Serían las doce de la mañana cuando empecé a despertar, con acíbares en
la boca, las sienes estallando de jaqueca, el hígado pesado como plomo,
y en el alma esa inexplicable desolación, ese pesimismo obscuro y hondo
de los días que siguen a las noches orgiásticas. En medio de mi sopor,
oía un ruidito semejante al que hacen las teclas del piano cuando se
las hiere en seco estando el instrumento desencordado del todo; eran
los tacones de la pecadora, que daba mil vueltas por el cuarto, en
puntillas, y entraba de vez en cuando, para volver a salir con algún
objeto en las manos o en la falda. Sin duda, a cada salida cuidaba de
mirar hacia mí, pues al punto se dio cuenta de que yo estaba despierto,
y llegándose e inclinándose a mi oído, murmuró:
--No hagas caso... Duerme más si se te antoja. Están ahí las prenderas,
y las voy sacando a la sala las cosas, para que las vean y las ajusten.
No contesté. Me levanté disparado. ¡Yo sí que quería plantarme donde la
perdiese de vista! Su pelambrera enredada; su bata de rica seda, con el
encaje hecho jirones; el chapaleteo de su calzado; su misma hermosura,
su frescor intacto después de la noche toledana, me empalagaban como
empalaga el último bocadillo de piña de América o de otro dulce muy
sápido y gustoso. Bascas de la materia, ¡cuánto asombráis el espíritu!
¡Cuánto le recordáis su origen, su fin, su divina esencia! ¡Lástima que
algunas veces os retraséis en el camino, y lleguéis solo en buena sazón
para chapuzarnos en las amargas aguas de arrepentimiento de que hablaba
el Salmista!
Necesité violentarme para no tratar mal a la desdichada. Comprendí la
brutalidad que les entra de sobremesa a ciertos hombres. Me disculpé
con jaquecas y molestias gástricas, y ella empeñada en llamar a un
médico, en aplicarme compresas de agua de Colonia, en darme caldo...
Por fin logré huir de la odiosa prisión, y en casa me lavé de pies a
cabeza, cambié de ropa, y me juré a mí mismo ir a la calle de Claudio
Coello a borrar la mala impresión de la comida... «Salustio, ahora
veremos si eres hombre o pelele. Anoche te portaste... Vergüenza debías
tener... ¡Para eso tanto bravatear con el Padre Moreno, y solo con la
idea de que el enfermo bebía en aquel mismo vaso, ya no pudiste pasar
bocado, ya te pusiste a soñar disparates y acabaste por hacer de una
infeliz nada menos que la encarnación de la vida!... No tienes tú, no,
el heroísmo sencillo y modesto de Carmen... Y lo que es ella te ha
calado... Anoche es seguro que infundiste _lástima_. ¡Rehabilítate hoy!»
Cuando el propósito de rehabilitación me llevó a casa de mi tío, eran
las cinco de la tarde, y la criada, al abrirme la puerta, me indicó que
en el comedor encontraría a su señora.
Allí me dirigí, y esta vez Carmen, al verme, no mostró aquella
extraña emoción de otras veces, cuando impensadamente me presentaba.
Saludome muy cordial, y su fisonomía no perdió la irradiación dulce y
serena. Estaba en pie, de bata floja, recogido el pelo al descuido, y
arreglando loza en el chinero.
--¡Qué milagro! --la dije--. ¿Cómo no te encuentro al lado del tío
Felipe? Me han dicho que no sales de allí.
--Exageración --contestó tranquilamente sin interrumpir su tarea--. El
mal no requiere eso, como no sea para que no se aburra de verse solo.
¡Viene tan poca gente! Pero hoy casualmente ha llegado de Pontevedra
Castro Mera, y me lo entretendrá un ratito.
Continuó arreglando. Las tazas, las copas, bajo su mano inteligente, se
alineaban en orden, y en su bolsillo, a cada movimiento del brazo, se
oía, sonoro y claro más que nunca, el tilinteo de las llaves.
--Carmen --pregunté tomando una silla--: ¿y qué te parece del enfermo?
¿Le encuentras mejoría? ¿Esperas que sanará? Nadie puede saberlo mejor
que tú que le cuidas.
Se volvió hacia mí con un plato de china en la mano, y antes de
responder lo pensó un poco. Luego dijo con voz sinceramente dolorida:
--No encuentro mejoría alguna. Al contrario. Sufre dolores horribles.
Se me figura que pierde más terreno del que el médico sospecha.
--Y tú... --murmuré acercándome a ella y hablando muy bajito-- sé
franca... ¿sabes... lo que tiene?
El plato chocó con las otras piezas de loza al depositarlo en el
estante, y ella respondió tan bajo como había hablado yo mismo:
--Sí.
Un instante callamos los dos. Ella arreglaba, pero ya alterada y
febril, y la loza y el cristal se embestían con frecuencia. Fui el
primero en recobrar el uso de la palabra, y acercándome y tomándole las
manos según acostumbraba otras veces, exclamé:
--Carmiña, mira, tengo que pedirte un favor... pero un favor muy
grande... Ya te suelto mujer... Si ya has adivinado de lo que se
trata... Atiende; por ahora sufres con mucho valor la asistencia...
estás empezando, como quien dice... Lo que has bregado no es nada para
lo que puede sobrevenir... Tú no te formas idea de cómo va a ponerse
ese hombre... Llegará a criar gusanos en vida --murmuré estremeciéndome
y temblando--. ¡Ay! Día vendrá, Carmen, en que no podrás resistir, en
que llegarás al límite de tus fuerzas, porque todo en el mundo tiene
límite... Pues yo... yo puedo prescindir de estudios y de todo...
escucha... y ayudarte, ayudarte... Verás cómo vengo aquí y me porto...
Te respondo de mi estómago y de mi voluntad... No llevo mira interesada
alguna... quiere decir que _no soy el de antes_... ¿comprendes? Si
falto a mi programa... échame a la calle. Tití... anda... no me lo
niegues.
Interrumpida su labor, se quedó ante mí, reflexionando, mirándome
fijamente al fondo de las pupilas. Y al cabo, con voz apacible,
pronunció:
--Salustio, te lo agradezco muchísimo. Tienes muy buen corazón, y
no dudo que te ofreces con el mejor deseo del mundo: además, siendo
pariente tan próximo de Felipe, yo no había de impedirte que te
acercases a su cama cuando está enfermo. Pero en cuanto que llegue a
fatigarme la asistencia... en eso, te equivocas. No me cansará, aunque
dure diez años. Tengo muchísima mayor provisión de energía de lo que te
figuras.
--Supongamos --insistí-- que enfermases, que esa provisión de fuerzas
se agotase... ¿Qué harías? ¿No me permitirías auxiliarte, ni siquiera a
ratos? ¡Ay, Carmen! No tienes para mí buena voluntad...
--Sí la tengo, sí la tengo --respondió ella--. Solo que tú tampoco te
fijas. ¿Crees que los enfermos se acostumbran a todas las personas
indistintamente? ¡Quia, hijo! Nones. Se habitúan a una persona... Con
Felipe está pasando eso. Si falto yo se desconsuela. Poco me puedo
desviar de su lado. A los dos minutos me llama. Desengáñate, los pobres
enfermos son caprichosos... ¡y quítales de la cabeza la afición o la
costumbre!
--¿Por qué no dices el cariño? --respondí irónicamente.
--¡Pues sí, el cariño! --afirmó ella con toda la efusión de su alma--.
¿Cómo no han de preferir a aquella persona que más les quiere?
--¡Aquella persona que más les quiere! --repetí como quien no entiende
lo que oye.
--Claro. ¿Le ha de querer nadie tanto como yo? --dijo con naturalidad,
al par que con fuerza, la esposa.
Sentí un dolor al lado izquierdo, cual si me taladrasen las telillas
del corazón con taladro muy fino, fenómeno que siempre he notado cuando
un desengaño me hiere o siento profundamente mortificado mi amor
propio. Y con agitada respiración, supliqué:
--Carmen, no me engañes. Las mentiras, por generosas y nobles que sean,
manchan la boca. Tú no puedes mentir, porque siempre fuiste para mí la
verdad personificada. Como si nos oyese Dios...
--Ya nos oye --declaró ella con hermosa solemnidad.
--Pues porque nos oye... contesta: ¿es verdad eso de que quieres a tu
marido?
--Más que he querido a nadie en este mundo.
Sentí la puñalada, y en vez de un grito, arrojé secamente esta insigne
vulgaridad:
--Pues, hija, no lo comprendo. Pero que aproveche.
Y la tití, con acento severo y quizás un tanto desdeñoso, repuso:
--Es natural que no lo comprendas. ¡Ojalá llegues a comprenderlo algún
día! No te deseo mayor bien.
Se volvió con propósito de marcharse, y yo la detuve por la bata,
tembloroso de pena y de coraje.
--Carmen, por Dios... Carmen... ten compasión de mí. Todo lo que
aseguras será como el Evangelio... pero explícamelo... Necesito
entenderlo... Me vuelvo loco. Es natural, muy natural; está muy en
carácter que asistas bien a tu marido, que le cuides, que te desvivas
por él, que realices todos esos milagros... ¡Como que tú eres... ya
sabes, vamos... no lo repito, no te pongas así! Pero una cosa es eso, y
otra el _querer_... El querer es involuntario, brota de las entrañas.
¿Me vas tú a convencer de que le quieres? Imposible.
Ella accedió, casi risueña, a detenerse; y sentándose en la silla más
próxima a la mía, habló confidencialmente.
--Me pones en un apuro, Salustio... ¿Cómo explicártelo? A mí me parece
que ciertas cosas no tienen explicadura. Se caen de suyo, y si me
haces discurrir sobre ellas, entonces... entonces sí que no las voy a
entender. La verdad es que yo fui bastante mala con mi marido mientras
estuvo sano. ¿No te acuerdas tú?
--¡Sí me acuerdo! --confirmé ardientemente--. Le profesabas horror...
esto sí que no lo discutirás... horror... Cuando se apartaba de ti te
ponías contenta y de aspecto saludable...
La tití, al oírme, iba enrojeciéndose, enrojeciéndose, primero por las
mejillas, pero luego la oleada de sangre se extendió a la frente, a la
barbilla, y hasta creo que por la raíz de los cabellos.
--Pues... --murmuró reprimiéndose acaso para no dar salida a
inoportunas lágrimas-- precisamente por todo eso que dices, cuanto
haga yo ahora es poco para borrar lo de antes, y estoy agradecidísima
a Dios que me ha concedido medios de reparar mi conducta. Es cierto
que lo hacía así... no se cómo, sin querer y sin poderlo remediar,
porque me incitaba una cosa interior, una prevención o una manía;
pero no me disculpo, porque las manías raras se vencen; cuando una
mujer se casa, adquiere compromisos muy sagrados, y no valen manías ni
antojos... Nadie me había obligado a casarme con Felipe, y en vez de
quererle, parece que andaba buscando pretextos para apartarme de él...
Entonces, Dios... que es tan bueno... se armaría de paciencia, y diría
para sí: «¡Hola! ¿Frialdades tenemos? Pues yo haré que te veas en la
precisión de acercarte a tu marido... y que no puedas desviarte de él
ni un minuto. Yo le mandaré una enfermedad que solo tú tendrás arranque
para asistírsela... ¿No has querido admitir en tu corazón el cariño de
esposa en las condiciones naturales? Yo haré que lo admitas por medio
del sacrificio y de la prueba...» ¿Tú no creerás una cosa, Salustio?
Cuando Dios nos manda la copa de ajenjo, si la bebemos de buena gana,
sabe a almíbar... y si la tomamos con repugnancia, entonces se nota
todo el amargor o más aún del amargor que tiene... Yo al principio
(no te lo oculto) hice esto venciéndome, porque me parecía que era
mi _obligación_, mi _deber_, y un _deber_ hasta de _caridad_ con un
_prójimo_... Pero así que me resolví y dije para mis adentros: «Carmen,
Carmen, esto lo has de ejecutar así se hunda el mundo...», me pareció
que ya se me quitaba todo el peso del trabajo, ¡y más todavía! que
empezaba a entrarme por Felipe una cosa que no había sentido nunca...
así como un... un apego... una ley...
--Dilo de una vez... ¿Amor?
--¡Voy creyendo que sí, que así debe llamarse!... --respondió
firmemente la sacerdotisa del hogar--. Por lo menos crece todos los
días... me ha dominado ya... y me recompensa las pocas fatigas que
sufro... En términos que ahora --mira tú... ¡no te rías!-- me daría así
como... envidia... o celos... si otro viniese a compartir mi tarea y a
ser para Felipe lo que yo soy actualmente.
--Y él... --pregunté con sarcasmo, para ocultar mi decepción y mi
furia-- y él ¿qué tal? ¿También estará contigo muy amoroso y tierno?...
--¡Vaya si lo está! --afirmó con efusión indecible, dejando ya, sin
rubor alguno, transparentar al borde de sus pestañas las lágrimas--. Si
vieses lo que el pobre ha cambiado para mí... te admirarías.
--¿Tan derretido anda? --indiqué irónicamente.
--¡No es _eso_! --exclamó con su alma entera en los labios la santa
mujer--. ¡No finjas que no te enteras, Salustio! Es que ahora... ¿cómo
te diría yo? ha caído una valla que había entre nosotros... se ha
fundido un gran témpano... y yo no sé... me mira de otro modo... me
habla con diferente eco de voz... no puede estar sin mí un instante;
no se arregla si yo no le acudo; pero no solamente llama porque me
necesita para cuidarle, sino a todas horas: mi compañía la reclama...
moralmente; es su único consuelo. Antes, cuando estaba robusto y
sano, hablábamos poco... Ahora charla conmigo, me pregunta mil cosas,
me suplica que esté siempre cerca... Hasta... ¡mira tú! hasta la
llave del dinero... que no la soltaba nunca... pues aquí está, ¿ves?
--exclamó sacando el manojito, y repicándolo triunfalmente--. Parece
que le han cambiado el alma... o que me la han cambiado a mí... y tal
vez será a los dos... Lo cierto es... ¡cuidado que no te engaño!...
Al llegar aquí, sus ojos resplandecieron, su semblante tomó expresión
celestial, y sus labios murmuraron suavemente:
--Cuando me casé... tú ya sabes cómo fue aquello... es indudable que
yo hubiese preferido... tal vez... no casarme... o... en fin... Pues
hoy... si me dicen qué estado elijo... con los ojos cerrados respondo
que este entre todos los del mundo; y si me dan a escoger marido... con
los ojos cerrados también, digo que el que tengo... ¡y ninguno más!
Clavó en mí sus radiantes pupilas al repetir:
--¡Ninguno... ninguno más!
Yo callaba. Como siempre, tascaba el freno, admiraba, protestando, y
al mismo tiempo una voz mofadora preguntaba en mis adentros: «¿Es esto
virtud, extravagancia, o desvarío? ¿Llega a estos límites el ideal que
tú te has forjado? Que esta mujer cuide y atienda a su marido enfermo,
bien; pero que por el hecho de verle así, atacado de mal tan asqueroso,
se considere prendada de él y le anteponga a todo el mundo... ¿cabe
en lo racional y en lo posible?» Y la voz, contestándose a sí propia,
susurraba misteriosamente: «Hay enigmas del sentimiento que la razón
más embrolla que aclara. El concepto del deber estricto es insuficiente
en ciertas situaciones. Los grandes milagros los hace el amor; las
acciones más sublimes vienen de la locura. La tití nunca ha sido una
mujer equilibrada y flemática: una mujer equilibrada cuida a su esposo,
pero no se entusiasma con él porque esté hecho un montón de lacras
y miserias. Donde acaba el raciocinio empieza la iluminación. Esta
criatura es una iluminada. Tiene aureola.»
--¿De modo, Carmen --la dije--, que estáis tan amartelados tu marido y
tú, que no quepo entre vosotros? ¿Ni de ayuda acertaré a servirte? ¿Te
sobro, en toda la extensión de la palabra?
Ella tuvo una de las transiciones que solía de ángel a mujer, o, mejor
dicho, a chiquilla ingenua y traviesa. Y mirándome y entornando los
ojos con cierta malicia, contestó:
--¡Ay, Salustio! ¡En qué apuro te pondría si aceptase tus
proposiciones! ¡Quién te vería pasarte cuatro meses... seis... un añico
entero, ayunando al traspaso, como ayunaste el otro domingo!
--¡Búrlate! --exclamé--; haces bien, porque estuve aquel día más
sandio aún de lo que piensas. Ponme a prueba hoy, y me portaré como un
hombre... Y pues hasta la ocasión de rehabilitarme me quitas... sé al
menos benigna en una cosa.
--¿En cuál?
--Confiesa... ea, confiesa que antes de enamoricarte de tu marido...
me quisiste un poco... a mí, a este pecador... y en cierta ocasión me
cuidaste casi tanto como a él.
--No lo niego... Es decir, lo del cuidado.
--¿Y lo otro?
--No contesto. Solo el contestar sería malo --dijo seriamente--. Vamos
allá, que Castro Mera se habrá largado y estará solito el enfermo.
Tuve que seguirla, y entrar con valor. Se me hizo más fácil que el
primer día tomar y estrechar la mano del leproso. Me acerqué a él con
estudiada naturalidad, y busqué diferentes pretextos para tocarle la
ropa y aproximarme bien. A eso de las siete salí de aquella casa, pero
estaba decretado que no pasase quince minutos más sin volver a ver a
Carmiña.
Es el caso que al tiempo de cruzar ante el piso primero, vi
entreabrirse suavemente la puerta de las señoras de Barrientos, que
era la de la derecha, y salir por ella una mujer, muy velada, que
miró con precaución hacia atrás, al recibimiento obscuro, y luego
cerró nerviosamente, con mano trémula, procurando hacer el menor
ruido posible. Luego, ciñendo más aún el velo a la cara, descendió
las escaleras con paso azorado y rápido... sin fijarse en que yo la
seguía. En el aspecto, en el talle, en el modo de andar, había conocido
a una de las señoritas de Barrientos; pero ¿cuál? Eran a primera vista
tan semejantes, que la averiguación se hacía difícil. De todos modos,
comprendí que allí pasaba algo de no pequeña importancia. Eché detrás
de la señorita, y en el portal la alcancé. Ella, al sentir pasos de
alguien que le iba a los alcances, se volvió y ahogó un grito. El velo
se entreabrió, y entonces pude distinguir perfectamente las facciones
de Camila Barrientos. ¿Por qué asustada? ¿Por qué, en vez de saludarme,
huyó de mí en tan insensata carrera, que a mi vez tuve que apretar los
talones para no perderla de vista? A diez pasos más allá de la casa
estaba parado un coche de punto. Asomó la cabeza por la ventanilla un
hombre, y el asombro casi me petrificó cuando reconocí en el que iba
dentro y esperaba a Camila, ¡al novio de su hermana Aurora!
Latigazo al jamelgo... Arrancó el coche echando chispas, y allí me
quedé yo, sin saber lo que me pasaba... Así que me repuse, empecé a
discurrir qué haría. ¿Subir y contárselo a Carmen? ¿Que ella informase
a la mamá? Estas dudas me clavaron en el piso de la calle, y allí creo
que estaría aún, si un grito desesperado no resonase detrás de mí, y
dos damas en pelo, jadeantes, alarmadísimas, en quienes reconocí a
Carmen y a la viuda de Barrientos, no se agarrasen cada una de un brazo
mío exclamando a la vez:
--¿Ha visto usted a mi niña?
--Camila... ¿por casualidad la has visto salir tú?
--¡Eh! Sí, la he visto... Acabo de verla... --tartamudeé, sin saber a
cuál de las dos atendiese.
--¿Por dónde va?
--¿Hacia qué lado tomó?
--¿Te dijo algo?
--¿Cómo no la llamó usted?
--Pero ¡por Dios, señoras!... ¡Si no me dejan ustedes resollar! Ya voy,
ya explico... Abrió la puerta con mucho tiento; bajó delante de mí,
como si huyese; por más que pretendí alcanzarla no pude. Se tapaba con
el velo; iba como trastornada. Ahí en la esquina se ha metido en un
simón...
--¿Sola? ¿Sola?
--Con... con un caballero... --respondí no atreviéndome a añadir la más
negra.
La bóveda celeste, cayendo sobre la venerable cabeza cana de la señora
de Barrientos, no la hubiese aplastado tan pronto. Quiso hablar y no
pudo; se echó atrás; se puso carmesí... luego violeta... y exclamó
roncamente:
--¡Eeeh... aaah! ¡Se... señ... un... coche... un... hom...! ¡No...
no... pue...!
Cogimos entre mi tití y yo a la matrona, que no daba cuenta de sí, y
en vilo, pasando las penas del purgatorio, la subimos por la escalera.
Entramos en el piso primero como una bomba... Renuncio a describir
el espectáculo que ofrecía la casa. Aurora y sus dos hermanitas,
abrazadas, lloraban en un rincón... Mi tití me dijo, compadecida:
--¡Búscales, Salustio!... A ver si das con ellos...
--No te apures, Carmiña --contesté--. Ya parecerán. A estas horas de
fijo no tienen gana de que les encuentren. ¿Y qué? En vez de casarse
Aurora, se casará Camila... Tratándose de hermanas tan unidas, tanto
monta.
--¿Pero era el novio de su hermana? --preguntó la tití gravemente.
--¡Qué! ¿no lo sabías?
--No, pero... casi te diré que no me sorprende. Tenía yo mis
barruntos... ¡Pobre familia! Los regalos comprados, el equipo listo...
--¡Bah! El amor no se para en fruslerías --murmuré por lo bajo.
Calló al pronto, y, por fin, mirándome con serenidad, y desabrochando
uno a uno los corchetes que ocultaban las opulentísimas bellezas del
busto de la señora de Barrientos, respondiome:
--Eso no se llama _amor_, sino _infamia_. Aurorita --añadió alzando la
voz--: tráigame usted la antihistérica.