Celipe (a) _Fantesía_, era un mozalbete presumido, con humos y tal cuál
prueba de seductor. Últimamente se hallaba en matrimoniales proyectos
con una huérfana que tenía doce carros de tierra y media casa, aunque
en manos de su tutor y tío, gran pleitista y enredador, con quien vivía.
En el momento en que aparece en escena Celipe, á la ventana del cuarto
que ocupaba en el portal, especie de lobanillo característico de la
mayor parte de las casas de aldea montañesas, la cual habitación se le
había cedido porque no molestara á la familia en las altas horas de la
noche al volver de sus frecuentes galanteos y francachelas, mirándose
la cara en medio palmo de vidrio azogado, aprovecha los últimos
fulgores del crepúsculo para atusarse el pelo sobre las sienes, mojando
los dedos en su propia saliva.
Antes se había calzado sus zapatos amarillos con lazos verdes y
encarnados, y vestido su chaleco de pana con profusión de galones de
color en las orejillas de la espalda. Cuando acabó su peinado echó
la chaqueta sobre el hombro izquierdo, se colocó un calañés en la
cabeza, muy tirado á la derecha, y se dispuso á salir. Aquella noche
iba á _cantar_ á su novia, y esperaba que ésta le recibiría después en
la cocina. Por eso se pulía tan esmeradamente. En esto oyó sonar la
campana grande de la iglesia, con un tañido especial.
--Tocan á _administrar_[4]--dijo para sí.--¿Á quién será?
Al mismo tiempo oyó llamar á la puerta de su cuarto.
--¡Ave María!
--¡Sin pecado concebida!--respondió abriéndola de par en par.
Y se halló frente á frente con don Perfecto.
--Buenas noches, Felipe.
--Buenas las tenga, señor cura,--contestó Felipe muy sorprendido.
--¿Te extraña mi visita?
--Á la verdá que... no sé qué pueda traer á usté por aquí á estas horas.
--La cosa más natural del mundo, hijo--replicó don Perfecto entrando en
el cuarto y cerrando la puerta.--Cuando el prójimo no viene á nosotros
en las grandes ocasiones, hay que ir á buscar al prójimo adonde quiera
que se encuentre.
--Y, si á mano viene, ¿en qué puedo servir á usté?
--En mucho, hijo, en mucho... Pero ¿estamos solos?
--No hay en casa más que mi padre, y ese anda en la _corte_ arreglando
el ganao.
--Corriente; y si me viera, no faltaría una disculpilla que darle...
Ahora, óyeme. Hace siete meses fuiste una noche á despertarme y me
pediste, por la honra de una mujer, que diera sepultura sagrada al
cadáver de un niño recién nacido que traías debajo de la capa...
Como me aseguraste que el niño había recibido agua antes de morir,
y yo respeté el misterio en que querías envolver el asunto, y mucho
más la honra aquélla de que tanto me hablaste, sin meterme en más
averiguaciones, que, en todo caso, competían á Dios en el cielo y á la
humana justicia en la tierra, dí sepultura al cadáver, sagrada como era
debido.
--Y Dios le pagará á usté la buena obra,--dijo con notoria emoción
Felipe.
--No se trata de eso ahora, sino de que la madre de ese niño se está
muriendo de vergüenza y de pesar; de que esa agonía espantosa se
atribuye á otras causas inventadas, que perjudican á la buena fama de
una inocente, y, por último, de que el único que puede devolver la
salud y la paz á esa madre y la honra á la culpada, es el padre del
niño que tú llevaste á enterrar aquella noche.
--¿Y qué tengo que ver yo?...--tartamudeó Felipe, más pálido que su
camisa.
--Mucho--respondió don Perfecto en tono decidido;--mucho, Felipe;
porque tú eres el padre de ese niño y el seductor de su madre.
--¡Bah, bah!... señor cura--repuso el mozalbete, desconcertado ante
aquella estocada á fondo.--Y aunque eso fuera verdá, ¿qué había de
hacer yo al auto de?...
--Cumplir una palabra que comprometiste á cambio de una honra que
quitaste. Pagar lo que debes á Dios, si eres cristiano, y al mundo si
eres honrado.
--Señor cura--observó tímidamente el jaque,--yo... Y, por último, ya
hablaremos de eso.
--No, hijo mío, no; tenemos muy poco tiempo que perder, y por eso vengo
ahora á tu casa.
--Además, hay otros compromisos para mí de mucho... de mucho aquel,
que...
--No hay mayores compromisos que los de la conciencia, Felipe... Y te
advierto que si tratas de realizar proyectos que se opongan á lo que
hiciste con esa infeliz, que se muere de vergüenza, no te perdonará
Dios, ni en el mundo habrá paz para tí.
No era Felipe malo de corazón, pero le tiraban mucho los doce carros
de tierra y la media casa de la huérfana; mucho más que los compromisos
contraídos en momentos de vértigo amoroso, sin que por eso dejaran
éstos de morderle un poco la conciencia á cada seguidilla que echaba
á la ventana de su nueva amada: así fué que en el largo rato que duró
su conversación con don Perfecto, nada pudo éste conseguir de él sino
evasivas más ó menos respetuosas.
Entonces fué cuando el cura se resolvió á echar mano del recurso en
que había pensado, por lo cual había ido á aquella hora y en aquellas
circunstancias á ver á Felipe.
--Ya que no me concedes este favor, que al cabo había de redundar en tu
bien--continuó don Perfecto,--no me negarás otro que también vengo á
pedirte.
--Hable usté, señor cura--dijo más animado por su supuesta victoria el
mozalbete,--que en siendo cosa que yo pueda...
--¿Quieres acompañarme á llevar el Santo Viático á un enfermo?... No
tengo quién me ayude, si no es un chico que por caridad se ha prestado
á tocar la campana que estás oyendo.
--Eso para mí es una obligación, don Perfecto, y siempre que puedo lo
hago, cuanto más ahora que usté me lo pide... ¿Y quién se muere?
--La Miruella, hijo.
--¡La Miruella! ¿Y de qué?... ¡Si la he visto esta mañana!
--¿De qué? De vieja; y además de... de un golpe.
--¡De un golpe!...
--Sí, hijo, de un golpe. Una madre que la tiene odio porque cree que su
hija se muere embrujada, ayudada de la ira que la cegó, la tiró con una
piedra y...
--Y esa hija... ¿es verdá que se muere?
--Sí; pero se muere de vergüenza, porque á título de casamiento...
--¡Vamos, vamos, don Perfecto á llevar el Señor á tía
Bernarda!...--exclamó aturdido Felipe, como si no quisiera oir más de
aquellas palabras que caían sobre su conciencia como gotas de plomo
derretido.
Un cuarto de hora después salía de la iglesia el Rey de los Reyes
en manos del digno sacerdote. Iban delante Felipe, con un farol y
un Crucifijo, y un muchacho que hacía sonar acompasadamente una
campanilla; detrás, casi todo el barrio y parte de los más próximos á
la iglesia, descubiertos los hombres, y las mujeres con un refajo sobre
la cabeza, llevando una luz en la mano cuantas habían podido hallar en
casa un mal cabo de vela.
Cuando la imponente comitiva llegó á la plazoleta que conocemos, se
vieron, al escaso resplandor de las luces, arrodillados fuera de la
portalada, á Teresa, que lloraba; á Juana, que parecía ser ella la que
necesitaba el último consuelo de la religión; al rojillo, que tiritaba
de miedo, y á Gorio que, disipada ya su borrachera, hundía la cara en
el pecho, como si se avergonzara de exponer tanta abyección y tanta
miseria delante de tanta majestad y tanta pureza. Estos personajes
se agregaron luego á la comitiva y entraron con ella en casa de la
Miruella, no sin grandes apreturas, por la excesiva estrechez de
aquélla. Teresa y Gorio no se contentaron con entrar, sino que se
pusieron cerca del altar que se había improvisado sobre una vieja mesa
cerca del lecho de la enferma. El señor cura había cuidado también
de revestir las paredes inmediatas con dos colchas suyas de percal,
para hacer aquella pobre morada menos indigna del Huésped que iba á
honrarla[5].
Al verle tan cerca de sí, la moribunda anciana quiso incorporarse, pero
sus fuerzas no se lo permitieron.
--Teresa... Gorio... Juana... Antonia... Felipe...--dijo en seguida, y
á medida que iba distinguiendo las personas que la rodeaban, con una
voz que, aunque débil, se dejaba oir de todos, por la pequeñez del
recinto y el silencio que en él reinaba,--¿tenéis algún resentimiento
contra mí?
--No,--contestaron vigorosamente todos aquéllos que, una hora antes,
hubieran dado de buena gana un tizón cada uno para quemarla viva.
--¿Me perdonáis cualquier agravio, cualquiera ofensa que en vida os
haya podido hacer?
--Sí perdonamos.
--Yo, en cambio, os juro... en presencia de Dios que voy á recibir...
que jamás mi lengua se movió para infamaros, ni mis manos para
ofenderos, ni mi corazón para odiaros... que os hice todo el bien
que pude, y que no pagué... con deseos de venganza el mal... que de
vosotros recibí...
Teresa, á quien ahogaban los sollozos, no pudiendo contenerse más,
avanzó hasta el lecho, y cogiendo entre las suyas las manos de la
anciana, exclamó besándoselas al propio tiempo:
--Y yo que tanto la he ofendido á usté, ¿cómo he de esperar que me
perdone?
--Hija mía--respondió la moribunda,--si Dios murió por salvar á los que
le crucificaban, ¿cómo yo, miserable criatura... no he de perdonarte
la falta... de haberme querido mal... porque creías... que así obrabas
bien?...
Lo patético de este cuadro conmovía á todos. Felipe, aquel fachendoso
que oía la misa de pie en el altar mayor, atusándose el pelo y mirando
á las muchachas, clavaba sus rodillas en el suelo, y su vista, turbada
por el llanto, en el Crucifijo. El mismo Gorio se mordía los labios,
como si en su obstinada dureza quisiera protestar contra los impulsos
de su corazón; retiraba de su frente los ásperos mechones de su salvaje
cabellera, y se afanaba por ocultar con disimulo debajo de la chaqueta
las manchas de vino que afrentaban su camisa. Era la primera vez que
sentía asco y repugnancia de sus propios vicios.
El sacerdote, con la Hostia en la mano, brillando en sus ojos las
lágrimas como perlas de purísimo rocío al reflejo de la luz que
levantaba Felipe en un brazo trémulo, tenía en su semblante algo de
sobrehumano, poseído como estaba de la sublime grandeza de su augusto
ministerio; más sublime entonces que nunca; entonces, al dar la vida
espiritual á un moribundo y acabando de convertir en suave y benéfico
rocío de amorosas lágrimas un torrente de malas pasiones.
* * * * *
Después de comulgar, la anciana pasó algunos minutos en el recogimiento
más profundo, observándose en su semblante, cada vez más determinados,
los signos de la muerte.
El cura volvió á aproximarse á ella, dirigiéndola fervorosas
exhortaciones.
--No me acerco á Dios--dijo la moribunda con voz cada vez más débil,
pero con evidente deseo de ser oída de los circunstantes;--no me acerco
á Dios... con la serenidad del justo... pero sí con la esperanza del
que... no le ha ofendido... ni con blasfemias... ni con difamaciones...
ni con escándalos... No estoy... tan firme... que no tiemble... cerca
ya... de la divina presencia... porque pecadora soy... pero... ¡bendito
sea el Señor... por tanta gracia!... libre me veo... del espantoso...
tormento... que pasar deben... en este mismo trance... los que dejan...
en el mundo... por señal... de sus vicios... hijos sin pan... familias
sin sosiego... vidas sin honra... ¡Dios mío!... perdón para... ellos...
y para... mí... también...
Y espiró.
--Su alma está ya en presencia de Dios,--dijo entonces conmovido el
sacerdote, levantando sus ojos al cielo.
En seguida, tomando tema de aquel ejemplo, predicó grandes verdades y
muy al caso. El terreno no podía estar mejor dispuesto para recibir la
semilla.
Antes de volver á la iglesia el religioso cortejo, todos se brindaron á
porfía á velar el cadáver durante la noche.
--Eso me corresponde á mí--dijo el buen cura:--la acompañé en vida, y
no debo abandonarla hasta el sepulcro.