Cuando se quedaron solos don Robustiano y Verónica, dió el primero
rienda suelta á sus lamentaciones y tomaron mayor cuerpo los sollozos
de la segunda. Con aquel rudo golpe de la adversidad no había contado
nunca el vanidoso Tres-Solares, que pensó llegar al sepulcro con la
misma altiva aunque pobre independencia que halló al venir al mundo.
¡Todo lo había perdido en un solo instante! Todo, porque el pabellón
que le restaba sólo podía aceptarse como habitación interinamente, y
eso con grandes dificultades: era su capacidad mezquina, y no bien
entrase el otoño daría tanto dormir allí como al raso en la _llosa_
más desabrigada.
No había, pues, otro remedio que reparar las averías del palacio,
cuyo techo podía desplomarse de un momento á otro; y para esto se
necesitaba dinero, precisamente lo que á don Robustiano le faltaba; y
para adquirirlo tenía que vender las tierras y el molino, del cual modo
tendría casa... pero no tendría qué comer; y para tenerlo había que
renunciar á las reparaciones, lo cual equivalía á condenarse á vivir á
la intemperie, que aún era peor que morirse de hambre.
Todas estas consideraciones, en esta misma forma y en un momento,
asaltaron la imaginación del atribulado señor antes que saliera de
la teja-vana. En seguida, como el caso era apremiante, se resolvió á
habilitar la glorieta con los muebles y ropas que, acto continuo y
entre sustos, carreras y toda clase de precauciones, sacaron Verónica y
él de la antigua morada.
Cuando fué hora de acostarse, don Robustiano renunció á este placer:
prefirió pasar la noche en vela y dando vueltas por la angosta
habitación (que el pudor de Verónica había dividido con una colcha,
dos palos y cuatro tachuelas), buscando en su imaginación el medio de
procurarse, con la decencia, el decoro y la dignidad que á su clase
convenían, aquellos ochavos viles que con tanta urgencia necesitaba.
Desde luego desechó el recurso de la venta de su escasa hacienda. El
de un préstamo le pareció más aceptable. Pero ¿á quién se le proponía?
¿Á Toribio? Antes el hambre, el frío y la misma muerte. En los demás
convecinos no había que pensar: eran míseros colonos de Zancajos,
ó ricachos tan _ordinarios_ como él. El señor cura que, como en
confesión, podría hacer el anticipo sin que ni los pájaros le olieran,
necesitaba la cortísima paga que le daba el Estado para no morirse de
hambre. El Ayuntamiento ya era otra cosa: éste era indudablemente,
entre todos los prestamistas, el _menos indigno_ de él, pues al fin y
al cabo era una entidad, oficialmente, de alta significación, por más
que en detalles individuales fuera bien despreciable. Pero ¿podría el
Ayuntamiento meterse á prestamista? Y si podía, como mero administrador
de ajenos caudales, ¿no sería más exigente que nadie en precauciones
y garantías? Y si le exigía una de éstas, ¿debía él _humillarse_ á
concederla? Y si se humillaba, ¿la encontraría? Las tierras y el
molino le bastaban para ello; pero, vencido el plazo del préstamo,
¿con qué le pagaba si había de comer hasta entonces? Y si no pagaba y
le vendían lo hipotecado, ¿con qué comía en adelante?... Y siempre
girando en este estrecho círculo de hierro, don Robustiano perdía
la cabeza y sudaba la gota gorda. «¡Oh siglo perro y desquiciado,
ladrón y materialista, que ves mi afán y no te conmueves ni te
abochornas!» clamaba entre iracundo y afligido el mísero, como si el
siglo tuviera la culpa de lo que á él le sucedía.--Y en cuanto se
calmaba un poco, tornaba á discurrir y volvía á tropezarse con los dos
fatales extremos: no comer, ó la _humillación_ de pedir; más claro:
el hambre ó el dinero de Zancajos.--«Vea usted,--decía retrocediendo
ante estas dos conclusiones, como si fueran puntas aceradas que le
hiriesen el rostro,--vea usted cómo sería muy útil que todos los
hombres de mi jerarquía estuviéramos unidos en estrecha alianza. De
este modo podríamos hacer frente á ciertas eventualidades y reirnos
descuidadamente de la tendencia artera y demoledora de la canalla impía
que nos estima en poco y nos acorrala como á bestias despreciables...
Pero en lances como el que á mí me ocurre hoy, ¿tendríamos la
abnegación suficiente para confesar á los demás una necesidad tan
perentoria? El orgullo de estirpe, ¿sería capaz de tanto sacrificio?...
¿Cómo dudarlo? En la triste alternativa de demandar una... sí, señor,
una limosna á un tabernero soberbio y presuntuoso, ó de reclamar el
auxilio generoso de un hombre de calidad, no cabe vacilación. Por otra
parte, la ropa sucia, dice el proverbio, debe lavarse en casa... Es
indudable que yo debía acudir con mis cuitas á las rancias familias
del país. ¿Pero querrán ampararme? ¿Podrán, acaso, aunque quieran? La
verdad es que entre nosotros ha habido siempre unas prevenciones, unos
odios tan sistemáticos y tan tenaces... Luego tantas sospechas de que
no tengan esos señores más lucido pelaje que yo!... También es cierto
que no tratamos aquí de que, por llegar, me llenen los bolsillos de
monedas... ¡Me guardaría yo muy bien de manifestar á nadie mis apuros
de sopetón! Por de pronto, me limitaría á ir tanteando el terreno
y preparando las voluntades, y después... después ¡qué diablo! me
quedaría siquiera el consuelo de desahogar con alguno esta angustia que
me mata».
Y revolviendo en su magín don Robustiano razonamientos por el estilo,
acabó por aceptar la conveniencia de recurrir, cuando menos, al consejo
de un hombre _de los suyos_. En seguida procedió á formarlos á todos
en su memoria y á pasarles la necesaria revista para elegir el más
conveniente. Por supuesto que no conocía á ninguno de ellos de trato,
ni siquiera de vista, y sólo por noticias de su padre; pero él creía
que, para el caso, esta circunstancia importaba muy poco. He aquí el
resultado de su tarea.--Diez familias habían sido enemigas mortales de
la suya, unas por razón de intereses, otras por puntillos de etiqueta
y otras por cuestión de carácter; del paradero de otras tantas no
tenía la menor noticia; le constaba que otra media docena de ellas se
habían extinguido por completo, y que algunas estaban reducidas á una
vieja solterona ó á un celibato memo. Solamente halló una que no le
desanimó del todo: una familia cuyas íntimas y cordiales relaciones
con la de él habían durado hasta la época de su abuelo inclusive.
Verdad es que desde entonces no habían vuelto á comunicarse directa
ni indirectamente, los representantes de ambas; pero esto no era un
obstáculo para los planes de nuestro solariego, pues éste, como hombre
de calidad, antes de reparar en pelillos semejantes, debía atenerse á
lo que la historia y la tradición le enseñaban en muy diverso sentido.
Atúvose, pues, á ello, y se resolvió á encomendar sus amarguras al
consejo, á la protección... ó á lo que saliera, de esa familia, única,
ciertamente, con que podía contar entre todas las contenidas en el
largo catálogo de las nobles de la Montaña. Debo advertir que sabía de
ella que su actual representante se llamaba don Ramiro, y que tendría
su edad próximamente; que vivía en un pueblo bastante cercano del
suyo; que estaba casado con una hidalga de lo más rancio y blasonado
del país, y que el lema de sus armas era, entre todos los lemas de
escudos montañeses, el único que casi podía competir con el de los
Tres-Solares. Decía así:
«_Á un Rey hicieron merced
Y con Infanta casaron,
Y al mismo sol dieran lustre
Los que esta casa fundaron_».
En consecuencia de su resolución, en caliente y antes que vacilase su
voluntad, apenas amaneció mandó que _cazasen_ el caballo, que con la
pasada tormenta había ido á parar á los quintos infiernos; hizo que
después de cogido se le diera el indispensable frote de garojo; preparó
Verónica de prisa y corriendo una muda blanca, y con todo el ceremonial
que conocemos cabalgó don Robustiano á las diez de la mañana. Atravesó
seis callejas, dos sierras y un monte; y á la bajada de él y en medio
de un centenar de robustas encinas, se detuvo delante de una portalada
tan vieja y tan blasonada como la suya. Era la de la casa de don
Ramiro. Llamó su paje, abrió un jayán de mala traza y mandó al tal que
le anunciara á su amo.
Mientras éste salía, echó una mirada desde el corral al exterior de
la casa, y no le encontró mucho más lucido que el de su palacio.
Tomó en cuenta este dato y no se las prometió muy felices para sus
pretensiones, por lo que hacía al auxilio directo de su colega. Pero,
en cambio, con este convencimiento se sintió más animoso para tratar á
don Ramiro con cierto desparpajo, y esto le consoló hasta cierto punto.
Entre tanto, don Ramiro, sorprendido con la noticia de la llegada
de don Robustiano y careciendo de tiempo para ponerse su traje de
etiqueta, se echó encima una especie de balandrán de cúbica para tapar
de un golpe sus muchas pasadas y transparencias de diario, y bajó al
portal haciendo al recién llegado las mayores cortesías.
--¿Tengo el honor de hablar al señor don Ramiro Seis-Regatos y
Dos-Portillas de la Vega?--le preguntó, apeándose, don Robustiano.
--El honrado soy yo, señor don Robustiano,--contestó don Ramiro
doblándose más y más.