Dos meses hacía que el indiano había llegado á casa de sus sobrinos.
Trasladados á ella los equipajes que había dejado en Santander, y
hechas algunas reformas indispensables en la habitación que había
elegido en la misma casuca, el pobre hombre vivía bastante satisfecho,
entregado á los potajes que le disponía su sobrina, si no con gran
acierto, con la voluntad y el deseo más nobles del mundo. Los dos
esposos comían con él á la mesa y de sus mismos manjares; lo cual no
obstante (preciso es confesarlo), siempre se levantaban de ella Blas
y Paula un si es no es descontentos y contrariados. El indiano no era
goloso ni probaba el vino; por el contrario, se daba como un diablo á
los amargos, y, por tanto, comía aceitunas y bebía cerveza por todo
regalo. Paula, pues, no veía un azucarillo por un ojo de la cara, ni
Blas se hartaba de vino blanco.
Pero, en cambio, tenían unos aperos de labranza nuevos y completos, dos
vacas más, otro traje nuevo y fino cada uno, y comían carne y «pan de
trigo» todos los días. Debo advertir que Blas, siguiendo aquella famosa
máxima del pobre, «antes reventar que sobre», por aprovechar los medios
puros que tiraba encendidos el indiano, se había hecho un fumador de
gran fuerza, á costa de media docena de horribles mareos que le costó
el aprendizaje.
Pues señor, volviendo al indiano, han de saber ustedes que cada día
que pasaba le dejaba más flaco y más amarillo, porque el padecimiento
que le ocasionaba tal _ruinera_, una disentería muy vieja y de fatal
carácter, lejos de aliviársele con los aires de su tierra, iba
caminando con ellos de mal en peor; tan mal, que hasta el mismo Blas
entró en cuidado y le dijo un día á Paula que si aquel _despeño_ no se
contenía, iba á ir el buen señor á contarlo muy pronto al otro mundo. Y
adviertan ustedes que lo mismo que Blas opinaba el médico del pueblo,
que asistía al enfermo.
Y tan fundada era esta opinión, que á los pocos días de manifestada
por Blas á su mujer, el paciente se halló sin fuerzas para salir de la
cama. El médico, al verle así, no se anduvo en chiquitas, y de buenas á
primeras le dijo que se preparase en toda regla, porque se las liaba.
Cumplió el indiano, como cristiano viejo que era, con sus deberes
religiosos, y previno que quería hacer testamento, por lo cual ordenó
que se le trajera un escribano.
Mientras éste llegaba, el mísero paciente aprovechaba la poca
tranquilidad de espíritu que tenía para pensar en la distribución que
debía hacer de su caudal.
--Pero, señor, ¿á quién se le dejo yo, vamos á ver?--se decía.--Yo no
tengo en el mundo más parientes que Paula y su marido, y, en rigor, á
ellos les corresponde heredarme; pero ¿qué van á hacer de tanto dinero
estas dos bestias? De fijo, dárselo á cuatro pillos que se lo quieran
sacar con maña, porque las almas de Dios de Blas y Paula no tienen
sentido común. Y si no se lo dejo á ellos, ¿á quién se lo dejo? ¿Á un
extraño que tal vez no rece un Padrenuestro por mi alma? No, señor. ¿Á
los pobres? Pobres son Paula y Blas, y además sobrinos míos, y me han
cuidado con esmero, y me quieren indudablemente. Por otra parte, ¿quién
me quita á mí de hacer un legado especial para los pobres, dejando lo
demás á mis sobrinos? ¿Y quién sabe si éstos, á pesar de sus cortos
alcances, sabrán dar al dinero un buen empleo?...
Y, por último--pensó el enfermo poniendo un gesto como de hiel y
vinagre,--¿qué me importa ya que se lleve Pateta ese caudal que,
después de haber sudado el quilo para adquirirle, no me sirve para
detener un solo instante la muerte que me amenaza? Decididamente va á
ser Blas un capitalista y el primer personaje del pueblo.
En esto llegó con tres acólitos el escribano, y bajo su fe testó el
enfermo; y tan á tiempo, que acabar de poner la firma en el testamento
y estirar la pata, fué todo uno.
Al salir del cuarto el escribano se encontró con Blas que andaba dando
vueltas, muy afligido, por el _estragal_; y entre mil reverencias y
sombrero en mano, le dijo:
--Resignación, _señor don Blas_: los altos juicios de Dios son
incomprensibles. ÉL, que ha llamado á su seno á su señor tío, sabe
por qué lo ha hecho. Otro día, cuando usted se halle con ánimo más
sosegado, me permitiré anunciarle las últimas disposiciones del finado;
disposiciones, señor mío, por las cuales le felicitara de muy buena
gana si ellas cupiesen al lado del dolor que le embarga sin arañarse
con él. Vuelvo, pues, á aconsejar á usted, _mi señor don Blas_,
resignación y conformidad, y tengo la honra de saludarle hasta los pies.
Blas, que empezaba á pasmarse del _señor don_ que le encajó el
escribano, dejó para otra ocasión el cuidado de averiguar el motivo de
las dos palabrillas, porque la segunda parte del apóstrofe del oficioso
notario dió al traste con su serenidad, y rompió á berrear como un
ternero, colándose en seguida en el cuarto de su tío para convencerse
de que realmente había espirado. Paula había entrado en él pocos
momentos antes que su marido, y también daba el grito que aturdía el
barrio. De manera que al reunirse el matrimonio junto á la cama donde
se hallaba el aún caliente cadáver del indiano, no parecía sino que se
iba á hundir la casa.
Decididamente Blas y Paula habían tomado cariño al buen señor; pero
noble y desinteresadamente.--Conste así en elogio de estos dos borregos.