He pasado una parte del día leyendo este voluminoso diario, relato de
mis deseos y de mis ilusiones y testigo de mi decepción. Estaba
recorriéndole con toda la melancolía de un ensueño interrumpido, cuando
han venido a pedir noticias mías el padre Tomás, la de Ribert y
Genoveva.
Les he leído unos pasajes de mi precioso cuaderno, y el padre Tomás me
aconseja que le continúe.
--¿Qué voy a continuar?--pregunté.--¿Se continúa lo que está acabado?
--¿Cómo que está acabado?...
--Sí... ¿Qué quiere usted que añada a mis solteronas?--dije sonriendo
tristemente.
--Un último capítulo--respondió el cura con fingida alegría.--Alguna
cosa original.
--Ese capítulo--respondí,--está escrito... Me faltaba la solterona por
decepción, y ya la tengo... Después, como cosa inédita...
--Permítame usted...
--Hacía falta añadir la lucha vergonzosa que atraviesa la joven sin
fortuna en el camino de la que la posee... También está relatado.
--No hablemos de eso--exclamó la de Ribert con lágrimas en los
ojos.--Distráigase usted, Magdalena, y no piense más en esa decepción
que nos incumbe a todos, y a mí sobre todo...
--Por favor, déjeme usted toda la responsabilidad de lo que ha
pasado--dije con voz poco segura.--Así como ignoraba lo que era una
decepción, no sabía hasta donde podía ir la joven hipnotizada por el
deseo de casarse... Ahora lo sé--añadí temblando ligeramente;--la cosa
hace poco honor a la sociedad...
--La sociedad no tiene que ver con eso--dijo la abuela estudiándome con
angustia;--todo depende del carácter particular.
--No siempre--respondí en tono más firme.--La lucha está emprendida de
abajo a arriba en esta vieja sociedad alterada. Solamente en este
combate por la vida, desgraciados los tímidos, desgraciados los débiles,
desgraciados los concienzudos... Esos están vencidos de antemano...
--Vaya--respondió el cura,--usted exagera las cosas...
--¿No soy yo una vencida?...
--Sin embargo--replicó el cura mientras la abuela se enjugaba una
lágrima,--no hay que ver las cosas tan negras... Podría usted ganar una
enfermedad del estómago--añadió intentando una broma.
--Tengo ya tan malo el corazón...--murmuré apoyando la cabeza en el
respaldo de la butaca.--Siento rencor por la sociedad entera.
--¿Por qué?--preguntó Genoveva.
--Una sociedad que hace tan poco para proteger a sus miembros más
débiles es una sociedad a la que falta algo...
--Le faltan tantas cosas--suspiró el cura.
--Sí, pero sobre todo la presciencia de los peligros que hace correr a
aquellos a quienes tiene la misión de guardar y no guarda... En el
estado actual de nuestras costumbres, ¿qué puede hacer una joven que
quiere casarse y no encuentra con quién?...
--Resignarse en el celibato--respondió la de Ribert.--No hay otra cosa.
--¿Y para la que no acepta la resignación?... Para esa no hay más que la
rebelión--añadí convencida.--Las honradas faltarán al honor haciendo
traición a quien puedan... Las otras caerán más bajo todavía... Es
triste--continué,--pues si la sociedad no protege a sus individuos, se
protegerán ellos mismos y volverá a empezar la lucha cuerpo a cuerpo,
con la traición además...
El padre Tomás movió la cabeza, la abuela me miró con expresión de
alarma y la de Ribert y Genoveva parecieron confusas.
--Es duro--añadí bajando los ojos,--ser engañada por la amistad y por lo
que se cree ser el amor...
Nadie respondió.
Al cabo de un instante, el cura tosió, para aclararse la voz, y dijo:
--Por encima de la amistad que hace traición y del amor que desilusiona,
hay, sin embargo, Magdalena, algo, o más bien, alguien que usted
olvida...
Le miré con incertidumbre.
--Está Dios--continuó en un tono majestuoso que me conmovió;--Dios que
castiga las traiciones y consuela a los engañados...
--Sí--respondí en un impulso de sinceridad.--Pero mi decepción está tan
reciente que...
--¿Quiere usted una receta para curarla?
--¿Una receta?--pregunté sonriendo esta vez, con gran contento de la
abuela.--Démela usted pronto, señor cura, pues bastante la necesito...
--No penar en lo que se sufre, sino en lo que sufren los demás... Esta
es mi receta.
--Pero... es una receta de solteronas--exclamé.
--Por eso es de circunstancias...
--Sí--respondí valientemente.--Puesto que soy una solterona
involuntaria, utilicemos las recetas de las solteronas... Resumamos,
señor cura... Para hacer una solterona se toma una joven, se la
desilusiona, se le hace traición...
--No siempre--protestó Genoveva.
--Y si no se le hace traición, se le acapara y se la ocupa de los demás
y no de sí misma... Vive para los pobres, para los desgraciados y para
los enfermos... Envejece... se acartona... se deseca...
--Y muere--dijo la de Ribert en tono trágico.
--Y va derecha al Cielo--añadió el cura,--escoltada por las lágrimas de
todos los que ha aliviado y acogida por las sonrisas de los
bienaventurados que la han precedido...
--Entonces, la solterona...--pregunté.
--Es una reina en el Cielo... cuando ha sido buena.
--¿Y si no lo ha sido?...
--Ha tenido bastante purgatorio en la tierra para no necesitar pasarlo
de nuevo en el otro mundo--dijo el cura en tono un poquito sarcástico.
--Dichosas solteronas--suspiró la abuela.
--Sí--respondí sintiendo cierto alivio...--Dichosa la que sufre sin
haber hecho nunca sufrir...
--¡Sufrir y no hacer sufrir! sí--murmuró la abuela con su voz grave de
los grandes días de duelo;--sí, esa debiera ser la fórmula de la vida de
la mujer, aun de la más feliz de todas.