El Jefe del Negociado 2.º--el departamento no hace al caso--, sentado
ante la mesa de su despacho, concluyó, sin duda, el estudio de unos
documentos que tenía delante, por cuanto, colocándolos todos juntos,
unos sobre otros, dejó caer sobre ellos, á modo de pisapapel, su gruesa
mano derecha; recostóse en el sillón que le servía de asiento,
contemporáneo de Isabel II, como todos los demás muebles que había en el
despacho, y meditó breves instantes; después, inclinando la cabeza hacia
la puertecilla, siempre abierta, que ponía en comunicación su despacho
con el que ocupaban los oficiales, formuló la siguiente pregunta, con
recia voz de bajo profundo:
--¿Quién tiene las _tripas_ de Antonio Rodríguez?
Los oficiales, al oir la voz del Jefe, suspendieron su tarea y se
miraron unos á otros.
--¿Qué ha dicho?--preguntó en voz baja el más joven de ellos, llamado
Gutiérrez, á su compañero Martínez, que estaba sentado ante una mesa
frontera á la suya.
--Pregunta por las _tripas_ de no sé quién--respondió el interpelado.
Como quiera que el Jefe no obtuviese respuesta á su pregunta, apareció
en la puertecilla de comunicación, con los antes citados papeles,
formulándola de nuevo:
--He preguntado, que quién tiene las _tripas_ de Antonio Rodríguez.
--Tú, Pepe, ¿no las tienes?
--No, hombre, no; ¡yo qué voy á tener!
--A que resulta que no las tiene nadie--refunfuña el Jefe.
--Yo no las tengo--vuelve repetir Pepe--; se las di á Jacinto hace cinco
días... Tú, Jacinto, tú las tienes.
--¡Ah! sí, es verdad--replicó el llamado Jacinto--; aquí las tengo, en
el cajón.
--Vamos... vamos--dice el Jefe, malhumorado por la tardanza en encontrar
las susodichas _tripas_--. En qué estará usted pensando... ¡En escribir
algún cuentecito de esos que le ponen á uno la carne de gallina!... ¡Ni
sé cómo le admiten ninguno!
Un coro de carcajadas siguió á las palabras del Jefe. Jacinto,
abochornado y corrido, buscaba en los cajones de la mesa los malditos
documentos que constituían las _tripas_ del expediente de Antonio
Rodríguez.
--Tome usted--dijo el Jefe, echando los papeles que tenía en la mano,
sobre la mesa de Jacinto--. Cósale usted la _cabeza_ y la nota, y
téngalo listo para bajarlo luego á la firma. Pero tenga usted cuidado,
no vaya á coser algún cuentecito de esos tan distraídos, entre las
_tripas_.
Nueva explosión de risa, que fué en aumento al salir el Jefe, y que se
prolongó largo rato, aumentando el azoramiento de Jacinto. Al fin, éste,
queriendo disimular, hubo de decir:
--¡Qué barbaridad!... ¡A ver si es que nos vamos á reir todos!
De tal modo dió á entender con la entonación de sus palabras lo corrido
que se hallaba, que las risas llegaron á su colmo.
Jacinto, de un humor rematado, doblaba los documentos que, por fin,
había encontrado, en forma adecuada para ser cosidos con el expediente.
Cuando la hilaridad dió lugar á las palabras, dijo Gutiérrez:
--No te enfades, Jacinto...
--¡No te enfades!--murmuró éste--. Os creeréis que voy á servir de mono.
--Pero si es que el Jefe tiene razón; si es que escribes cada cosa que
le pones á cualquiera los pelos de punta.
--¡Pues no las leas!
Nuevas carcajadas estallaron en el Negociado.
--Si escribieras cosas cómicas, verías cómo ganabas más.
--¡Para escribir cosas cómicas estoy yo! ¿Es que tú te figuras que con
6.000 reales de sueldo, mujer y tres hijos, se pueden escribir cosas
cómicas?
--Anda ése...--dice Pepe terciando en el diálogo--. Lo menos te has
figurado tú que los demás no tenemos familia... ¡Bueno!
--Yo no te digo que tengas familia ó que dejes de tenerla; lo que yo te
digo es que cuando se llega á casa y se ve lo que se ve... no se puede
tener humor de escribir cosas cómicas.
--¡Toma... toma...! ¿Y me quieres decir á mí qué adelantas con ponerte
fúnebre? ¡A mal tiempo, buena cara! ¿Que te hace falta una cosa y no la
puedes comprar? ¡Pues te pasas sin ella!
--Eso... eso...--grita Gutiérrez.--Mira, á mí me hacía falta haber
comprado una cajetilla cuando he venido esta mañana...
--Y á mí también me había hecho falta que la hubieras comprado--añadió
vivamente Martínez--; así no te hubieras fumado los pocos pitillos que
me quedaban.
--No te apures, hombre, no te apures por eso... Oye, tú, Pepe... echa un
pitillo, que éste no tiene... y yo no he podido comprar...
--Oye, tú--contesta Pepe, remedando el tonillo de Gutiérrez--: cuando á
uno le hace falta una cosa... y no la puede comprar, ya sabes lo que
acabo de decir: se pasa uno sin ella.
--Bueno, Pepito; pero antes se cuenta con los amigos... como tú.
--Sí, ¿eh? Pues desde este momento puedes romper las amistades.
--Vamos, no seas así, Pepe... Si ya sabemos que tú eres un hormiguita
que te llega el tabaco hasta fin de mes... Danos uno que sea gordo, y
haremos dos. ¡Me parece que no podemos hacer más...!
--Toma... ahí tienes--dijo Pepe, tirando dos pitillos por el aire--;
pero despídete, ¿eh? despídete.
Los demás protestan airadamente, y Pepe no tiene más remedio que echar
una ronda; lo cual le pone de un humor de todos los demonios.
--Lo que es mañana, como no os fuméis los mangos de pluma...
--Calla, burgués; no gruñas.
Jacinto, sin despegar los labios, y contento porque el giro de la
conversación se hubiera desviado de su persona, daba fin al cosido del
expediente.
--Verdaderamente, y yo lo declaro así,--dijo Montalbo, el oficial de más
categoría del Negociado, que no había despegado los labios hasta la
fecha--, es deprimente para nosotros y es vergonzoso para el Estado, que
unos funcionarios públicos, como nosotros, no tengamos para fumar el día
26 de mes; porque yo, sin rubor lo manifiesto, tampoco tengo tabaco.
--No tendrás tabaco, pero bien chupas--agrega Pepe, que tiene clavada en
el corazón la ronda de pitillos.
--Es vergonzoso que no tengamos para fumar.
--Para fumar... ¿eh?--masculló Jacinto...
--Cállate tú, Jacinto, y no nos amargues la vida--vocifera Gutiérrez.
--Sigue, sigue, Montalbo--exclama Martínez.
--Decía que es deprimente para nosotros y para el Estado...
Se oyen murmullos de aprobación.
--El Estado os va á dar chocolate en la oficina--interrumpe Pepe con un
tonillo socarrón que promueve un diluvio de protestas:
--Que se calle.
--Eso, cállate tú, Pepe.
--Bien se conoce que tú te ganas otro sueldo por las tardes.
--¿Y por qué no os las buscáis vosotros también?
Gutiérrez, poniéndose en pie y dando un puñetazo sobre la mesa, increpa
á su compañero:
--¡Ya nos las buscamos; pero no nos las encontramos!
--Muy bien--ruge Martínez estrechando la mano de Gutiérrez.
--Que hable Montalbo--se atreve á decir Bermúdez, que, tímido como una
alondra, no habla nunca, y se limita á formar coro con los demás.
--Yo, señores, pondría remedio á todo esto de una manera muy
sencilla--perora Montalbo con voz reposada.
--¡Que lo ponga!
--Sí señor, que lo ponga--dicen Gutiérrez y Martínez, á la vez.
--Pues sí señor que lo pondría... si me dejaran. ¿Me queréis á mí decir
para qué nos deja el Estado las tardes libres?
--Para que nos las busquemos. ¿No has oído á Pepe?--contesta Gutiérrez.
--O para que tengamos tiempo de elegir la forma mejor de suicidio--añade
su compañero.
--Pues yo haría una cosa muy sencilla:
En este Negociado somos seis empleados ¿no es verdad? Pues yo dejaría
tres, los haría venir por mañana y tarde, y les daría doble sueldo...
¿eh?... ¿Qué tal?
--Muy bien--contestan todos.
--Bueno; pero tú serías de los tres que se fueran ¿eh?--pregunta
Gutiérrez.
El Jefe, entrando en su despacho por la puertecilla particular, que daba
á un pasillo, puso término á la pintoresca conversación que sostenían
los oficiales, y ya no se escuchó en el despacho de éstos más que el
rasguear de las plumas sobre el papel.
Gutiérrez y Martínez fueron los únicos que siguieron hablando, en voz
baja, pues sabido era que no podían callar en toda la mañana.
El sol, filtrándose penosamente por los no muy limpios cristales de dos
ventanas que á un estrecho y negro patio tenía el Negociado, pugnaba
inútilmente por llevar un poco de luz y de alegría al interior de
aquella lóbrega y pequeña habitación.
Cada empleado tenía junto á su mesa un viejo perchero con dos
colgadores: en el inferior colgaban las capas ó gabanes; en el superior,
los sombreros. Aquellas prendas, en su mayoría viejas, colgando
escurridas y lacias, daban la triste sensación de cuerpos allí
ajusticiados.
Jacinto, que hora es ya de que fijemos su personalidad, era un muchacho
de veinticinco años, hijo de unos labradores ni mal ni bien acomodados,
de la provincia de Cáceres.
Don Lesmes, el intrépido D. Lesmes, el representante de la instrucción
en el pueblo, tomó á su cargo al muchacho, en sus tempranos años, y,
tras de las primeras letras, enseñóle la instrucción primaria; dándose
el caso estupendo de que el chico, cuando la terminó, sabía escribir con
ortografía y era propietario de una letra muy decentita. Terminada la
primera enseñanza, entró el cura en funciones; porque á todas luces se
veía que Jacinto iba para algo más que para labrador.
Empezó, pues, la enseñanza del latín, que corrió por cuenta del cura,
encargándose Don Lesmes de la Geografía y de la Historia de España. Era
el muchacho listo y despabilado, y pronto llegó al fondo de aquellos dos
pozos de ciencia que se llamaban cura y maestro. Y ¿qué hacer entonces
con un muchacho que no se había encallecido las manos con la mancera del
arado; que dominaba el latín mejor que el cura; que se sabía de corrido
todos los ríos de la tierra, con ser tantos; que conocía los puertos de
todas las naciones mejor que las casas del pueblo donde había chicas
guapas? ¿Qué hacer con una criatura que, con sólo diez y seis años,
conocía á fondo quién fué Carlos V y quién Felipe II; que sabía que á
Enrique I lo mató una teja que cayó de un tejado... y que á Carlos IV se
la pegaba su mujer... como si fuera un Carlos cualquiera sin numerar?
Pues como quiera que el mandarlo á Madrid para que estudiara más era un
dolor--¡con lo que ya tenía en la cabeza!--, y cómo, además, este gasto
fuera demasiado grande para que pudiera resistirlo el presupuesto de la
casa, se acordó que lo que hacerse debía era proporcionarle un destino
en la corte. El cuerpo electoral, en masa, que ya sabía lo que Jacinto
valía, tomó á su cargo lo del destino; y el destino se consiguió, porque
el diputado no tuvo más remedio que escoger entre el destino para
Jacinto, ó no volver á salir diputado por aquella circunscripción; y
fácil es comprender que no hay diputado que opte por lo segundo.
Fué, pues, Jacinto á Madrid con un destino, para empezar, de 1.500
pesetas en Gobernación.
A Jacinto, al principio, le pareció este sueldo una fortuna; mas poco
tardó en comprender que aquellos veintidós duros y medio que le daban
todos los meses, no servían para otra cosa que para pasar apuros y
privaciones; apuros y privaciones que se iban remediando con alguna
cosilla que, de cuando en cuando, le mandaban los padres.
El joven oficinista, á quien no agradaba que los padres tuvieran que
hacer aquellos pequeños desembolsos, pensó en encontrar un remedio para
sus apuros, y, al fin, dió con él: resolvió casarse.
Muchísimas veces había oído decir que en la vida ordenada y tranquila
del matrimonio se gasta mucho menos que en el desarreglo de la
soltería.
No le parecía á él muy lógico esto; pero tanto y tanto oía repetir que
con lo que gasta un hombre soltero vive una familia, que decidió
constituirla. A los padres les pareció de perlas el proyecto, por
aquello de que un muchacho solo, en Madrid, está expuesto á muchos
peligros.
Jacinto, hecho ya un señorito, ni pensó siquiera en alguna honrada
muchacha de su pueblo, donde más de una había que le habría convenido;
tampoco pensó en que no estaría de más que la que eligiera por esposa en
Madrid, llevara alguna cosilla al matrimonio; así es que, guiándose sólo
de sus sentimientos, se casó con Claudia, bonita muchacha que poseía
bellas cualidades en muy alto grado, pero nada más; lo cual, que si no
es poco, ni mucho menos, no es lo bastante para que un matrimonio salga
adelante.
Al principio todo fué bien, porque el matrimonio vivía con la mayor
economía; y, aunque bien veían que no podían extralimitarse en lo más
mínimo, eran felices con su cariño.
Vino un chico, que antes viene esto en el matrimonio que cinco mil
duros, y la alegría más grande llenó aquel modesto hogar; un chico no
era ninguno, y cumplía el ardiente deseo de los padres. Pero es el caso
que detrás vino el segundo... y dos ya son uno; y vino luego el tercero
y con éste ya empezó á cambiar el aspecto de la casa: empezaron los
apuros y las privaciones en el más alto grado.
La pobre Claudia no podía hacer más milagros que los que hacía con los
veintidós duros y medio.
Jacinto, cada día se volvía más taciturno.
«Es que tu mujer no será arreglada»--le decían los compañeros casados de
la oficina--. Y él pensaba: «Mi mujer no será arreglada, pero lo que es
_arreglada_, vaya si la está la pobre».--Pero no, no era eso. ¿Qué
desarreglo podía haber con aquella miserable paga? Lo que sucedía es que
la infeliz señora no podía, no tenía poder para hacer el milagro de los
panes y los peces.
Se trató primero, para ver de salirle al encuentro á la mala situación
que se presentaba, de conseguir un ascenso para Jacinto; pero el
diputado puso pies en pared y agarrándose al escalafón, dijo que no era
posible saltar por encima de tanta gente. Se pensó después en hallar una
segunda colocación; pero... ¡sí... sí...! ¡buenas estaban las segundas
colocaciones! Jacinto recurrió al último extremo, al que recurre la
inmensa mayoría de los españoles, siquiera los resultados sean nulos en
la mayoría de los casos: escribió un cuentecito para un periódico; y, si
bien no puede decirse que estaba mal escrito, sí puede decirse que lo
publicó... gratis. No obstante, algunos más escribió, que consiguió
publicar y hasta cobrar; pero esto era tan de tarde en tarde, que nada
pudo mejorar la situación de la familia.
Jacinto llegó á preocuparse seriamente de la existencia de aquellos tres
angelitos, que cada día le iba pareciendo más problemática. Su ánimo
empezó á ensombrecerse y su persona tomó el aspecto tristón y retraído
con que le hemos conocido.
Sus cuentos llegaron á ser verdaderamente espeluznantes.