He visto a Francisca y he tenido con ella una escena muy dura.
La abuela me había suplicado tanto que me dominase, y tan vigorosamente
me había sermoneado el padre Tomás, que estuve casi correcta.
Francisca entró un poco desconcertada. Evidentemente tenía conciencia de
su mala acción. Sin hacerle un reproche, le ofrecí la mano.
--¿Me guardas rencor, Magdalena?
--Mucho.
--Sin embargo, te juro que ha sucedido a pesar mío...
--De modo que te casas a pesar tuyo...
--No... lo confieso... Pero... ¿Cómo diré yo?... Al principio no pensé
en tal cosa.
--Sin duda--dije con amargura.--Sin pensar, estuviste provocadora y
coqueta. Sin querer, prodigaste mil gracias conquistadoras y lo hiciste
todo, todo, para quitármele...
Me callé de repente, viendo que iba demasiado lejos, y seguí diciendo
con más calma:
--¿Por qué me has hecho traición?
--¡Traición!... que palabra...
--Es la justa.
--Pues bien, sí, te he hecho traición, pero al principio, créeme,
Magdalena, no pensaba en ello...
--Que no pensabas...
--No, te lo juro... estuviste tan torpe... no hablabas... apenas
sonreías...
--Sí, estuve torpe como un ganso y tú ingeniosa como un demonio... es
sabido... ¿Y qué?...
--¿Y qué?... Que vi en seguida que no le gustarías jamás... jamás...
¿entiendes?...
--¿Por qué jamás?
--Los hombres como él, no aprecian a las mujeres como tú... Su razón no
podía simpatizar con la tuya... Su prudencia tenía necesidad de mi
locura...
--¡Ah!...
--La prueba es--dijo Francisca con energía,--que en seguida comprendí su
inclinación hacia mí y su indiferencia contigo.
--Debiste decírmelo.
--¿Para hacer imposible mi juego?... No, por cierto, Magdalena. El señor
Baltet es un hombre serio, un hombre que no ha vivido... Te
aseguro--continuó Francisca casi suplicante,--que esa clase de hombres
no se aficionan más que a...
--A las bribonas, tienes razón.
La palabra era dura, y la sentí inmediatamente, aunque sin desear
retirarla.
--¡Bien!--articuló Francisca, respirando profundamente.--Pero, por muy
bribona que sea, oye lo que tengo que decirte... Mi prometido... era el
único marido posible para mí...
--¿Por qué?
--Porque es uno de los raros jóvenes que desprecian la fortuna...
--Desprecio no recíproco, ¿verdad?...
--No recíproco--confirmó Francisca muy sombría.--El es rico y le es
fácil ese desprecio... yo, soy pobre y quiero vivir...
--Pues bien, tus medios te lo permitirán ahora--dejé escapar...
--¡Ah! Magdalena, eres cruel...
--Es que sufro... ¿Pero qué te importa eso a ti?--exclamé bruscamente.
--Yo también he sufrido--dijo Francisca...--tú no sabes lo que es desear
casarse... No comprendes el infierno de no concebir otra vida más que la
del matrimonio, ni más dicha que la de una buena unión, y pensar que
jamás... jamás... se tendrá marido...
--Se toma el de las demás...
--El señor Baltet no lo era tuyo.
--No, pero sin ti, lo hubiera sido...
--Nunca...
--¿Qué sabes tú?
--El me lo ha dicho.
--¡Ah!--exclamé yendo hacia ella en actitud amenazadora,--¿me has hecho
traición dos veces?...
--No--me respondió sin bajar los ojos;--le he preguntado sencillamente
por qué me había preferido siendo pobre, a ti que eres rica...
--¡Ah!...
--Jamás--me respondió,--me hubiera casado con una mujer que tuviese
fortuna... Quiero que mi esposa me lo deba todo, lo mismo su bienestar
que su amor...
--De modo que te has perdonado tu traición...
--Todavía no... Quisiera, Magdalena, que te dieses cuenta de los
sentimientos que puede experimentar una muchacha pobre cuando contempla
la vida de las dichosas de la tierra desde el fondo del abismo en que
vegeta... Ninguna probabilidad de casarse... Ninguna esperanza en la
vida... Entonces deja una de darse cuenta del bien y del mal... No se
piensa, no se vive, ni se desea más que conquistar lo imposible...
--Aunque sea destrozando el corazón de otra...
--Qué importa... Es la lucha por la vida...
--Lucha horrible...
--Pero permitida.
--¿Por qué, desgraciada?...
--Por el instinto de la dicha... ¿Es ésta, acaso, un monopolio de las
jóvenes que tienen dote?
--¿Somos tan felices?...
--Vuestra felicidad es insolente...
--¡Ah! Francisca--dije enternecida.--No tengo padre ni madre y me quitas
el único hombre a quien hubiera podido amar...
--Era el único con quien podía yo casarme... Tú puedes escoger...
--Ya había escogido.
--Peor para ti... La cuestión no está en escoger, sino en ser
escogida...
--Bueno--respondí.--Estoy vencida, luego no tengo razón... No te deseo
ningún mal, pero quiera Dios, Francisca, que seas más honrada como
esposa que como amiga... ¿Le amas al menos?
--Todavía no--respondió Francisca después de un instante de
vacilación.--Pero ya le amaré--añadió precipitadamente.
--O no le amarás--murmuré llena de angustia...--¡Qué triste es vivir!...
Francisca me miró, vaciló y se atrevió por fin a invitarme a su boda.
Entregada a mí misma, hubiera rehusado con indignación; para salvar las
apariencias, acepté.
--Para ti como para mí, vale más que nada se sepa fuera... Nuestra
amistad ha muerto...
--¡Oh, Magdalena!
--Sí, ha muerto... de nada sirve negar la evidencia. Vas a salir de
Aiglemont; hasta que te vayas, estaremos en la misma actitud en que
estábamos. ¿Has comprendido?...
--Acepto tus condiciones puesto que he obrado mal contigo... Pero...
yo... Magdalena... te quiero como siempre...
--Sin duda... el gato quiere al ratón con que juega... Adiós, Francisca.
Hizo un movimiento para abrazarme, pero yo permanecí helada.
--Adiós, Magdalena... Eres dura...
--Sí, las víctimas lo son siempre, es sabido. Pero me es imposible darte
las gracias a pesar de mi buena voluntad... Adiós, pues...
Y Francisca desapareció, muy feliz sin duda, por haber terminado su
nueva comedia.
Qué razón tenía la de Ribert y la abuela al ponerme en guardia contra
ella... ¿Por qué no las he escuchado?... ¡Ay! ya es tarde...