Esta mañana nos hemos reído mucho la abuela y yo.
Tenía necesidad la abuela de ver al señor cura a propósito de unos
pobres a quienes socorremos, y se fue a casa del padre Tomás. La abuela
recibió de su pastor la acogida más alegre que se puede desear. De tan
buena gana reía el señor cura, que ya empezaba la abuela a amoscarse
ligeramente, cuando aquel sacó una carta de su escritorio y se la dio
sin más explicaciones.
Copio textualmente esta obra maestra que la abuela me ha traído como
dato para mis estudios sobre las solteronas; pues se trata de una carta
de Celestina al cura, la carta que tanta curiosidad me había inspirado.
Corrijo las faltas de ortografía, para facilitar su lectura.
Celestina Robert al señor cura de San Aprúnculo.
* * * * *
«Aiglemont 15 de noviembre de 1903.
»Señor cura:
»Ya no se casa nuestra señorita. Como tengo gran confianza en el buen
San Pablo, había prometido al gran apóstol dar un paso cerca de usted
en el caso de que nuestra señorita no se casara con el señor que ha
venido con motivo de las antigüedades de la señora.
»Cumplo mi voto.
»Pienso, señor cura, que Santa Catalina no es una verdadera solterona,
puesto que murió joven. Por esto no hay obligación de conservarla como
nuestra patrona. Este honor corresponde, sin disputa, al apóstol San
Pablo, que permitió a la gente de su tiempo y a la de los tiempos de
después, no casar a sus hijas. Aunque se enfade mi pobre señora, que no
es de esta opinión.
»El día de Santa Catalina está próximo, señor cura. Para cumplir mi voto
pido al señor cura que no se celebre esta santa y que deje la fiesta de
las señoritas para San Pablo.
»Su humilde servidora
»CELESTINA ROBERT.
»Miembro de la orden tercera de San Francisco, cofrade de la
Propagación de la fe, de la Santa Infancia, de San José, del
Sagrado Corazón, de las ánimas del Purgatorio, de San Antonio,
etc., etc...»
* * * * *
Solté una sonora carcajada al leer esta epístola fantástica y también la
abuela se rió de buena gana.
--Está decididamente en el aire la manía de escribir--dijo enjugándose
los ojos que estaban llenos de lágrimas.--¡En qué siglo vivimos!... Y
proponer a San Pablo...
--Es una broma de Francisca--dije a la abuela, en cuanto pude
respirar.--La pobre Celestina ha sido sugestionada.
--¿Cómo es eso?--preguntó la abuela incrédula.
Le conté lo que había pasado con Francisca a propósito de San Pablo y el
presentimiento que yo tuve de lo que podría hacer la vieja cocinera.
--¿Y qué ha dicho el señor cura?--pregunté.
--Estaba tan divertido por esta petición poco común, que no pensaba en
decir su opinión. Mira la carta que me ha dado para Celestina. Léela; no
está cerrada.
* * * * *
«AGUSTÍN LABERTAL,
»Cura arcipreste de la catedral de Aiglemont,»
»da las gracias a la señorita Celestina Robert por su interesante
comunicación, que ha llegado tarde. Por este año no es posible ningún
cambio en la reglamentación de las fiestas habituales. El señor Labertal
aprovecha la ocasión para recomendaros a las buenas oraciones de la
señorita Robert.»
* * * * *
--¡Calla!--dije estupefacta,--el señor cura parece que toma en serio
esta comunicación...
--Tiene que usar ciertas consideraciones...
--¡Consideraciones!... ¿Por qué?
--Ofender a una solterona de la intransigencia de Celestina, sería
peligroso...
--Sí, comprendo... El señor cura temería legítimas represalias...
--Ciertamente--dijo la abuela con convicción.
--Pobre señor cura, tiene miedo... Teme a los gendarmes de Dios,
¿verdad, abuela?
--¿Qué gendarmes, hija mía?
--Todas las devotas del género de Celestina, son los gendarmes de
Dios... A ellas corresponde la vigilancia de la parroquia entera, desde
el señor cura hasta el último niño del catecismo... Es seguramente un
monopolio.
--Exageras, Magdalena.
--Bien sabe usted lo contrario, abuela... Si el señor cura llega tarde a
misa, si se enreda en un _oremus_ si no estaba en el confesionario a la
hora exacta, si la señora de Tal ha ido a buscarle a la sacristía, si la
señorita Fulana ha tosido en misa, todo es materia de numerosas
reflexiones... Pobre señor cura, buena falta le hace tener diplomacia...
--Sí--respondió la abuela contrariada por el sesgo que tomaba la
conversación.--La diplomacia ha sido siempre una cosa tan hábil como
inteligente.
--Es verdad--dije después de unos momentos de reflexión,--más vale
rodear las dificultades que tomarlas por asalto... ¿Sabes, abuela, que
no debe de ser agradable ocuparse de tantas fruslerías cuando parece que
el alma no debiera ser atraída más que por las grandes cosas?...
--Ve a decir a Celestina que su proyecto no es de una importancia
capital, y verás cómo te recibe.
--Pobre Celestina... ¿En qué consiste que el cerebro llega a estrecharse
hasta ese punto?
--No creo que el de Celestina haya tenido nunca una amplitud notable...
--Lo admito, en cuanto a Celestina. Pero ¿crees que es una excepción?
--No, hija mía. Ese es uno de los escollos del celibato, pues, en mi
concepto, hay más peligro de mezquindad en la mujer que vive sola que en
la que tiene marido e hijos. Al contacto de las inteligencias que se
mueven alrededor suyo, es más difícil que una mujer se disminuya,
intelectualmente hablando: su cerebro, en vez de disminuir, tiene
tendencia a ensancharse. Lejos de atrofiarse en la tristeza de la
soledad, se expansiona en los goces de la familia... Realmente, habría
mucho que hablar respecto de esto...
--¡Oh! abuela--protesté con vehemencia,--no se puede decir que una vida
está truncada cuando se tiene la dicha de vivir sin un marido, sin un
dueño, y libre de tantas vicisitudes...
--Admitamos que exagero en cuanto a algunas; pero me concederás que
muchas solteronas participan de mi opinión. No todas tienen tus ideas y
las hay que se resignan difícilmente al celibato.
--Las hay que no se resignan--exclamé riendo al recordar a la Bonnetable
y su mal humor.
--Y bien, puesto que somos del mismo parecer, al menos en ciertos casos,
es fácil que nos entendamos. Tomemos por ejemplo, si quieres, una
soltera que lo es a pesar de sus deseos más sinceros. ¿Crees que será
dichosa y apta para ensanchar su horizonte?...
--Qué sé yo...--dije con alguna vacilación.
--Fatalmente tendrá que encerrarse en su concha. En lugar de tener una
piedad sincera e ilustrada, sus desilusiones la impulsan a los extremos
de la exaltación religiosa. Será una fanática de las pequeñas
devociones, de las pequeñas distracciones y de las ocupaciones pequeñas.
Pisoteará sin escrúpulo la reputación del prójimo, y se creerá en el
camino del infierno si falta a un rosario o a un sermón. Después, si no
tiene el corazón bastante noble para entregarse por completo a todos, no
pensará más que en sí misma, se replegará en su alma, en su cerebro y en
su conciencia. A fuerza de investigar sus propios pensamientos y sus más
ínfimos deseos, llegará a inspeccionar al prójimo de un modo igualmente
meticuloso. Poco a poco pensará menos en sus defectos que en los de los
demás. ¡Ah! Magdalena, una vida truncada es terrible para ella misma y
para los otros. La malevolencia sistemática engendra tantas
catástrofes...
--Sí--respondí un poco pensativa,--la solterona, tal como tú la pintas,
vive en un martirio perpetuo. Todo el calor desocupado de su corazón se
transforma y se pierde... Da en hiel lo que hubiera debido prodigar en
miel... ¡Pobre solterona!...
--Sí, por lo mismo que compadezco con toda mi alma a esas víctimas de la
vida, no querría, hija mía, verte tomar un camino semejante...
--Yo no soy de la madera de esas solteronas... Yo no deseo casarme, sé
pensar y no estoy desocupada... No, tranquilízate; si permanezco soltera
tendré siempre el alma igual y alegre y seré un ejemplo extraordinario
de felicidad en el celibato.
--Quién sabe...--murmuró la abuela pasándose la mano por la
frente.--Quién sabe... Dios te preserve de las tempestades del corazón,
mi querida nieta... Pero--dijo de pronto para ahuyentar la
melancolía,--nos hemos extraviado de Celestina... Cierra la esquela del
cura para que yo pueda entregársela, y no hables de esto a la buena
mujer. Si sospechase que estamos al corriente de su paso, guardaría
rencor al señor cura por esta indiscreción, permitida sin embargo.
--¡Rencor de solterona!--exclamé fingiendo un escalofrío.--¡Qué cosa tan
espantosa!...
Esperaba yo ver en Celestina los efectos de una cruel decepción, como
vajilla rota, platos echados a perder, gruñidos, empujones... Pero no,
Celestina estuvo de buen humor todo el día y hasta le oí cantar a voz
en cuello un cántico a la Virgen.
La esperanza permanece en el fondo de su corazón, es cierto. Ha llegado
tarde este año, pero el que viene... ¡Pobre Santa Catalina! Ya puede
aprovechar lo poco que le queda... ¡Viva San Pablo!...