IV

Y ahora sí que nos es de todo punto indispensable salir de la romería,

porque don Anacleto, riéndose aún de la broma de Almiñaque, ha mandado

al carretero que unza los bueyes y ha colocado alrededor del toldo, por

la parte exterior, unas cuantas ramas de cajiga, señales infalibles de

que se dispone á marchar.

Otros muchos carros, igualmente adornados, han tomado al suyo la

delantera y caminan, entre multitud de personas á pie, hacia Santander.

Una hora después de haber entrado nuestro amigo en la carretera,

anocheció, razón por la cual me es imposible referir á ustedes los

detalles del viaje, y hallar cronista que se los refiera, pues la

vuelta de la romería del Carmen, perdida siempre entre las tinieblas

de la noche y bajo las aún más obscuras bóvedas de los toldos, ni el

diablo es capaz de describirla en todos sus detalles. Tengo para mí que

sólo Dios sabe á punto fijo lo que hay sobre el particular.

Por el ruido que se oía cuando volvió don Anacleto, sospecho yo que

debía de reinar grande animación entre los romeros; y sé, porque esto

se veía á la luz de las tabernas, que se detuvo el carro en Cacicedo,

en Peña-Castillo y en Cajo, puntos en los cuales había otras tantas

romerías; y sé, por último, que al llegar á Santander se apeó la

familia de nuestro amigo, y que, dando éste un brazo á su mujer y

otro á su hija y ordenando al chico que anduviera delante con un ramo

enarbolado, entraron todos por la Alameda de Becedo tarareando un

pasodoble, al que hacían coro un centenar de chiquillos y cigarreras,

atropellando á la gente que había concurrido al paseo con el solo

objeto de ver á la que volvía del Carmen.

V

Por espacio de diez años continuó aún don Anacleto concurriendo á esta

romería con el mismo entusiasmo que en la ocasión en que se le he

presentado al lector. Pero al cabo de ese tiempo se inauguró el trozo

de ferrocarril de Santander á los Corrales... y ¡adiós tradiciones!

Contra la opinión de mi respetable amigo, la gente dejó el carro de

bueyes y aceptó los trenes de placer; la pradera del Carmen se llenó

de romeros trashumantes, digámoslo así, y se armaron en Boó, punto en

que se deja y se toma el tren para ir á la romería y volver de ella,

esas tumultuosas reuniones de gente de todos pelajes, tan fecundas en

borracheras y cachetinas.

El número de concurrentes á la célebre fiesta, lejos de ser hoy menor

que en la época en que la honraba don Anacleto con su presencia,

es mucho mayor; pero típicamente vale mucho menos. El pito de la

locomotora ha espantado de allí el entusiasmo característico de los

antiguos romeros. Se baila, se come, se bebe mucho todavía; pero en

insípido desorden y casi á la fuerza. El antiguo camino por Cacicedo

feneció con el nuevo de Muriedas, y éste, á su vez, y el de las Presas

y hasta la bahía, se encuentran punto menos que desiertos el día del

Carmen desde que la gente optó por el ferrocarril. Convengamos en que

ha habido un poco de ingratitud hacia los viejos usos, de parte del

pueblo de Santander, aquí donde no nos oye don Anacleto.

El cual, desde que observó la gran traición, como él llama á este

cambio de costumbre, juró dos cosas que va cumpliendo estrictamente:

no volver más á la romería, y un odio á muerte al ferrocarril.

Muchos de sus amigos y contemporáneos, uno de ellos don Timoteo, han

sufrido con más resignación el contratiempo. Verdad es que odian tanto

como don Anacleto el ferrocarril; pero forjándose la ilusión de que

no existe, van todavía en carro al Carmen á hacer que se divierten, y

á tomar baños á las Caldas, y eso que pasa el tren por la puerta del

establecimiento.

--Yo no estoy por esos términos medios--dice furioso don Anacleto al

verlos marchar todos los años,--y bien sabe Dios la falta que me hacen

los baños termales para el reúma. Pero ó todo ó nada. Quiero el carro

íntegro, como el de mis abuelos; quiero las Caldas sin estación y el

Carmen por Cacicedo. Mientras esto no exista, no me habléis de moverme

de casa, en la cual espero, mirando cara á cara á ese tráfago diabólico

de trenes y telégrafos, á que la sociedad vuelva á enquiciarse. Y si

yo no lo veo, me consolará al morir la esperanza de que lo vean mis

nietos, pues casi tan viejo como el orgullo del hombre, es el infalible

proverbio español que dice que «_al cabo de los años mil, vuelven las

aguas por donde solían ir_».

[Ilustración]

Tipos y paisajes · 第 31 / 63 题