Con gran desesperación de la abuela, Genoveva me envió al día siguiente
los libros prometidos y desde entonces los leo y los devoro. Aunque la
abuela dice que estoy ridícula con mis solteronas, la verdad es que las
encuentro un serio interés. Mis estudios me deleitan y los continúo.
Hubiera deseado encontrar otra Isabel de Francia para tener derecho a
sentar un sólido juicio sobre una base no menos seria; pero con gran
sentimiento mío, la vocación del celibato no parece haber sido
voluntaria en los siglos pasados. Casarse es decididamente una cosa de
un orden esencialmente natural y parece que la solterona por gusto es
una creación exclusivamente moderna.
¿De dónde viene?
Eso es lo que he procurado investigar con una paciencia tan
extraordinaria como inusitada. He reanudado mis estudios en pleno
feudalismo, en medio del vigoroso impulso del espíritu caballeresco. Me
ha parecido curioso estudiar esa época, ya muy brumosa, en la que «Mi
Dios y mi Dama» era el grito de los infanzones que iban a la batalla con
una cruz en la mano y los colores de la señora de sus pensamientos en el
corazón. Eso difiere un poco de nuestros jóvenes modernos, que no han
conservado, evidentemente, esas nobles maneras.
¿Qué era esa dama evocada por la imaginación de nuestros antepasados?
Algunas veces era una delicada niña de púdica sonrisa; con frecuencia
era la esposa de algún caballero renombrado, pero ni una sola vez, que
yo sepa, se la encuentra bajo las facciones de una honrada y casta
solterona. El estado neutro de que hablaba el Papa no está muy en honor
ni en el mundo eclesiástico ni en la sociedad seglar. Preciso es añadir,
por otra parte, que el enorme éxito de lo que se llamaba tan exactamente
«cortes de amor» no era para fomentar el estado de virginidad ni para
darle muchos elogios. El espíritu caballeresco, basado en el amor, debía
ser hostil al celibato, y todas sus adoraciones y homenajes se dirigían
a aquellas que, lejos de estar armadas contra los sentimientos tiernos,
sabían animarlos graciosamente.
La caballería, a pesar de la aureola con que ha llegado hasta nosotros,
no se alimentaba exclusivamente de flores azules cogidas en el país del
ideal. Práctica y dura, apreciaba muy bien las especies contantes y
sonantes o los hermosos dominios dorados por el sol.
El sistema feudal, al privar a las hijas de toda fortuna, aumentó
considerablemente el número de las muchachas pobres y, por consiguiente,
imposibles de casar, pues en aquel noble tiempo de sentimientos
caballerescos hacía falta un dote para conquistar un marido. La historia
no nos dice si bardos o trovadores consagraron a este asunto, sin
embargo tan interesante, sus versos y sus melodías. Es de creer que ni
unos ni otros hubieran logrado transformar una sociedad que exaltaba a
la mujer y buscaba el dinero.
La nobleza y la burguesía, encontrando la mayor facilidad para
desembarazarse de las hijas sin soltar dinero, preferían darlas sin dote
al convento a dotarlas para casarlas.
Pero las dificultades de la vida se acentuaban para las jóvenes
casaderas y para los conventos que las servían de refugio. El número de
monjas obligadas crecía hasta tal punto, que ciertas casas faltas de
recursos tuvieron que recurrir a la bondad real para obtener algunas
larguezas. Luis XIV permitió a algunas comunidades aceptar dotes a
condición de que se dedicasen a la instrucción profesional de las hijas
del pueblo. Pero con esta ocasión se renovaron los antiguos edictos para
los conventos ricos con agravación de las penas para los infractores. El
Parlamento de París castigó a las religiosas de la Virginidad por haber
medido una vocación «más al peso del metal que al del santuario.»
La sociedad meticulosa de la época prefería la desgracia de sus hijas en
un claustro, a su dicha relativa en el mundo, en el que no se admitía el
celibato. Las conveniencias lo mismo que el espíritu religioso de la
época se oponían a este último partido.
Los predicadores tronaban en el púlpito contra el entristecedor
espectáculo del celibato involuntario, y uno de ellos llegó a decir que
las hijas solteras que se quedan en el mundo son en él objeto de
escándalo y un obstáculo a las buenas costumbres.
¿Cómo, después de esto, atreverse a permanecer solterona? Era necesario
tomar el camino del claustro, donde nadie pensaba en averiguar el grado
de vocación que llevaba a tantas pobres almas.
Los moralistas hablaban también en favor del matrimonio, demostrando,
como Montesquieu, que «cuanto más se disminuye el número de los
matrimonios que pudieran hacerse, más se corrompe a los que están ya
hechos: cuantas menos personas casadas hay, menos fidelidad existe en
los matrimonios, como cuando hay más ladrones existen más robos.»
Y como la causa del matrimonio no avanzaba un paso, se decidió dejar
resueltamente a un lado a las jóvenes feas y pobres para dar, al menos,
a las que no lo eran un puesto más ancho en el mundo. Un sabio casuista,
el padre Bonacina, jesuita, declaraba «exenta de pecado a la madre que
desee la muerte de sus hijas sino puede casarlas a su gusto a causa de
su fealdad o de su pobreza.»
Con el convento para las unas, el matrimonio para las otras y la muerte
para las que no entraban en ninguno de los dos estados, pudiérase creer
que en adelante no habría ya esas desgraciadas jóvenes cuya vista
producía en la conciencia pública el efecto de un remordimiento. Pero la
especie no quiso desaparecer. Al fin del siglo XVIII, el moralista
Sebastián Mercier declara que «en todas las casas burguesas de París se
encuentran cuatro jóvenes casaderas por una casada.»
Dejé la pluma, pensativa, reflexionando que en provincias, a la hora
actual, el matrimonio está por lo menos tan abandonado como en tiempo de
Sebastián Mercier, cuando la abuela me arrancó bruscamente de mis
demasiado sabias meditaciones.
--Un poco de memoria, Magdalena. Olvida que tenemos que ir esta tarde a
ver a la señora de Brenay.
--Es verdad--exclamé,--no me acordaba...
--Las solteronas te hacen perder la cabeza, pobre hija mía... Vamos,
despáchate. Voy a ponerme el sombrero y te espero en el salón.
En diez minutos hice el milagro de estar compuesta y acicalada. La
abuela, satisfecha, se dignó sonreírme con una benevolencia en la que
entraba un poco de inocente admiración.
Pasar de repente de la calma absoluta a una intensa tempestad, es
siempre desagradable, y esto fue lo que nos sucedió a la abuela y a mí.
Dejamos la apacible tranquilidad de nuestro _home_ y nos encontramos en
pleno huracán en casa de los Brenay.
El señor de Brenay, que no parece más que raras veces por su salón,
estaba paseándose con agitación febril que sacudía con bruscos
movimientos sus bigotes largos y retorcidos. La de Brenay, desplomada en
una butaca, parecía aniquilada y olvidaba por completo el cuidado de
conservar sus maneras aristocráticas. Petra, muy encarnada y como
vergonzosa, estaba mordiendo rabiosamente el pañuelo. Era indudable que
caíamos en plena escena de familia. La abuela y yo cambiamos rápidamente
una mirada de estupor, pero era imposible retroceder.
El salón de los Brenay, siempre tan animado, tan alegre, tan en armonía
con los gustos de los dueños de la casa, me pareció ensombrecido por
negras nubes cuando tomé posesión de una silla al lado de Petra. El
señor de Brenay, hombre muy corrido, creyó que debía, en cuanto se
cambiaron los primeros cumplimientos, ponernos al corriente de lo que
motivaba semejante perturbación en su interior.
--Esta democracia...--dijo con un desdén exasperado,--esta democracia es
audaz en extremo... ¿Creerá usted, señora, que un teniente de
infantería... sin apellido... casi sin fortuna... mil doscientos pesos
de renta--¿qué es eso?--se atreve a levantar los ojos hasta mi hija?
--Audaz es en efecto--dijo la abuela en tono de broma.--Un gusano de la
tierra enamorado de una estrella...
--Precisamente--exclamó Brenay con acento de aprobación.--El teniente
Cotorrac...
--¿Es posible--dijo la señora de Brenay confundida,--que con semejante
nombre se atreva a pensar en mi hija?...
--¡Ah!--gimió Petra,--estoy avergonzada... Qué apellido para anunciar en
un salón... La señora de Cotorrac...
La desesperación de Petra era tan franca, que reprimí valerosamente toda
hilaridad. Y tuve mérito, porque la escena era divertida.
--¡Cállate, hija mía, cállate!... Ese ganapán, ese perdido merecería
seis meses de castillo por haberse permitido pensar en ti... ¡Si
volviera el antiguo régimen!
--Si se nos permitiese solamente hacer que nuestros criados dieran una
buena paliza a esos insolentes...--acentuó la señora de Brenay,--no
pasarían estas cosas.
--Dios mío--se atrevió a decir la abuela, bastante divertida en el fondo
por aquella tragicomedia.--¿Creen ustedes que el crimen no tiene
excusa?... Petra es tan linda y tan seductora...
--Mi hija no debe ser linda ni seductora para quien no es de su
clase--gruñó el padre.
--Un pobre diablo puede tener ojos--añadió la abuela,--y hasta
corazón... Y si ese pobre diablo es un oficial y tiene mil doscientos
pesos de renta... la cosa cambia de punto de vista.
--No cambia nada--exclamó Brenay.--¿Es bien nacido?... No... ¿Tiene
fortuna?... No... ¡Ah! el lado vergonzoso del negocio es que ese mozo
afirma que está loco por mi hija...
--Papá, por Dios, no repitas semejante cosa...
--¿Y qué?--preguntó la abuela.
--Que es un amor inadmisible--respondió Brenay con su voz más
mordaz,--que estoy seguro de que hace estremecerse de horror en sus
tumbas a todos los Brenay pasados...
--Sin contar los Mauval a que yo pertenezco,--apoyó la de Brenay.
La abuela se esforzó en vano por establecer que la respetabilidad
personal, las cualidades del joven, su sinceridad y su lealtad evidente
eran dignas de otra acogida. Ni el señor de Brenay ni su mujer quisieron
conceder nada, y Petra, herida en su amor propio, no consintió tampoco
en deponer su cólera.
Después de un cuarto de hora de una conversación difícil, cuyo asunto
era imposible de cambiar, tan violenta era la exasperación reciente, la
abuela se levantó con gran satisfacción mía. Yo, que me complazco mucho
habitualmente con la compañía de Petra, fui feliz al dejarla. Tales
prejuicios de casta, o de pandilla, como diría Francisca, son tan
extraordinarios que me producen el efecto de un gran anacronismo.
--¡Bah!--dije a la abuela, que estaba un poco sublevada con lo que
acababa de oír;--supongamos que vivimos en el siglo XVIII en lugar de
encontrarnos en el XX, y todo será natural...
--Las enseñanzas de la historia son letra muerta para muchos--murmuró la
abuela...--Es curioso--añadió,--el ver cuántas personas inteligentes hay
entre nosotros a quienes la historia no ha enseñado nada.
--¡Aprender!... Esa es toda la filosofía de la vida, abuela querida...
Pides demasiado.
La abuela, sorprendida, me miró atentamente.
--Acaso tengas razón--añadió cuando se dio cuenta de que era yo quien
había hablado.--En todo caso, la pobre Petra está en la dolorosa vía del
celibato.
--¡Dolorosa!... no, abuela, muy feliz.
Y para ahorrarme un sermón de la abuela, desaparecí prontamente de su
horizonte. Abríase ante mí la puerta de mi casa y me metí en ella más
que de prisa.