La muerte edificante de la Miruella produjo en la casa de la portalada
los efectos más maravillosos. Juana volvió á ser la moza robusta y
fuerte, porque Felipe se casó con ella en seguida, sin más excitaciones
nuevas que las de su conciencia. Teresa no volvió á tener cardenales en
el cuerpo ni amarguras en el alma, porque Gorio, libre de la pasión del
vino, no la pegaba jamás; y como éste reconquistó su antigua condición
de labrador activo é inteligente, supo recuperar parte de la hacienda
malvendida en azarosos días, y con ella el bienestar de toda la familia
que, como ya no creía en brujas, arrojó por las bardas del corral los
azabaches del rojillo, con lo cual no quedó éste tan tranquilo como
deseara.
_Pero_ ¿querrán ustedes creer que antes de cumplirse un año de la
muerte de tía Bernarda, ya había en el mismo pueblo, si no en el
mismo barrio, otra bruja tan odiada, tan temida y tan _bruja_ como la
Miruella?