16 de abril.

He pasado una parte del día leyendo este voluminoso diario, relato de

mis deseos y de mis ilusiones y testigo de mi decepción. Estaba

recorriéndole con toda la melancolía de un ensueño interrumpido, cuando

han venido a pedir noticias mías el padre Tomás, la de Ribert y

Genoveva.

Les he leído unos pasajes de mi precioso cuaderno, y el padre Tomás me

aconseja que le continúe.

--¿Qué voy a continuar?--pregunté.--¿Se continúa lo que está acabado?

--¿Cómo que está acabado?...

--Sí... ¿Qué quiere usted que añada a mis solteronas?--dije sonriendo

tristemente.

--Un último capítulo--respondió el cura con fingida alegría.--Alguna

cosa original.

--Ese capítulo--respondí,--está escrito... Me faltaba la solterona por

decepción, y ya la tengo... Después, como cosa inédita...

--Permítame usted...

--Hacía falta añadir la lucha vergonzosa que atraviesa la joven sin

fortuna en el camino de la que la posee... También está relatado.

--No hablemos de eso--exclamó la de Ribert con lágrimas en los

ojos.--Distráigase usted, Magdalena, y no piense más en esa decepción

que nos incumbe a todos, y a mí sobre todo...

--Por favor, déjeme usted toda la responsabilidad de lo que ha

pasado--dije con voz poco segura.--Así como ignoraba lo que era una

decepción, no sabía hasta donde podía ir la joven hipnotizada por el

deseo de casarse... Ahora lo sé--añadí temblando ligeramente;--la cosa

hace poco honor a la sociedad...

--La sociedad no tiene que ver con eso--dijo la abuela estudiándome con

angustia;--todo depende del carácter particular.

--No siempre--respondí en tono más firme.--La lucha está emprendida de

abajo a arriba en esta vieja sociedad alterada. Solamente en este

combate por la vida, desgraciados los tímidos, desgraciados los débiles,

desgraciados los concienzudos... Esos están vencidos de antemano...

--Vaya--respondió el cura,--usted exagera las cosas...

--¿No soy yo una vencida?...

--Sin embargo--replicó el cura mientras la abuela se enjugaba una

lágrima,--no hay que ver las cosas tan negras... Podría usted ganar una

enfermedad del estómago--añadió intentando una broma.

--Tengo ya tan malo el corazón...--murmuré apoyando la cabeza en el

respaldo de la butaca.--Siento rencor por la sociedad entera.

--¿Por qué?--preguntó Genoveva.

--Una sociedad que hace tan poco para proteger a sus miembros más

débiles es una sociedad a la que falta algo...

--Le faltan tantas cosas--suspiró el cura.

--Sí, pero sobre todo la presciencia de los peligros que hace correr a

aquellos a quienes tiene la misión de guardar y no guarda... En el

estado actual de nuestras costumbres, ¿qué puede hacer una joven que

quiere casarse y no encuentra con quién?...

--Resignarse en el celibato--respondió la de Ribert.--No hay otra cosa.

--¿Y para la que no acepta la resignación?... Para esa no hay más que la

rebelión--añadí convencida.--Las honradas faltarán al honor haciendo

traición a quien puedan... Las otras caerán más bajo todavía... Es

triste--continué,--pues si la sociedad no protege a sus individuos, se

protegerán ellos mismos y volverá a empezar la lucha cuerpo a cuerpo,

con la traición además...

El padre Tomás movió la cabeza, la abuela me miró con expresión de

alarma y la de Ribert y Genoveva parecieron confusas.

--Es duro--añadí bajando los ojos,--ser engañada por la amistad y por lo

que se cree ser el amor...

Nadie respondió.

Al cabo de un instante, el cura tosió, para aclararse la voz, y dijo:

--Por encima de la amistad que hace traición y del amor que desilusiona,

hay, sin embargo, Magdalena, algo, o más bien, alguien que usted

olvida...

Le miré con incertidumbre.

--Está Dios--continuó en un tono majestuoso que me conmovió;--Dios que

castiga las traiciones y consuela a los engañados...

--Sí--respondí en un impulso de sinceridad.--Pero mi decepción está tan

reciente que...

--¿Quiere usted una receta para curarla?

--¿Una receta?--pregunté sonriendo esta vez, con gran contento de la

abuela.--Démela usted pronto, señor cura, pues bastante la necesito...

--No penar en lo que se sufre, sino en lo que sufren los demás... Esta

es mi receta.

--Pero... es una receta de solteronas--exclamé.

--Por eso es de circunstancias...

--Sí--respondí valientemente.--Puesto que soy una solterona

involuntaria, utilicemos las recetas de las solteronas... Resumamos,

señor cura... Para hacer una solterona se toma una joven, se la

desilusiona, se le hace traición...

--No siempre--protestó Genoveva.

--Y si no se le hace traición, se le acapara y se la ocupa de los demás

y no de sí misma... Vive para los pobres, para los desgraciados y para

los enfermos... Envejece... se acartona... se deseca...

--Y muere--dijo la de Ribert en tono trágico.

--Y va derecha al Cielo--añadió el cura,--escoltada por las lágrimas de

todos los que ha aliviado y acogida por las sonrisas de los

bienaventurados que la han precedido...

--Entonces, la solterona...--pregunté.

--Es una reina en el Cielo... cuando ha sido buena.

--¿Y si no lo ha sido?...

--Ha tenido bastante purgatorio en la tierra para no necesitar pasarlo

de nuevo en el otro mundo--dijo el cura en tono un poquito sarcástico.

--Dichosas solteronas--suspiró la abuela.

--Sí--respondí sintiendo cierto alivio...--Dichosa la que sufre sin

haber hecho nunca sufrir...

--¡Sufrir y no hacer sufrir! sí--murmuró la abuela con su voz grave de

los grandes días de duelo;--sí, esa debiera ser la fórmula de la vida de

la mujer, aun de la más feliz de todas.

Las Solteronas · 第 49 / 50 题