LAS BRUJAS

I

Con decir que el paisaje que el teatro representa en este cuadro es

montañés, está dicho que es bello, en el sentido más poético de la

palabra. De los detalles de él, sólo nos importa conocer un grupo ó

_barriada_ de ocho ó diez casas cortadas por otros tantos patrones

diferentes, pero todos del carácter peculiar á la arquitectura rural

del país. Tampoco nos importa conocer toda la barriada. Para la

necesaria orientación del lector, basta que éste se fije en dos casas

de ella: una con portalada, solana de madera y ancho soportal, y otra

enfrente, separada de la primera por un campillo ó plazoleta rústica,

tapizada de yerba fina, malvas, juncias y poleos. Esta casa, que apenas

merece los honores de choza, sólo descubre el lado ó fachada principal

correspondiente á la plazuela; los otros tres quedan dentro de un

huertecillo protegido por un alto seto de espinos, zarzas y saúco.

Los tesoros que guarda este cercado son una parra achacosa, verde de

un solo miembro, dos manzanos tísicos y algunos _posarmos_, ó berza

arbórea, diseminados por el huerto, que apenas mide medio carro de

tierra.

En el momento en que le contemplamos, la parra tiene media docena de

racimos negros; los manzanos están en cueros vivos, y los posarmos en

todo su vigor; la puerta de la casuca permanece herméticamente cerrada,

y, agrupados junto á la parte más transparente del seto, hay hasta

cinco chicuelos mirando al interior del huerto, todos descalzos y en

pelo, con un tirante sólo los más, y los calzones íntegros los menos.

El más alto es mellado; el más bajo es rubio como el pelo de una

panoja; otro es gordinflón, con unos ojazos como los del buey más

grande de su padre; el cuarto tiene un enorme lunar blanco en medio del

cogote, y el quinto las cejas corridas y un ojo extraviado.

--¡Madre del devino Dios!--exclama el rojillo,--¡qué grande es aquél

que cuelga cancia el suelo!

--No, pus el otro que está á la banda de acá--objeta el del

lunar,--puei que pese tres cuarterones.

Á todo esto el gordinflón, que está en la última fila, se pone de

puntillas y, relamiéndose los hocicos, dice con fruición:

--Y bien maduros que deben de estar... ¡Me valga, cómo negrean las

uvas! ¡Paicerán las puras mieles!...

--Puei que saban á pez,--observa el rojillo.

--Sí, á pez... ¡como no saban á pez!...--replica el grandullón.

--Pus ello--dice el del lunar,--yo no las comía.

--Tocante á eso, puei que yo tampoco--añade el rojillo;--pero puei que

sí por otro lao, que á Andrés el de la Junquera bien le sabieron el

otro día que saltó el huerto y apandó un rucimo.

--Pero ¡contra!--observa el mellado,--ello tamién semos bien güeis,

¿por qué mos han de saber á pez esos rucimos?

--Porque es bruja el ama,--responde el gordinflón con cierta solemnidad.

--Y como que es bruja--añade el rojillo,--tiene los mengues, y tuviendo

los mengues, too lo que es suyo sabe á azufre, y supiendo á azufre,

toos los cristianos que lo comen revientan de contao.

--Y tamién paece ser que los que son miraos con enquina por las

brujas,--dice el del lunar.

--De eso se murió el otro día la hija del tío Juan Bardales--replica

el rojillo.--Y jué y la encontró allá abajo la bruja, ajunto casa del

señor cura, y jué y no dió á la bruja los güenos días, y jué la bruja

y la miró así, así, así... no, más arrevesao entovía... así, así, así;

y jué y entráronle unas tercianas á la otra; conque, hijos de Dios,

antayer la dieron tierra.

--Y tamién le entró solengua al güey de la viuda, porque la bruja le

tocó con el palo...

--Y dice que la otra noche apaició amontá encima del campanario,

dimpués de haberse chumpao el aceite de la lámpara del altar mayor, y

al dir el campanero á tocar al alba vióla allí agarrá al mango de la

escoba; y quisiendo espantarla, hizo la señal de la cruz dijiendo al

mesmo tiempo «¡Jesús!» y la bruja se comirtió en un cárabo y tresponió

los aires y se jué al monte. Dicen que enestonces golvía de Cerneula de

bailar con el enemigo malo.

--¿De modo y manera que en hiciendo la señal de la cruz se va?

--Ó tuviendo ajos y acebache al piscuezo, como tengo yo--dice el

rojillo,--y por eso no se ha metío conmigo como con mi madre, que toas

las mañanas se levanta con el cuerpo amoratao, de pura dentellá que le

ha dao la bruja por la noche.

--Pus á tu hermana--repone el gordinflón dirigiéndose al rojillo,--no

le han valío los acebaches, que bien la ha chumpao la bruja.

--Eso fué endenantes, cuando no sabíamos la melecina; pero dende

enestonces acá no ha díó á más la ruinera.

--Y si no le ven á uno las brujas--pregunta el bizco, hasta ahora

silencioso, aunque atento observador de todo lo que hacen y dicen sus

camaradas,--¿no pueden hacerle mal?

--Creo que no,--responde el rubio.

--Pus enestonces, ahora que no está ella en casa, bien podíamos

saltarle el huerto.

--Eso digo yo tamién.

--Pus sáltale tú, que en too caso tienes _amenículo_[1],--propone el

grandullón.

--¡Cóntrales!... no me atrivo con too y con eso.

--¡Devino Dios!--exclama al mismo tiempo el gordinflón metiendo los

ojazos por el bardal,--si paece que los rucimos le están dijiendo á uno

que los arranque.

--Anda, hombre, entra por un ver...

--Cóntrales, no matentéis la cubicia...--dice el rubio, á quien le

bailan ya las piernas.

--¡Cudiao que aquél de allá lantrón es manífico!...

--¿Saberá ese á pez, tú?

--Tocante á eso--observa el rubio, con un pie ya en el seto,--podíamos

cogerle, y dimpués pipiabas una uva, ¿eh? y dimpués escopías, dijiendo

«Jesús»; y dimpués pipiabas otra uva, ¿eh? y escopías y decías «Jesús»;

y dimpués pipiabas otra uva y decías «Jesús», y escopías; y si no

sabían á pez las pipiabas toas dijiendo «Jesús». ¿No verdá?

Como se ve, el rubio necesitaba muy poco para decidirse á entrar en el

huerto; y como lo conocían también perfectamente sus camaradas, no les

fué difícil arrancarle sus últimos escrúpulos.

--Pero ¡contra!--observó todavía el travieso rapaz mirando con gran

avidez á la portalada de enfrente y rascándose la cabeza á dos

manos;--si me guipa mi madre, va á ser pior que si me cogiera la bruja

mesma.

También este recelo supieron desvanecerle sus amigos, prometiéndole

una vigilancia escrupulosa. En seguida le ayudaron á elevarse sobre

el seto, y desde aquella altura, no sin santiguarse antes y besar el

amuleto de ajos y azabache que llevaba al cuello, se dejó caer en el

huerto.

--No me aceleréis ahora, ¿eh?--dijo desde adentro.

--No tengas cuidao.

--¿Viene anguno?

--No vien delguno. No ta-celeres por eso.

Pasaron escasos cinco minutos de anhelosa emoción para los de afuera, y

al cabo de este tiempo apareció en el aire, y sobre el seto, un racimo

como un lebrato, que fué á caer á los pies de los cuatro muchachos.

--¿No pipiar, eh?--dijo el de adentro.

--No pipiamos, no,--respondieron los de afuera, recogiendo uno el

racimo y los otros las uvas dispersas.

Tomábanlas entre los dedos, como si quemaran, y entre escupitinas y

conjuros las llevaban á los labios, probando apenas su provocativo

licor.

--Pus no me sabe á pez,--se aventuró á decir uno, muy por lo bajo.

--Tampoco á mí,--añadió otro.

--No vos engoloséis mucho tovía, pusi-acaso,--advirtió el gordinflón,

que no se atrevía á chupar una mala uva.

Otro racimo cayó del huerto,

--¿No pipiar, eh?--volvió á decir el de adentro.

--¡Que no pipiamos, contra!... ¡Me valga, qué hombre más esconfiao!...

Y mientras el rojillo andaba bregando en la parra con el tercer racimo

y sus camaradas probando y escupiendo las uvas de los otros dos, se

abrió la puerta de la casuca y apareció en el hueco una viejecita

encorvada sobre un palo, con una alcuza en la mano, cubierto el tronco

con una raída saya de estameña parda, y dejando asomar por la abertura

superior una carilla macilenta, compuesta de una nariz y una barbilla

que se juntaban sobre la boca, no permitiendo ver de ésta más que las

dos extremidades, de dos agujeros en que apenas oscilaba un rayo de luz

mortecina, y de una tercia escasa de arrugado pergamino para revestirlo.

La vieja volvió á trancar con una llave roñosa la insegura puerta que

acababa de abrir para salir por ella, y renqueando se dirigió á la

parte de la plazoleta en que estaban los chicuelos, para buscar la

calleja con que lindaba por aquel extremo.

Verla los chicos, hacer la señal de la cruz, dejar los racimos en el

suelo y desaparecer como una bandada de palomas á la vista del milano,

fué todo uno.

Al mismo tiempo aparecía sobre el seto el rojillo con el tercer racimo

entre manos. No sé si la vieja le vió; pero tan clara vió él á la vieja

y tal horror se apoderó de su ánimo, que vacilando entre la idea de

volverse al huerto ó de saltar á la otra parte, enredáronsele los pies

entre las zarzas, perdió el equilibrio y cayó junto á los dos racimos

abandonados y á los pies de la anciana, hiriéndose las narices contra

un morrillo.

Detúvose sobrecogida la mujer al verle en tal estado, y tratando de

incorporarle,

--Hijo mío--le dijo con cariño,--te pudiste haber matado... Y ¿todo por

qué?--añadió reparando en los racimos:--por coger de prisa y corriendo

unas uvas que yo te hubiera dado por la puerta si me las hubieras

pedido.

--¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús!--gritó tres veces el rojillo al reparar á un

tiempo en la presencia de la vieja y en la sangre que le brotaba de las

narices.

--Vaya, ángel de Dios, que esto no vale nada,--añadía la pobre mujer

con el fin de tranquilizarle y después de convencerse de que la sangre

procedía de un ligero rasguño.

--¡Madre, madre mía! ¡Jesús de mis entrañas!--gritaba el chico con el

mayor desconsuelo.

--¡Pero, inocente, si no es nada lo que tienes!

--¡Si no es por eso... es que... es que tengo miedo!...

Y el infeliz daba diente con diente.

--Es verdad... ya no me acordaba,--murmuró con pena la anciana.

Y requiriendo el báculo y la alcuza, continuó su camino á lentos,

cortos é inseguros pasos, como los da la humana vida bajo el peso de

los años y á media vara del sepulcro.

Iba á doblar el ángulo de la plazoleta para entrar en la calleja,

cuando salió de la portalada una mujer desgreñada y mal ceñida de

refajo, que acudía á los gritos del descalabrado muchacho. Vió

la sangre que le bañaba el rostro, reparó en la vieja, y sin más

averiguaciones, rugiendo como una pantera, cogió un morrillo tan grande

como su cabeza y se le arrojó á la pobre mujer que, aunque le recibió

de rebote y en la espalda, hubiera caído de pechos sobre las piedras á

no recogerla en sus brazos el señor cura, que providencialmente iba á

cruzarse con ella, siguiendo su diario y acostumbrado paseo.

El discreto sacerdote abarcó con una sola mirada todo el cuadro, y

casi con lágrimas en los ojos dijo con voz conmovida, pero solemne, á

la mujer que había arrojado la piedra, y sin dejar de sostener á la

anciana:

--¡Teresa, eso no lo manda Dios!

Mucho contuvo á Teresa la presencia del señor cura, sin la cual Dios

sabe lo que hubiera hecho; pero no tanto que la impidiera responder con

ira:

--Lo que no manda Dios es que ande suelto el demonio por la tierra

acabando con las familias honradas.

Y levantando del suelo al muchacho:

--Ven acá, hijo mío,--le dijo con voz cariñosa.

Pero no había llegado con él á la portalada, cuando cambiando de tono y

dándole media docena en cada nalga, comenzó á gritar:

--¡Si tú has de morir como las cabras, lambión! ¿Á qué te metes en

la hacienda de naide? ¿Á qué juistes á tentar la pacencia de ese mal

enemigo de mujer? ¿No sabías lo que te esperaba de ella?

Estas últimas palabras se perdieron dentro de la portalada, que cerró

Teresa con estrépito.

Entre tanto la pobre vieja perdía el conocimiento en brazos del señor

cura, que la prodigaba las mayores atenciones; pero tan pronto como

volvió en sí, se empeñó en continuar su camino, sin exhalar una queja

siquiera contra el proceder de su vecina.

El señor cura, después de verla caminar algún trecho, se dirigió

presuroso á la portalada y entró en el corral de Teresa.

Hallábase ésta ya en el ancho soportal de su casa lavando la cara al

rojillo, y junto á los dos una joven, como de veinte años, pálida como

la cera, envuelta en un refajo de bayeta amarilla y acurrucada en el

suelo. Sus ojos, yertos y desanimados, parecían no fijarse en lo que

delante tenían.

--¡Maldita sea ella por siempre jamás amén, que se empeñó en acabar con

mi casa y ya lo va consiguiendo!--gritaba Teresa mientras restañaba la

sangre de su hijo.

Y á cada exclamación de éstas se santiguaba el chicuelo, y la joven

pálida bajaba la vista y escarbaba el suelo con un dedo trémulo y tan

descolorido como la tierra que tocaba.

Así continuó la escena un corto rato, y ya parecía calmarse la furia

de Teresa, cuando al ver que, por haberse arañado la herida, volvía

á sangrar su hijo, gritó más iracunda que nunca, precisamente en el

instante en que entraba el cura en el corral:

--Pero, Señor, ¿ya no hay justicia en la tierra?

--En la tierra no, Teresa--respondió el cura;--en el cielo sí, y esa es

la que has de temer, porque nunca falta ni se tuerce.

--Eso es: tras de cuernos, con perdón de usté, penitencia... ¡Ay, señor

cura! no es lo mesmo pedricar que ser enfeliz.

--No hay verdadera desgracia, Teresa, cuando se llevan todas con

resignación... ¿Tú sabes lo que acabas de hacer?...

--Sí, señor; y también lo que no hice, porque algún ángel le puso á

usté delante.

--Tú lo has dicho, Teresa: algún ángel protegió á esa pobre anciana;

luego tú no obrabas bien cuando la...

--Lo que yo sé, don Prefeuto, es que estoy acabándome, y que está

feneciendo toa mi casta por los malos amaños de esa endina.

--Calla, calla, y no difames á quien ni siquiera conoces.

--¡Que no conozco yo á la _Miruella_, señor cura!

--No, yo te lo aseguro.

--¿No ve usté á esta enfeliz de hija que tengo aquí, con un pie en la

sepoltura? ¿No ve usté á esta criatura de Dios medio atontecía de un

golpe que le vino sin saber por ónde ni por ónde no?... ¿No sabe usté

que mi marido, el hombre más de bien de too el mundo, y el labrador más

atropao, es hoy un borracho que se va bebiendo el pan de sus hijos?...

¿No sabe usté que una cabaña de reses que yo tenía?...

--Óyeme, Teresa... Pero antes, tú, Juana, y tú, Andrés, entrad en casa

un momento, que vamos á tratar nosotros un punto muy importante.

Los dos aludidos hijos de Teresa obedecieron dócilmente; y con trabajo

la joven y lloriqueando Andrés, se metieron en casa, cerrando la puerta

en seguida.

Solos en el portal el señor cura y Teresa, tomó asiento el primero en

el poyo y comenzó así su diálogo con la segunda:

--Ya que eres la única persona razonable de tu casa, aunque no el jefe

por la ley, contigo debo entenderme en el importante asunto que aquí me

trae ahora, porque tu marido... ¿En dónde está tu marido, Teresa?

--En la taberna, señor.

--Como siempre... Conque, vamos á cuentas, y á cuentas claras. ¿En qué

te fundas tú para creer que esa pobre mujer es capaz de ocasionarte

todas las desdichas de que te quejas?

--En que es bruja... ¡bruja! Créalo usté por...

--Corriente. Y ¿qué pruebas tienes de que es bruja?

--¡Otra sí qué! Too el pueblo lo sabe, señor, como usté mismo.

--Poco á poco: yo no solamente no lo sé, sino que niego que lo sea; y

en cuanto al pueblo, puede equivocarse como tú. Lo que yo quiero saber

son los motivos particulares que tú tienes para tratar á esa mujer como

la has tratado hace poco.

--¡María Santísima!... Si yo fuera á retaporcionarle á usté toos

los itimenejes que esa endina trae contra mí... ¡Me valga el devino

misterio!

--Pues mira, Teresa: para mí es hasta un deber de conciencia arrancarte

esas preocupaciones funestas: conque así, no me ocultes ni una sola de

tus razones.

--Espenzando por lo más gordo, dígame, señor don Prefeuto, ¿qué tiene

la mi Juana que se me va consomiendo como un sospiro?

--Una enfermedad como otra cualquiera.

--Y estonces, ¿por qué en cuanto se le alcuerda la Miruella le entra un

temblío que se pone á morir, y un lloriqueo que se va en glárimas?

--Mera casualidad; y cosa muy natural si te empeñas tú en hacerla creer

que esa mujer es la causa de todos sus males.

--Y si eso juera, ¿por qué el otro día, hablando la Miruella de la

mi hija con la mi sobrina Anestasia, la decía: «se empeñan en sanar

á Juana curándola de la _palotilla_, y no es esa la melecina que la

conviene». Es decir, señor don Prefeuto, que la Miruella sabe la

enfermedá de Juana, y conoce la melecina y tiene sastifación en verla

morir, porque ni quiere descobrir la enfermedá, ni decir «éste es el

remedio».

--Lo que eso quiere decir, Teresa, es que tía Bernarda tiene más

sentido que tú, y conoce que es una barbaridad descoyuntar los huesos á

las jóvenes porque están pálidas y macilentas, y ve claro que así no

pueden sanar.

--Segundamente, y perdone, Juana era una moza rebusta como un castaño

siete meses hace, como usté se alcordará, hasta el istante mesmo de

dir una tarde al molino, porque así lo quiso, que en verdá no hacía

mucha falta aquel día, porque harina teníamos tovía pa una semana.

Pos señor, diéndose al molino, estuvimos en casa siete días y medio

espera que espera, y mi Juana no golvía. Al cabo del tiempo voy yo

mesma á preguntar por ella, y díceme el molinero que por allí no se

ha visto á Juana. Güélvome desaflegía como una Magalena á casa, y me

la encuentro aquí mesmo gimoteando y tapujá con la saya. Dígola que

ónde ha andao metía, y respóndeme que en el molino ha estao, y que se

güelve sin moler porque la presa está seca... Alviértole, don Prefeuto,

que yo mesma ví el molino _arreguñao_[2], motivao á lo mucho que había

llovido. Á too esto, le faltaba el saco de maíz, y no sabía decirme

ónde le había dejao, ni saberlo pude nunca. Con éstas y otras, pregunto

de acá y de allá, y alquiero que á la muchacha la vieron salir aquella

mañana mesma de casa de la Miruella. Añada usté á too esto, y perdone,

que dende aquel día Juana no ha limpiao la ruinera, y dígame si no es

la cosa pa que yo reniegue de esa bruja y crea como los Avangelios que

el enemigo malo le anda en el cuerpo, y que me destravió y atonteció á

la hija al dir al molino pa acabar dimpués con ella.

Pensativo dejó por unos instantes este relato al bondadoso don

Perfecto; pero como no era por las hechicerías de tía Bernarda, en las

cuales empezase á creer, ni mucho menos, disimuló discretamente su

curiosidad y se limitó á responder á Teresa:

--Todo eso no prueba sino que el día en que tu hija se puso mala entró

en casa de la Miruella, suponiendo que esa noticia sea cierta.

--¿Y la vaca que se murió de solengua por tocarla con el palo esa

mujer, cuando la alcontró en la calleja?

--Esa mujer tocó con el palo á tu vaca para que no la atropellara en la

calleja, precisamente el día mismo en que tu vaca, por causas que no

conocemos, se puso enferma y se murió.

--Y por qué cuando habla de las borracheras del mi hombre dice que yo

me he de ver sin manta que echar en la cama, porque me la ha de sacar

la josticia si el diablo no la lleva antes, y too se va compliendo,

porque yo he visto salir de mi casa, hoy pa el tabernero y mañana

pa la contrebución, hasta la caldera de la cocina, dempués de haber

consomío el ropal de sabanas que yo tenía hilás y cosías por estas

manos, á más de haber tenío que vender en dos años toa la propiedá

terrentorial? ¿No ha estao dos veces la josticia esta semana á sacarme

prenda porque no se pagó una contrebución nueva, motivao á no tener

un mal ochavo en mi casa, ni de ónde sacarle? ¿Y no es too esto una

maldición de esa bruja, que me va caendo encima?

--¿Crees tú que yo soy brujo?

--¡Jesús, señor cura!...

--Pues mira, yo te he pronosticado las mismas desgracias que tía

Bernarda; y cualquiera que desee tu bien y tenga dos dedos de frente

te hará el mismo pronóstico, porque no puede dar otro resultado la

conducta de tu marido.

--Sí, sí; lo que es para usté too tiene güena explicativa... ¿Y el

golpe que acaba de llevar el mi Andrés por haberle visto la bruja salir

de su güerto?

--Si haciendo lo que manda Dios y la buena educación, no se hubiera

metido Andrés en el cercado ajeno, no se habría descalabrado al salir

de él con el fruto robado.

--Y estos mordiscos (Teresa se descubrió un brazo lleno de cardenales),

¿de quién son sino de esa condená de bruja mientres que yo duermo?

--Esos que tú llamas mordiscos, son cardenales, Teresa, hijos legítimos

de la paliza que te pegó tu marido anteayer.

--Y aunque too eso fuera verdá, ¿me negará usté que el domingo se le

olvidó á usté cerrar el misal al acabar la misa?

--Efectivamente me sucedió eso; pero, ¿y qué?

--Que motivao á ello la bruja se quedó clavá de rodillas en la iglesia,

y que no hubiera salió de allí si á la mego-día no va el campanero á

tocar, y ve asina el misal y le cierra.

--Y ¿qué tiene que ver el misal abierto con toda esa monserga?

--¡Esta sí qué! ¿Pus usté no sabe que las brujas cuando entran á misa

no pueden salir de la iglesia si se queda el misal abierto?

El bendito sacerdote no pudo contener la risa al oir semejante

desatino, y eso que no ignoraba que era versión aceptada en la Montaña

como artículo de fe.

--En el presente caso--dijo formalizándose otra vez don Perfecto,--el

acto de quedarse tía Bernarda en la iglesia cuando sus convecinos salen

de ella, no significa sino que se queda á rezar mientras vosotros vais

acaso á murmurar y á maldecir de ella; y si tú frecuentaras la iglesia

tanto como esa _bruja_, la verías, como la he visto yo, permanecer allí

muy á menudo las horas enteras sin que á mí se me haya olvidado cerrar

el misal... Y ahora te digo que es ofender á Dios creer supercherías

semejantes, y mucho más con relación á determinadas personas.

--Tamién la han visto encultar debajo del llar de la cocina el puchero

del unto que se da pa dir á Cerneula...

--Lo que le habrán visto, sin duda alguna, ocultar, son hasta los

mendrugos de borona que recoge de limosna, para que no se los roben los

que, á título de bruja, se creen con derecho á atropellarle todos los

días el pobre hogar...

Aquí llegaba el diálogo cuando se abrió con estrépito la portalada y

cayó de hocicos en el corral un hombre.

--¡El Señor me dé pacencia!--exclamó Teresa juntando las manos al

reconocer á su marido.

El primer impuso de don Perfecto fué correr á levantar al caído;

pero éste no tuvo necesidad de su auxilio, porque, apenas besó el

suelo, volvió á incorporarse, aunque no sin perder más de dos veces

el equilibrio. Puesto ya de pie, con las greñas encima de los ojos,

tirado el sombrero sobre el cogote, negros los labios, mal sujetos á

la cintura los pantalones, medio vestida la chaqueta, los brazos al

desgaire y desgarrada y tinta de vino la pechera de la camisa, comenzó

á mirar en derredor de sí con esa vaguedad de vista propia de los

borrachos.

El señor cura y Teresa le observaban en silencio.

--Sssufffrrrsss... sschsis--masculló el beodo fijándose más

obstinadamente en don Perfecto.--¿Un carranclán en mi casa? Hombre,

hombre, ¿qué me cuenta usté?... Conque en mi casa... ¡Ssssangrrrre va á

corrrrrer aquí!...

Y se acercó más al portal.

--Dios te ilumine, Gorio,--le dijo con suavidad el señor cura.

El borracho se fijó entonces con más empeño en don Perfecto; se

restregó los ojos en seguida, y derribando perezosamente de un revés el

oscilante sombrero de la coronilla,

--Perdone usté, señor dd...ddiácono--tartamudeó;--creí que eras... ¡Me

valga Dios, qué juriacán sopla de esta banda!...

--Pero, hombre, ¡si está una tarde magnífica!

--¿Mosolina dice usté, señor a...cólito? Mosolina no... La cogí con...

¡brrrrrumbssh!... con rioja... Un hombre como yo no gasta menos... Oye,

Teresona, tarascona, dame... ¡aachhhis! dame... los...

--¿Qué es lo que quieres, hombre de Dios?--respondió Teresa casi

llorando.

--Quiero las... ¡Menuda paliza te vas á chumpar esta tarde! Cuando te

digo que te vas á relamber de gusto... Misté, don prisbítero, cuando yo

echo la mano por salva la parte á Teresona, y le aministro un par de

morrás á mi gusto, vamos, no me cambio por...

--Pues eso es muy mal hecho, Gorio, y de ello tienes que dar cuenta á

Dios.

--¿Á Dios?... ¿á Dios... padre... sssuddiácono? Verá usté quién es Dios

ahora mesmo. «¿Quién es Dios, niño?--Respondo: la cosa más... más...».

¡Por vida de!... Y ahora que me alcuerdo, ¿qué haces tú en mi casa con

ese camisolín de seda y ese futifraque?... ¿Te debo yo algo?... Vamos á

ver, ¿te debo yo algo?

--Nada me debes, Gorio.

--Sin andróminas, hombre, ni pitismiquis, ¿te debo algo?... Porque si

te debo algo, yo soy muy auto para pagarlo ahora mesmo... Conque pide

por ese piquito, hermoso.

Al decir esto Gorio, metió su diestra en el bolsillo del chaleco, y

sacó, entre puntas de cigarro, papelillos arrugados y pedazos de hojas

de maíz, hasta dos reales y medio en piezas de cobre.

--Miá tú--dijo á Teresa,--si yo soy hacendoso y atropao... como

no tenía ya para beber esta semana, he vendío hoy al jándalo del

Regatón la novilla que nos queda, y me ha dao de señal och... ochhh...

ochhh...o riales.

--¡Jesús me ampare!--exclamó Teresa llorando al oir esto.--¿Lo oye

usté, don Prefeuto? ¡Lo único que nos quedaba!

--Eso no, devinidá de mis entrañas--repuso el borracho con una horrible

mueca que quería hacer pasar por sonrisa.--¿Y este cuerpecito, salero?

¿No te queda para tu sussstento y alegría?... Y si hay algún guapo que

lo niegue, que salga al frente... náaa, vamos, que salga... ¿Lo niega

usted, padre... prifacio?... ¡Calla! ¿si vendrán á negarlo esos dos

sandifesios?

Al decir esto, señalaba Gorio á dos hombres que acababan de entrar en

el corral.--Teresa palideció al verlos.--El señor cura levantó sus ojos

al cielo murmurando apenas:

--¡Desdichada familia!

--¡Toma!--dijo el borracho,--si es el _sacamantas_.

Con este nombre se conoce en muchos pueblos rurales de la Montaña al

alguacil del concejo, y nunca mejor que en este caso mereció el mote.

Casualmente traía al hombro una de dormir y un caldero en cada mano.

El hombre que le acompañaba era el alcalde pedáneo: llevaba colgado de

un ojal de la chaqueta un tintero de cuerno y una tira de papel en la

mano.

--Ya sabes á lo que vengo, Teresa--dijo éste al llegar

al portal...--Buenas tardes, señor cura... Dios te mate,

borrachón,--añadió encarándose respectivamente con los aludidos.

--Buenas y santas, señores,--dijo por su parte el alguacil.

--Él os ampare--contestó don Perfecto.--Y ¿qué os trae por acá?

--Poca cosa, don Perfecto--respondió el pedáneo.--Hemos estado otras

dos veces á pedir á Teresa el reparto, y como nada nos ha dado, y á la

tercera es la vencida, vuelvo hoy con el _portero_, para que cargue con

la prenda, como carga con las que ya trae encima, si no me dan dinero.

--¿Y qué reparto es ese?--preguntó el cura.

--Pues el de la campana.

--¡El de la campana!

--Cabal. El de la campana que se hizo el año pasado, y que todavía está

sin pagar.

--Pero, hombre, ¿no se cobró un impuesto seis meses hace para pagar esa

campana dichosa?

--Sí, señor; pero paece ser que el secretario echó entonces mal las

cuentas, y no alcanzó el dinero que se cobró del primer reparto, y por

eso se hizo otro.

--¡Ya! ¿Conque no alcanzó?... ¡Vea usted qué atrasadillo anda en

contabilidad el señor secretario!--observó don Perfecto con cierto

retintín.

--Y velay--dijo la afligida Teresa;--porque no he querido... porque no

he podido pagar ese segundo reparto, me vienen á sacar prenda...

--¡Y vaya si te la sacaré!... como éstas que ves aquí,--recalcó el

pedáneo con aire de importancia.

--¡Dichosa campana!--exclamó Teresa afligida.

Á todo esto, Gorio, que se había recostado contra el poyo, comenzó á

canturrear con voz chillona y destemplada:

Tocan las campanitas

por la mañana;

tocan las campanitas,

tocan al alba.

--¿Y cuánto te corresponde pagar, Teresa?--preguntó don Perfecto.

--Una barbaridá de dinero, señor.

--¡Taday, moquitona!--gruñó el pedáneo, desplegando la tira de

papel.--Verá usté, señor cura... «Gregorio Pajares... cuatro reales y

medio...». Conque dígame usted si eso vale la pena de...

--Sí: para el que no tiene pan que llevar á la boca, como si fueran

mil duros,--respondió Teresa anegada en lágrimas.

--Con lo que ese mata en la taberna--añadió el alguacil,--había sobrado

pa comer arroz con leche todo el año.

--Si no hubiera pícaros en el mundo--replicó con cierta intención

Teresa,--no se harían borrachos los hombres de bien como el mi

marido... Y de toas maneras, yo no tengo hoy con qué pagarvos: así,

tirar por onde queráis...

Entre tanto, el señor cura, vuelto de espaldas á todos los del portal,

se palpaba á dos manos los bolsillos con febril impaciencia.

--¡Por vida del ocho de bastos!--murmuraba.--No salen más que

veintiséis cuartos...

Luego, como si le hubiera cruzado una idea por la mente, se dirigió á

Gorio, le sacudió un hombro y

--Oye, Gorio--le dijo,--¿me prestas doce cuartos?

--¿Para beber á escote?--preguntó á su vez el borracho.

--Cabal--respondió el cura,--deseando acertar el deseo de Gorio.

--Pues para eso no presto: lo que hago es jugarlos á la brisca á tres

juegos hechos... mano á mano.

--No puedo jugar ahora; pero te prometo devolverte por ellos mañana...

veinticuatro.

--Me conviene el ajuste... y allá van esos intereses.

El borracho desocupó su bolsillo en las manos de don Perfecto.

Al mismo tiempo, apremiada por el pedáneo, decía la infeliz Teresa:

--No tengo más prenda que dar que la manta de la cama: todo lo demás se

lo han ido llevando entre la josticia y la taberna.

--Pues venga la manta de la cama,--decía el alguacil.

--¡Dios mío! ¿Lo oye usté, señor cura, cómo se cumple la maldición de

la Miruella?

--¿Quién dijo Miruella?--interrumpió Gorio.

--No se cumplirá esta vez--exclamó con alegría don Perfecto.--Ahí

van--añadió, poniendo las monedas en manos del pedáneo,--los cuatro

reales y medio de esta infeliz. Y quiera Dios que esta nueva exacción

sea tan legítima como las lágrimas que cuesta.

Teresa se anegaba en las suyas; Gorio miraba la escena con aire

estúpido, y el pedáneo, mientras destornillaba el tintero y ponía

una _P_ enfrente del nombre de Gregorio en la lista, contestaba á la

indirecta de don Perfecto:

--Pues por vida mía, señor cura, que la campana no fué para la torre de

mi casa; otros sacan de ella más raja que yo, probe.

--Pues mira, hijo--respondió con sorna don Perfecto,--si lo de la raja

lo dices por mí, sírvate de gobierno que yo no mandé hacer la campana,

ni en la iglesia la hubiera puesto al prever lo que está sucediendo,

porque no le gustan á Dios en su casa campanas que _suenen_ tanto como

esa... Conque ve en paz, ya que te han pagado.

--¿Quién dijo Miruella aquí?--insistió Gorio.--Miruella, Miruella...

Señor, ¿qué tenía yo que decir de la Miruella?...

--Á propósito de la Miruella, señor cura--añadió el pedáneo cuando se

disponía á marcharse:--el portero y yo la hemos encontrado junto á la

abacería sin sentido, y por caridad la hemos llevado á su casa al venir

acá. Yo creo que de ésta va á dar al diablo lo que es suyo. Conque á la

par de Dios.

Y se fueron el pedáneo y el alguacil.

--¡Ajajá! ¡eso era!--tartamudeó Gorio, volviendo á recostarse contra el

poyo.

Teresa se quedó como petrificada al oir la noticia. Don Perfecto,

olvidándose de todo cuando le rodeaba y pensando sólo en que su

presencia sería necesaria al lado de la moribunda, si era cierto que en

tal estado se hallaba la Miruella, salió precipitadamente del portal;

pero no había dado tres pasos cuando le detuvo Teresa, y entre anhelosa

y acongojada, le preguntó:

--Y diga usté, señor cura, ¿de qué se habrá puesto así la Miruella?

--¿De qué?... Acaso de algún _golpe_,--respondió don Perfecto con

notoria intención, desprendiéndose de Teresa y saliendo apresuradamente

del corral.

--¡No lo permita el Señor!--exclamó la atribulada mujer, cubriéndose la

cara con las manos, como si quisiera huir de algún remordimiento.

Al levantar después la cabeza y abrir los ojos, vió á su marido que

comenzaba á roncar tendido como un cerdo sobre el poyo. Al mismo tiempo

aparecía en la puerta de la casa la escuálida figura de su hija, que

sin duda se cansaba de esperar adentro.

--¡Devino Dios!--clamó entonces la pobre madre, elevando la vista al

cielo,--¡mándame un poco de fuerza, porque no puedo ya con esta carga!

Tipos y paisajes · 第 32 / 63 题