Un chal de muselina de lana rameado, y

Una mantilla de blonda con casco de tafetán, de color de ala de mosca.

Con estas prendas, más un par de zapatos con galgas en los pies, un

marabú en la cabeza y un abanico en la mano, ocupaba Verónica junto á

su padre el sitial blasonado en la Iglesia los días festivos, durante

la misa mayor.

Ordinariamente no usaba, ni tenía, más que un vestido de estameña del

Carmen, un pañuelo de percal y unas chancletas.

Y con esto queda anotado cuanto á nuestros dos personajes les quedaba,

que _de público_ se supiese.

Penetrando ahora en su vida privada para conocer también algo de ella,

conste que tenían un _Año cristiano_ y la ejecutoria, envuelta, por

más señas, en triple forro de papel de bulas viejas. Con el primero

daban pasto á su fervor religioso, leyendo todas las noches la vida del

santo del día. Registrando los blasones y entronques de la segunda,

fomentaban más y más su vanidad solariega.

Así nutrían el espíritu.

En cuanto al cuerpo, un ollón de verdura con escrúpulos de carne y un

torrezno liviano y transparente como alma de usurero, se encargaban de

darles el poco jugo que los dos tenían.

Exprimiendo y estirando hasta lo invisible las casi impalpables rentas

que les proporcionaban las tierrucas, podían permitirse _aliquando_

el lujo de una arroba de harina de trigo, que amasaba doña Verónica,

dándoles una hornada de panes que duraban tres semanas muy cumplidas,

alternándolos prudentemente con las tortas de borona que se comían los

dos ilustres señores á escondidas y con grandes precauciones.

He dicho que el _Año cristiano_ y la ejecutoria constituían el pasto

y deleite espiritual de esta familia, y no he dicho bastante, pues

conocía don Robustiano otro placer que, si bien muy relacionado con

el de hojear la ejecutoria, era aún mucho más grato que éste y, en

concepto del solariego, más edificante y transcendental. Consistía

en rodearse siempre que hallaba ocasión, y él procuraba encontrarla

casi todos los días, de aquellos convecinos suyos más influyentes

en el pueblo y de más arraigo, y evocar ante ellos las gloriosas

preeminencias de sus antepasados, de las que él apenas vislumbró tal

cual destello tibio y descolorido. En tales y tan solemnes momentos,

empezaba por explicar la significación histórica de las figuras de

su escudo de armas; por qué, verbigracia, el león era _pasante_ y no

_rampante_; por qué era grajo y no lechuza el pajarraco que se cernía

sobre el árbol central; por qué eran culebras y no velortos lo que se

enroscaba al tronco de éste; qué querían decir los arminios del tercer

cuartel, que los aldeanos habían tomado por un cinco de copas bastante

mal hecho, etc., etc... Y desde tal punto iba descendiendo poco á poco

por el árbol de su familia, cuyas raíces alcanzaban claras, evidentes

y perceptibles, hasta la época de los Alfonsos. En cuanto al espacio

comprendido entre esta época y las anteriores, la leyenda de sus

armas, esculpida en todos los escudos de su casa, copias fidelísimas

del que constaba en la ejecutoria, le llenaba digna y elocuentemente.

Decía así:

«_Antes que nobles nacieran,

Antes que Adán fuera padre,

Por noble era insigne ya

La casa de Tres-Solares_».

Y entonces entraba lo bueno. Según don Robustiano, sus mayores cobraron

_marzazgas_, _martiniegas_, _yantares_ y _fonsaderas_; no pagaron

nunca derechos al Rey «_é le fablaban sin homenaje_». Uno de ellos

fué _trinchante_, en época posterior, de la mesa real; y más acá,

acompañando otro á su Alteza á una cacería, tuvo ocasión de prestarle

su pañuelo de bolsillo y hasta, según varios cronistas, unas monedas

para obsequiar á un mesonero. Cuando pasó Carlos V por la Montaña

pernoctó en su casa, dejando por regalo al día siguiente un hermoso

mastín que apreciaba mucho el Emperador, el cual regalo dió origen á la

colocación de las dos esculturas que lucía la pared de su corral, una

á cada lado de la portalada, y que groseramente tomaban los aldeanos

por dos _de la vista baja_, ó sean cerdos, con perdón de ustedes. Aún

más acá, dos hembras de su familia fueron acompañantas de una Princesa

de sangre real, y un varón sostuvo cuarenta años pleito con el Duque

de Osuna, sobre si á aquél correspondía ó no poner seis plumas en vez

de cuatro en la cimera del casco del escudo. Todavía en tiempos más

modernos, ayer, como quien dice, un su abuelo fué _Regidor perpetuo_

de toda aquella comarca; otro cobró alcabalas y barcajes, y, por

último, su padre, como era bien notorio, gozó muchos años los derechos

de pontazgo y de pesca sobre tres pontones de otros tantos regatos

del país, y todos los cangrejos, langostinos y hasta _zapateras_ que

se cogieran en las mismas aguas de los propios regatos. Echar las

campanas á vuelo y sacar el palio hasta la puerta de la Iglesia para

recibir en ella ciertos días á algún pariente suyo, se vió en el pueblo

constantemente; sentarse junto al altar mayor en sillón de preferencia,

lo disfrutaba él; enterrarse cerca del presbiterio, todos, hasta su

padre inclusive, lo lograron por legítimo, propio y singular derecho.

¿Y privilegios de talas, de estrena de puertos y derrotas, exención

de plantíos y de reparto de camberas, ó prestaciones... y tantísimas

cosas más por el estilo?...--«Pero ¡ay, amigos!» (y aquí cambiaba don

Robustiano su tono campanudo y reposado por otro plañidero y dolorido)

«á otros tiempos otras costumbres. Cundieron los franc-masones; la

impía, la infame filosofía _del francés_ invadió los pueblos y cegó

á los hombres; cayó el Santo Oficio; asomó la oreja la Revolución;

aparecieron los herejes; dejaron de infundir respeto á la plebe cuatro

emblemas heráldicos esculpidos en un sillar; sostúvose sacrílegamente

que todos los hombres, como hijos de un padre común, éramos iguales en

condición, así como en el color de la sangre, creyéndose una grilla lo

de que algunos privilegiados la teníamos azul; para colmo de maldades,

nos hicieron trizas los mayorazgos y tragar más tarde una Constitución;

y como si esto junto no fuera bastante, para no dejarnos ni siquiera

una mala esperanza, muere Zumalacárregui al golpe alevoso de una bala

liberal. De tan horrible desquiciamiento, de tan inaudita perversión de

ideas, ¿qué había de resultar? El sacrificio estéril, pero cruel, de

cien víctimas inocentes como yo; la irrupción en los poderes públicos

de los descamisados; la herejía, el desorden, la confusión... el

escándalo universal».

Todo esto, y mucho más, decía don Robustiano á sus convecinos,

revistiéndose de cuanta elocuencia y dignidad podía disponer, con el

doble objeto de satisfacer esa necesidad de su alma y de vengar en los

groseros destripaterrones, con la exhibición de tanto lustre, ciertas

voces que corrían por el pueblo en son de burla sobre las privaciones

y estrecheces que sufrían los dos descendientes de tanto ringo-rango.

Por supuesto que los aldeanos oían al solariego como quien oye llover;

y al ver su casaquín raído, no daban un ochavo por toda la letanía de

grandezas que, puestas en el mercado, no valdrían á la sazón medio

celemín de alubias. Pero don Robustiano creía lo contrario, y se

quedaba tan satisfecho.

La misma relación hacía con frecuencia á su hija durante las largas

noches del invierno. ¡Y vaya si se engreía doña Verónica al conocer las

grandezas de sus progenitores! ¡Vaya si gozaba y si se le ensanchaba

el encogido espíritu con la ilusión de que estaba muchos codos por

encima de la grosera plebe que la rodeaba en su lugar, único mundo

que conocía! ¡Vaya si se juzgaba tan alta y tan ilustre como la más

encopetada princesa!

Todas las horas del día que estos entretenimientos, más los

indispensables de comer y dormir la siesta, dejaban libres á don

Robustiano, las invertía en pasear, bostezando, su larga, arrugada

y derecha talla por el balcón principal, ó _solana_, de su casa, si

llovía, ó por el solar si hacía bueno, echando de paso á la calleja las

piedras que los muchachos habían metido en el cercado al arrojarlas

sobre los castaños vecinos para derribar su codiciado fruto.

Verónica, entre tanto, recosía unas medias, soplaba la lumbre ó bajaba

al huerto á sallar media docena de berzas cuando estaba segura de que

nadie la miraba. Todo lo emprendía, todo lo tocaba y todo la aburría

al instante; porque es de advertir que Verónica, con toda su ilustre

condición, era, amén de otras cosas, tan holgazana como asustadiza,

recelosa y huraña.

Sabía leer mal y escribir peor, gracias á que su padre se lo había

enseñado en casa; pues éste no quiso que su hija, cuando niña,

asistiera á la escuela del lugar, donde necesariamente había de

rozarse, con peligrosa familiaridad, con toda la morralla femenil de

sus toscos convecinos.

Ya adulta, no la dejó tampoco asistir al _corro_ donde la gente moza

baila, goza y ríe; ni la permitió visitar una tertulia casera, ni una

_hila_, ni una _deshoja_.--Para que formara una idea del primero, la

acompañó varias veces á que le viera por encima de las tapias del

solar; en cuanto á las segundas, sólo las conocía, con repugnancia, por

los relatos exagerados que, respecto á descompostura y licencia, le

hacía don Robustiano.

De este modo la pobre chica pasó por su niñez y llegó al colmo de

su juventud sin una amiga, sin una compañera de juegos é inocentes

confidencias; sin haberse reído una sola vez con expansión; sin

poder deleitarse con el recuerdo de una mala travesura; sin un deseo

vehemente, sin una alegría completa, sin una pena, y lo que es peor,

sin poder darse cuenta de su propio carácter ni del de los demás.

La portalada de su casa, con la palanca perpetuamente atravesada por

dentro, no se abría sino en las ocasiones indispensables, ó cuando

llamaba á ella cierta vecina ya entrada en años, chismosa y cuentera,

que les hacía los recados y que, por un fenómeno inexplicable, se había

ganado el afecto y, lo que es más asombroso, la familiaridad de don

Robustiano, que no honraba con ella, por no desprestigiar su grandeza,

ni aun á su propia hija. Siendo esta mujer la única que trató Verónica

con intimidad, amoldóse por entero á su criterio; y tomando su voz

por un oráculo, hízose, por necesidad, chismosa como ella. Oir á esta

mujer y murmurar á su lado de todo el mundo sin conocerle, era la única

tarea que no cansaba á la solariega doncella.--Que no amó jamás, es

decir, que nunca tuvo novio, no hay para qué consignarlo; su corazón

fué siempre extraño á semejante necesidad, además de que su posición

era lo menos á propósito para creársela. En los mozos del pueblo,

como si fueran seres de otra especie, ni reparó siquiera, saturada

como estaba de las máximas aristocráticas de su padre. En cuanto á

pretendientes ilustres dignos de ella, ni los había á sus alcances,

ni á proponérselos de afuera se presentó embajador alguno dentro de

su corral ni, en verdad sea dicho, le atormentó un solo instante su

falta. La vida de Verónica, por obra y gracia de su señor padre,

pasaba, dentro de la casona, como fuera de ella la de los castaños:

éstos vegetaban con sol y aire; ella con el escaso pan de cada día,

los chismes de la vecina y las declamaciones de su padre. Sabía que

era noble, que le estaba prohibido el trabajo grosero, aun cuando le

necesitase para no morirse de hambre; sabía que eran plebeyos cuantos

seres la rodeaban en el pueblo, y como no la enseñaron jamás á cansarse

buscando la razón de las cosas ni el fundamento de ciertas ideas,

apegada á las suyas postizas, como el árbol á la tierra, dejaba pasar

sobre sí años y acontecimientos sin curarse más de ellos que de mi

abuela. Ni más sabía ni más necesitaba.

Escasísimas eran las palabras que entre ella y su padre se cruzaban

durante el día, si al buen señor no le daba por hablar de sus

antepasados, ó por renegar de los tiempos presentes, en los cuales los

hombres de su importancia nada tenían que hacer. Por lo demás, si bien

es cierto que no se amaban gran cosa, tampoco se aborrecían.

Don Robustiano sabía de memoria todos los apellidos ilustres de la

Montaña, y conocía, hasta en su menor detalle, sus respectivos lemas y

escudos de armas; pero jamás citaba á las familias sino por el nombre

del pueblo en que residían. Así, por ejemplo, decía: «_los de_..».[7],

y sabido era que se refería á la familia del señor don Fulano de

Tal, que radicaba en aquel punto. Profesaba á algunas de ellas, por

tradición, cordiales simpatías, y á otras, también por herencia,

odio implacable; pero ni las unas ni las otras podían jactarse de

haber atravesado, en los días de don Robustiano, los umbrales de su

puerta.--No era otra la causa de que cuando éste, de Pascuas á San

Juan, iba á visitar tal ó cual santuario, ó á espolvorarse un poco en

la feria de acá ó de allá, ó á la capital, rodease media provincia, si

era preciso, por no tocar en casa de _los de A_ ó _de B_, como en su

concepto mandaba la _buena cortesía_, si las tales casas se hallaban

en el camino recto. De este modo creía él que estaba excusado de

recibir en la suya visitas de tal calibre.

Por eso, cada vez que, después de oirse ruido de herraduras en la

calleja contigua, llamaba alguien á su portalada, salía corriendo

Verónica y decía, fingiendo la voz:

--¡No está en casa!

Y esta mentira la soltaba por el ojo de la llave, apretando fuertemente

con ambas manos el picaporte y cuidando mucho de que no se le vieran

las chancletas por debajo de la portalada.

Si el que llamaba no se alejaba en el acto, añadía ella con zozobra:

--¡Y no vendrá en todo el mes!

Y si aún insistía el de afuera, concluía la de adentro con espanto:

--¡Y está sola la casa... y se llevó la llave don Robustiano!

En seguida se retiraba, y su padre, que observaba el suceso con un ojo

por el ventanillo ó _cuarterón_ de la puerta del _estragal_, le decía

con febril ansiedad:

--¡Ahora arriba; y silencio, aunque echen la puerta al suelo!

Y el pobre señor sufría angustias de muerte cada vez que se hallaba en

trances semejantes, porque es de advertir que su carácter era afable

y expansivo, y su corazón noble y hospitalario; pero el orgullo, el

pícaro orgullo de raza, el ardiente celo por el lustre de su estirpe,

eran más fuertes que él, y no podía resignarse á mostrar aquel roñoso

polvo de su grandeza, aquella angustiosa desnudez de sus hogares

preclaros, á los, en su concepto, más esponjados rivales suyos en

timbres y pergaminos.

La verdad es que las grandezas interiores de la casa de don Robustiano

mejor estaban para apuntaladas que para vistas... Y á propósito: esta

ocasión es la más oportuna para dedicar á aquélla el párrafo que le

tenemos prometido.--Vaya, pues.

Dividíase el edificio en tres partes: baja, principal y alta. En la

primera se hallaban las cuadras, el anchísimo soportal y la bodega.

La segunda estaba, á su vez, dividida por un largo _carrejo_ en dos

porciones iguales, una al Sur y otra al Norte. Constaba aquélla de

tres piezas, dos de las cuales eran dormitorios y la restante un gran

salón llamado de _Ceremonias_ por la familia, y sépase por qué. Según

don Robustiano, allí recibían sus mayores los _homenajes_ de sus

_súbditos_; allí trataban y pactaban de potencia á potencia con los

señores de aquende y de allende en los apurados conflictos que surgían

á cada instante por cuestiones de etiqueta ó de administración;

allí, en fin, se verificaban todos los actos domésticos que más

sublimaban el recuerdo histórico de los ascendientes preclaros de don

Robustiano. Por eso consagraba éste al salón de Ceremonias un respeto

casi religioso: no entraba en él en mangas de camisa, ni escupía sobre

su suelo, ni consentía que se abriese más veces que las puramente

indispensables. Por lo demás, no le quedaban otras señales de sus

pasados altos destinos que dos retratos ahumados y sin fisonomía ni

traje perceptibles á la simple vista, aunque el solariego aseguraba que

eran las veras efigies de dos de sus abuelos; un sillón de vaqueta,

blasonado, tres sillas cojas, de lo mismo; una mesa apolillada, de

nogal, con gruesos relieves, y las ensambladuras del techo manchadas y

corroídas por las goteras. Tal es la historia del salón de Ceremonias,

y tal era el salón mismo. De las dos piezas inmediatas á él, hay muy

poco que hablar: estaban tan desnudas y deslucidas como el salón, y

es cuanto se puede decir: no contenían más que las camas, de alto y

pintarrajeado testero, eso sí; la percha de Verónica, una silla de

encina por cada cama, un Crucifijo y una mala estampa de Santa Bárbara

encima de la de don Robustiano, y otra percha para la ropa y sombreros

de éste.

La parte Norte constaba del mismo número de piezas que la del Sur;

pero una estaba ya sin tillado cuando Verónica vino al mundo; la otra

se quedó sin techo pocos años después, merced á una invernada cruel

que entró por el tejado, llevándose detrás los cabrios, las latas,

las tejas y el pedazo de desván correspondientes; la otra, sala de

comer y de tertulia en los buenos tiempos, había perdido la mitad del

muro exterior, quedando en su lugar un boquete que tenía que tapar

don Robustiano todos los otoños á fuerza de _rozo_, morrillos y barro

de calleja, únicas reparaciones asequibles á sus fondos, por el cual

boquete se empeñaban en meter la cabeza todas las iras del invierno.

Felizmente la cocina, que se hallaba en terreno neutral á una de las

extremidades del carrejo, había quedado servible y respetada de los

temporales. De manera que don Robustiano no había tenido más remedio

que irse replegando poco á poco á la parte del Sur, á medida que la

del Norte se arruinaba. Al fin y al cabo, el pobre señor, disponiendo

aún de media casa, y de media casa enorme, apenas podía revolverse en

ella, y eso que su ajuar estaba reducido á la última expresión. Para

comprender este, al parecer, contrasentido, hay que observar que en

cada salón de los dos citados se podía dar una batalla. Del desván no

quiero hablar, pues tal se hallaba, que hasta una mirada le conmovía.

No obstante, debe citarse un tesoro que encerraba, un tesoro, en

concepto de don Robustiano: dos piezas roñosas de una armadura de

un su ascendiente que peleó en San Quintín. Yo juraría que eran dos

grandes vasos ó canjilones de noria; pero cuando el solariego decía lo

contrario, sabido se lo tendría. Dentro del corral (que, como es de

ene, estaba al Sur y contiguo á la casa), había un pabellón habitable,

aunque muy pequeño, que don Robustiano llamaba _la glorieta_. Allí

tenía el solariego todos sus papeles de familia y escasísimos libros

de abolengo en una alacena embutida en la pared junto á una mesa de

castaño, sobre la que había una carpeta de badana y un tintero de

estaño. Enfrente del pabellón había una teja-vana que servía de leñera,

y al lado de ésta un pozo con el correspondiente lavadero.

Añada el lector á todo lo que queda dicho un largo balcón á cada

fachada del edificio, un escudo de armas grabado en alto relieve sobre

cada puerta, y media torre almenada cubierta de hiedra en el ángulo

del vendaval, y tendrá una idea de lo que era por dentro, por fuera,

por abajo y por arriba la casa de don Robustiano Tres-Solares _y_ de

la Calzada, llamada en el pueblo, de cuyo nombre tampoco yo quiero ni

debo acordarme, el _palacio_.

Hemos dicho que de higos á brevas hacía don Robustiano un viaje á la

capital, ó á alguna feria ó santuario de la provincia, y es conveniente

añadir aquí _cómo_ le hacía; pues este cómo le comía á él la atención

mucho tiempo antes y después de la expedición, y constituía uno de los

acontecimientos más graves de su estirada y económica existencia.

Concebido el proyecto cuatro ó cinco meses antes de realizarle,

le consultaba con Verónica y con la almohada, soñaba con él y le

rumiaba con lo que comía; y sólo á vueltas de muchas semanas de brega

se atrevía á aceptarle como un hecho, tras de muchos y muy recios

suspiros, como aquél que se decide á acometer una empresa heroica y

descomunal. ¡Y entonces empezaba el trajín gordo! Examen por Verónica

del vestido de gala de su padre, costura á costura, botón á botón,

pelo á pelo; pasada al calzoncillo; remiendo á la espalda del chaleco;

zurcido á la pechera de la camisa; refuerzo á un ojal; cepillo y saliva

á esta mancha; estirón y puñetazo á aquella arruga; reposición de

jaretas... y para todo ello, en atención á la transparencia y esencial

debilidad de las prendas, un pulso y un equilibrio en los movimientos

como si se anduviera con telas de araña ó panes de dorar. Esto, por lo

que hace á Verónica.

Don Robustiano, por su parte, frotaba las botas con parvidades de

tocino; las ponía al sol dos ó tres días, y cuando ya las hallaba

flexibles y á su gusto, golpe de cepillo y betún, hasta que corrían por

su pellejo enjuto mares de sudor y asomaba al de las botas un destello

vergonzante y ruboroso de lustre. Examinaba pieza á pieza todas las

de la montura de su jamelgo, y afirmaba con bramante encerado las

flaquezas de aquellos achacosos viejos restos de mejores días; pero

en lo que echaba todas sus fuerzas y ponía los cinco sentidos, era

en bruñir las armas de su casa esculpidas en las placas enmohecidas

del frontalete y del pretal, y en las abrazaderas de los estribos de

_celemín_. Un mocetón, hijo de un rentero suyo, que al día siguiente

había de servirle de paje, ó espolique, se encargaba de rascar con un

par de _garojos_ el encrespado pelambre del rocín que, pastando siempre

á su libertad, como ya se ha dicho, estaba hecho una miseria á fuerza

de revolcarse en el polvo y en el barro de las callejas.

Al amanecer se levantaba don Robustiano el día destinado al viaje;

daba, por extraordinario, un pienso de maíz al penco; le ensillaba,

colocaba en sus respectivos sitios las alforjas y la capa, y dejando

las bridas preparadas junto al pesebre, mientras con los granos en

él diseminados se regodeaba el manso bruto, se vestía pausada y

escrupulosamente con las galas que conocemos, tomaba un huevo pasado

por agua, y después de almorzar en la cocina un torrezno el espolique,

vestido de día de fiesta y con la chaqueta al hombro, bajaban ambos al

corral. Allí se embridaba el caballo; daba don Robustiano, por vía de

prueba, un par de tirones á las cinchas, y, calzando una espuela en el

pie derecho y santiguándose luego tres veces, decía al paje, puesto ya

en actitud de montar:

--Cuidado con olvidarse de los requisitos de costumbre; sobre todo,

á la llegada al parador. Allí, ya lo sabes, fuera el sombrero y en

seguida mano al estribo y al bocado. Yo, aunque viejo, soy bastante

ágil, y si no hay correspondencia y auxilio en los movimientos, puedo

llevarme detrás la silla al desmontar; y ¡á fe que haría la triste

figura un hombre de mis circunstancias rodando por el suelo á los pies

de su caballo! Por lo demás, distancia respetuosa siempre... y lo que

te he repetido mil veces.

Y esto tan repetido era, que mientras caminasen por callejas ó

sierras solitarias podía permitirse el paje tal cual interpelación

ó advertencia familiar á su amo; pero que se guardara muy bien de

hacerlo y de no observar la más rigorosa compostura cuando atravesasen

barriadas ó caminos reales. Sólo en casos muy apurados le concedía

el derecho de interpelarle en público, y eso con tal que no omitiese

el previo _señor don_, exigencia en la cual no hubiera hallado nada

que reprochar el mismo ilustre paisano suyo, el famoso _Don Pelayo_,

_Infanzón de la Vega_.

¡Y era cosa de admirar cómo cabalgaba don Robustiano! Erguido, cerrada

sobre el muslo la diestra mano, las riendas en la izquierda á la altura

del estómago, las cejas arqueadas y los labios contraídos, impasible

á todo cuanto á su lado ocurriese, atento sólo á devolver los saludos

que le dirigían los transeúntes; hundido hasta la cintura entre la capa

arrollada en el arzón delantero y las alforjas; fijando alguna vez los

ojos fruncidos en el rígido cuello de su cabalgadura, y dándose aires

de inquietud por los desmanes fogosos de ella, como si capaz fuese

de permitirse tanto lujo de vigor. Á una vara del estribo izquierdo

marchaba el espolique con su chaqueta y el paraguas del amo al hombro,

al mismo trote pausado y monótono del rocín.

En tal guisa, parándose á respirar á la sombra de este castaño,

bebiendo el mozo un trago de lo fresco... en la fuente de más allá,

llegaban al punto prefijado, del que necesariamente habían de volver á

casa antes que el sol se ocultase; pues el solariego, ni por razón de

alcurnia ni de carácter, osaba caminar de noche, inerme y solo, ó poco

menos.

Era de rigor entre los hombres de su importancia volver con las

alforjas llenas. Don Robustiano las atacaba de lechugas, ó de cualquier

otro vegetal parecido que, costando poco, abultara mucho.

Sus expansiones con Verónica durante muchos días después de la

expedición y á propósito de ella, eran del siguiente jaez:--¿Por

qué me miraría tanto un lechuguino que hallé en tal punto? Quizá me

conociera. Lo mismo me sucedió con unos personajes que iban en coche:

hasta sacaron la cabeza para verme mejor.--Creí conocer á una dama que

viajaba en jamugas.--Me pareció, á lo lejos, bastante deteriorada la

casa de _los de Tal_.--De los siete que comimos en la mesa redonda,

tres debían de ser títulos: uno de ellos me hizo plato; los demás me

parecieron gentezuela de poco más ó menos... Por cierto que ahora se

gastan unos carranclanes que con ellos parecen títeres los hombres: _el

marqués_ que comía á mi derecha tenía uno.--En el pueblo de Cual se

está levantando un palacio: supuse que le harían _los de X_... pero se

me dijo que le fabricaba ¡pásmate! un rematante de arbitrios...

Si el viaje había sido á Santander, los comentarios subsiguientes,

aunque del mismo género, eran más minuciosos, y jamás se le olvidaba

contar que, merced á su destreza, el caballo galopó muy erguido al

salir por la Alameda, á consecuencia de lo cual todo el _señorío_ que

en ella paseaba se le quedó mirando, y muchos personajes le saludaron,

entre ellos uno que llevaba bastón con borlas y que, en su concepto,

debía de ser el Intendente.

Creo que el lector, con lo que apuntado dejo hasta aquí, tiene cuanto

necesita para conocer, algo más que superficialmente, al nobilísimo

don Robustiano. En esta inteligencia omito de buen grado otros muchos

detalles que aún pudieran añadirse al bosquejo. Pues bien: este

personaje, en la ocasión en que yo le exhibo y tal como ustedes le han

visto, era feliz. Y quiero que así conste, por si de los pormenores

referidos no se desprendiese muy clara semejante felicidad que,

dicho sea de paso, no debe chocar á nadie que se fije un poco en las

condiciones morales del solariego.

«Las revoluciones, el materialismo grosero de la época», aboliendo los

derechos y las preeminencias que llenaron las escarcelas y los graneros

de sus mayores, barrieron hasta el polvo de sus pergaminos, sobre los

que ya no fiara el siglo una peseta, y dejaron limitado el sostén de

su grandeza al miserable producto del exiguo mayorazgo, castigado en

la mies por la cizaña y el _pan de cuco_, y en el hogar por el orín y

la polilla. Pero aún su vanidad era independiente; aún no había tenido

que humillarla delante de ningún _villano_ en solicitud de un mendrugo

para acallar el hambre; aún el árbol venerando de la familia se

ostentaba virgen, sin el mejor ingerto de leña grosera; aún la piqueta

revolucionaria no había profanado los enhiestos escudos de su morada...

en una palabra, don Robustiano tenía pura la sangre de su linaje, pan

para nutrirse y casa blasonada que le prestaba abrigo en el invierno y

sombra en el verano. Es decir, tenía cuanto un pobre de su alcurnia, de

sus ideas y de su carácter podía apetecer en los tiempos que corrían, y

en ello fundaba su mayor vanidad.

Tipos y paisajes · 第 46 / 63 题