Provisto hacía algún tiempo de mi diploma en la Escuela de Caminos,
hallábame una noche en Aranjuez, adonde me habían llevado mis primeros
deberes profesionales, hospedado en aquella fonda que aún conserva las
mamparas de damasco rojo de la época en que se enorgullecía sirviendo
de residencia al Príncipe de la Paz. Anunciáronme que había llegado de
Madrid un caballero deseoso de verme y saludarme; mandé que entrase al
punto, y sin tardanza me dio los brazos Luis Portal, mi condiscípulo y
amigote.
Después de las exclamaciones consiguientes, Portal se dispuso a
explicarme el objeto de su venida tan a deshora.
--Es bastante raro... Te sorprenderá, pero no hagas aspavientos, que en
el fondo no hay de qué... Mañana, en Madrid... ¡Krrr! --e imitaba con
la lengua el sonido que hace al abrirse una navaja de muelles--. Tengo
el antojo de que tú me apadrines...
--¿Lance?
--No, digo, sí... Boda.
--¿Te casas? --articulé estupefacto--. ¿Así, tan de sopetón? En tu
última carta --la recibí hará diez días-- ni mentabas intenciones
semejantes.
--¡Ahí verás tú!... Ni yo me lo imaginaba tampoco hace una semana.
Estaba en Ciudad Real, y descuidadísimo... Pero un día se me presenta
allí _Mo_... ¡Si vieses qué peripecias!... El diablo lo añasca todo...
Casamiento y mortaja... ¡La vida, chico!
--¡Ah bonachón, pedazo de pan! ¿Pues no decías que para ti no se había
cortado la casaca?
Portal no contestó: sonrió, miró de soslayo hacia la punta de sus
botas llenas de polvo, y una expresión maliciosa e infatuada pasó por
su rostro anchísimo, curtido ya por el sol de los ejercicios de la
profesión ingenieresca.
--¡Pch!... No podía fallar: habías de salirme con eso... No cabe
duda; la vida no puede teorizarse; gracias si la vamos practicando
a tropezones... y la teoría es el reverso de la práctica. Estas
cosas vienen así... no porque uno las prepare; así como no puede
prepararlas... ¡corcho! tampoco las puede rehuir.
--¿Pues no te habías desilusionado? ¿Pues no reconocías que _Mo_...
vamos, no era tu ideal, ni por semejas? ¿No me confesaste que cualquier
muchacha sencilla e ignorante te parecía preferible?
--Bien... yo me expresé aquel día con cierta exageración. Estaba fuera
de juicio. No hay que tomar al pie de la letra lo que dice un enamorado
emberrechinado. _Mo_ no es la _mujer nueva_, convenido; pero acaso
no es tiempo aún de que esa hembra excepcional aparezca en nuestra
sociedad y la modifique... Entretanto, _Mo_ es una real mujer, que me
tiene ley, que dejaría por mí la proporción más brillante... y eso
supone algo, compadrito. Mathew... ¿ves tú? se casaba, _iba al ara
de Himeneo_, si a ella se le antojase. No es invención, no; cartas
cantan... Y el tal Mathew tiene muchas libras...
--¿De carne?
--¡Esterlinas, Caracoles!
--¿Y dices que mañana? ¡Escopetazo!
--Cabal... Todo lo he arreglado al vuelo... Si es locura... ¡mejor!
Alguna locura se ha de hacer en la vida, chacho... y las locuras, en
caliente, que es cuando tienen mejor substancia. Estoy convencido de
que los locos la aciertan más que los cuerdos. Nuestro siglo está
enfermo de sensatez; nuestra generación, hipocondríaca de formalidad y
de tanto calcular las consecuencias de los actos pasionales... Yo creo
que es hora de tocar a rebato. ¿Qué opinas?
--Que antes no pensabas así. Todo se te volvía prudencia, reflexión,
oportunismo y cuquería.
--Pues... _velay_. ¡La vida es una serie de _velays_! No me hagas
observaciones. Los que nunca hemos roto un plato, de repente...
¡cataplún! nos dejamos caer y rompemos una vajilla entera.
--Pues ya que hoy no tienes tren para volver a Madrid, y es la última
noche que pasamos juntos --le dije-- me entran ganas de leerte unos
borrones que escribí... una especie de novela o de autobiografía...
donde estudio aquello... ¿bien te acordarás? aquello tan raro... no sé
si le llame amor... que tuve con la mujer de mi difunto tío Felipe. En
el cuaderno sales a relucir a cada paso, y te servirá de remordimiento,
porque escribí tus sanos consejos y tus doctrinas en esto de amoríos y
bodas. ¿No te molestará el oírlo?
--Al contrario, me gustará mucho --afirmó mi amigo--. Haz que traigan
una maquinilla de café y los ingredientes para confeccionarlo; pide
para mí dos cajetillas de cigarros, porque me olvidé de comprar antes
de venirme; di también que suban un par de botellitas de alemana; y...
soy todo oídos, a ver ese engendro.
Saqué del cajón mis apuntes, en los cuales había encontrado delicioso
entretenimiento, un baño de frescura, que me desimpresionaba del último
período de mis aridísimos estudios. Portal me escuchó con atención,
convertida luego en interés: protestando algunas veces por medio de un
movimiento de cabeza, cuando le parecía menos exacta la narración;
aprobando otras, y riendo a la evocación del recuerdo ya casi borrado;
y solo me interrumpió repentinamente hacia el final, a tiempo que yo
entraba de lleno en el relato de los últimos meses de la enfermedad de
mi tío.
--¡Alto ahí! --dijo, arrojando el cigarro que chupaba.
--¿Qué se te ocurre? --preguntele.
--Hacerte una observación --respondió-- para el caso de que algún día
destinases esos borrones a la publicidad: tentación en que caerás
¡como si lo viese! porque ningún joven de nuestra época se conforma
a archivar sus _estudios_ (_inspiraciones_ les llamaban antes).
Si encajas eso por ahí... en periódico o revista... debes, en mi
concepto, suprimir todos los capítulos donde pintas los progresos y los
caracteres de la enfermedad de tu tío. Créeme: al público no le gustan
esas descripciones brutalmente naturalistas, y cuanto más a lo vivo las
dibujes, más antipáticas le serán. No obligues al que haya de leerte a
oler un frasquito de sales, ni hagas que las señoras nerviosas cierren
tu libro sin acabarlo.
--Ya conozco que el asunto no es de lo más ameno... No pienso dar esto
a la prensa. Pero supón que me entrase la manía de lanzarlo a los
famosos _cuatro vientos de la publicidad_: ¿no sería un contra sentido
segregar cabalmente esos capítulos en que la figura de tití aparece,
no ya sobre fondo de oro, sino sobre un rompimiento de gloria, como el
de las Concepciones de Murillo? Es cierto que no ocurren en esa parte
de mi narración sucesos variados y sorprendentes; ¿pero te parece
poco semejante asistencia, hecha con abnegación tal? Dices que es
repugnante. ¿Pues y la Biblia, cuando describe a Job rayéndose la podre
con un casco de teja?
--¡Bah! ¡De la Biblia acá... no nos hemos vuelto poco delicados!
Créeme, guarda para ti esos detalles clínicos, esa poesía farmacéutica,
y pasa como sobre ascuas por encima del mal de tu tío. Conténtate con
decir que se puso malito, y que se fue empeorando... hasta que estiró
la pata.
--¡Te repito que entonces mutilo completamente el carácter y la imagen
de Carmiña! --objeté dolorido--. Si no la seguimos paso a paso en
el camino del calvario; si no la vemos abandonada de todo el mundo;
negándose a llamar a una monja de las que asisten, porque don Felipe no
quería cuidados más que de su mujer; habiéndosele despedido los criados
por pánico de «coger el mal»; pasándose las noches en vela, rendida,
febril, sin probar alimento en veinticuatro horas, obligada a lavar
ella misma las vendas y los trapos...
--¡Huy, hijo! Vendas... trapos... ¡Todo eso apesta a hospital, a
fénico, a pus! ¡No lo nombres siquiera! Toma mi consejo. Insisto en
que no debes decirlo. El arte no desciende ahí. El arte debe ser
una selección... El artista pasa a través de la naturaleza haciendo
lo mismo que haría un paseante inteligente y delicado: recogiendo
las florecitas para atarlas y formar un ramillete y colocarlo en un
lindo búcaro. La ciencia... ya es diferente: el botánico puede coger
las hierbas malas, feas y ponzoñosas, y guardarlas con cariño, y
estudiarlas y clasificarlas...
--Pero si yo no tengo pretensiones de artista, ni Cristo que lo fundó
--contesté con la menor dosis de sinceridad posible.
--Hablamos para el caso de que las tuvieses. Suponiendo que ese libro
de tu autobiografía fuera a imprimirse, yo le daría un tajo; me pararía
en firme en aquel incidente... verás... La escapatoria de Camila
Barrientos con el novio de su hermana... Porque creo que esa vez fue la
última que se cruzaron entre Carmiña y tú palabras relativas al drama
de pasión que indudablemente existía entre ambos, muy tapadito, pero
muy auténtico. Después, para que no se ignorase en qué había parado
la cosa, pondría un epílogo... la muerte de tu tío... y nada más.
Nada más por ahora, quiero decir, porque tus confesiones traen cola,
chacho; a los dos o tres años de estar casado con la tití... han de
sucederte cosas dignas de la pluma de Balzac. Sigo en mi idea. Esta
clase de mujeres tan santas, tan excelentes y admirables, no pueden
hacernos felices a nosotros... y nuestra existencia a su lado sería un
infierno. En fin, hoy no es día de que yo predique a nadie... Estoy
desautorizado. Se ha llevado pateta mi prestigio.
--Vamos --indiqué--, lo que pasa es que a ti, en tu estado de ánimo
actual, no te hacen gracia esas páginas dolorosas. Pues las salto...
y si quieres, de palabra te contaré cómo se murió mi tío, pues fue un
momento en que experimenté yo una emoción bastante rara. No tengas
miedo: abreviaré, porque conozco que estás muriéndote de sueño... y hoy
es jugarte una serranada el no dejarte dormir.
Sonrió el orensano, y yo continué:
--En los últimos meses de la enfermedad, mi tío no se dejaba ver
de nadie, más que de su mujer y del médico. A mí se me prohibió la
entrada. Yo hubiera insistido; pero me lo impidió una interminable
carta de mamá, donde me anunciaba el propósito de venir a Madrid para
obtener que su hermano testase en mi favor, como era justo. La tal
carta me hizo adoptar dos resoluciones: primera, la de engañar a mamá,
evitando a toda costa que viniese, afirmando que mi tío estaba resuelto
a dejarme su fortuna toda; segunda, la de no poner los pies en la casa
mientras durase el mal. Parecíame esto de elemental delicadeza, no sé
si en mi resolución entraría por algo la poca gracia que me hacía el
contagioso y horrible padecimiento.
Una tarde vino a mi fonda el Padre Moreno, solicitando hablarme
privadamente. Yo ignoraba que el fraile moro hubiese regresado a
Madrid; le creía convaleciente en el convento de Chipiona. Díjome que
venía a activar y despachar ciertos asuntos de su Orden, «que a usted
le importan un pito», añadió con su brusca familiaridad acostumbrada,
y que se alegraba, porque así había conseguido reducir al marido
de Carmen, el cual, a fuerza de tanto padecer, y enterado ya de su
verdadera situación, estaba «dado a Barrabás, y sin querer aceptar la
voluntad de Dios, ni confesarse».
--Ya le tenemos como un guante --prosiguió Aben Jusuf-- y ahora lo que
desea es verle a usted en estas últimas horas...
--¿Tan malo está?
--Dice el médico que no pasará de esta noche o de la madrugada. La
anemia, producida por las lesiones interiores y sus consecuencias, es
lo que le acaba. Lo que es peor el mal propiamente dicho... viviría
diez años, si vida puede llamarse la de un leproso.
--¿Y quiere verme? ¿Sabe usted que no tengo ganas de ir?
--Pues venga usted sin ganas --contestó el fraile, terciándose el
manteo o capa eclesiástica, y echando delante con resolución. Ya no
usaba muleta; estaba otra vez hecho un valiente.
Le seguí; ¡qué remedio!, subí las escaleras, crucé el pasillo, entré
en el cuarto, y a la débil luz de una lamparilla y en el fondo de la
cama que en otro tiempo fue tálamo nupcial, vi un objeto de forma
indistinta: la cabeza del enfermo envuelta en vendas múltiples. Una
voz ronca y extraña, como la de los sordomudos, me llamó; sin duda la
enfermedad había atacado las cuerdas vocales... Mi tití, que había
entrado conmigo, se colocó a los pies de la cama, y al otro lado de
ella se situó el Padre Moreno.
--Sal... us... tio... --pronunciaba el enfermo tan dificultosamente,
que una misteriosa tristeza compasiva se apoderó de mí--. Es... toy...
muy...
--No hable usted, tío... --supliqué aproximándome más, arrostrando
el olor de éter mezclado con el de la descomposición cadavérica que
exhalaba ya aquel cuerpo--. Si tiene usted algo que decirme... Carmen
lo hará por usted.
--Carm... hija... ven... --articuló el desgraciado.
Carmen se acercó también, pero sollozando, con el rostro oculto en el
pañuelo.
--Yo hablaré, señor de Unceta... no se fatigue --intervino el Padre--.
Lo que quiere su tío es decirle que... vamos... que allá en otro
tiempo... cuando murió el señor abuelo de usted y se hicieron las
partijas... tal vez no hubiese toda la equidad posible en el reparto de
los cupos... y que hoy, en estos momentos solemnes...
Al llegar a este punto, el viviente cadáver pretendió incorporarse,
ladeose un tanto, y de entre sus vendas y del fondo de su destruida
laringe salió un acento... ¡qué acento, señor!... Decía:
--Salustio... per... perdóname... y dile a... a... tu madre que... me
per...
¡Qué espantoso daño me hizo aquello! Se me apretó la garganta, se me
cortó el aliento, y exclamé, ahogándome:
--No me pida usted perdón... Le ruego que no me lo pida usted... Yo soy
quien debe...
--Su señor tío --interrumpió el Padre secamente-- está animado de
sentimientos tan equitativos, que hizo ayer sus disposiciones dejándole
a usted la parte mejor de su caudal... El total no, porque también
favorece en el testamento a su señora, que le ha asistido... como usted
sabe y le consta... y que le ha dado pruebas de cariño inmenso.
--¡Tío! --exclamé fuera de mí--: ¿por qué hizo usted ese disparate...?
Todo, todo a Carmiña... Ella lo merece; yo ni lo merezco, ni lo quiero,
ni lo admito. Me ocasiona usted el mayor disgusto... No me deje usted
nada. Renuncio... ¡Por Dios! He concluido mi carrera, y a mi madre la
sobra con qué vivir. No necesito bienes. Por Cristo, borre usted mi
nombre de su testamento.
--Felipe --suplicó a su vez la tití con voz empañada por el llanto--,
déjaselo todo a tu hermana, todo, todo; y yo, si no me quieren en casa
de mis padres, con ella me iré a vivir, caso de que tú faltases... que
no sucederá, porque Dios te conservará la vida.
--Basta de porfías --intervino el fraile--. No sean bobos por exceso
de desinterés. Don Felipe estuvo acertadísimo en el reparto de su
hacienda. Si logra algún alivio en su enfermedad, ya tendrá tiempo
de modificar la última voluntad que ayer dictó. Ahora --por si
empeorase--que piense en Dios, en su justicia y en su misericordia.
Carmen, échese usted un rato. Salustio y yo velaremos... Saúco no
tardará en venir a pasar la noche también...
Al hacer el Padre esta proposición el tronco del enfermo se agitó, sus
manos entrapajadas salieron de entre las sábanas, y con sobrehumano
esfuerzo gritó claramente:
--¡No te vayas... Carmiña!
Ella se precipitó al lecho con el rostro casi transfigurado, con la
expresión angelical de la Santa Isabel de Murillo, se desplomó sobre el
leproso, murmurando:
--¡Felipe, alma, corazón mío, si no me voy!
Y sobre aquellos labios, roídos por el asqueroso mal, con una
vehemencia que en otra ocasión me hubiese estremecido de rabia hasta
los mismos tuétanos, apoyó su boca firme y largamente, y sonó el beso
santo... Mi tío, galvanizado, consiguió incorporarse; pero el esfuerzo
retiró probablemente la sangre de su cerebro... y cuando su cabeza
volvió a recaer sobre la almohada, ya vidriaba sus ojos la agonía. ¿Qué
más te diré?... El Padre Moreno dijo la recomendación del alma, a que
contestamos Carmen y yo... Nada, lo que puedes suponerte...
· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·
--¿Cuál fue ese fenómeno raro que notaste entonces? --preguntó el
curioso Portal.
--Que el corazón me aumentó de tamaño... No te rías, se me ensanchó
atrozmente... y fui _cristiano_ por espacio de una hora lo menos.
El orensano parecía reflexionar.
--¿Y cuándo te casas con la viuda? --dijo al fin.
--¡Vaya una ocurrencia! Está con su luto riguroso... y padeciendo,
pues acabada la asistencia, se vieron las resultas de tanta fatiga en
el quebranto de su salud. A Pontevedra se ha vuelto. Sé de ella por mi
madre. Ignoro lo que siento... Necesito analizar mi espíritu...
En aquel instante amanecía y los canoros ruiseñores de Aranjuez, desde
la frondosa copa de los árboles centenarios, saludaban al nuevo día con
sus arpadas lenguas.
--¿Sabes --indicó Portal-- que este sitio es precioso? Mira qué
alborada nos dan los pájaros... Y luego la habitación grande y fresca,
el piso de azulejos... Voy a venirme aquí a pasar la primer noche.