Toribio Mazorcas (a) _Zancajos_, era en figura, en carácter, en
alcurnia y en dinero, el viceversa de su convecino don Robustiano:
chaparro, mofletudo, con las piernas formando un paréntesis amazacotado
y borroso, como le hiciera un niño sobre la pared mojando un dedo en
el tintero de su padre, imperfección de la cual le procedía el mote que
llevaba; risueño y hablador, plebeyo por todos cuatro costados, y rico.
Fuése en sus mocedades á probar suerte en Andalucía, y allí, fregando
la mugre del mostrador de un amo avaro y cruel, supo ahorrar y aprender
lo suficiente para establecerse de cuenta propia en una taberna al cabo
de algunos años de esclavitud y de sufrimientos indecibles. Poco á
poco la taberna llegó á ser bodega; y cuando el jándalo cumplió medio
siglo, podía alabarse de contar muchos menos años que pares de talegas.
Entonces se vino á la Montaña con ánimo de no volver á salir de ella,
y á los pocos meses de establecido en su casa perdió la compañera que,
con poco amor y escasa inclinación, había tomado en el mismo pueblo
durante una de sus primeras breves visitas á él.--Generalmente se daba
una vuelta por la _tierruca_ cada cuatro años.--Al hallarse viudo y
rico, pasóle por la mollera la idea de volver á casarse más á su gusto;
pero tomando con calma el consejo de su propia experiencia, desistió
fácilmente de su empresa temeraria y se consagró desde luego con toda
decisión al cuidado de sus muchas haciendas y al de un hijo que le
quedaba, muchachón de diez y ocho años, fresco, rollizo, esbelto,
buen mozo en toda la extensión de la palabra, y no tonto ni de mal
carácter, aunque algo resabiado por el casi abandono en que había
vivido cuando más necesitaba freno y dirección, mientras su padre se
hallaba en Sevilla más apegado al interés de la bodega que al recuerdo
de su familia. Fluctuó el rico Mazorcas entre enviarle á Andalucía á
continuar allí explotando su ya morrocotudo filón de riqueza, ó casarle
de golpe y porrazo con una muchacha que valiera la pena, con objeto de
que se encargase de la dirección de las labranzas que aquí poseía el
afortunado jándalo; pero temiendo que la inexperiencia del joven diera
al traste en pocos días con las botas amontonadas á fuerza de sudores,
y, por otra parte, cansado ya de bregar con vacas, salladoras y
rozadores, y anheloso de verse algún día rodeado de familia _decente_,
_fina_ y de _principios_, se decidió... por enviar á Antón (así se
llamaba el chico) á Santander á un colegio «de los caros», con el fin
de que allí se puliese, desasnase y civilizase, para dar comienzo en él
al plan de restauración que se proponía con respecto á su descendencia.
El tal chico, sin parar mientes en la talla de granadero que ya medía,
y guiado sólo de su afán de salir á ver mundo y gastar como un señor
algunos cuartos, aceptó el compromiso y se instaló en la capital como
su padre quería. Pero antes de un mes se convenció de que no estaba ya
su madera para tarrañuelas, ni su talle para la desgarbada y exigente
levita. Con ella era un facha que excitaba la risa en los paseos,
mientras que con el traje corto y desahogado se llevaba detrás de sí
los ojos de las muchachas. En vista de lo cual se volvió al pueblo y
se decidió á no salir más de él, ni de su condición de labrador, como
sus abuelos, aunque con todas las ventajas y comodidades de que podía
rodearle la posición de su padre.
Como éste, y tal vez por la propia causa, no _mecía_ gran cosa con
las mozas de aparejo redondo tratándose de elegir una para perpetua
compañera; le gustaban más las de alto copete, no muy emperejiladas y
pizpiretas como las que él había visto en las alamedas de Santander,
sino las modestas y recatadas que, sin dejar de ser señoras «desde
sus principios» y sin carecer de un interesante _personal_, sabían
ser «amas de su casa». Y he aquí el camino por el cual encarriló el
demonio al hijo del plebeyo Zancajos para hacerle ir á parar con sus
pensamientos, sin darse apenas cuenta de ello, nada menos que á la hija
del orgulloso don Robustiano Tres-Solares y de la Calzada, que estaba
bien lejos de presumirse tamaño desaguisado á su estirpe solariega.
Y no se sorprenda el lector, que ya conoce el retrato de Verónica,
del gusto del joven Antón, así en cuanto á lo físico como á lo moral
del objeto de sus deseos. Verónica, físicamente estudiada, sería en
el teatro ó en los salones de nuestras cultas capitales una mujer
desagradable á los ojos de un hombre avezado á saborear los afeites
y la voluptuosidad de las jóvenes de «buena sociedad»; pero colocada
en una aldea entre mocetonas de anchas y pesadas caderas, de tostadas
mejillas y de torpes y varoniles movimientos, no podía menos de
inspirar codicioso interés con su cutis pálido, su pelo rubio y sus
manos blancas y pequeñas. La hija de don Robustiano, bajo este aspecto,
era, relativamente á lo que la rodeaba, una filigrana, una cosa fina,
materialmente hablando; y en siendo una _cosa fina_ en estas aldeas,
ya tiene cuantos títulos necesita para conquistar el deseo y hasta la
envidia de los aldeanos. Lo _fino_ es para ellos el prototipo de lo
bello. Por otra parte, Verónica era señora por herencia y no _piojo
resucitado_, como lo atestiguaban cien testimonios irrecusables;
cualidad que basta y sobra para inspirar á las gentes sencillas una
más que regular consideración.--Por lo que hace á sus prendas morales,
ni Antón las conocía, ni aunque las conociera hubiera sido capaz de
apreciarlas con su falta de mundo.
Lo cierto es que el hijo de Toribio Mazorcas, empezando por mirar con
atención las dotes personales de Verónica y por recrearse en el examen
de las aristocráticas, concluyó por cobrar á la hija de don Robustiano
un verdadero interés.
Tanto, que habló á su padre del asunto; y como daba la feliz casualidad
de que Zancajos no miraba sin cierta envidia el sitial de preferencia
en la Iglesia y los blasones del _palacio_, por más que muchas veces se
hubiese reído de las hinchadas presunciones de su _noble_ convecino,
lejos de combatir las inclinaciones de Antón, le prometió apoyárselas
con la mejor voluntad.
Así las cosas, un domingo volvía Verónica de misa, sola, porque
don Robustiano se había quedado en la sacristía á saludar al señor
cura. Iba, como de costumbre, á un paso más que regular y sin otro
pensamiento que el de llegar á casa cuanto antes, pues en fuerza de
vivir en oscura reclusión había cobrado miedo hasta á la luz y al aire
de la libertad. Ya doblaba el ángulo de un muro de la calleja por donde
marchaba, y podía distinguir hasta los clavos de su portalada, cuando
se halló frente á frente con el hijo de Mazorcas.
Vestía el esbelto chico su mejor ropa, luciendo en cada bolsillo
de su finísima chaqueta un pañuelo de seda, cuyos picos caían por
fuera, como á la casualidad, pero en rigor con mucho estudio; calzaba
ajustados zapatos de becerro en blanco con trencillas verdes, medio
cubiertos por la ancha y graciosa campana de un pantalón de satén color
de caramelo; prendía con dos gemelos de oro el ancho y almidonado
cuello de su camisa de batista, de bordada pechera, ocultando la mitad
de los primores de ésta entre las solapas de un chaleco de terciopelo
azul con bandas carmesí, y cubría su cabeza con un sombrero de copa,
bajo cuyas alas asomaban sobre las sienes dos grandes rizos de pelo
negro y lustroso.
Al hallarse Antón enfrente de Verónica se descubrió respetuosamente, y
cediéndole galante los morrillos que en aquel sitio pudieran llamarse
acera, dijo con voz no muy segura:
--Muy buenos días, señora doña Verónica.
Ésta, sin levantar su vista del suelo, pero acelerando más el paso que
llevaba, contestó con la mayor indiferencia:
--Buenos días, Antón.
Y Antón, revolviendo el sombrero entre sus manos, la vió alejarse
algunas varas, luchando entre sus deseos, su turbación y el recelo de
no volver á hallar ocasión tan propicia. Pero bien pronto, haciendo un
supremo esfuerzo durante el cual se cambiaron veinte veces los colores
de su cara, se decidió por lo que más le interesaba, y avanzó hacia la
solariega, atreviéndose á llamarla bastante recio:
--¡Doña Verónica!
No hubieran hecho más efecto en la hija de don Robustiano dos
banderillas de fuego que esta interpelación del hijo de Toribio
Mazorcas. En un instante asaltaron su mente aprensiva los temores más
extraños; y no teniendo formado el mejor concepto de la conducta de
Antón, hasta le creyó capaz de asesinarla allí mismo. En consecuencia,
lejos de responder al llamamiento, apretó más y más el paso que estuvo
á pique de llegar á carrera. Pero Antón se había resuelto á no dejar la
empresa una vez metido en ella. Avanzó, pues, hasta ponerse al lado de
la fugitiva, y le dijo dulcificando la voz cuanto le fué dable:
--Tengo que pedir á usted un favor.
Entonces Verónica no pudo menos de detenerse. Trató de combatir su
turbación, y retorciendo los picos de la mantilla entre sus manos
convulsas, y pálida como la muerte:
--¿Un favor... á mí?--dijo, entre desabrida y asustada.
--Á usted, sí, señ...--respondió Antón sin poder pasar de la ñ, porque
la emoción le atascó, como un tarugo, la garganta.
Dió nuevas vueltas al sombrero entre sus manos, miró á Verónica y
después á los morrillos de la calleja, y en seguida al cielo, y luego
á cada uno de los treinta y dos vientos de la rosa, hasta que por fin,
logrando tragar el tarugo, rompió á hablar de esta manera:
--Yo, doña Verónica, presunto el respeto que Dios manda y que usted me
contribuye, porque se lo merece, quería decir á usted ahora lo que...
vamos, lo que ya la hubiera dicho más de cuatro veces al habérseme
acomodado tan buena proximidad como ésta... Lo verdad es, señora doña
Verónica, tomando el intento con el arrodeo del caso, que yo no estoy
de lo más convenido ni amoldado al gentío del pueblo; y ya que mis
medios me lo permiten, quería transigir á mi gusto y proporcionales
comenencias... Usted, por sus principios de nacimiento y finura de
personal... Vamos al decir... que si... yo...
Y aquí volvió á anudársele la garganta.
Á Verónica le rodaban las gotas de sudor por su cara, cada vez más
lívida y descompuesta.
Antón, tras unos momentos de silencio, durante los cuales se repuso
algún tanto, continuó:
--Quiero decir que, como tengo bienes de fortuna y no soy bebedor ni
pendenciero ni amigo de rondar las hijas del vecino, creo... sin que
esto sea menosprecio y me esté mal el decirlo, creo que... vamos, no
son quién para mí las mozas del lugar, llamado á contraer enuncias el
día de mañana... Porque, doña Verónica, á mí me dió Dios un corazón muy
blando de su natural y un poco de sentido acá á mi manera, y pienso que
con esto y los cuatro cuartos que uno tiene puede, si á mano viene,
declinar á una miaja de finura y cortesía que le consuele en una
inclemencia... Por otra parte, no dejo de conocer que he descuidado
bastante los principios gramaticales de colegio y demás, porque mi
padre se acordó ya muy tarde de que yo era más rico de lo conveniente
para bregar con los terrones como un pelifustrán de tres al cuarto;
pero si reflexiono que tengo, como he dicho, medios para manutenciar á
una señora en todos sus requisitos, y genial para contemplarla como á
los oros de la Arabia, con tal que ella se contrapunte siempre en las
circunferencias del temor de Dios y de la buena ley á mí, creo que bien
puedo, sin ofender á nadie, echar un memorial en este respetive... ¿No
es verdad, doña Verónica?
--Me parece que sí,--tartamudeó maquinalmente ésta, que ya no sabía
dónde poner el cuerpo ni la vista, y, en fuerza de tirar de los picos
de la mantilla, había hecho de ella un turbante tunecino.
Antón, después de limpiarse el sudor con uno de sus dos pañuelos de
seda, continuó:
--Pues bueno: en contingencia de estas razones, y sin más ites ni
consonancias, sépase usted, Doña Verónica, que lo que yo quiero con
todas las ansias de la cortesía es... casarme con usted.
Tres sacudidas sintió Verónica en su corazón; tres sacudidas que le
produjeron en los oídos como tres cañonazos, y en seguida se le cubrió
la cara de un color más encendido que el del paraguas de su padre.
Jamás se había visto en otra el pálido semblante de la solariega. Sin
embargo, téngase en cuenta que no era oro todo lo que relucía. Lo
inesperado de la declaración, el sitio en que se le hacía, la novedad
del lance y el orgullo de raza, un si es no es agraviado, contribuyeron
no poco á producir el fuego que al cabo lograba inflamar una vez aquel
gélido organismo.
Antón, que al soltar la andanada había bajado la vista al suelo,
como si se asustara de su propio atrevimiento, osó levantarla hasta
la altura de la cara de Verónica, precisamente en el instante en que
ésta llegaba al colmo de su inflamación, digámoslo así... Y lectores,
preciso es confesar que á la hija de don Robustiano le iba el rubor
á las mil maravillas: ¡de veras que estaba guapa con las mejillas
coloradas!
Al conocerlo así Antón, no pudiendo contener la expansión de su
entusiasmo, exclamó, dando al mismo tiempo dos puñetazos al sombrero
que siempre conservaba respetuosamente en la mano.
--¡Doña Verónica, dígame usted que sí... ó me solivianto!
No sé qué entendería Verónica por soliviantarse en aquel caso; pero es
indudable que la palabra, y también algo la acción que la acompañó,
acabaron de desconcertarla... precisamente en el instante en que
don Robustiano doblaba el ángulo de la calleja. Verle la atortolada
muchacha, palidecer hasta lo de costumbre, escapar hacia la portalada
y cerrarla detrás de sí, dejando al entusiasmado Antón con la boca
cerrada y los ojos echando lumbre, fué cosa de un solo instante.
Pero don Robustiano la vió, y en el acto dedujo, así de su huída como
de la actitud de Antón, que allí había pasado algo extraordinario.
En consecuencia, acortó su ya bien lenta marcha y comenzó á hacer el
molinete con su bastón. Al llegar junto al hijo de Mazorcas hundió la
barbilla en los abismos de su corbatín, doblando el cuerpo hacia atrás
al mismo tiempo, y miró al chico frunciendo el entrecejo. Entonces
reparó Antón en el solariego; púsose encendido como un tomate maduro,
y apartándose á un lado saludó respetuosamente á don Robustiano; pero
éste, sin dejar de mirarle ni de hacer el molinete, continuó marchando
inalterable y silencioso hacia su casa.
Al entrar en ella y antes de cerrar la portalada, exclamó con acento
melodramático:
--¡Sol de mi estirpe! ¿habrá osado mirarte frente á frente ese
baldragas?
Era por carácter don Robustiano, como se ha visto, suave, apacible
y bondadoso hasta el extremo de que á su lado no hubiera habido un
pobre si sus recursos le hubieran permitido ser pródigo. Ni las
indispensables rencillas de vecindad, ni los manejos del ayuntamiento,
nada de cuanto constituye el interés y la comidilla favorita de la
gente de estas aldeas, lograba sacarle de su serena dignidad; pero que
oyera anteponer un _don_ al nombre de un plebeyo; que viera vestido con
una prenda dos dedos más larga que la chaqueta á un rústico labrador;
que entrara en aprensión de que su vecino no le había saludado al
pasar con la debida consideración, ó que tal otro se había reído del
marabú de su hija ó del escudo de su portalada... ya no dormía. Que se
atreviera alguien á sostener que cuatro miserables onzas de oro valían
más ó eran más dignas de respeto que todos los empolvados pergaminos
del más empingorotado infanzón; que le hicieran capaz de cruzar con
su sangre noble y pura la borra miserable de un destripaterrones; que,
como una provocación á su augusta pobreza, osara un villano meterle por
los ojos el brillo de su riqueza improvisada... ya se ponía trémulo é
iracundo, y era capaz de arrojar un sillón á la cabeza del provocador.
Por eso odiaba de muerte á Toribio Mazorcas. Zancajos vivía cerca del
palacio, en una gran casa pintada de verde y amarillo, con recios
muros de pulida sillería y elegante balconaje de hierro, respirando el
flamante edificio abundancia y alegría por todas partes. La contigüidad
de esta casa á la vieja, descolorida y vacilante de don Robustiano,
era, en concepto de éste, un reto desvergonzado y continuo á su rancia
dignidad. Por otra parte, en el pueblo era conocido el rico jándalo,
más que por Zancajos, por _don Toribio_, que por añadidura era bromista
y risotón como unas castañuelas. ¿Cómo había de sufrir en calma tan
irritantes provocaciones el fanático solariego? Júzguese ahora de lo
que pasaría por sus adentros cuando sorprendió á Verónica con el hijo
de Mazorcas en pecaminosa plática, según las señas.
No bien entró en casa, sin detenerse en su alcoba á quitarse el
sombrero y mudarse el casaquín, se dirigió al salón de Ceremonias,
tomó asiento en el sillón central y llamó con voz terrible á Verónica.
Ésta, que temiéndose algo grave andaba trémula y despavorida de rincón
en rincón desde que había llegado á casa, acudió al llamamiento de su
padre con la cabeza caída sobre el pecho y las manos cruzadas sobre el
delantal.
--Míralos frente á frente,--le dijo don Robustiano señalando á los dos
retratos de la pared.
Verónica obedeció, y por cierto muy satisfecha de que no se le exigiera
más.
--Esa impasibilidad me tranquiliza algún tanto--pensó don
Robustiano.--Y añadió en voz alta:
--Al volver de misa te he sorprendido en la calleja con ese ganapán
grosero, hijo del aún más rústico jumento de oro, Toribio Mazorcas...
Al verme, tú huiste despavorida y él se quedó hecho una bestia... Todo
esto es muy grave, Verónica, y me vas á decir lo que significa.
Y Verónica sintió, por segunda vez en el día y en la vida, arderle la
cara. Bajóla aún más, pero no contestó una palabra.
--¡Qué significa todo eso, repito!--añadió don Robustiano.
--Nada, señor padre,--contestó al fin la hija tartamudeando.
--¡Ira de Dios! ¿cómo que nada?
--Nada, señor padre.
--¡Celliscas y granizo! ¿Y esa vergüenza que te vende?... Si nada malo
has hecho, ¿por qué corriste al verme? ¿Por qué ahora, cuando te lo
pregunto, te pones encarnada?
--Porque como su merced está tan enfadado y es ésta la primera vez que
conmigo le sucede...
--Es la verdad: jamás te he reñido, y eso te probará la magnitud del
motivo de mi cólera... Así, pues, habla y no trates de engañarme: ¿qué
ha sucedido en la calleja?
--Yo, señor padre, verá su merced... Venía de misa, sola, porque su
merced se quedó hablando con el señor cura... y viniendo sola, al
llegar á la esquina del solar de Toribio pasó su hijo y me dió los
buenos días... Yo seguí, seguí hacia casa sin reparar en él siquiera...
cuando va y me llama con la mayor cortesía...
--¡Fuego divino!
--¡Señor, que me asusta su merced!
--¡Cortesía! ¡Cortesía!... ¡Cortesía un zamarro como ése!... ¡Cortesía
ese cerdo!...
--Sí, señor, con mucha cortesía...
--¡Acaba!
--Primeramente me dijo que tenía que pedirme un favor... y por eso
me paré... Entonces, entonces me habló de que sus sentimientos por
arriba, y de que si riqueza por abajo... y que yo... y mis prendas...
--¡Truenos y relámpagos! ¿Sería capaz ese camueso, rascaboñigas, de
decirte galanteos... á tí, á la nieta de cien nobles?
--¡Jesús María, señor padre, si su merced se enfada tanto!...
--¡Habla! ¿Qué sucedió al cabo?
--Pues nada, señor padre, que... me habló... yo no sé de qué... porque
la verdad es que no le entendí la mitad de lo que me dijo.
--¡Pero te faltó!
--No lo crea su merced, señor padre: ni una vez siquiera dejó de
llamarme _doña_ Verónica.
--Pues, hombre, hasta el extremo de negarte el don, el don que es
tuyo por derecho divino, pudo haber llegado ese pendejo... Pero vamos
adelante... ¿Qué más pasó? Apuesto una oreja á que te manifestó algunas
pretensiones.
Verónica, al oir esto, acabó de hundir en el pecho su cara cada vez más
roja. Don Robustiano saltó sobre el sillón y gritó fuera de sí:
--¡Rayos y centellas! ¿No lo dije? ¡Tú la has hecho hoy, Verónica!
--¡Señor--respondió ésta casi llorando,--puedo jurar á su merced que ni
siquiera me tocó en el pelo de la ropa!...
--¡Qué ropa ni qué pelo ni qué doscientos mil demonios? Te detuvo,
osó mirarte á la cara, hablarte, decirte chicoleos como á una tarasca
bardaliega; él, un panojo hediondo, un rocín indecente; á tí, mi hija,
la descendiente de un real trinchante y de cien señores de primer
lustre. ¿Qué más agravio? ¿Qué más profanación? ¿Qué más infamia? Pero
ya se ve; estamos en los tiempos de la igualdad... ¡de la canalla, digo
yo! y ya no hay picotas ni parrillas para los villanos insolentes ni
para los sacrílegos... ¡Verónica! tu madre, que murió al echarte al
mundo, tu noble, tu ilustre madre, la única mujer digna en estas siete
comarcas, por sus títulos de nobleza, de unirse á mí; tu madre, digo,
no te dió ese ejemplo. Hembra denodada y majestuosa, purgó como buena,
con un torozón y tres sangrías, el requiebro francés de un soldado de
Napoleón: «_charmante femme_[8]» la dijo al pasar, y ella, indignada,
aunque sin comprender la frase, á la vergüenza de aceptarla prefirió
caer desplomada en mis brazos... Pero tú no te has muerto al escuchar
la escoria inmunda que te arrojó al oído ese bodoque, mal criado y peor
nacido... Eres hija desnaturalizada, has prevaricado y no te quiero ver
delante... Vete, vete lejos de mí... y cuenta que no te pongo á pan y
agua... porque eso no sería penitencia para tí.
Verónica, sin esperar á que le repitiera su padre la orden, sin alzar
la cabeza y pisando corto y menudito, salió del gran salón y no se
detuvo hasta la cocina.
Cuéntase que don Robustiano al quedarse solo cayó de hinojos ante los
retratos de sus dos antepasados, y rodándole las lágrimas por sus
enjutas mejillas, ofreció á las roídas imágenes su vida inmaculada
en reparación del crimen de su hija, según él, primera _demagoga_ en
aquella larga y copetuda familia.