á los italianos, cuyas

interpretaciones sutiles y menudas de Aristóteles aceptó por completo.

Luzan anduvo harto duro con el teatro español, no tanto, sin embargo,

como sus discípulos. Por lo comun, acierta en la parte negativa, y no

hay más remedio que darle la razon cuando censura, por ejemplo, los

anacronismos y los errores geográficos de los dramas históricos, ó

cuando tilda en las comedias de capa y espada el abuso de unos mismos

é inverosímiles recursos, los escondidos y las tapadas, las casas

con dos puertas, las riñas y cuchilladas, y aquello de no tener las

voces humanas acento propio y distintivo; ó bien cuando reprueba en

todo el teatro calderoniano el vicioso lujo y pompa desconcertada de

diccion, el hacinamiento de incoherentes alegorías y metáforas, y la

intemperancia lírica que á lo sumo, y en los momentos en que el mal

gusto de la época no le vicia del todo, no pasa de _elegantissima

luxuries_. De otros reparos de Luzan no se hable, y téngase por dicho

que no dejó de sacar á plaza contra Calderon las famosas unidades

de lugar y tiempo, de la primera de las cuales ni rastro hay en la

_Poética_ de Aristóteles (como quiera que la extrema sencillez del

drama griego excluia casi las mutaciones escénicas, ó, mejor dicho,

tenía una escena tan ideal como el drama mismo), refiriéndose sólo de

pasada, y no como precepto sino como recuerdo histórico, á la segunda,

cuando dice que «la tragedia suele encerrarse en un período de sol ó le

traspasa poco.»

Los amigos y los discípulos de Luzan insistieron en la parte más

endeble de su crítica, olvidando las amplísimas concesiones que una y

otra vez hace al alto ingenio y soberana fantasía del poeta. Por el

contrario, para Nasarre, Montiano y Velazquez, para el mismo Moratin

el padre, ingenio español de tan buena ley, Calderon no fué más que el

segundo corruptor del teatro, un salvaje delirante, digno sólo de ser

aplaudido por un pueblo de bárbaros. Y no pararon aquí sus diatribas

y desdenes, sino que hallando eco en las regiones oficiales, lograron

en 1763 la prohibicion de los _Autos sacramentales_, como ultraje á la

religion y al buen gusto. ¡Y esto lo decian los ministros de Cárlos III

y los abates volterianos, saturados de las heces de la _Enciclopedia_!

Ni es de admirar que para los sectarios de una poética semi-mecánica y

de una filosofía rastreramente sensualista fuesen letra muerta, y áun

pudiesen equipararse con el apocalíptico libro de los siete sellos,

las extrañas composiciones lirico-dramáticas con que nuestros vates

ensalzaron el adorable misterio de la Eucaristía.

La intolerancia doctrinal se extendió hasta á las composiciones

profanas, y, con asombro mezclado de risa, leemos hoy que el despotismo

administrativo de aquellos leguleyos vedó severamente, á fines del

siglo XVIII, la representacion de _La vida es sueño_ (quizá por haber

en ella una rebelion triunfadora), la del _Príncipe Constante_,

apoteósis del mártir D. Fernando, y _El Gran Príncipe de Fez_,

compuesta en glorificacion de la Compañía de Jesus, motivo bastante

para que la mirasen de reojo los que inicuamente habian expulsado á los

hijos de San Ignacio.

Ni áun los críticos de más larga vista entre los de siglo pasado,

D. Pedro Estala, por ejemplo, que en los discursos preliminares á

sus traducciones, harto olvidadas, del _Edipo Tirano_ de Sófocles, y

del _Pluto_ de Aristófanes, tan perfectamente atinó con el verdadero

carácter de la tragedia y de la comedia griegas, y declaró aquel

teatro admirable pero no imitable, por corresponder á un estado social

y á una concepcion religiosa tan diversos de los nuestros, no acertó

á desprenderse de los resabios de preceptista en sus juicios acerca

de nuestro teatro, ni á hacer más alto elogio de Calderon que el de

estimarle como felicísimo constructor de intrigas dramáticas, hábil

en la trama y en el enredo hasta el punto de empeñar poderosamente

(aunque con interes algo pueril, semejante al que resulta de descifrar

un enigma ó una charada) la atencion de los espectadores. Y con crítica

todavía ménos elevada y frase que raya con lo ridículo, habló del

_travieso Calderon_ nuestro eximio latinista Sanchez Barbero. ¡Y áun

creeria pecar de tolerante aplicando la categoría de _travesura_ al

sublime ingenio que acertó á vestir de forma dramática el problema de

la razon y del libre albedrío, los triunfos de la fe y de la gracia,

los furores y desatada tempestad de los celos!

Pero miéntras esto pasaba en España, una reaccion profundísima,

y guerra declarada contra el sistema dramático frances, se habia

iniciado en Alemania con la _Dramaturgia_ de Lessing, y la victoria

iba quedando por los innovadores, de quienes vino á ser poderoso

auxiliar aquel renacimiento de toda conciencia nacional que respondió,

como protesta, á las conquistas napoleónicas. Comenzaron á ponerse en

boga las literaturas indígenas, populares y espontáneas, y tanto más,

cuanto más radicalmente se apartaban del arte convencional, académico

y ceremonioso de los franceses. Tras de Lessing, con sus nuevas

interpretaciones de la _Poética_ de Aristóteles y sus ideas de tragedia

realista y _bourgeoise_, vino Herder popularizando las canciones

nacionales de muy diversos tiempos y países. Traspasó los límites de

Inglaterra la devocion shakespiriana, y los dramas históricos del gran

poeta inglés, sus crónicas en verso, con toda su animacion, movimiento

y lujo de episodios, revivieron gloriosamente en el _Goetz de

Berlichingen_, vigorosísima pintura rústica y familiar de los últimos

dias de la Edad Media, y en _el Campamento de Vallenstein_ de Schiller.

Hizo Guillermo Schlegel el paralelo entre el _Hipólito_ de Eurípides, y

la _Fedra_ de Racine, mostrando cuánto difiere la casta sencillez de la

tragedia antigua (aunque se la considere en el último y más retórico de

sus modelos, en el que más tributo pagó al sentimentalismo enervador y

á los recursos patéticos) del arte peinado y relamido de los salones de

Versalles.

Así nació el _romanticismo_ aleman, cuyo poeta fué Tieck, y cuyos

legisladores son los dos Schlegel, á quienes nos complacemos en citar,

á pesar del amargo dejo que en los ánimos de nuestra generacion han

dejado las humorísticas chanzas de Henrique Heine. Pero nunca las

chanzas fueron argumentos, ni es el humorismo sistema crítico, sino

estado subjetivo, fisiológico y á veces patológico, del espíritu que

ve las cosas por un sólo aspecto, y hace víctima de sus caprichos de

un dia al objeto del conocimiento. Y diga lo que quiera Heine (cegado

además por su odio á todo género de restauracion católica), áun está

por escribirse el libro que pueda sustituir, ni en la alteza de miras,

ni en lo delicado del sentimiento estético, á las _Lecciones de

literatura dramática_ de Guillermo Schlegel. Miéntras otros le zahieren

(sin perjuicio de saquearle), séanos lícito tenerle por una de las

piedras angulares de la crítica moderna. Hoy son vulgaridades muchos de

los principios que allí por primera vez se consignaron. ¿Qué triunfo

más glorioso para un libro de crítica?

Todo el _Curso_ de Schlegel está encaminado á la glorificacion

de Calderon; aunque sólo en el último capítulo se trata de él

_ex-professo_. Pero el autor no le olvida nunca, ni al hablar de la

tragedia griega, ni al discurrir acerca de Shakespeare, ni al maltratar

á Molière. Todas las formas dramáticas le parecen imperfectas y una

como preparacion para aquella forma más alta, en que se resuelve de un

modo firme y sereno el enigma de la vida humana. Al coronar con ella su

edificio histórico, abandona Schlegel el tono de la crítica y prorrumpe

en el más entusiasta ditirambo.

¿Era fundada del todo esta admiracion? En primer lugar, Guillermo

Schlegel, y lo mismo su hermano Federico, que con ménos elocuencia

desarrolló las mismas ideas en su _Historia de la literatura antigua y

moderna_, desconocia casi en absoluto todo el teatro español anterior á

Calderon y contemporáneo de él. De aquí el mirarle como un solitario

coloso, y atribuirle todas las perfecciones y excelencias de una

escuela, y poner en su cabeza la gloria de toda una literatura. Además,

lo que Schlegel admira, sobre todo, en Calderon es el vigor sintético

del ingenio, la grandeza de las concepciones, el espiritualismo

cristiano vivo y prepotente, lo recto y justiciero del sentido moral,

cualidades que en mucha parte debió Calderon á haber nacido español

y católico y en el siglo XVII. Pero ¿cómo se le habia de ocultar á

Schlegel que, así el sereno idealismo de Sófocles como el ardiente

naturalismo shakespiriano, puntos extremos, é igualmente admirables,

del arte, vencen al drama calderoniano en lo perfecto de la ejecucion,

en lo eterno y universal de las situaciones y de los caracteres, en la

intensidad y en lo verdadero de los afectos; viniendo á ser nuestro

teatro (y especialmente el de Calderon) dentro del drama romántico é

independiente, algo parecido á lo que es dentro del teatro clásico la

tragedia francesa, _mutatis mutandis et servatis servandis_, es decir,

con la ventaja en el nuestro del poderoso aliento nacional que le

informa y da vida, haciendo olvidar, cuando se le mira de léjos, faltas

y aberraciones de gusto, ligerezas de ejecucion, y aquella poética

menuda y caprichosa, que todo lo reglamentaba no ménos arbitrariamente

que la de las tres unidades?

Ni fué sólo de los románticos el entusiasmo por Calderon. Sintióle

el mismo Goethe, que llegó á ensalzar no sólo las bellezas sino los

desaciertos del gran poeta, y tuvo palabras de encomio hasta para la

_Hija del aire_, verdadero monstruo dramático, en que nada hay bueno

sino el carácter ideal y fantástico de la protagonista, cuyo carácter

se quedó en gérmen como otros muchos de Calderon. Ni hemos de olvidar

tampoco que uno de los más grandes poetas ingleses, émulo de Byron,

corifeo de la escuela satánica, cantor de la victoria de Demogorgon

contra Júpiter, tradujo en hermosos versos ingleses (¡rara eleccion

de original para un poeta ateo!) las mejores escenas de _El Mágico

prodigioso_.

En Alemania se multiplicaron las versiones, dando el ejemplo con las

suyas, ménos literales que poéticas, Guillermo Schlegel. Hasta en la

cristiandad protestante logró fervorosos admiradores el más católico é

inquisitorial de los poetas. _La devocion de la Cruz_, que extasiaba

á Hoffman, llegó á hacerse drama popular entre los devotos. Y al

mismo tiempo, los sectarios de escuelas filosóficas no poco reñidas

con la ortodoxia, verbi gracia, los hegelianos, diéronse á estudiar

profundamente á Calderon á título de poeta simbólico, que en sus obras

habia encarnado y manifestado peregrinas y encumbradas ideas. A esta

escuela crítica, que tanto exageró el predominio de la idea sobre la

forma, corresponde el estudio de Cárlos Rosenkranz acerca de _El Mágico

prodigioso_, monografía hoy mismo estimable, aunque el autor extrema

las semejanzas entre la obra que analiza y el primer _Fausto_ de Goethe.

De Alemania han salido tambien los dos mejores trabajos históricos

acerca de Calderon: el de Schack en su _Historia del teatro español_,

y sobre todo el de Federico Guillermo v. Schmidt, publicado en 1857

(en Elberfield) por su hijo Leopoldo. En esta obra se examinan una por

una, y con muy loable escrupulosidad, todas las comedias de Calderon y

algunos de sus autos.

En España ni siquiera se ha traducido este libro, cuanto más hacer otro

mejor. Pero aunque tarde, hemos caido en la cuenta de que Calderon era

un gran poeta, cuando ya toda Europa le tenía por tal.

Con todo eso, y á despecho de los menosprecios de la crítica, habian

conservado intacta su reputacion, y eran representados, con universal

aplauso de nuestros padres, dramas de Calderon tan románticos como _El

Tetrarca de Jerusalem_. Los mismos críticos de la escuela dominante

acabaron por dar cuartel á las comedias de capa y espada, y de ellas se

insertó razonable número (acompañadas de discretas observaciones) en la

_Coleccion general de comedias escogidas_, impresa en Madrid por los

años de 1827, y en que entendieron, con criterio bastante moderado y

ecléctico, Gorostiza, García Suelto y algunos más.

Por otra parte, la revolucion romántica que iniciaron Böhl de Faber en

Cádiz, y Aribau y Lopez Soler en Barcelona, y á la cual con más timidez

ayudó D. Alberto Lista (en sus _Lecciones de literatura dramática_

pronunciadas en el Ateneo de Madrid, y luégo en los artículos sueltos

coleccionados hoy con el título de _Ensayos literarios_) contribuyó á

restaurar en España los altares de Calderon, y á popularizar, aunque

de un modo poco científico, algunos de los resultados de la crítica de

los Schlegel. Desde entónces sonó el nombre de Calderon, como nombre de

batalla, entre los románticos, y algunos le imitaron, no infelizmente,

en el teatro; pero á esto y á panegíricos vagos se redujo todo el

incienso que España quemó en sus aras. Gracias á la diligencia del

Sr. Hartzenbusch, poseemos, coleccionado en cuatro volúmenes de la

_Biblioteca de Autores Españoles_, el teatro de Calderon, si bien este

texto no ha de darse por definitivo ni está exento de reparos. Quizá

el Sr. Hartzenbusch no acertó siempre en dejarse guiar por el texto de

Vera Tássis, reproducido por Apontes y por Keil, sobre todo cuando

existian manuscritos ó ediciones hechas en vida del poeta, que nos

pueden dar, si no la letra primitiva del drama, á lo ménos una leccion

no tan alterada por ignorantes histriones y famélicos impresores.

El prólogo que el Sr. Hartzenbusch puso á su edicion es elegante é

ingenioso, pero algo tímido en las conclusiones. En las notas hay cosas

útiles, sobre todo para la cuestion cronológica: el resto está tomado

de otros comentadores.

De los _Autos sacramentales_ disertó admirablemente D. Eduardo Gonzalez

Pedroso, nombre de dulce recuerdo entre los católicos españoles; y

más adelante dijo algo el Sr. Canalejas, aunque con ciertos resabios

panteísticos, que hubieran escandalizado no poco al reverendo y

cristiano poeta, si por dicha hubiese acertado á levantar la cabeza.

Trató de las tres ideas fundamentales del teatro calderoniano el Sr.

D. Adelardo Lopez de Ayala en su discurso de recepcion en la Academia

Española, y lo hizo por modo fácil y brillante, pero sin descender á

pormenores. Tampoco puede sacarse mucho jugo de las ilustraciones del

Sr. Escosura á la edicion académica de Calderon, y no porque les falte

lucidez y órden, sino porque el editor apénas puso nada de su cosecha,

limitándose á reproducir las ideas que en el vulgo literario corren

acerca de Calderon.

Tratemos nosotros de aprovechar brevísimamente los resultados de toda

esta labor crítica.

II.—El hombre, la época y el arte.

Poco sabemos de la vida de Calderon: achaque comun en las biografías

de nuestros mayores ingenios, máxime de los dramáticos. Si exceptuamos

á Lope, con cuyas obras impresas y manuscritas (que así y todo no

son más que una tercera parte escasa de las que brotaron de su

fecundísima pluma) puede tejerse una cumplida cronología literaria,

y que además nos dejó en larga serie de epístolas al Duque de Sessa

raras y lastimosas confidencias acerca de su vida familiar, ¿qué es lo

que podemos afirmar de cierto y averiguado respecto de Tirso, Moreto

y Rojas? ¿De la vida ante-claustral del primero y áun de su vida

monástica, de su carácter é inclinaciones, qué sabemos, como no sea

por induccion y conjetura? ¿Qué ha hecho la crítica acerca de Moreto

sino desbrozar de malezas el campo, y condenar á perpétuo olvido las

invenciones de poetas y novelistas, ó de biógrafos más inventivos y

fantásticos que los noveladores? De Rojas ni áun sabríamos á ciencia

cierta la patria, si no hubiesen parecido sus informaciones para el

hábito de Santiago. Y la misma biografía de Alarcon, maravilloso libro

de D. Luis Fernandez-Guerra, es ántes que todo un _tour de force_, un

libro de reconstruccion histórica, en que á los hechos documentalmente

comprobados, que son pocos, se mezclan y entretejen, con habilidad

inaudita, las probabilidades, inducciones y conjeturas basadas en el

estudio profundo de la época.

Ni sobre Calderon nos dan mucha luz las escasas biografías de él

que corren impresas, pues casi todas adolecen del gusto gárrulo y

pedantesco de fines del siglo XVII, y ahogan pocas noticias en un mar

de palabras: así la _Fama Póstuma_ de Vera Tássis, como el _Obelisco

fúnebre_ de D. Gaspar Agustin de Lara, en que apénas acierta uno á

decidir cuál es peor, los versos ó la prosa. Algun dato acerca de su

familia puede rastrearse en la _Genealogía de la casa de Calderon_,

que ordenó el P. Gándara, ó en los _Hijos de Madrid_ de Álvarez Baena;

pero lo personal del poeta se reduce á bien poco. Ni han remediado

esta penuria los modernos, más atentos á las obras de Calderon que al

personaje mismo.

Y si algo han querido añadir, ántes es daño que provecho, y más bien

extravío de la crítica que nueva luz: de tal modo se han confundido y

trastrocado las especies. Así el Sr. Hartzenbusch (_quem honoris causa

nomino_), dejándose guiar por la opinion de D. Jorge Díez, director de

cierto colegio de Sevilla, imprimió como de Calderon un romance, en que

éste declara á una dama su calidad y condiciones y le refiere su vida,

en términos demasiadamente alegres y más de pícaro que de caballero.

Hanse sacado de aquí torcidas inducciones sobre el carácter de nuestro

dramaturgo; y sin embargo, ese romance no es de Calderon, sino de un

maleante ingenio sevillano á quien decian D. Cárlos Cepeda y Guzman,

el cual en un códice de sus obras (que examinó y extractó Gallardo) le

dejó escrito de su mano.

Yéndonos á lo cierto y positivo, comencemos por afirmar que Calderon

era oriundo del nobilísimo y antiguo solar de la Barca, en las Astúrias

de Santillana, hoy Montaña de Santander, siéndole comun esta oriundez

montañesa con otros ingenios de los que más ilustran nuestro Parnaso,

vg., el Marqués de Santillana, Lope de Vega y Quevedo. Y tambien

fué desgracia para nosotros (aunque tantas veces se ha repetido, que

parece indicar especial y oculta disposicion de la Providencia el que

salgan de nuestra tierra, no los vencedores de reyes moros sino los

padres y engendradores de tales victoriosos héroes) el que D. Pedro

Calderon de la Barca Henao de la Barreda y Riaño, apellidos todos de

alcurnia cántabra, no viera la luz en nuestros montes ni en nuestras

marinas, sino en la villa de Madrid el 17 de Enero de 1600. Y como

si Dios le hubiera destinado á ser por excelencia el poeta del siglo

XVII, le vivió casi entero hasta 1680, y en su vida, que nada tuvo de

excepcional ni de novelesco, se atemperó naturalmente y sin violencia

á cuanto aquella época exigia de un caballero cristiano y español,

logrando así vivir en paz con su siglo y con su raza. ¡Mérito singular

y para admirado cuando recae en un ingenio de tal temple!

Fué Calderon discípulo de los jesuitas en el colegio Imperial, y

siempre les profesó amor entrañable, como lo demuestra la comedia

de _El Gran Príncipe de Fez, Don Baltasar de Loyola_. Pero que en

sus estudios no pasó de la gramática (entendida esta palabra en su

más ámplio sentido) ó de las humanidades (como se decia entónces con

vocablo más general), parece asimismo indudable. Nadie ha probado hasta

ahora (ya que no son prueba leves presunciones) que Calderon cursara

en tiempo alguno las aulas salmantinas, estudiando en ellas derecho

civil y canónico, por más que lo digan sus biógrafos. Y en cuanto á su

teología tan ponderada de los _Autos sacramentales_, tampoco excede el

nivel comun de la cultura de los españoles de aquella edad, y áun puede

calificarse de teología _para uso de las gentes de mundo_, inferior

de seguro á los conocimientos que lograba el ménos aventajado de los

discípulos de Bañez, de Domingo de Soto, de Molina ó de Suarez.

Desde 1619 á 1625 Calderon parece haber residido en Madrid, como

caballero de capa y espada, sin empleo ni profesion especial. Comenzaba

á escribir comedias, aunque de seguro exagera Vera Tássis cuando afirma

que ya entónces _tenía ilustrados los teatros de España_. No sólo Lope

sino Montalban y otros de segundo órden alcanzaban en aquellos dias

más alta fama que Calderon, por más que el ingenio lozano y juvenil de

éste gallardease con honra en certámenes y justas poéticas, vg. en las

celebradas con motivo de la beatificacion y canonizacion de San Isidro,

mereciendo elogios de Lope en el _Laurel de Apolo_, y de Montalban en

el _Para-Todos_.

Pasaba Calderon por bravo y pendenciero, y de algun lance suyo de 1629

tenemos noticia. Consta que entónces persiguió, espada en mano, á un

famoso comediante, que decian Pedro de Villegas, el cual alevosamente

habia herido á un hermano del poeta. Y fué tan grande la porfía de

los deudos de uno y otro, que el Villegas hubo de buscar refugio en

la iglesia de las Trinitarias, dando ocasion á que la justicia, que

le perseguia, violase la clausura con no pequeño escándalo. Y no paró

aquí el ruido, sino que habiendo aludido al lance el predicador Fr.

Hortensio Paravicino (célebre entre los corruptores del buen gusto en

el siglo XVII), vengóse Calderon en el _Príncipe Constante_, llamando

_sermones de Berbería_ á los suyos, de lo cual resultaron quejas y

reclamaciones del fraile, y áun prision para el poeta.

Todo esto lo pusieron en claro Hartzenbusch en una _Memoria de la

Biblioteca Nacional_, y Molins en su libro de _La sepultura de

Cervántes_, y todo ello parece que invalida la relacion de Vera Tássis,

á tenor de la cual Calderon en 1625 fué á militar en el Estado de

Milan, y allí y en Flándes permaneció hasta 1635. Pero si hay error

en las fechas y hemos de rebajar algo del tiempo que se asigna á las

campañas de Calderon, que fué soldado no tiene duda, y que en los

campamentos adquirió aquel conocimiento de la vida y tipos militares

que le ayudó á crear las enérgicas figuras de D. Lope de Figueroa, del

Sargento, de Rebolledo y de la Chispa.

Valiéronle sus servicios bélicos el hábito de Santiago, y del valor

que ardia en su pecho no puede dudarse, ya que le vemos en 1640, en el

punto culminante de sus triunfos dramáticos, apresurar la conclusion

de su comedia _Certámen de amor y celos_, (que habia de representarse

en una funcion real) para poder seguir á las Órdenes Militares en la

campaña de Cataluña: lo cual le valió treinta escudos de sueldo al mes,

con cargo al capítulo de artillería. Y áun le vemos enviado por el

Marqués de la Hinojosa, desde Tarragona á Madrid, con cierta comision,

nada literaria, relativa al cange de prisioneros.

Pero todo esto no es más que un episodio en la biografía de Calderon,

por más que contribuyera á darle la saludable educacion de la vida

activa. Las aficiones artísticas se sobrepusieron en él á todo otro

impulso, y fué poeta áulico y cortesano por espacio de más de cuarenta

años. Así las fiestas reales del Buen Retiro, como las representaciones

eucarísticas que con inusitado esplendor celebraba la villa de Madrid,

dieron norte y empleo á su portentoso númen.

En 1651 se ordenó de sacerdote, y sin duda con vocacion sana y entera

(digna corona de tan honrada vida), pues así como de Lope sabemos

despues livianas aventuras, en el nombre de Calderon jamás acertó á

poner mancha el odio de sus más encarnizados enemigos.

Calderon sacerdote tuvo ciertos escrúpulos de seguir dando culto á las

musas dramáticas, y no escribió más que para los teatros públicos; pero

halló él, ó escogitaron sus admiradores, una ingeniosa capitulacion

de conciencia: el mandato real, que le obligaba á escribir para sus

fiestas y solemnidades palacianas. Así _honestó_ (son sus palabras)

_los decoros de su nuevo estado_, aunque ciertos devotos le murmurasen,

y esta murmuracion le perjudicara para nuevos adelantos en su carrera

eclesiástica. «Si esto es bueno (decia Calderon), no me obste; y si es

malo no se me mande.»

Con todo eso, Calderon llegó á ser capellan de honor de Palacio y

capellan de los Reyes Nuevos de Toledo, sin otras mercedes de menor

cuantía. Y tranquilo y respetado por todos, se durmió tranquilamente

en el Señor el 25 de Mayo de 1681, dejando por heredera á la venerable

Congregacion de Presbíteros naturales de Madrid, que en la iglesia de

Salvador instituyó aniversario perpétuo por su alma.

Fué Calderon fecundísimo escritor, como casi todos nuestros ingenios

del siglo XVII. Además de sus ciento veinte comedias (punto más ó

punto ménos) y de sus ochenta _Autos sacramentales_ (tambien en número

redondo) y de sus entremeses y piezas cortas (que no es fácil reducir á

número, porque de la mayor parte ni áun quedan los títulos), compuso un

tratado _en defensa de la nobleza de la Pintura_, otro _en defensa de

la comedia_, un poema sobre el Diluvio universal, un _Discurso de los

cuatro Novísimos_ (todo ello perdido) y algunas poesías líricas, de

las cuales la más notable es un romance impreso en los _Avisos para la

muerte_, no siendo tampoco indigno de memoria el Discurso poético sobre

la inscripcion _Psalle et sile_ del coro de la catedral de Toledo.

Tambien es de Calderon, aunque estampada á nombre de D. Lorenzo Ramirez

de Prado, la relacion de la entrada de la Reina Doña Mariana de Austria

en Madrid, el año 1649.

Para la posteridad, Calderon sólo vive como dramático. Su misma

genialidad lírica, que era poderosa, se derramó casi exclusivamente en

sus obras teatrales. Por desgracia, nunca formó coleccion de ellas,

y aunque la mayor parte han llegado á nosotros, mucho es de lamentar

el verlas tan desfiguradas. Y gracias que sabemos con certeza, por

declaracion del mismo poeta en carta al Duque de Veragua, las que

realmente son suyas y las que malamente se le atribuyeron. Los títulos

de las que él dió por legítimas pueden verse á continuacion de esta

advertencia, donde asimismo cuidaremos de advertir las que faltan en la

coleccion de Vera Tássis, las que éste añadió y las que figuran sólo

en la edicion del Sr. Hartzenbusch. Como muestra de la poca confianza

que todos los textos hoy conocidos infunden, baste decir que Calderon

no revisó (segun parece) ninguno de ellos, ni siquiera los de algun

tomo de _Comedias escogidas de varios autores_ de que fué aprobante, y

que su hermano D. José y su amigo Vera Tássis cuidaron de lo restante,

siguiéndoles ciegamente Apontes y Keil. Los _Autos_ se imprimieron con

más esmero, porque poseia los originales la villa de Madrid, y hay de

ellos dos tolerables y no raras ediciones de 1717 y de 1759.

Tan escasos datos, que además hemos compendiado en todo lo posible,

bastan á dar idea de la fisonomía moral del poeta, mostrándole español

á toda ley, cristiano fervoroso hasta parar en el sacerdocio, caballero

por sangre y por educacion, bizarro soldado en sus floridos abriles,

algo estudiante, y por cifra de todo, poeta palaciano y poeta popular á

la vez, favorito de los reyes y de la muchedumbre: amalgama imposible

de lograr en otro estado social que no hubiera sido el de España en el

siglo XVII.

En aquella sociedad, heredera fiel de las tradiciones y de los impulsos

del siglo anterior, sobre el principio monárquico, sobre el principio

aristocrático, sobre toda consideracion terrena y toda grandeza de

este mundo, se alzaba puro é inmaculado el principio religioso,

libre de toda mezcla de herejías y novedades. Él sólo servia de lazo

entre gentes divididas en todo lo demas, por raza, lengua, fueros y

costumbres. A todos los unia y congregaba aquel ardiente catolicismo

español que, al espirar la Edad Media, aún tenía el brazo teñido en

sangre mora y acababa de expulsar á los judíos. Y cuando llegó la

pseudo-reforma, terrible protesta del espíritu germánico contra la

Unidad latina, España se convirtió en adalid de la Europa meridional,

y luchó, no por sus intereses temporales, sino en contra de ellos, en

Flándes, en Alemania y en los mares de Inglaterra, cuándo con próspera,

cuándo con adversa fortuna, pero haciendo retroceder siempre la oleada

septentrional dentro de los diques que desde entónces no ha traspasado,

y salvando las dos penínsulas hespéricas, y á Francia misma, del

contagio luterano. Verdad es que quedamos pobres, desangrados y casi

inermes; pero sólo un criterio bajamente utilitario puede juzgar por

el éxito las grandes hazañas históricas, y la verdad es que no hay

ejemplo de mayor abnegacion ni de más heroico sacrificio por una

idea, que el que entónces hicieron nuestros padres. Ríanse en buen

hora los políticos y economistas; pero entre las grandezas marítimas

de Inglaterra bajo el cetro de la Reina Vírgen, y el lento martirio y

empobrecimiento de nuestra raza, que tan desinteresadamente fué brazo

de la Iglesia durante dos siglos, toda alma que sienta el entusiasmo de

lo bello y de lo noble no dudará en conceder la palma á los nuestros.

Verdad es que en todos aquellos épicos y caballerescos alardes se

mezcló algo de orgullo nacional, ciego y exclusivo; pero áun éste nacia

de noble orígen, puesto que no nos creíamos raza predestinada á mandar

ni teníamos á los demas por siervos nacidos á obedecer, sino que todo

lo referíamos á Dios como á su orígen y principio, reduciéndose toda

nuestra jactancia nacional á pensar que Dios, en recompensa de nuestra

fe, nos habia elegido, como en otro tiempo al pueblo de Israel, para

ser su espada en las batallas y el instrumento de su justicia y de su

venganza contra apóstatas y sacrílegos, por donde cada uno de nuestros

soldados, en el hecho de ser católico y español, venía á creerse

un Júdas Macabeo. Este sentimiento anima algunas de las más bellas

inspiraciones líricas del buen siglo, desde aquel valentísimo soneto de

Hernando de Acuña:

Ya se acerca, Señor, ó ya es llegada

La edad dichosa en que promete el cielo

Una grey y un pastor sólo en el suelo,

Por suerte á nuestros tiempos reservada:

Ya tan alto principio en tal jornada

Nos muestra el fin de vuestro santo celo,

Y anuncia al mundo para más consuelo

Un monarca, un imperio y una espada...

hasta las hermosas octavas del capitan Francisco de Aldana:

¡Diestra, diestra de Dios! ¡ay, cómo aguardas,

Multiplicando en ira lo que tardas!

Y el sentimiento católico es el alma de toda nuestra cultura y de

nuestras grandezas en aquel período, y no sólo daba aliento á los

héroes que sucumbian en las marismas de Holanda, ó que daban caza á

los piratas ingleses, sino á aquellos otros conquistadores que en

América y en Asia y en Oceanía domeñaban razas incógnitas y bárbaras,

y á los frailes que entre ellas difundian la luz de la fe y la ciencia

de nuestras escuelas, y á los teólogos que en Trento eran valladar

fortísimo contra las pretensiones de los reformistas, y á los que en

Inglaterra restauraban el culto católico y reformaban las Universidades

bajo los auspicios de la buena reina María, y á los que dentro de

nuestra casa escogitaban (en oposicion al impío _predestinacionismo_

calvinista) el sistema teológico más favorable á la libertad humana

entre cuantos se han imaginado para explicar las relaciones entre la

gracia y el humano albedrío; y á los que creaban y organizaban sobre

la amplísima base del orígen divino del poder el derecho natural y

de gentes, matando el cesarismo pagano de los leguleyos; y á los

místicos y ascéticos que con toda la opulencia de la lengua castellana

penetraban en los arcanos de la ontología y de la psicología, y de otra

ciencia más alta y soberana que se ha atrevido á explicar en lengua

terrena cómo el hombre llega casi _á ser Dios por participacion_; y á

los reformadores de las órdenes religiosas, y á los fundadores de otras

nuevas, y á los inquisidores que con serenidad de conciencia fulminaban

sentencia contra los heresiarcas, y al pueblo que acudia gustoso y en

tropel á los autos de fe, sin que la más leve sombra de duda enturbiase

aquellas conciencias, y á los poetas que en romanceros y cancioneros

sagrados daban voz y cuerpo y formas, graciosísimas y variadas, á

la devocion popular, y que en los _Autos sacramentales_ llegaban,

por caso único en todas las literaturas del mundo, á crear un drama

exclusivamente teológico, nuevo y peregrino testimonio de ardiente

devocion al adorable misterio de la presencia sacramental, bárbaramente

negado por Carlostadio y demas herejes del Norte.

Quien entienda de otro modo la historia española del siglo XVI y quiera

explicarla por mezquinos intereses humanos, perderá lastimosamente su

tiempo. Era España un pueblo, no ya de católicos, sino de teólogos,

y esto es la sola clave para penetrar en el embrollado laberinto de

aquellos gloriosos anales y trabar racionalmente los hechos.

Al lado de eso ¿qué importa lo demas? España era pueblo muy monárquico,

pero no por amor al principio mismo ni á la institucion real, no con

aquel irreflexivo entusiasmo y devocion servil con que festejaron los

franceses el endiosamiento semiasiático de la monarquía de Luis XIV,

sino en cuanto el Rey era el primer caudillo y el primer soldado de

la plebe católica como Cárlos V, ó el prudente consejero del partido

ortodoxo en Europa como Felipe II, para quien no imaginaban sus

panegiristas mayor gloria que la de ser _en los concilios presidente_,

cuando rotos los lazos de esta vida mortal, llegara él á ser venerado

en los altares. Más adelante, y con la decadencia de España, este amor

que inspiraron los grandes monarcas del siglo XVI, llegó á trocarse

(al mismo tiempo que la heredada grandeza venía á ménos en sus débiles

sucesores) en algo más ideal, fantástico é hiperbólico, como es de ver

en nuestros dramáticos, sobre todo en Rojas.

Teatro selecto, tomo 1 de 4 · 第 1 / 19 段