IV

Cuando se quedaron solos don Robustiano y Verónica, dió el primero

rienda suelta á sus lamentaciones y tomaron mayor cuerpo los sollozos

de la segunda. Con aquel rudo golpe de la adversidad no había contado

nunca el vanidoso Tres-Solares, que pensó llegar al sepulcro con la

misma altiva aunque pobre independencia que halló al venir al mundo.

¡Todo lo había perdido en un solo instante! Todo, porque el pabellón

que le restaba sólo podía aceptarse como habitación interinamente, y

eso con grandes dificultades: era su capacidad mezquina, y no bien

entrase el otoño daría tanto dormir allí como al raso en la _llosa_

más desabrigada.

No había, pues, otro remedio que reparar las averías del palacio,

cuyo techo podía desplomarse de un momento á otro; y para esto se

necesitaba dinero, precisamente lo que á don Robustiano le faltaba; y

para adquirirlo tenía que vender las tierras y el molino, del cual modo

tendría casa... pero no tendría qué comer; y para tenerlo había que

renunciar á las reparaciones, lo cual equivalía á condenarse á vivir á

la intemperie, que aún era peor que morirse de hambre.

Todas estas consideraciones, en esta misma forma y en un momento,

asaltaron la imaginación del atribulado señor antes que saliera de

la teja-vana. En seguida, como el caso era apremiante, se resolvió á

habilitar la glorieta con los muebles y ropas que, acto continuo y

entre sustos, carreras y toda clase de precauciones, sacaron Verónica y

él de la antigua morada.

Cuando fué hora de acostarse, don Robustiano renunció á este placer:

prefirió pasar la noche en vela y dando vueltas por la angosta

habitación (que el pudor de Verónica había dividido con una colcha,

dos palos y cuatro tachuelas), buscando en su imaginación el medio de

procurarse, con la decencia, el decoro y la dignidad que á su clase

convenían, aquellos ochavos viles que con tanta urgencia necesitaba.

Desde luego desechó el recurso de la venta de su escasa hacienda. El

de un préstamo le pareció más aceptable. Pero ¿á quién se le proponía?

¿Á Toribio? Antes el hambre, el frío y la misma muerte. En los demás

convecinos no había que pensar: eran míseros colonos de Zancajos,

ó ricachos tan _ordinarios_ como él. El señor cura que, como en

confesión, podría hacer el anticipo sin que ni los pájaros le olieran,

necesitaba la cortísima paga que le daba el Estado para no morirse de

hambre. El Ayuntamiento ya era otra cosa: éste era indudablemente,

entre todos los prestamistas, el _menos indigno_ de él, pues al fin y

al cabo era una entidad, oficialmente, de alta significación, por más

que en detalles individuales fuera bien despreciable. Pero ¿podría el

Ayuntamiento meterse á prestamista? Y si podía, como mero administrador

de ajenos caudales, ¿no sería más exigente que nadie en precauciones

y garantías? Y si le exigía una de éstas, ¿debía él _humillarse_ á

concederla? Y si se humillaba, ¿la encontraría? Las tierras y el

molino le bastaban para ello; pero, vencido el plazo del préstamo,

¿con qué le pagaba si había de comer hasta entonces? Y si no pagaba y

le vendían lo hipotecado, ¿con qué comía en adelante?... Y siempre

girando en este estrecho círculo de hierro, don Robustiano perdía

la cabeza y sudaba la gota gorda. «¡Oh siglo perro y desquiciado,

ladrón y materialista, que ves mi afán y no te conmueves ni te

abochornas!» clamaba entre iracundo y afligido el mísero, como si el

siglo tuviera la culpa de lo que á él le sucedía.--Y en cuanto se

calmaba un poco, tornaba á discurrir y volvía á tropezarse con los dos

fatales extremos: no comer, ó la _humillación_ de pedir; más claro:

el hambre ó el dinero de Zancajos.--«Vea usted,--decía retrocediendo

ante estas dos conclusiones, como si fueran puntas aceradas que le

hiriesen el rostro,--vea usted cómo sería muy útil que todos los

hombres de mi jerarquía estuviéramos unidos en estrecha alianza. De

este modo podríamos hacer frente á ciertas eventualidades y reirnos

descuidadamente de la tendencia artera y demoledora de la canalla impía

que nos estima en poco y nos acorrala como á bestias despreciables...

Pero en lances como el que á mí me ocurre hoy, ¿tendríamos la

abnegación suficiente para confesar á los demás una necesidad tan

perentoria? El orgullo de estirpe, ¿sería capaz de tanto sacrificio?...

¿Cómo dudarlo? En la triste alternativa de demandar una... sí, señor,

una limosna á un tabernero soberbio y presuntuoso, ó de reclamar el

auxilio generoso de un hombre de calidad, no cabe vacilación. Por otra

parte, la ropa sucia, dice el proverbio, debe lavarse en casa... Es

indudable que yo debía acudir con mis cuitas á las rancias familias

del país. ¿Pero querrán ampararme? ¿Podrán, acaso, aunque quieran? La

verdad es que entre nosotros ha habido siempre unas prevenciones, unos

odios tan sistemáticos y tan tenaces... Luego tantas sospechas de que

no tengan esos señores más lucido pelaje que yo!... También es cierto

que no tratamos aquí de que, por llegar, me llenen los bolsillos de

monedas... ¡Me guardaría yo muy bien de manifestar á nadie mis apuros

de sopetón! Por de pronto, me limitaría á ir tanteando el terreno

y preparando las voluntades, y después... después ¡qué diablo! me

quedaría siquiera el consuelo de desahogar con alguno esta angustia que

me mata».

Y revolviendo en su magín don Robustiano razonamientos por el estilo,

acabó por aceptar la conveniencia de recurrir, cuando menos, al consejo

de un hombre _de los suyos_. En seguida procedió á formarlos á todos

en su memoria y á pasarles la necesaria revista para elegir el más

conveniente. Por supuesto que no conocía á ninguno de ellos de trato,

ni siquiera de vista, y sólo por noticias de su padre; pero él creía

que, para el caso, esta circunstancia importaba muy poco. He aquí el

resultado de su tarea.--Diez familias habían sido enemigas mortales de

la suya, unas por razón de intereses, otras por puntillos de etiqueta

y otras por cuestión de carácter; del paradero de otras tantas no

tenía la menor noticia; le constaba que otra media docena de ellas se

habían extinguido por completo, y que algunas estaban reducidas á una

vieja solterona ó á un celibato memo. Solamente halló una que no le

desanimó del todo: una familia cuyas íntimas y cordiales relaciones

con la de él habían durado hasta la época de su abuelo inclusive.

Verdad es que desde entonces no habían vuelto á comunicarse directa

ni indirectamente, los representantes de ambas; pero esto no era un

obstáculo para los planes de nuestro solariego, pues éste, como hombre

de calidad, antes de reparar en pelillos semejantes, debía atenerse á

lo que la historia y la tradición le enseñaban en muy diverso sentido.

Atúvose, pues, á ello, y se resolvió á encomendar sus amarguras al

consejo, á la protección... ó á lo que saliera, de esa familia, única,

ciertamente, con que podía contar entre todas las contenidas en el

largo catálogo de las nobles de la Montaña. Debo advertir que sabía de

ella que su actual representante se llamaba don Ramiro, y que tendría

su edad próximamente; que vivía en un pueblo bastante cercano del

suyo; que estaba casado con una hidalga de lo más rancio y blasonado

del país, y que el lema de sus armas era, entre todos los lemas de

escudos montañeses, el único que casi podía competir con el de los

Tres-Solares. Decía así:

«_Á un Rey hicieron merced

Y con Infanta casaron,

Y al mismo sol dieran lustre

Los que esta casa fundaron_».

En consecuencia de su resolución, en caliente y antes que vacilase su

voluntad, apenas amaneció mandó que _cazasen_ el caballo, que con la

pasada tormenta había ido á parar á los quintos infiernos; hizo que

después de cogido se le diera el indispensable frote de garojo; preparó

Verónica de prisa y corriendo una muda blanca, y con todo el ceremonial

que conocemos cabalgó don Robustiano á las diez de la mañana. Atravesó

seis callejas, dos sierras y un monte; y á la bajada de él y en medio

de un centenar de robustas encinas, se detuvo delante de una portalada

tan vieja y tan blasonada como la suya. Era la de la casa de don

Ramiro. Llamó su paje, abrió un jayán de mala traza y mandó al tal que

le anunciara á su amo.

Mientras éste salía, echó una mirada desde el corral al exterior de

la casa, y no le encontró mucho más lucido que el de su palacio.

Tomó en cuenta este dato y no se las prometió muy felices para sus

pretensiones, por lo que hacía al auxilio directo de su colega. Pero,

en cambio, con este convencimiento se sintió más animoso para tratar á

don Ramiro con cierto desparpajo, y esto le consoló hasta cierto punto.

Entre tanto, don Ramiro, sorprendido con la noticia de la llegada

de don Robustiano y careciendo de tiempo para ponerse su traje de

etiqueta, se echó encima una especie de balandrán de cúbica para tapar

de un golpe sus muchas pasadas y transparencias de diario, y bajó al

portal haciendo al recién llegado las mayores cortesías.

--¿Tengo el honor de hablar al señor don Ramiro Seis-Regatos y

Dos-Portillas de la Vega?--le preguntó, apeándose, don Robustiano.

--El honrado soy yo, señor don Robustiano,--contestó don Ramiro

doblándose más y más.

Tipos y paisajes · 第 49 / 63 题