Hacía bien en contar con mi buena estrella para sacarme del mal paso.
Todo se ha arreglado con una sencillez asombrosa.
Una aventura no muy lejana ocurrida al señor Desmaroy y descubierta por
el padre Tomás, encargado por la abuela de comprobar los informes del
notario, ha puesto fuego a la pólvora y apresurado el no final. La
abuela ha suspirado un poco por la forma al pronunciarle
categóricamente, pero su negativa ha sido espontánea porque no podía
prescindir de la cosa... Boulmet se ha mostrado menos fácil.
--Pardiez--exclamó,--puesto que la novela en cuestión se terminó ocho
días antes de las negociaciones, ¿qué más quieren ustedes?...
--Nada de novelas--repliqué.
--¡Nada de novelas!--repitió el señor Boulmet en el colmo de la
estupefacción.--¿Dónde encontrará usted un hombre de treinta años que no
haya tenido su novela?... ¿Su novela?... Sus novelas, su colección de
novelas...
--De acuerdo--replicó la abuela, contrariada por encontrar una tacha en
su pájaro raro.--Pero si desgraciadamente es imposible ignorar que
existen esas novelas, se puede exigir al menos que la última no se haya
terminado hace tan poco tiempo... y, sobre todo, que no haya lugar a
temer que la última hoja de esa novela no se haya vuelto tan
definitivamente como se quiere asegurar...
--Señora--respondió Boulmet,--el señor Desmaroy es un hombre de honor.
--¿Qué tiene que ver el honor de un hombre con esta especie de cosas?...
¿Ignora usted, acaso, que hay hombres que se jactan de pagar sus deudas
y no temen faltar a sus juramentos? El honor humano es poca garantía
cuando se trata de la fe conyugal.
--El señor Desmaroy tiene principios religiosos, de modo que...
--¿Le han protegido los principios religiosos?
--Acaso le han sostenido y preservado mucho tiempo... Y después, qué
diablo--añadió nuestro notario falto de argumentos,--los principios
religiosos salvan el edificio, pero no impiden las grietas... en ciertas
naturalezas.
--Y bien--dijo la abuela,--nosotras no queremos grietas, está decidido.
He vuelto, pues, a ser una joven como las demás... ¡Qué suerte!
La de Ribert y Genoveva, a quienes había puesto al corriente de las
peripecias de los últimos días, me aprobaron completamente cuando fui a
contarles el desenlace de nuestros proyectos de matrimonio.
--Magdalena--me dijo la de Ribert con una melancolía que no es en ella
habitual--desconfíe usted de las locuras pasadas en un futuro marido...
Estas locuras vuelven a empezar muchas veces.
Es lo que yo pensaba. Me ha satisfecho, sin embargo, oírselo repetir a
una mujer que ha tenido ciertamente algo de ese género que reprochar a
su marido. Aunque se suponga lo contrario, la experiencia de los demás
nos aprovecha siempre un poco.
Con la de Ribert he reanudado mis averiguaciones relativas a las
solteronas. Le he contado nuestro pique con la Bonnetable y mi
desencanto a propósito de las solteronas desde que las estudio al
natural. En primer lugar, la maldad de algunas de ellas, mis dos malas
lenguas de la Catedral; después el matiz grisáceo y desteñido de las
pobres solteronas resignadas con su estado, en lugar de estar alegres;
en fin, la omnipotencia notable de las recalcitrantes del celibato que
dejan caer sobre todo el mundo, en general, y sobre cada cual, en
particular, el peso de su descontento perpetuo.
--Hará usted mal de juzgar por el carácter de la excepción el carácter
de la masa--me respondió la de Ribert.--¿Cree usted de buena fe que las
solteronas tienen el monopolio de la maldad en la charla, y que sólo una
de ellas puede presentar el carácter de la Bonnetable?...
--No--respondí convencida por el razonamiento.--Tiene usted razón. El
amor a los chismes no es solamente un defecto de solterona, sino la
pasión de todas las mujeres desocupadas y frívolas. En cuanto al
carácter de la Bonnetable, debe ciertamente de encontrarse en mujeres
casadas.
--Conozco algunas, por mi parte, que no dejan nada que desear en cuanto
al órgano, al gesto y a la manía del mando. Esas hacen marchar su casa
con la punta del dedo, y no están contentas más que de ellas mismas y de
su progenitura. Todo lo que no toca inmediatamente al círculo reducido
de su familia, es implacablemente criticado, denigrado y
pisoteado...--dijo Genoveva.
--Eso no es raro--repuso la de Ribert, sonriendo.--Hasta hay mujeres que
se dicen bien educadas que llegan a decir palabrotas... Pero no hablemos
de esas monstruosas excepciones. El matrimonio es un gran sacramento, es
verdad, pero sería pueril reconocerle la facultad de dar a las que le
reciben inteligencia, dulzura y virtud. Existen las agriadas del
matrimonio, como las agriadas del celibato. Y así como no se dice que
todas las casadas son desagradables, porque lo son algunas, se debe
tener la misma circunspección respecto de las solteras.
--Es verdad--respondí.--Pero el mundo no hace esas distinciones y
condena a las solteronas en conjunto. La abuela, de acuerdo con el
mundo, no las quiere nada, aunque tenga una profunda amistad con algunas
de ellas... La abuela estaría enteramente desolada si yo me quedase
soltera.
--Comprendo que la buena señora desee establecer a usted, pero en fin,
¿qué reprocha al celibato? Confieso que no veo bien el por qué de su
animosidad, aunque me dé cuenta del de su preferencia.
--Afirma que el celibato es una situación anormal, antinatural y... ¿qué
se yo?
--Sí, la mujer debe casarse, tener hijos... eso es conocido... ¿Y qué
más?
--Según ella, la mayor parte de las solteronas son egoístas.
--¿Y los premios Montyon?...--objetó Genoveva.--Esos premios son de
solteras y no para las egoístas...
--La abuela dice también que las solteras tienen la devoción estrecha,
meticulosa y hecha de menudas prácticas, más que de profunda piedad; que
son charlatanas y envidiosas; que tienen ideas mezquinas y atrasadas, y,
en fin, que poseen todos los defectillos imaginables, entendiendo por
defectillos todo lo que achica un carácter, todo lo que apaga un alma...
--Sí, pero el conjunto de esos defectos constituye una tacha enteramente
femenina y no es sólo aplicable a las solteronas... No creía yo que la
señora de Sermet tenía respecto a ellas esa opinión tan poco fundada...
--Sí, señora--respondí,--y eso es lo que me ha hecho empezar mis
investigaciones. Me sentía tan poca vocación por el matrimonio y tanta
por el celibato, que he querido darme cuenta de lo que se podía
reprochar a esas pobres criticadas.
--¿Y has encontrado algo?--preguntó Genoveva con interés.
--No mucho... Veo, sobre todo, muchos prejuicios e ideas hechas que
pasan de generación en generación como un gabán viejo que cada cual
adapta a su talla y a su gusto.
--Creo--dijo Genoveva,--que lo que más ha contribuido a dar un aspecto
ridículo a la solterona, es la inconsecuencia de algunas de ellas--las
recalcitrantes del celibato, como tú las llamas,--que tienen la mala
costumbre de gritar sus penas al primero que se presenta, y de ir de
puerta en puerta pidiendo un marido.
--¡De puerta en puerta!--murmuré sorprendida...
--Pregunta a mamá--interrumpió Genoveva.
--Genoveva tiene razón, Magdalena. Conozco personalmente solteras,
contemporáneas mías, cuya juventud se ha pasado en repetir a todas sus
relaciones: «Cáseme usted... Por Dios, encuéntreme usted un marido... No
se olvide usted de mí.» Esto se repite al principio con compasión,
después con un dejo de burla y luego con un desdén acentuado. Y se
deduce ligeramente que todas las solteronas se encuentran en este caso
ridículo y no forman en su conjunto más que una gran colección de
«dejadas por cuenta.»
--Es injusto--exclamé con emoción.
--No, Magdalena--respondió sencillamente la de Ribert.--Supongamos que
Francisca, Petra y Paulina no se casen. ¿Qué pensará usted?
--Que no han encontrado el pretendiente de sus sueños--respondí sin
reflexionar.
--Ya lo ve usted... Usted misma, una amiga, participa de la opinión
general. Si no encuentran el pretendiente de sus sueños, es
evidentemente porque éste no es tal pretendiente... Convengamos en que
hay aquí un «dejado por cuenta» evidente.
--Acaso mis amigas tienen pretensiones por encima de su situación de
fortuna y...
--Sí, lo concedo, y de eso tiene la culpa la educación moderna; pero, en
suma, sus amigas de usted serían «dejadas por cuenta» puesto que los
pretendientes que ellas aceptarían no las quieren...
--Pero--entonces balbucí confundida,--las solteronas han hecho ellas
mismas su reputación...
--En mucha parte, sí--afirmó la de Ribert.--Las solteras forzosas han
gritado tanto sus desilusiones, que el mundo, generalmente poco
benévolo, ha creído que todas las solteras estaban en el mismo caso.
--¡Vírgenes y mártires!--exclamó muy contrariada por esta nueva
concepción.--¡Es completo!
La de Ribert y Genoveva se echaron a reír. Mi consternación les
divertía.
--Y bien, ese maravilloso estado, ¿te tienta todavía?--preguntó Genoveva
con los ojos brillantes de malicia.
--Sí--respondí con alguna vacilación.--Pero me fastidia, sin embargo,
pensar que las solteronas tienen un lado un tanto ridículo... ¡Qué idea,
reclamar un marido con tanta insistencia y tan poca discrección!...
¡Bah!--exclamé con más firmeza,--me siento, con todo, una aptitud
sublime para esa vocación tan desacreditada... Sin embargo, por
complacer a mi abuela, consiento en poner toda mi buena voluntad al
servicio del matrimonio. Mi amor a las solteronas no me impedirá,
probablemente, volver a empezar dentro de poco la ceremonia de los
últimos días con otro caballero.
--¿No te ha curado el señor Desmaroy de esa buena voluntad?--preguntó
Genoveva sonriendo.
--No, ese señor ha respondido simplemente a la pregunta que yo había
hecho al señor Boulmet. «¿Tiene corazón?» Ha resultado que tenía más del
necesario, y no ha habido más.
--Sí--dijo la de Ribert muy animada,--y además no le gustaba a usted...
--Absolutamente nada--exclamé con una seguridad inmutable.
La de Ribert y Genoveva me abrazaron con efusión, y las dejé para volver
a mi casa.
Al entrar en la cocina para decir una cosa a la buena anciana, me la vi
muy afanada delante de la mesa, con la pluma en la mano y la cara
congestionada, por los esfuerzos que hacía para escribir una carta.
--Mi pobre Celestina--dije al pasar,--te vas a poner mala.
--No hay cuidado... La señorita no se casa ya, y siendo así... Sé lo que
sé, y cumplo mi voto...
--¿Qué voto?
--Eso es cuenta mía... Asunto de conciencia...--respondió
misteriosamente Celestina.--He hecho un voto, y puesto que no se casa
usted, voy a cumplirlo... No hay más.
Veo que no sacaré nada de esta obstinada y tomo el sabio partido de
dejarla cumplir su voto, que no puede ser más que alguna cosa
edificante, pues Celestina piensa siempre en todo y por todo, en la
edificación del prójimo... ¡Es hermoso!...