Mis investigaciones van tomando cuerpo... Las solteronas se enredan en
una madeja inesperada. Estaba yo gimiendo en mi interior por las
dificultades de mi tarea, cuando la Providencia, bajo las facciones del
padre Tomás, vino a llamar a la puerta de la abuela. El buen cura
deseaba averiguar el estado de nuestras cabezas y el de nuestros
corazones.
Apenas entró en el salón, iluminado por un lindo rayo de sol, que
aureolaban los primeros fuegos del hogar en un dulce resplandor, cuando
llegaron también la de Ribert y Genoveva para informarse del resultado
de mis lecturas.
La abuela no reanuda sus días de recibir hasta noviembre, pero acoge con
gusto a las personas de nuestra intimidad que se presentan. No cierra su
puerta desde julio hasta Todos los Santos más que a los indiferentes
que, con pretexto de interés, van a casa ajena a informarse del matiz de
las ideas y del aspecto de las caras para inventar historias
sorprendentes e inverosímiles.
Me puse tan alegre por aquella doble visita que de buena gana hubiera
saltado al cuello del cura y al de la señora de Ribert para
manifestarles mi satisfacción. Me indemnicé de la imposibilidad
absoluta de hacerlo precipitándome a las mejillas de Genoveva que
recibieron cada una dos sonoros besos.
La de Ribert es el vivo retrato de su hija o más bien, ésta es la
reproducción exacta de lo que ha debido de ser su madre. El cabello gris
de la de Ribert, parece ser el sucesor designado de la opulenta
cabellera de Genoveva. Sólo ha cambiado el talle, engruesado por la
edad, y, sobre todo, ha venido la enfermedad triste e implacable que la
mitad del tiempo clava a Genoveva en la cabecera de su madre, sin que la
una ni la otra pierdan por eso una sola de sus sonrisas ni un átomo de
su apacible amabilidad.
El padre Tomás, conocido y apreciado por el pueblo entero, lo que no es
frecuente en Aiglemont, es también íntimo de los Ribert. El cura sacó en
seguida la conversación de las solteronas, ayudado por la de Ribert,
apasionada por todo lo que se refiere a la evolución femenina. Es, al
contrario que la abuela, enemiga del matrimonio y se dice por lo bajo
que su marido, muerto hace muchos años, no la hizo precisamente feliz.
--Y bien, ¿cómo van esos estudios?--dijo el cura con una risa sonora que
hizo estremecerse hasta las tenazas de la chimenea.
--Están suspendidos, señor cura.
--¿Por qué?
--Porque no encuentro el lazo que debe unir a la solterona involuntaria
de otro tiempo con la de hoy. He llegado casi al fin del siglo XVIII y
me falta una Princesa Isabel...
--¡Dios mío!--gimió la abuela,--no se concibe semejante obstinación.
--Sí, señora, ciertamente--respondió el cura con bondad.
Y añadió dirigiéndose a mí:
--Si necesita usted absolutamente una princesa, me parece que la Corte
de Luis XVI le ofrece una solterona distinguida...
--¡Qué aturdida soy!--dije con convicción.--Es verdad, olvidaba a madama
Isabel, la hermana de Luis XVI...
--Sí, madama Isabel, sin hablar de otras ilustres solteronas. En cuanto
al lazo que usted reclama entre las solteronas involuntarias y las
voluntarias, existe muy claro. ¿Qué hace usted de la Revolución y del
Código de Napoleón?...
--Nada absolutamente, señor cura--dejé escapar a pesar mío.--Esas dos
cosas no me dicen nada que valga.
--Pues es un error--respondió el cura.--La Revolución y el Código de
Napoleón, por el establecimiento de principios nuevos y por la abolición
del derecho de primogenitura, han dado a las jóvenes de las clases
acomodadas una independencia real para permitirles vivir como les
acomoda. De aquí se deduce...
--¿Entonces, señor cura--preguntó la de Ribert muy interesada,--usted
cree que la Revolución y el Código entran por mucho en este temor del
matrimonio que manifiestan tantas jóvenes modernas...
--Evidentemente... ¿No se nota ese temor precisamente en la
burguesía?...
--Sí, es cierto. Sin embargo...
--No hay sin embargo--afirmó el cura con autoridad.--Desde el momento en
que se suprimió el derecho de primogenitura y la mujer mayor, no
casada, fue admitida a gozar de sus bienes, se ha desarrollado, por la
fuerza de las cosas, el gusto por el celibato voluntario. Abra usted el
Código...
--No, no--dijimos en coro,--la cosa no es distraída.
--Pues bien, no le abran. Pero si le abrieran, verían que la mujer
soltera es más generosamente tratada que la que se encuentra bajo la
potencia del marido. La primera goza de todos sus derechos en cuanto es
mayor de edad; la segunda es una eterna menor.
--Pero dije cautivada por la demostración;--entonces usted cree...
--Sin duda, sin duda--replicó el cura.--Es claro que al convertirse la
soltera en protegida del Código, el celibato, hasta entonces objeto de
aversión, adquiere rápidamente, bajo el imperio de nuevas costumbres,
toda la apariencia de una posición escogida.
--Si lo que usted dice es exacto--repuso la abuela olvidando su
antipatía por este asunto,--habría que buscar en esa transformación de
las leyes el comienzo de otras muchas evoluciones.
--Así lo creo, señora--respondió el cura.--La evolución femenina de que
habla todo el mundo, me parece que no tiene otra causa primera. Los
cambios de hechos acarrean siempre cambios de ideas, cuando no es el
cambio de éstas lo que produce el de los primeros.
--Es curioso, muy curioso--exclamó la de Ribert.--Sin
embargo--objetó,--no comprendo bien la importancia extraordinaria que da
usted al Código de Napoleón desde el punto de vista femenino.
--Va usted a comprenderlo--respondió el cura, muy contento por la
atención de su auditorio.--Por primera vez en la historia de los siglos,
la mujer de las clases acomodadas es llamada de soltera a la libre
posesión de sus bienes de familia. ¿Cómo quiere usted que tal evolución
no traiga consigo otra?
--Es verdad--dijo Genoveva,--todo se enlaza.
--Usted me comprende, señorita Genoveva--dijo el cura con una mirada de
aprobación.--La mujer que posee, es naturalmente una mujer que obra y
llega a ser por la fuerza de las cosas una personalidad con la que hay
que contar.
--¡Qué lejos estamos--exclamé,--de las leyes de Manou, del Génesis y del
Corán!... Unas y otras declaraban con una notable unanimidad que la
mujer sin marido no era nada y no podía nada...
--Sí--aprobó el cura,--todo está muy cambiado. Las mujeres, que no eran
nada en otro tiempo, están a punto de serlo todo, gracias a las
solteronas--añadió con malicia.
--¡Todo!--exclamó la abuela.--Las solteronas son entonces, según usted,
abominables feministas....
--No, no--respondió el cura divertido por la alarma de la abuela.--Usted
exagera... Afirmo sencillamente que la posesión legal de los bienes
fomenta en la soltera el desarrollo de su personalidad. Y hay que
confesarlo, no se puede creer que el desarrollo de la personalidad en la
mujer sea un excelente factor de matrimonio.
--Es verdad--aprobó la de Ribert.--La independencia de bienes provoca la
de la voluntad y la de la mente. No querría deducir que la independencia
del corazón sigue el mismo movimiento, pues eso traería serias
consecuencias. Pero hay una evidente propensión a un individualismo
que, como usted dice, está muy lejos del matrimonio.
La abuela no pudo contener una exclamación de horror.
--Sí--dijo el cura pensativo sin ocuparse ya de los suspiros de la
abuela,--el individualismo es ahora una especie de contagio. Es la idea
fija de muchas jóvenes... ¿Es un bien o un mal?... El porvenir lo dirá.
Por el momento, se hace un pedestal a la mujer moderna sin pensar que,
acaso, el individualismo llegará a ser sinónimo de egoísmo...
--No, señor cura--respondió Genoveva con energía.--Se puede tener una
personalidad bien caracterizada sin caer en el horrible defecto que
usted señala.
--He dicho «acaso» y no «ciertamente...» Hay en esto un escollo, un gran
escollo. Muchas jóvenes--añadió con tristeza más acentuada, mirándome
con fijeza;--muchas jóvenes de las mejores y de las más inteligentes, no
sienten ya la necesidad de apoyarse en el brazo de un marido...
--Y bien--dijo alegremente la de Ribert mientras la abuela volvía a
suspirar,--tanto mejor... Puesto que se dice que ya no es posible casar
a las hijas, dichosas la que no tienen la vocación del matrimonio.
--Sí, lo concedo--dijo el cura.--¿Pero por qué ese estado de alma reina
precisamente entre las jóvenes que se casarían más fácilmente? Sí, es
bueno en general que las jóvenes no coloquen en el matrimonio su única
probabilidad de dicha...
--¡Pobre probabilidad!--interrumpió la de Ribert.
--...Es preciso, sin embargo, no complicar la situación haciendo que se
implante demasiado ese miedo del matrimonio.
--Eso es lo que me canso de decir--exclamó la abuela.--Es malo, es
espantoso...--acabó en el último grado de la indignación.--¡Ah! señor
cura, señor cura... ¿Qué ha hecho usted de Magdalena?
--Caín, ¿qué has hecho de tu hermano?--parodió dulcemente el
sacerdote.--Pero señora,--continuó con más vivacidad,--no he hecho nada
malo de Magdalena, que yo sepa. Es verdaderamente buena,--añadió con la
satisfacción del que se complace en su obra moral, mientras sus buenos
ojos se fijaban en mí con una indulgencia enteramente paternal.
--Sí, lo concedo, no es mala--dijo la abuela halagada en su amor
maternal.--Pero esa personalidad... ese modo de bastarse a sí misma...
--Ya sé, ya sé--replicó el cura confuso.--Verdaderamente, no había
previsto ese peligro.
--¡Un peligro!--exclamó la de Ribert, contenta al ver al cura habérselas
con la abuela.--¿Dónde ve usted ese peligro?
--Un peligro desde el punto de vista del matrimonio, se
entiende--explicó el sacerdote.--Involuntariamente, al armar a las
muchachas para el famoso _struggle for life_, las armamos contra el
matrimonio. En el día en que sienten verdaderamente que son alguien,
saben por esto mismo razonar. Ahora bien, el razonamiento mata la
ilusión; la ilusión perdida da el golpe de muerte a la confianza; y
aniquilada la confianza, ¿dónde quiere usted que se coloque el amor en
un corazón femenino?... Pero, en realidad--continuó el buen cura
levantando la cabeza con confianza,--Magdalena no ha dicho que renuncia
al matrimonio.
--Sí, sí, haga usted el buen apóstol... ¿No ve usted que va por ese
camino?
--Todavía no, señora. Magdalena está en el período de la reflexión.
--Admito que reflexione sobre tal o cual pretendiente, señor cura, pero
sobre el matrimonio... sobre el matrimonio...
--San Pablo, señora...
--No me hable usted de San Pablo, por amor de Dios--dijo la abuela con
agitación.
--Y bien, Magdalena--preguntó la de Ribert para evitar a San Pablo una
nueva algarada;--¿qué tiene usted que reprochar al matrimonio, hija mía?
--El marido--respondí con sincera convicción.
--¡El marido!--exclamó la de Ribert riendo, con gran contento de
Genoveva, que gozaba deliciosamente de la alegría de su madre.--¡El
marido!... Qué gran verdad...
La abuela, consternada, nos miraba a las tres alternativamente con tal
expresión de reproche, que el cura tomó el prudente partido de dejarnos
para cortar la conversación. La de Ribert y Genoveva se quedaron todavía
unos instantes, y cuando vieron tranquila a la abuela, se levantaron con
la promesa de vernos muy pronto.
--Estas señoras son muy amables--dijo la abuela en cuanto se
marcharon,--pero es lástima que tengan ideas falsas... ¡Qué mal se
razona ahora!... En mi tiempo no era así.
--En tu tiempo, abuela--repliqué apoyando dulcemente la cabeza en su
hombro,--todo el mundo era perfecto.
--Aduladora--respondió la abuela dándome un beso.--Bien sabes que haces
de mí todo lo que quieres...
Y se firmó la paz con otro beso.
¡Ah! si la abuela quisiera ser razonable, qué felices seríamos...