Entonces el primero tendió su diestra al segundo, y

--Salvo el guante,--le dijo, aludiendo á uno con que la cubría,

viejísimo y bordado con tres filas de lentejuelas por el dorso.

--La acepto y correspondo,--dijo Seis-Regatos apretándosela mucho.

En seguida introdujo á su huésped en casa, mandando al paje á la cocina

y disponiendo que se encerrase el caballo en _las_ caballerizas. Nada

se habló de almuerzo para el primero ni de pienso para el segundo.

Las piezas que recorrieron los dos solariegos hasta llegar al estrado

en que se detuvieron, no merecen el trabajo de una especial mención,

porque ninguna de ellas podía echar grandes roncas á las del palacio de

don Robustiano. En cuanto al estrado, también corría parejas, en tamaño

y conservación, con el salón de Ceremonias que conocemos. Pero no tenía

retratos como éste. En su defecto, había un reló de caja, muy antiguo,

y un trofeo compuesto de dos sables corvos, una espada de cazoleta,

un cuerno de caza y dos cuchillos de monte. Por todo mueblaje, el

indispensable sillón de vaqueta, con las armas talladas de la familia,

y cuatro sillas de paja en muy mal estado.

Don Robustiano apreció también el valor de todo aquello que, por el

sitio que ocupaba, tenía que ser lo mejorcito de la casa, y dedujo que

se las había con un personaje tan tronado como él.

Por su parte, don Ramiro había tenido tiempo suficiente para examinar

el hábito de su huésped, y se convenció bien pronto de la exactitud

de las noticias que tenía acerca de los medios de fortuna de don

Robustiano.

Tomaron asiento los dos señorones, y dijo el de casa:

--Ante todo, debo manifestar á usted mi pena por no poderle presentar á

mi esposa é hijas, porque están en la Iglesia desde esta mañana.

--¡Te veo!--pensó don Robustiano.--Apostaría una oreja á que están

escondidas en algún rincón por falta de vestido con qué presentarse

delante de mí como conviene á su clase.--Y en voz alta respondió:--Su

señora esposa de usted y sus señoras hijas, todas muy señoras mías,

están siempre cumplidas con este humilde servidor, señor don Ramiro.

--Mil gracias en nombre de ellas y en el mío, señor don Robustiano. Y

¿á qué debemos la honra de tan agradable visita?

--La honra es mía, señor don Ramiro; y en cuanto al objeto de mi

visita, es pura y simplemente el deseo de conocer personalmente al

noble nieto del gran amigo de mi señor abuelo.

--¡Cuánto celebro esa ocurrencia que me proporciona á mí el placer de

estrechar su mano y de ofrecerle mi cordial amistad!

--Que yo acepto con todo mi corazón, señor don Ramiro, lamentándome

de no haber puesto en ejecución muchos años hace el pensamiento que

realizo hoy. Pero usted sabe, por propia experiencia, cómo en los

hombres de nuestra condición llegan á hacerse los hábitos una segunda

naturaleza. Se aísla uno, se retrae y, metido en su cáscara un día

y otro y un mes y un año, ya no acierta á salir de la portalada la

vez que se lo propone. Así es que yo, aunque siempre con el afán de

estrechar la mano de usted, jamás he podido lograr una ocasión que me

pareciese bastante oportuna para ello.

--Lo mismo, poco más ó menos, me ha sucedido á mí con respecto á usted.

--¡Vaya si lo creo!

--Y ¿cómo logró usted hoy vencer tanta pereza?

--Pues le diré á usted, señor don Ramiro: voy siendo ya muy viejo;

llevo muchos años de retiro y de devorar en silencio la pena, por no

decir despecho, que me causa el desdén y menosprecio con que mira el

siglo que corre á los hombres de nuestra procedencia; y me he dicho:

«¿será posible que yo me muera sin el placer gratísimo de desahogar mi

pecho junto al del hombre en quien se reconcentran todos mis afectos

amistosos, sin decirle: he aquí vinculada en este corazón toda la

lealtad con que fué adicta á tu familia durante siglos enteros la mía?»

Y con tal fe me lo dije, don Ramiro; tan ardiente llegó á ser mi deseo,

que en el acto monté á caballo... y aquí me tiene usted.

--Ese rasgo le enaltece á usted, don Robustiano; y, en recíproca,

puedo, á Dios gracias, brindar al insigne Tres-Solares con toda la

adhesión y sincero cariño de cien generaciones de Seis-Regatos.

--¡Líbreme Dios de ponerlo en duda! Y ¡ojalá que todos los buenos de

la Montaña hubiéramos seguido siempre y para todo esta misma conducta

entre nosotros! ¡Otro gallo nos cantara hoy!

--¿Usted lo cree así?

--¿No he de creerlo? ¿Acaso usted lo duda?

--No tal; pero...

--No hay pero, don Ramiro. Es á todas luces evidente que una estrecha y

cordial inteligencia entre todos los nobles de cada país, nos hubiera

dado una fuerza considerable. Lo vulgar, lo nuevo, lo ilustrado, como

ahora se dice, nos desecha, nos acoquina: agrupémonos, apoyémonos

mutuamente; y de este modo, si no logramos vencer el torrente

desbordado, podremos, separándonos de él, vivir en un remanso aparte

con nuestros recuerdos, nuestras ideas y nuestros mutuos auxilios.

¿Quién de nosotros está exento de una adversidad, de un golpe de la

desgracia? Usted vive hoy tranquilo y descuidado en el seno de su

familia, al calor de su hogar; y ya que el siglo no puede arrebatarle

derechos y preeminencias que valían pingües maravedís, porque todos se

los tiene ya por allá á muy buen recaudo, el tizón de un villano, el

rayo de una tempestad le aniquilan el techo venerable de sus mayores.

Las rentas son escasas (pongo un ejemplo), suprimidas las obvenciones

y privilegios de mejores tiempos; la familia exige atenciones que no

se pueden cercenar: ¿con qué se repara el inesperado siniestro? ¿Ha

de profanar usted sus timbres de nobleza, ha de injuriar las augustas

tradiciones poniéndose á especular como un judío, ó á labrar la

tierra como un miserable ganapán? No, seguramente. ¿Ha de aceptar la

humillante limosna de un rústico filántropo? Mucho menos. ¿Ha de vender

sus blasones por un puñado de oro? ¡Qué horror! El Estado, entre tanto,

hace como que no le ve y aparenta que no le necesita: ¿qué partido

toma usted en el supuesto infortunio? He aquí dónde está indicada la

necesidad de un mutuo auxilio entre todos nosotros.

--Magnífico sería eso, don Robustiano; pero equivaldría á quitarnos uno

de los rasgos que más nos han distinguido siempre: el hacernos capaces

de esa fraternal unión. Precisamente la discordia ha sido entre las

familias de calidad el pecado más común.

--Pecado sublime, pecado magnífico, señor don Ramiro, en los tiempos

de nuestra grandeza; porque, teniéndonos en perpetua rivalidad,

fructificaba en grandes empresas que redundaban en honra de la clase y

lustre de la nación. Pero hoy es distinto: hoy somos pocos, estamos sin

fuerzas y nos aqueja un infortunio común. Y pues no podemos vivir como

señores, debemos tratar de no morir como esclavos.

--Veo, don Robustiano, que usted no se ha convencido aún de una triste

verdad.

--¿De cuál?

--De que ya pasó nuestro tiempo; de que estamos de sobra en el mundo, y

es una quimera soñar en alianzas, y menos en restauraciones; de que no

hay más remedio que entregarse á discreción...

--¡Cómo! ¿Sería usted capaz de transigir con las tendencias del siglo?

--Hombre, así tan en absoluto...

--Luego ¿transigiría usted en algo?

--Según y conforme.

--Precisemos más el asunto. Supongamos que mañana se presenta en casa

de usted un zascandil cualquiera, un tabernerillo rico, como quien

dice, y le pide una hija en matrimonio: ¿se la concedería usted?

--Señor don Robustiano, si el rico tabernero fuese honrado... Pero me

pone usted un ejemplo de difícil solución, porque como no me he visto

en el caso supuesto y no puedo prever las circunstancias en que me

hallaría entonces y las que adornarían al tabernero...

--¿Es decir, que me concede usted la posibilidad de admitir en su

familia un injerto semejante?

--Perdone usted, don Robustiano, que hasta ahora ni he negado ni he

concedido nada sobre el asunto. Mas ya que de ejemplos se trata,

suponga usted, por su parte, que yo me muero de hambre; que tengo

muchas hijas; que un tabernero rico me pide una; que yo se la niego

porque me llamo Seis-Regatos y Dos-Portillas de la Vega; que real y

efectivamente me muero mañana, y que mi familia, sola y miserable, va

extinguiéndose poco á poco entre congojas de hambre y estremecimientos

de frío. ¿Qué objeto tienen estos sacrificios, quién me los agradece,

quién los recompensa? ¿El mundo? El mundo ó no los ve, ó se ríe de

ellos; porque, créalo usted, don Robustiano, risa es lo que inspiran

muchos actos que á nosotros nos cuestan lágrimas. ¿La historia? No

hemos de merecerle una triste mención. ¿Nuestros antepasados? Dan

su descendencia por acabada, pues dos docenas de individualidades

arrinconadas, carcomidas y sin prestigio que lucir ni destino que

llenar en la tierra, no alcanzan á preocupar ni por un momento

los manes venerandos de aquellos ilustres progenitores. ¿Nuestra

conciencia? Á mí me dice la mía que cuando las mundanas vanidades no

tienen un objeto transcendental é inmediato, es hasta un delito pagarse

de ellas.

--¡Me asombra usted, don Ramiro!... Pero aun admitiendo que el mundo y

la historia y nuestras ilustres tradiciones no deban tenerse en nada

para nuestra conducta de hoy, esas dos docenas de individualidades,

carcomidas como usted dice, ¿no son acreedoras á alguna consideración?

Si uno de nosotros, por no sucumbir al rigor de la adversidad, faltara

á sus antecedentes, prescindiera del lustre de la clase, ¿qué dirían

los demás?

--Ni una palabra.

--¡Cómo!... Usted se chancea.

--Lo dicho, don Robustiano.

--¡Los orgullosos de A.*... por ejemplo!...

--Hace seis años engordan á expensas de un destino de secretario de

ayuntamiento que logró el hijo mayor; el segundo recría ganado, y la

tercera es la esposa de un maestro de escuela.

--¡Don Ramiro!

--No hay más, don Robustiano. Y ya se conoce bien que se ha pasado

usted la vida encerrado en su cáscara, dedicado sólo á rendir culto

á sus propios timbres. Á mí también me ha sucedido mucho de eso

mismo, créalo usted; pero tengo cuatro hijas: éstas, como mujeres,

son curiosas y han podido darse arte para adquirir grandes noticias

de los _nuestros_ sin salir de estas cuatro paredes. Creílas yo, como

usted, exageradas; traté, á mi modo, de comprobarlas, y bien pronto me

convencí de que eran la pura verdad. De entonces data ésta mi manera

de pensar que á usted tanto le sorprende. Desde entonces, y á despecho

de mi entusiasmo por el lustre y la dignidad de la clase, no sé qué

responder á preguntas como la que usted me dirigió á propósito del

consabido tabernero.

Don Robustiano se hacía cruces,

--¿Y los encopetados de B.*?

--Han casado la hija mayor con un tratante en carnes.

--¡Horror! ¿Y los de C.*?

--Se han dividido entre los hermanos el mayorazgo, y tiene usted allí

de todo: carretero, salta-ferias, vago camorrista...

--¡Es posible! ¿Y los de D.*?...

--Los de D.* han trocado en pajares sus torres almenadas, y en dalles

y rastrillas sus blasones: labran la tierra y rascan la boñiga á su

ganado. Los de E.* han hecho lo mismo, é igual todos los que han podido

hacerlo, y los que no, por falta de propiedades, si tienen hijas

aguardan al tabernero consabido que cargue con una de ellas y mantenga

á las demás; y si no las tienen, se irían con el moro Muza que les

diera de comer.

Don Robustiano se hallaba, oyendo á don Ramiro, como aquél que acaba de

despertar y duda si sueña en el acto ó si soñaba antes. Solo, encerrado

en su caserón, sin haber cruzado en su vida una palabra con los demás

señores nobles del país, creía en ellos y en su augusta dignidad con

toda la fe de que era capaz su razón, alimentada, durante el curso de

tantos años, á fuerza de quimeras y abstracciones caballerescas: creía

en la incorruptibilidad y en la grandeza de sus conmilitones como don

Quijote en Amadís de Gaula ó en Tirante el Blanco: los juzgaba á todos

por sus propios sentimientos. Por eso las manifestaciones de don Ramiro

le hacían tanto efecto cuanto eran inesperadas; y como procedían de

un caballero tan cumplido, ni se atrevió por un momento á ponerlas

en duda. Aceptó, pues, desde luego la creencia de que había vivido

equivocado muchos años y que á la sazón se hallaba solo en la Montaña.

Semejante desencanto hizo asomar una lágrima á sus ojos. Pero como no

hay mal que por bien no venga, la enjugó en el acto con la idea, no mal

fundada, de que la defección de sus cofrades de nobleza le relevaba

á él de los escrúpulos que tanto le dificultaban la solución del

conflicto en que se hallaba.

Como solariego fanático, le apenaban las palabras de don Ramiro; pero

como mortal necesitado, las recibía hasta con deleite. Atúvose á este

último efecto como más llevadero; y para hacerle más justificable á sus

propios ojos y sacar de él todo el partido posible en obsequio á su

situación, buscó en nuevas razones de su interlocutor desapasionado la

fuerza de que carecía su propio convencimiento.

--Me deja usted atónito con sus noticias,--dijo á don Ramiro, siguiendo

su propósito.

--No lo quedé yo menos cuando las adquirí, don Robustiano.

--Según ellas, don Ramiro, el ejemplo que le puse á usted del solariego

á quien le destruye su casa un golpe de la adversidad, toma un color

enteramente distinto del que yo le daba.

--Yo lo creo.

--Aceptar un noble el préstamo de un villano cuando todos los demás

recursos dignos se han apurado inútilmente y cuando el siniestro es

irreparable si el préstamo se rechaza, no es ya para el primero una

humillación.

--Todo lo contrario.

--¿Tal le parece á usted?

--Con el convencimiento más sólido.

--Y si ese villano tiene un hijo y solicita para éste á su hija

de usted al mismo tiempo que ofrece el préstamo, acceder á sus

pretensiones, máxime siendo el hijo honrado, me parece una friolera

después que sé que los orgullosos de B.* han admitido en su familia á

un tratante en carnes.

--Indudablemente. Y aquí donde usted me ve y nadie nos oye, y

hablándole con más franqueza que al principio, le diré sin rebozo que

si el tabernero honrado y pudiente de nuestro ejemplo solicitara la

mano de una de mis hijas, yo le concediera las dos, y hasta las de sus

hermanas si la ley me lo permitiera.

--¿Palabra de honor, don Ramiro?

--Palabra de honor, don Robustiano. Pero veo que usted hace mucho

hincapié en estos dos supuestos. ¿Pecaría de indiscreto si le

preguntara la razón de ello? ¿Quizá se encuentra usted en el caso de

tener que decidir algo en ese sentido?

--¡Qué aprensión, don Ramiro! Nada de eso. Verónica, mi única hija,

está muy libre hasta la hora presente de tener que elegir ni entre

nobles ni entre villanos; y en cuanto á mi casa... ¡bah! está más firme

que una roca... salvo una pequeña avería que ha sufrido y, á Dios

gracias, repararé sin el auxilio de nadie... Pero pudiera... en el

día de mañana... y es conveniente caminar sobre terreno despejado...

porque, en fin, ya usted me entiende.

--¡Mucho que sí!

--¿De manera, don Ramiro, que hemos concluído ya los de la sangre azul?.

--Para _in sæcula sæculorum_.

--Y, por consiguiente, ¡adiós hidalguía, adiós formalidad, adiós buena

fe y adiós nobleza!

--Dicen que nos ha sustituído otra de nuevo cuño: la nobleza de los

hechos, la aristocracia de la posición, la del dinero.

--¡Nobleza diabólica, aristocracia infernal!

--Pero que no hay más remedio que aceptar.

--¡Primero el suplicio!

--Recuerde usted, don Robustiano, lo que hemos hablado.

--Tiene usted razón: ¡ya no somos nada, nada podemos, nada valemos!

--Es duro, pero es verdad.

--¡Oh, miserable canalla!

--Despréciela usted como yo... y adelante con la vida... Y para

hacerla más llevadera, vamos á _tomar las once_.

--No se moleste usted, don Ramiro.

--Lo hago con el mayor gusto, don Robustiano.

Don Ramiro salió del estrado, y volvió al poco tiempo trayendo en una

bandeja deslustrada dos cortadillos, una botella de vino blanco y hasta

media docena de bizcochos de soletilla, muy duros y desportillados.

Mientras los dos solariegos se regodeaban con aromático la Nava,

abordaron nuevos asuntos de conversación, que maldito el interés

inspiraban ya á don Robustiano después de lo que sabía acerca del que

allí le había llevado. Así es que procuró abreviar el diálogo todo lo

posible y volverse cuanto antes á su pueblo.

Al despedirse le prometió don Ramiro pagarle la visita.

--No le perdonaría á usted que no me honrase con ella,--le respondió

don Robustiano.

Y, sin embargo, determinó al mismo tiempo darle un solo de portalada,

como de costumbre; pues por más desprestigiada que estuviera la clase,

él no se resignaba todavía á mostrar su casa á nadie, máxime desde el

percance del día anterior.

Caminando de vuelta á ella iba don Robustiano torturándose el magín

para convencerse á sí propio de la necesidad en que se hallaba de

aceptar las ofertas de Toribio, y del ningún desdoro que de ello

resultaría para su buen nombre. He aquí sus últimas consideraciones:

--«Si _todos_ han prevaricado, ¿á qué conduciría mi inflexibilidad?

¿Quién podrá ya echarme en cara como un delito el recibir los ochavos

de Toribio para reedificar mi casa? ¿Quién podrá tomar por agravio

al lustre de la clase el enlace de Verónica con Antón? Nadie... Sin

embargo, mi propia sangre, mi propio carácter me increpan esos actos

como indignos de mí... Pero á estos señores no debo yo prestarles

hoy la misma consideración que en tiempos normales. Estoy á pique de

quedarme sin hogar, y para restaurarle no puedo contar con el apoyo de

_mis semejantes_... En una palabra, con pan y techo, en mi posición de

anteayer, hubiera muerto inmaculado protestando contra la prevaricación

de los míos; pero desertados éstos de su campo natural y legítimo, y en

mis circunstancias de hoy, puedo y _debo_, sin sonrojarme, transigir

con mis escrúpulos en obsequio á lo apremiante de la necesidad que me

abruma».

Se ve, pues, harto clara la inesperada resolución que adoptó don

Robustiano á consecuencia de su visita á don Ramiro. Dígolo porque no

se sorprendan ustedes al ver cómo se porta nuestro solariego en los

párrafos que siguen.

No bien llegó á casa y comió de prisa, y abrasándose el paladar, la

bazofia de todos los días, que Verónica había preparado peor que

nunca en un fogón improvisado en la leñera, envió un recado á Toribio

previniéndole que pasara á verle en seguida.

Zancajos no se hizo esperar y se presentó en el acto en casa de don

Robustiano. Mandó éste á Verónica que los dejara solos en el pabellón,

y dijo á Mazorcas tan pronto como su hija le hubo obedecido:

--Toribio, tú debes saber que hay algo en el hombre más fuerte que su

propia voluntad...

--Sí, señor, el genio,--contestó Zancajos.

--Precisamente, y por eso ayer estuve contigo un poco más severo de lo

que yo hubiera deseado.

Toribio recibió con la mayor sorpresa esta satisfacción del altivo

solariego.

--Pues pelillos á la mar, don Robustiano--le contestó con

afabilidad.--Apuradamente tengo yo un carácter que se pinta solo para

no tomar á pechos ciertos desahogos... Conque no se hable más del

asunto, y dígame usted en qué puedo servirle.

--Voy allá. Ya sabes la desgracia ocurrida ayer en mi casa: tú la

presenciaste.

--Sí, señor.

--Esa desgracia necesita una reparación inmediata.

--Sí, señor. (¿Adónde irá á parar esto?)

--Yo tengo recursos para llevar á cabo esta reparación... ¡no me lo

negarás!

--¡Cá, no, señor!

--Pero esos recursos son raíces, propiedades que rinden intereses, mas

con lentitud y parsimonia. ¿No es así?

--Mucho que lo es.

--Por lo tanto, no puedo disponer en el acto de la cantidad necesaria

para acometer inmediatamente la obra... ¿eh?

--Cabales.

--Luego, que á cuenta de mis fincas, si no alcanzasen mis rentas,

proponga yo á Juan ó á Pedro un anticipo, nada tiene de particular.

--¡Qué ha de tener? Y en prueba de ello, vuelvo hoy á poner á su

disposición de usted cuanto dinero necesite para el caso.

--Gracias, Toribio... Y para que veas que correspondo dignamente á tu

oferta, la acepto desde luego.

El sagaz ricacho, buscando mientras oía y contestaba á don Robustiano

el motivo del rápido cambio verificado en éste, recordó de pronto

haberle visto cabalgar por la mañana, y no dudó ya un momento, al

escuchar sus últimas palabras, que su viaje había tenido por objeto

solicitar de algún otro señorón el favor que á él le desdeñó, y que

sus propósitos se habían malogrado. No obstante, lejos de tratar de

vengarse agravando la situación aflictiva del mísero don Robustiano,

acogió su rasgo de _abnegación_ con la más viva alegría. Verdad es que

pensaba utilizar el acontecimiento para sus otros conocidos planes.

--¡Bien, candonga! así me gustan á mí los hombres--dijo al

solariego,--francos y descubiertos. Pida usted ahora por esa boca, que

de fijo será medida.

--En cuanto á garantías...--añadió don Robustiano con repugnancia,

temiendo que Zancajos le exigiese en tal sentido una nueva humillación.

--En cuanto á garantías--respondió Toribio con la expansión de

siempre,--una sola me basta, don Robustiano.

--¿Cuál?--dijo éste temblando.

--Que toque usted estos cinco.--Y Mazorcas alargó su mano al solariego.

Éste la vió junto á sí como si viera una culebra; pero sacrificando

otra vez sus instintos orgullosos en aras de la necesidad, correspondió

á los deseos del jándalo tocándole apenas los cinco robustos dedos

de la diestra con los de la suya, fríos, enjutos, largos y afilados,

diciendo al mismo tiempo:

--Toco y estimo.

--Ahora va lo grave,--pensó Mazorcas. Y sin estar muy seguro de no

encolerizar de nuevo á don Robustiano, le dijo con sumo cuidado:--En

cuanto á cantidad, usted la fijará, así como el momento de la entrega.

Pero antes de tratar de estos puntos secundarios... quisiera yo

recordarle otro que dejamos pendiente ayer.

Nuevo efecto de repugnancia en don Robustiano y nuevo sacrificio de su

vanidad solariega.

--En cuanto á este asunto--respondió con visible disgusto,--he resuelto

que te entiendas con la persona á quien exclusivamente importa en mi

casa. Y llamó á Verónica. Zancajos llegó al colmo de su sorpresa.

--¡Poder de la necesidad!--exclamó para sus adentros.

Al obrar así se proponía don Robustiano salvar con la forma lo

humillante que en el fondo, y según su juicio, era para él la

consumación del proyecto de Toribio. No asintiendo á él con su palabra,

creía menos agraviada su dignidad, que, á pesar de sus recientes

convicciones, se le revelaba tan soberbia como siempre.

Cuando entró Verónica y la saludó Toribio, se puso más encarnada

que cuando Antón le declaró sus amorosos anhelos. Don Robustiano,

mordiéndose los labios y pellizcándose la solapa del casaquín, empezó á

dar vueltas por el estrecho recinto en que se hallaban.

--Doña Verónica--dijo Mazorcas desde luego,--á mí me consta que usted

conoce las intenciones de mi hijo respective á usted, y me consta

igualmente que Antón la quiere á usted mucho más que el domingo pasado,

¡y eso que entonces la quería bien! Con estos antecedentes tuve ayer la

honra de pedir al señor don Robustiano la mano de usted para mi dicho

hijo Antón. Un suceso que usted no habrá olvidado fué la causa de que

mi memorial se quedara por entonces sin respuesta; pero hoy han variado

las cosas, á Dios gracias, y su señor padre me responde que deja al

cuidado y á la discreción de usted el asunto. ¿No es así, señor don

Robustiano?

--Sí,--contestó éste refunfuñando y volviéndoles la espalda.

La sorpresa de Verónica al conocer el cambio operado en la voluntad de

su padre, fué aún mayor que la de Toribio poco antes.

--Conque usted dirá,--añadió éste aproximándose más á la atortolada

muchacha. Pero Verónica no daba lumbres. Se pellizcaba las uñas, se

mordía el labio inferior, se balanceaba sobre un pie... y nada más. Por

fin, al cabo de un rato y tras de varias excitaciones de Toribio,

--Si mi señor padre es gustoso...--dijo convulsa y mirando de reojo á

don Robustiano.

El solariego por toda respuesta dió otro gruñido y aceleró más sus

paseos.

--Dice que sí,--gritó Toribio interpretando á su gusto el confuso

monosílabo.

--Pues entonces... yo también,--añadió Verónica sudando de vergüenza.

Don Robustiano al oirlo rugió como una pantera; mas trató de refrenar

su coraje.

--¡Ea!--exclamó Toribio entonces lleno de júbilo;--esto es cosa

hecha. Vuelvo á mi casa á dar la noticia al borregote de Antón, que

la recibirá como una bendición de Dios, y... Pero antes, vengamos á

cuentas. La obra de esta casa corre prisa, tanto que yo la empezaría

mañana. Ustedes no pueden vivir aquí con el jaleo que se va á armar; y

puesto que somos unos...

--¡Todavía no!--gritó don Robustiano en las últimas agonías, como si

dijéramos, de su vanidad.

--Quiero decir--repuso Mazorcas,--que lo seremos, y en esta

inteligencia, espero que ya no rehusarán mi casa.

--¡Decente estaría eso!--refunfuñó don Robustiano.--¿No te parece?

¡Después de _lo que habéis arreglado_, ir á meterse _ésa_ allí!...

--Hay un buen remedio--observó Zancajos:--anticipemos el belén. ¿No es

verdad, doña Verónica? ¿No es cierto, don Robustiano?

Excusado es decir que la primera asintió de buena gana á la

proposición. En cuanto al segundo, estaba resuelto á no hablar del

negocio y se calló como un muerto; digo mal, como un lobo acorralado.

Pero Zancajos se pintaba solo para descifrar gruñidos y refunfuños,

y ajustando los de don Robustiano á su deseo, declaró «el belén»

anticipado y acordó, en nombre de los demás, que tendría lugar tan

pronto como se despachasen todas las _zarandajas_ indispensables.

--Otra cosa--añadió:--usted, señor don Robustiano, no es tan á

propósito como yo para lidiar con el laberinto que se va á revolver

aquí desde mañana al comenzar la obra. Si usted me lo permite, me

encargaré yo de ella.

--¡Eso más!--dijo don Robustiano con honda amargura, pensando que ni

sobre los viejos morrillos de su casa podía disponer ya.

--Creo que usted no me ha comprendido bien--dijo Toribio adivinando

la intención de las palabras de don Robustiano:--usted recibirá de

mí la cantidad que guste; usted dirigirá la obra y pagará obreros y

materiales, y hará en todo su voluntad: lo que yo quería para mí era,

como si dijéramos, el cargo de sobrestante, porque, desengáñese usted,

conozco mucho á la gente menuda y sé, como nadie, hacerla andar en

un pie. Todo esto, don Robustiano, con el fin de adelantar la obra y

conseguir que no nos den en ella gato por liebre. Además, creo que se

puede sacar un gran partido de esta casa dando á la compostura cierta

dirección... vamos, como yo se la daría.

Don Robustiano no halló del todo descabellada la pretensión de Toribio;

y como al fin era la menor de las tres humillaciones que llevaba

aceptadas en el día, accedió á ella sin gran dificultad.

Zancajos se despidió en seguida y corrió, como había dicho, á llevar á

Antón la feliz nueva.

Verónica se quedó en éxtasis, saboreando, sin acabar de comprenderla,

su inesperada felicidad.

Don Robustiano, entre tanto, creía ver incrustados en el techo los

rostros de sus antepasados que le miraban iracundos fulminando sobre

él una tempestad de maldiciones. «¡Caín solariego!»--pensó que le

gritaban;--«¿qué has hecho del lustre de tu familia?» Y dominado por

esta pesadilla, corría febril por la estancia y sudaba gotas de hiel.

Al cabo se rindió á la fuerza de su misma excitación, y al desplomarse

desfallecido en el sitial blasonado, dirigió al cielo, desde el fondo

de su acongojado corazón, esta plegaria:

--Dios de justicia: si obré con mengua, haz que caiga toda sobre el

siglo que me abandona, ¡no sobre mis timbres preclaros! ¡no sobre mí,

que sucumbo al rigor del infortunio!

V

Quince días después de estos sucesos, el pueblo en que ocurrieron era

teatro de otros de muy distinta naturaleza.

Las puertas y ventanas de la casa de Zancajos estaban festoneadas de

rosas y tomillo; las seis mejores _guisanderas_ de los contornos,

posesionadas del gallinero, de la despensa y de la cocina, desplumaban

acá, revolvían allá y sazonaban acullá, y atizaban la fogata que

calentaba á veinte varas á la redonda, y al salirse en volcán de

chispas por la chimenea se llevaba consigo unos aromas que hacían

chuparse la lengua á toda la vecindad. En un ángulo del corral otras

cocineras menos diestras guisaban en grandes trozos seis terneras;

improvisábase en el centro una fuente de vino tinto, y se armaba

una cucaña en el otro lado. Estallaban en el espacio multitud de

cohetes; recorrían las callejas cuatro gaiteros, sacando á sus roncos

instrumentos los más alegres aires que dar podían; volteábanse las

campanas; los mejores mozos del lugar ponían el relincho en las nubes;

las mozas adornaban sus panderos con cintas y cascabeles; el sacristán

tendía paños limpios y planchados en el ara del altar mayor, y el

maestro de escuela se comía las uñas buscando un consonante que le

faltaba para concluir un epitalamio.

Toribio Mazorcas, resplandeciente de oro y charol, iba de la cocina al

corral, del corral á la bodega, de la bodega á la fuente, de la fuente

á la solana, y daba aquí una orden, allá un coquetazo, en el otro un

pellizco, y en todas partes reía y alborotaba.

Antón, atortolado y tembloroso, se vestía en su cuarto, con el esmero

de una coqueta, un traje tan rico como flamante, y se miraba al espejo,

y se atusaba los rizos, y daba el suspiro que temblaban los cristales

de la ventana.

Verónica hacía casi lo mismo en su angosto nicho del solariego

pabellón, y hasta las lágrimas se le caían de gusto al ajustar á su

talle un precioso vestido de seda y colocar sobre su cabeza delicada

guirnalda de flores como los ampos de la nieve; miraba con infantil

complacencia los tornasoles de su falda y las ondulaciones de la cadena

de oro que le pendía del cuello, y lo pulido de sus zapatos de raso

azul... y todo el montón de galas que el rumbo de Zancajos había hecho

que le preparasen en Santander en poco más de una semana.

Don Robustiano, no sé si por respeto al pudor de su hija ó por tirria

á sus lujosos atavíos, había abandonado el pabellón y recorría

meditabundo las ruinas de su palacio.

Y á propósito: no quedaban de éste más que las cuatro paredes, y no

completas, pues en la agrietada se había cortado por lo sano, lo cual

es tanto como decir que le faltaba la mitad. El tejado, el desván,

el piso principal... todo había venido al suelo en pocos días, pues

Zancajos se había propuesto hacer una gorda, y esta pieza porque

falseaba por el tillado y aquélla por la pared, todas las demolió,

contra la intención de don Robustiano, que hubiera querido conservarlas

en su primitivo estado, á serle posible. El corral y la castañera

estaban llenos de caballetes de aserrar y de montones de argamasa y de

sillares á medio pulir, distinguiéndose en el portal y en grupo aparte

todos los que contenían escudos de armas, pues éstos se guardaban

como oro en paño para ser colocados, á su tiempo, en los lugares

que siempre ocuparon en el edificio. En el día á que nos estamos

refiriendo, la turba de operarios que allí trabajaba había suspendido

sus tareas en atención á la fiesta.

Todo lo que de ella llevamos dicho pasaba cuando aún el sol apenas

alcanzaba á dorar la cruz del campanario de la iglesia.

Dos horas más tarde una alegre y pintoresca comparsa salió del corral

de Toribio y se dirigió á la portalada vecina. Componíase aquélla

de un numeroso grupo de danzantes, bajo cuyos arcos cruzados iban

Mazorcas, su hijo y la alcaldesa (luego sabremos qué pito tocaba

allí esta señora); detrás de la danza formaban doce cantadoras con

panderetas adornadas de dobles cascabeleras, y siguiendo á las

cantadoras, un sinnúmero de mozas y mozos de lo más florido del lugar.

Las inmediaciones de ambas casas estaban ocupadas por una multitud de

curiosos. Los cuatro gaiteros abrían la marcha tocando una especie de

tarantela muy popular en la Montaña, y á su compás piafaban, graves

como estatuas, los danzantes. Cuando las gaitas cesaron, dieron

comienzo las cantadoras en esta forma. Seis de ellas, en un tono

pausado y lánguido, marcando el compás con las panderetas, cantaron:

--De los novios de estas tierras

aquí va la flor y nata.

Las otras seis, con igual aire y acompañamiento, respondieron:

--Válgale el Señor San Roque[9],

Nuestra Señora le valga.

Luego las doce:

--De los novios de estas tierras

aquí va la flor y nata.

Válgale el Señor San Roque,

Nuestra Señora le valga.

Alternando así otras dos veces las cantadoras y los gaiteros, llegó la

comparsa á la portalada de don Robustiano, ante la cual se detuvieron

y callaron todos por un instante. En seguida los mozos de la comitiva

_echaron_ una _relinchada_; pero tan firme, que llegó á los montes

vecinos y aun quedó una gran parte para volver de rechazo hasta el

punto de partida en ecos muy perceptibles. Acto continuo las de las

panderetas, mientras Zancajos daba tres manotadas en los herrados

portones, cantaron esta nueva estrofa:

--Sol devino de estos valles,

deja el escuro retiro,

que á tu puerta está el lucero

que va á casarse contigo.

Momentos después se abrió la portalada y aparecieron don Robustiano y

Verónica: el primero pálido y con gesto de hiel y vinagre; la segunda

trémula y ruborosa; aquél con su raído traje de etiqueta; ésta con las

ricas flamantes galas de novia.

Zancajos, Antón y la alcaldesa se adelantaron á recibirlos, y como los

cinco no cabían bien debajo de los arcos, se determinó que solamente

ocuparan tan honorífico puesto los dos _señores_. Esta honorífica

distinción no dejó de halagar la vanidad del solariego, que entró bajo

los arcos dando la mano á su hija con aire majestuoso y ciertos asomos

de desdén, como si aquello y mucho más se mereciera.

Las mozas se relamían al contemplar el lujo de Verónica; y más de

cuatro de ellas, considerando que se había llevado el gran acomodo del

pueblo, la miraban de bien mala voluntad.

Colocados así los solariegos, y á su lado, aunque fuera de los arcos,

Toribio, su hijo y la alcaldesa, se puso en marcha la comitiva entre

los relinchos y las aclamaciones de los curiosos, la música de las

gaitas, las coplas de las cantadoras, el estallido de los cohetes y el

toque de las campanas, porque es de advertir que el sacristán estaba

encaramado en lo más alto de la torre, toda la mañana, con objeto de

solemnizar á volteo limpio cualquier movimiento que notase entre la

gente de la boda.

Cuando ésta llegó al portal de la Iglesia, salieron á recibirla el

señor cura, el alcalde con una comisión del ayuntamiento, el maestro y

los chicos de la escuela.

El primero, hombre prudente, se limitó á saludar á cada uno de los

cuatro principales personajes del alegre y pintoresco grupo.

El alcalde, labrador pudiente, rapado á navaja en cuanto no fuese

mejorar terrenos y amillarar _riquezas imponibles_, que en esto era

capaz de marear al más lince; pero con presunciones de servir para todo

por lo mismo que á saber ser alcalde nadie le echaba la pata, hallando

sin _aquél_ lo que hizo el señor cura por todo «homenaje» á los novios,

se propuso darle una lección en tan solemnes momentos y mostrar al

pueblo entero lo que él sabía hacer por lo fino cuando el caso lo

requería. Al efecto, se afirmó bien sobre los pies, braceó tres veces,

escupió cuatro, levantó la cabeza, medio cerró los ojos, y encarándose

con los novios, dijo muy recio:

--¡Oh devinos misterios!... ¿Qué miro? ¿qué arreparo? ¿son fantesías

de mis ojos? No, que seis vusotros que venéis; vusotros lo más

runflante de mis... vasallos, á uncirvos... para sinfinito... en la

santa... metripolitana parroquial... Yo, y la comisión del monicipio

que aquí de cuerpo presente eisiste, vos... vos... inciensamos... vos

requerimos y ensalzamos para que sea enhorabuena y por la gloria que

vos deseo. Tal digo con esta fecha.

Y no dijo más el alcalde; pero miró en derredor de sí con aire de

conquistador. Los concejales que le acompañaban añadieron unísonos

estas lacónicas palabras, haciendo al propio tiempo una reverencia:

--La comisión otorga.

El maestro se limitó por de pronto á plegarse en dos mitades, sin decir

una sola palabra; pero en seguida giró rápido sobre los talones, y

vuelto hacia sus chicos, les gritó alzando los brazos:

--¡Á una!

Y los granujas comenzaron á cantar un himno compuesto por el pedagogo,

formando al mismo tiempo, con la precisión de reclutas, en dos filas

que terminaban á la puerta de la Iglesia.

Pasó la comitiva por en medio de ellas y entró en el templo. Don

Robustiano fué á ocupar el sitial que á la sazón estaba cubierto con

la mejor colcha de Toribio. Éste, como padrino; su hijo, Verónica, y

la alcaldesa como madrina, se hincaron en las gradas del altar mayor.

Los gaiteros y el maestro subieron al coro, aquéllos para _tocar la

misa_, éste para _echar la epístola_ y dirigir á los demás cantores.

Pasaré por alto los detalles de la ceremonia religiosa, pues, _mutatis

mutandis_, fueron los que conoce todo fiel cristiano, como sin duda

lo es el lector. Solamente haré notar que hubo tiros de escopeta y

cohetes á la puerta, en el momento de la Consagración; que los novios,

cuando fué ocasión de leerles la epístola de San Pablo, se trasladaron

al sitial para oirla desde allí, como si de este modo se le diera más

solemne posesión del privilegiado asiento al hijo de Mazorcas; que don

Robustiano, aunque vió esta intrusión con amargo despecho, ya no sabía

qué cara poner en fuerza de lo que, por otra parte, le halagaba la

pompa desplegada en obsequio de su hija; y por último, que Toribio reía

y lloraba á la vez, y no pudiendo contenerse, abrazó á su consuegro,

y á Verónica, y á Antón, y á la alcaldesa, y estuvo en un tris que no

abrazase también al señor cura.

Cuando se dió por terminada la ceremonia, y después de las

felicitaciones y enhorabuenas de costumbre, volvió á formar la comitiva

á la puerta de la Iglesia y se puso en marcha conforme había venido,

con la sola diferencia de que ahora iba Antón también debajo de los

arcos, y su padre echaba, durante el tránsito, puñados de _tarines_ y

aun de medias pesetas á la muchedumbre, cebo apetitoso y estimulante

que hizo más de dos veces desorganizarse la comparsa por bajarse los

danzantes, los gaiteros y las cantadoras á recoger tal cual moneda

descarriada, no obstante haberles dicho Toribio, temiéndose tamañas

informalidades, que para todos habría luego.

Una hora después que la boda llegó á casa del rico jándalo, la fiesta

tomó un carácter muy distinto. El señor cura, don Robustiano, Zancajos,

los novios, el alcalde, la alcaldesa, los concejales de la comisión, el

maestro, el sacristán y más una docena de personas de lo más selecto

del lugar, ocuparon la larga mesa que se había preparado en la sala

principal.--Los danzantes, los gaiteros, las cantadoras y cuanta gente

se presentó allí, se posesionaron del corral, donde había, para el que

menos, abundante ración de guisado, pan y vino... y arroz con leche.

El señor cura, como hombre previsor y cuerdo, se retiró muy pronto de

la mesa, dejando á los convidados en completa libertad, después de

haber brindado por la felicidad de los novios, á quienes dedicó muchos

y sabios consejos. La presidencia que dejó vacante este buen señor

fué ocupada por don Robustiano, que la aceptó con su característica

gravedad. Pero toda ella no fué bastante á mantener en orden á las

buenas gentes que le rodeaban. Rió, gritó y echó bombas Toribio;

cantó el sacristán; largó tres discursos el alcalde; batió palmas

la alcaldesa; _otorgaron_ tres veces los concejales, y el maestro,

creyendo llegada la ocasión, después de pedir la venia á la cabecera

de la mesa, leyó la composición que tantos sudores le había costado y

decía así:

«_Versificación de epitalamio en doce pies de verso desiguales,

conforme á reglas; discurrida por_ CANUTO PROSODIA, _maestro de

instrucción primaria elemental de este pueblo, y dedicada á la mayor

preponderancia, majestad y engrandecimiento de la ilustre_ DOÑA

VERÓNICA TRES-SOLARES _y su excelso consorte_, DON ANTONIO MAZORCAS

(_vulgo_ ANTÓN, _por apócope_), _hoy día de sus nupcias ó esponsales,

1.° de septiembre del año corriente de gracia_.

Salgan á luz los astros naturales

Y las estrellas,

Y cante la _rajuca_ en los bardales

Y las miruellas;

Que doña Verónica, pues, con don Antonio,

En este día,

Ya las nupcias contrajo, ó matrimonio,

Con sinfonía.--

Que el cielo les derrame bendiciones

Es mi deseo,

Y que tengan los hijos á montones.

Amén.--_Laus Deo._»

Mientras éstas y otras cosas pasaban arriba, en el corral se solazaba

medio pueblo despachando tajadas de carne y jarros de vino, que era una

maravilla. Dos carrales, ó pipas, de lo de Rioja, hacía la fuente, y á

las tres de la tarde hubo necesidad de atizarla con otra cuba, porque

se estaba apagando ya. De arroz con leche iban á la misma hora siete

calderadas engullidas, y de las seis terneras no quedaba más que una

pata.

Cuando ésta hubo desaparecido también, y se agotó la fuente y se

rebañaron las calderas, se levantaron los tableros que habían servido

de mesas, se retiraron los toldos que las amparaban del sol y

comenzaron los músicos á darle á las cigüeñas de las gaitas. Esto y

media docena de cohetes lanzados al aire, fué la señal del gran jaleo;

quiero decir, de trepar á la cucaña y del baile general.

Lanzáronse á ello cuantos podían tenerse de pie, y los que no, panza

arriba ó como su hartura y sus mareos se lo permitían, diéronse á

relinchar y á victorear á los novios. Éstos, con una parte de los

convidados de arriba, salieron entonces al balcón. Y digo que una

parte de los convidados, porque los concejales, el maestro y tres

comensales más, al ponerse de pie dieron en la manía de que el suelo

se tambaleaba, y no habiendo razón que fuese capaz de probarles lo

contrario, quedáronse donde estaban apurando unas botellas de Jerez con

el buen fin de fortalecer el ánimo para arrostrar mejor la catástrofe

que temían. En cuanto al sacristán, así que oyó la bulla del corral se

empeñó en ir á echar un repique _musical_ que sabía para las grandes

ocasiones; pero no vió logrados sus deseos, porque al ir á empuñar los

badajos creyó que las campanas se volteaban solas, asustóse, perdió

el poco aplomo que le quedaba, y contó uno á uno con la cabeza y las

costillas todos los escalones del campanario.

Entre tanto, siguiendo la gresca en el corral de Toribio, dió la gente

en pedir á gritos que «echara un baile» doña Verónica; apoyó Zancajos

la pretensión, y no tuvo más remedio la nieta de cien señores «de

primer lustre» que zarandearse un poco entre aquella turba de mocetones

de buen humor. Mazorcas, Antón y la alcaldesa aplaudieron cada vuelta

de la ruborizada Verónica; pero don Robustiano, que había tragado más

bilis que chuletas durante la comida, al verse precisado á alternar

allí con semejante _canalla_ y sintiendo colmada la medida de su

paciencia con la nueva condescendencia indecorosa de su hija, tomó el

sombrero y se largó á su casa, sin que hubiera ruegos ni súplicas que

alcanzaran á detenerle.

--De todas maneras--dijo á Zancajos,--yo no había de dormir aquí...

--¡Cómo que no? ¡Y yo que le tenía á usted preparada la mejor

habitación de mi casa!

--Mientras en la mía quede una teja que me ampare contra la intemperie,

no han de reposar mis hidalgos miembros en el hogar ajeno. Te hago

la justicia de concederte que es tu intención la mejor del mundo al

brindarme con tu casa y al dedicar á mi hija el fausto que la dedicas

hoy: aún más, te lo agradezco; pero no deben tus ambiciones llegar

hasta el punto de pretender que yo autorice con mi presencia ciertos

excesos y transija con otros resabios, incompatibles con mi carácter.

Deja el tiempo correr, y entonces veremos si en mi propia casa me es

dable aceptar de buen grado lo que hoy, de pupilo en la tuya, me sería

intolerable. En el ínterin, la vieja vecina de siempre suplirá en la

glorieta la falta de Verónica para aderezarme el frugal sustento. Y á

Dios te queda.

No dijo más el inflexible solariego; pero me consta que cuando llegó

al viejo pabellón le pareció éste un páramo inmenso, no obstante su

pequeñez material; halló su recinto frío, y el color de las paredes

más obscuro y triste que de costumbre. Intentando explicarse la causa

de aquel fenómeno, fijó su vista en la parda estameña del abandonado

vestido de Verónica, y dos gruesas lágrimas le escaldaron las mejillas.

Protestó contra tamaña debilidad; mas le fué inútil el recurso, porque

entonces vertieron sus ojos mares de llanto, y su pecho oprimido

estalló en quejidos de angustia. Por primera vez cayó don Robustiano en

la cuenta de que había en su naturaleza algo más que un sentimiento de

admiración á su linaje. Treinta años pasados junto á Verónica no habían

bastado á dárselo á conocer: un momento de soledad se lo evidenciaba.

El orgulloso y fanático Tres-Solares notó en aquellos instantes

supremos que la ausencia de su hija angustiaba más á su alma que la

pérdida de su palacio blasonado. Jamás se hubiera atrevido á creerlo.

Pero sus viejos resabios tenían hondas raíces en su pecho, y hallando

en ellas fuerza bastante para resistir por entonces los impulsos del

corazón, devoró rebelde su propia amargura en la triste soledad de

aquel recinto, antes que ir al ajeno á buscar el consuelo que tanto

necesitaba.

No obstante, su llanto no fué estéril: la cuerda más sensible de

aquella alma había vibrado ya, y sus ecos misteriosos hallaron pronto y

cariñoso refugio en el corazón.

Cuando la humana naturaleza sufre tales sacudidas, el tiempo sólo basta

ya para conducir el vacilante espíritu al término que anhela, al centro

que necesita.

Nada dijo Mazorcas á Verónica de la retirada de su padre; por el

contrario, y con el fin de no turbar la alegría de la recién casada en

un momento tan crítico, al notar aquélla la ausencia de don Robustiano,

la hizo creer que éste se había recogido á descansar en la habitación

que se le tenía allí preparada.

Siguió, pues, la boda tan animada como al principio; y llegó la noche,

y se encendieron hogueras en el corral, y continuó la gente danzando

y riendo hasta cerca de las diez. Entonces dió Toribio espita á un

barril de exquisito aguardiente, y con esta _sosiega_ despidió á la

muchedumbre, que bien necesitaba ya el reposo de la cama. Hubo cantares

y música otra vez, pero con una desafinación insoportable; vivas y

plácemes á los novios, á don Robustiano y á Toribio; despertaron los

concejales, el maestro y comparsa, que roncaban sobre la mesa de la

sala; desalojóse ésta, quedó el corral desierto, recogióse lo que

se pudo de la cacharrería y demás zarandajas del festín de abajo,

fuéronse las guisanderas, volvió á reinar el orden y el silencio en

casa del rico jándalo, retiróse éste discretamente, y...

El que quiera saber más que vaya á Salamanca; pues yo hago aquí punto

y tiendo, como dicen los novelistas finos, un velo sobre los restantes

acontecimientos de aquel día de imperecedera memoria entre los vecinos

del consabido pueblo, de cuyo nombre, vuelvo á repetirlo, no quiero ni

debo acordarme.

Tipos y paisajes · 第 50 / 63 题