Cuatro días después de este suceso, y cuando ya se hubo honrado y
sepultado dignamente al indiano, se leyó solemnemente su testamento
en presencia de los herederos. Según él, Blas y Paula quedaban dueños
absolutos de todo el caudal del testador, separadas algunas cantidades
señaladas por éste para los pobres del lugar, misas por su alma, etc.,
etc. La tajada que Paula y Blas se llevaban valía la friolera de
treinta mil duros.
Al oirlo de boca del escribano, que leía el testamento, los
improvisados capitalistas se cayeron de espaldas; y no se murieron de
repente, porque no podían comprender entonces lo que aquella cantidad
representaba. Todas las ambiciones de su vida juntas no habían pasado
de mil reales. Respecto á esta cantidad, sabían cuanto había que saber:
lo que abultaba en onzas, en medias onzas, en ochentines, en duros, en
pesetas y hasta en monedas de cobre; lo que se podía comprar con ella;
en qué monedas cabía en la faltriquera y en qué otras se necesitaba un
taleguillo de á _maquilero_ para guardarla, etc., etc. Pero, ¡treinta
mil duros! ¿Cuándo habían pensado ellos en semejante cantidad?... qué
digo, ¿cuándo la habían mencionado siquiera?
Cuando el escribano los dejó solos y hubieron pasado los efectos más
gordos de su sorpresa, los dos cónyuges se dieron á discurrir sobre la
enorme cantidad, y trataron de pesarla y de medirla según sus pobres
alcances.
--Digo, Paula--exclamaba Blas, rascándose la cabeza y apretando mucho
los ojos,--que treinta mil duros deben ser... deben ser... ¡Cá!...
¡una barbaridá de dinero!... Deben ser... Yo creo que no cabrán en la
caldera grande, aunque estén en onzas de oro.
--Yo no sé, Blas, si caben ó no caben en la caldera--replicaba Paula
verdaderamente fascinada por la idea de semejante masa de riqueza;--lo
que sé es que debemos ser muy ricos... ¡horror de ricos!... más
ricos que el señor cura, más ricos que el médico, más ricos que ese
fachendoso de tabernero que, porque tiene caballo, quiere pisar á too
el mundo; más ricos que el alcalde, más ricos que toa la riqueza mesma
de cuatro leguas á la reonda. Esto es lo que yo sé, y no quiero saber
más.
--¡Calla!--gritó Blas de pronto, dándose en la frente un puñetazo,
que á habérsele dado en igual sitio á un becerro, le hubiera dejado
redondo;--creo que vamos á saber á punto fijo cuánto abulta ese dinero.
Yo voy contando duros uno á uno hasta mil... ¿eh? dempués otra vez uno
á uno hasta mil; luegomente uno á uno hasta mil tamién, hasta que haga
treinta mil pilas de á mil duros ca una...
--¡Treinta no más, borrico!--contestó Paula dando un puñetazo á su
marido.
--Bueno, lo mesmo da: siempre resultará que tenemos una pilá de duros
que... ¡María Santísima! se me va la vista sólo de pensar en ella.
Paece que la estoy viendo: grande, grande, grande, como... No sé cómo
es de grande; pero se me fegura que aunque estemos comiendo duros á
pienso too el año, no acabamos con ella... ¡Virgen de la Encarnación
del Hijo de Dios y de María Santísima y de toos los santos y santas de
la corte celestial!
Y Blas, fuera de sí, comenzó á sacudir puñetazos sobre las ancas de su
mujer, que se tumbó boca abajo riéndose á carcajada seca, sin darse
cuenta de lo que hacía; arrebato que concluyó por levantarse de repente
los dos esposos lanzando berridos y echando cada lagrimón como una
manzana _carretona_.
--¡En buena hora te casaste conmigo, cachorrón!--gritaba Paula entre
sollozos y tirones de greñas.
--¡No te cantó mal gallo cuando me engañaste, becerrona!--contestaba
Blas sorbiendo sus propias lágrimas y echando al aire la chaqueta y las
abarcas.
--¡Anda, marranón!
--¡Anda, jabalina!
Cuando la calma volvió á apoderarse de los desquiciados espíritus de
Blas y de Paula, ésta, después de meditar un largo rato, propuso á su
marido llamar al maestro de escuela que, como hombre de pluma, era
el único que podía sacarlos de aquella obscuridad en que cada vez se
extraviaban más.
--¡Defetivamente, canijo!--respondió Blas con entusiasmo.--Vea usté
y cómo mil demonios no dimos antes en ello. Y voy á ir yo mesmo por
él... aunque, bien mirao, ya no debía andar á recaos como un zarramplín
cualsiquiera; pero como entovía no hemos apandao la herencia, no estará
del too mal visto lo que voy á hacer.
Y Blas salió del corral afuera como alma que lleva el diablo, mientras
su mujer se tendió á la bartola en mitad del estragal, riendo y
llorando á la vez de puro gusto.
V
Era el maestro, don Canuto Prosodia, hombre enjuto y pequeño de cuerpo,
corto de alcances, aunque él creía lo contrario, y muy largo en adular
á todo el que podía dar algo.
Vestía ordinariamente traje obscuro de corte humilde con aspiraciones á
más elevado; es decir, gastaba un aparejo que lo mismo podía llamarse
gabán corto que chaqueta larga, y llevaba al cuello un corbatín de lana
que tiraba á seda. Era gran echador de epístolas los días feriados, y
llevaba toda la correspondencia del lugar con los indianos y jándalos
ausentes de él. Blasonaba de muy aplomado en sus pareceres, y esto le
valía la intervención en todos los picos de las familias del lugar;
tenía, en fin, _mucha mano_ con ellas... y mucha cuenta que dar á
Dios de los desaguisados que causaba en el vecindario su torpeza ó su
malicia. Se la echaba de sobrio, pero yo sé que tomaba cada turca que
ardía Troya; sólo que para emborracharse se encerraba en casa.
Prevengo que ninguno de estos pormenores es de absoluta necesidad en
la presente historia, y que sólo los he apuntado porque no me gusta
presentar á mis lectores un personaje sin decirles lo que es, para que
sepan con qué casta de pájaros tienen que codearse.
Pues señor, volviendo á lo que más nos importa, Blas y don Canuto
Prosodia llegaron á casa del primero cuando aún Paula no se había
levantado del suelo, donde cayó desconcertada por la alegría, al salir
su marido en busca del pedagogo.
--¿_Mi señora doña Paula_ está indispuesta?--dijo don Canuto
descubriéndose y parándose delante de la mujer de Blas.
--¡Qué endispuesta ni qué canijo!--respondió Paula levantándose de un
respingo;--si tengo más salú que Pateta. Lo que yo quiero es saber en
un periquete cuánto dinero tenemos, y, sobre too, que no me güelva usté
á zamarrear con tanta _doña_ ni tanta jeringa.
--Á todo señor, todo honor--replicó don Canuto doblándose á
compás.--Pero dejando este punto por ahora, pasemos al que me trae aquí
á solicitud del señor don Blas, que ha tenido la dignación de enterarme
por el camino de todo lo necesario para el mejor éxito de mi cometido.
Don Canuto, al decir esto, sacó del bolsillo interior de su
chaquetón-gabán un tintero de cuerno y un pliego de papel blanco en
ocho dobleces. Destornilló el primero, extrajo del hueco de su cónica
tapadera una pluma de ave, limpióla sobre la manga de su brazo
izquierdo, llenóla luego de tinta con mucha pulcritud, oprimiendo la
parte tallada contra los _tintales_ de algodón que contenía el tintero,
desdobló el papel dejándole reducido á cuatro pliegues, sentóse en la
silla de bañizas, pidió á Paula la _tortera_, puso ésta horizontalmente
sobre su muslo derecho, y en el suelo y al alcance de su mano el
tintero, colocó el papel sobre la tortera y el brazo derecho sobre el
papel, pluma en mano, carraspeó dos veces mirando de hito en hito á los
dos esposos que acurrucados en el suelo contemplaban en silencio al
dómine, jadeando de curiosidad, y con el tono más melifluo y acompasado
que pudo, habló lo siguiente:
--Hame dicho el señor don Blas que asciende la herencia de ustedes á la
respetabilísima cantidad de treinta mil duros. Apúntolos, pues. Para
reducirlos á reales, los multiplico por veinte, ó, lo que es lo mismo,
por dos, añadiendo luego un cero á la derecha del producto que esta
multiplicación nos arroje. Tenemos, pues, que los treinta mil duros son
lo mismo que seiscientos mil reales.
--¡Echa reales!--dijo Blas sobándose las manos.
--¡María Santísima!--exclamó Paula mordiéndose los puños.
--También me ha dicho don Blas--continuó don Canuto,--que esa suma está
invertida en América, según reza el testamento, en fincas y empresas
á cargo de un apoderado del testador, que cuidará en lo sucesivo de
remitir á ustedes los productos de dicho capital, ó el capital mismo si
ustedes lo desean. ¿No es esto lo que usted me ha dicho, señor don Blas?
--Hombre, precisamente eso mesmo, no; pero eso es lo que he querío
decir.
--Tanto monta.
--Pero señor don Canuto--exclamó Paula con impaciencia,--lo que
nusotros queremos saber es cuánto nos corresponde caa día al respetive
de esa barbaridá de dinero.
--Á eso vamos, señora mía. Suponiendo que el capital produzca un seis
por ciento, rédito que me parece muy conforme con la ley de Dios,
ganará en todo un año... ¿Por qué método quieren ustedes que hagamos
este cálculo? Tenemos dos: uno que consiste en establecer la siguiente
proporción: ciento es á capital, como tanto es á interés, y despejar
luego la incógnita, que en el caso presente es el interés, según las
reglas establecidas por los autores; y otro, que llamamos abreviado,
consistente en...
--Déjeme usté de esas andróminas, señor don Canuto--interrumpió Paula
ya quemada,--y sáqueme usté pronto el montante del dinero, aunque lo
saque por el satanincas ó por el diaño que cargue con usté y con esa
calma condená que se le pasea por los gañotes.
Don Canuto bajó la cabeza, un si es no es contrariado en su alarde
de erudición con la andanada de Paula, y comenzó á hacer números con
mucho pulso sobre el papel. Blas y Paula seguían con la vista con ávida
curiosidad los giros de la pluma de don Canuto, como si conocieran
los guarismos que éste hacía. Al cabo de un cuarto de hora levantó el
maestro la cabeza, colocó la pluma sobre la oreja derecha, tomó entre
sus manos el papel en que había hecho los cálculos, y dijo á los dos
herederos, que seguían arrodillados delante de él y mirándole sin
pestañear:
--Importan anualmente los réditos del caudal, al seis por ciento,
según hemos convenido, treinta y seis mil reales, que divididos entre
trescientos sesenta y cinco días que tiene el año, proporcionan á
ustedes un diario de noventa y ocho reales y veinte maravedíes, salvo
error de pluma ó suma.
--Y ¿qué es eso de diario, señor maestro?--preguntó Paula.
--Diario, señora mía, es lo mismo que si dijéramos todos los días; más
claro: cada veinticuatro horas tienen ustedes una renta de noventa y
ocho reales y veinte maravedíes.
--¡Carafle! yo creí que nos correspondía más,--dijo Blas con cierto
disgusto, mirando á Paula.
--Yo tamién,--añadió ésta mirando á Blas.
--Pero, señores, reparen ustedes que ese diario procede solamente de
las rentas del capital, que siempre queda entero y de ustedes.
--¡Ahhh!!--exclamaron, respirando con placer, los dos bolonios
herederos.
--El capital es, como quien dice, una fuente que da cada veinticuatro
horas, para ustedes que son dueños de ella, noventa y ocho reales y
medio. Claro está que si ustedes no se satisfacen con lo que de la
fuente mana espontáneamente, pueden acudir al depósito, zambullir en él
la cabeza y darse un atracón hasta que revienten ó hasta que le agoten;
resolución que yo no aprobaría, pues esta clase de fuentes, una vez
secas, yo no vuelven á dar, por lo general, una mala gota.
--Aguárdese usté y perdone--dijo Paula de repente, cogiendo al maestro
por las solapas del chaquetón.--Pinto el caso de que yo tengo una
vaca; la ordeño un día, y me echa en la _zapita_ noventa y ocho reales
y medio; la ordeño otro día, y me da otro tanto, y todos los días lo
mesmo: esta vaca nunca se seca, y además la vaca es mía. ¿No es así el
aquél de la herencia?
--Cabalito,--respondió el maestro, desprendiendo, con mucho cuidado, de
su gabán-chaqueta las manos de Paula, porque no se llevaran las raídas
solapas entre las uñas.
--¡Paula!--gritó Blas entre lloroso y risueño;--espienzo á conocer lo
riquísimos que semos, y que he sío un burro pensando que tú eras rematá
de bestia. Y usté, señor don Canuto, toque esos cinco y cuente con un
vestío _de arriba abajo_, y con un barril de lo blanco.
--¡Tanta munificencia! ¡Tanta generosidad!... ¡Oh, señor don Blas, yo
no merezco semejante agasajo!--replicó el pedagogo plegándose como un
libro y relamiéndose de gusto.
--¡Qué comenencia ni qué grandiosidá son esas que usté
emperegila!--añadió Paula dando manotadas al aire;--tome lo que le dan
sin cirimonia y con toos los sentíos del alma, que usté se lo merece y
nusotros podemos darlo... ¡y mucho más, si se mos pone en el testú!
--Seguramente que sí, y sólo con el recurso de la renta; porque si
se propusieran ustedes gastar en veinte años, por ejemplo, todo el
capital, que no deja de ser plazo respetable, hasta carruaje podrían
tener ustedes, y ugieres y saraos, banquetes y justas ó torneos.
Acepto, pues, la oferta, aunque conmovido por el reconocimiento. Y
con esto no canso más. Terminada mi misión entre ustedes, déjoles
entregados á sus risueños cálculos, y vuélvome á buscar á mi dulce
amigo, el estudio, que me espera en la lobreguez de mi paupérrima
morada. He dicho, y soy de ustedes afectísimo seguro y agradecido
servidor que sus pies y manos besa respectivamente.
Y tras esto, salió don Canuto, de espaldas por más señas, dejando más y
más aturdidos á los dos herederos con la andanada de carruajes y saraos
que les soltó.
Cuando Blas y Paula se quedaron solos, el primero se separó de la
segunda tres ó cuatro varas; miróla un rato, y se dió en seguida á
bailar y á gritar. Paula hizo lo mismo que su marido. De pronto se paró
éste, fijó otra vez su vista en Paula, abrió los brazos y gritó poseído
del mayor entusiasmo:
--Paula... ya lo has oído: ¡semos riquísimos! ¿Qué te pide el cuerpo?
--Blas--contestó Paula con iguales ademanes y el mismísimo
entusiasmo:--¡muchísimo azucarillo! ¡horror de bizcochos! Y á tí, ¿qué
te pide el tuyo?
--Paula, ¡muchísimo colchón! ¡atrocidá de vino blanco!
--¡Pus á ello, Blas!
--¡Á ello, Paula!