M.

«P. D. Deseo que me remitas mis cartas, así como yo te remitiré las

tuyas».

* * * * *

«Nuoro, 20 septiembre.

«Mi querido padrino: Quería ir en persona para decirle lo que ahora voy

á escribirle, pero en este mismo momento recibo de Fonni la noticia

de que mi madre está gravemente enferma y me veo obligado á partir

inmediatamente. Tenía que decirle lo siguiente:

«Su hija me acaba de avisar que retira su promesa de matrimonio, que

nos habíamos dado con el consentimiento de ustedes. Su hija le podrá

explicar mejor, si es que ya no lo ha hecho, la causa de su resolución,

que yo acepto completamente por mi parte. Nuestros caracteres

son demasiado diversos para que podamos entendernos: por fortuna

nuestra y de las personas queridas, hemos hecho á tiempo este triste

descubrimiento, que si bien ahora nos causa una pena, nos evita cometer

un error que podría haber sido la desgracia de toda la vida.

«Su hija seguramente será todo lo feliz que merece y encontrará un

hombre digno de ella; nadie lo desea más que yo; yo... seguiré mi

destino...

«¡Querido padrino! ¡al leer esta carta, después de las explicaciones

de su hija, no me acuse de ingrato ni de orgulloso! No; suceda lo

que suceda, quede ó no libre de cumplir gravísimos deberes hacia mi

desgraciada madre, doy por terminada toda relación entre mi persona y

su familia y renuncio á toda protección que sería absurda y humillante

para todos; pero en el corazón conservaré siempre, mientras quede en mí

un soplo de vida, el agradecimiento y sobre todo la veneración hacia

usted.

«En estos dolorosos momentos de la vida, mientras los sucesos me

llevan á desesperar de todo y de todos, y especialmente de mí mismo,

su figura, querido padrino, su figura buena y caritativa me guía aún,

como me ha guiado desde el primer día que le conocí: es como un rayo

de esperanza en la honradez humana. Y el deber de mi gratitud hacia

usted me anima á vivir, mientras la luz de la vida se apaga á mi

alrededor... No sé qué decirle; pero el porvenir le demostrará mejor

mis sentimientos y espero que no llegará á arrepentirse de haberme

protegido.

«Su agradecidísimo

«ANANIA ATONZU».

* * * * *

Á las tres de la madrugada Anania iba ya camino de Fonni, montado en

un caballo tuerto que verdaderamente no se portaba como lo exigían las

circunstancias. ¡Ay!, ¿para qué ocultarlo? Anania no llevaba prisa, aun

cuando el conductor del coche-correo, por medio de quien la tía Grathia

mandó el recado de la gravedad de Olí, le dijese:

--Es necesario que marche en seguida; tal vez ya la encuentre muerta.

Durante largo rato Anania pensó solamente en la carta que él mismo, al

pasar, había entregado á la criada del señor Carboni.

--Me despreciará--pensaba.--Dará la razón á su hija cuando ésta le

cuente mis extrañas pretensiones. Sí; cualquiera otra hubiese obrado

como ella; comprendo que es mía la culpa, pero también yo hubiese

obrado del mismo modo con cualquiera otra mujer...

Después recordó las últimas líneas de su carta.

--Producirán buena impresión. Tal vez debía haber añadido que la culpa

es toda mía, pero que no _podía_ obrar de otra manera; pero quiá,

_ellos_ no podrán comprenderme, ni tampoco podrán perdonarme. Todo ha

terminado.

Improvisamente sintió un ímpetu de alegría recordando que su madre se

estaba muriendo; y en seguida _trató_ de horrorizarse de sí mismo.

--Soy un monstruo--pensó; pero su alegría era tan profunda y cruel

que hasta las palabras «soy un monstruo» le sonaron á algo burlesco y

alegre.

Pero poco después sintió verdadero horror de sus sentimientos.

--Se muere--pensó--y yo soy quien la mata; se muere de miedo,

de remordimientos y de pena. Sí, el otro día la vi encorvarse,

acurrucarse, con los ojos llenos de desesperación; mis palabras la han

herido como si fueran puñales. ¡Qué cosa más asquerosa es el corazón

humano! Estoy gozándome en mi delito y me alegro como un prisionero

que recobra la libertad después de haber matado al carcelero; y en

cambio llamo vil á Margarita y la desprecio porque con toda sinceridad

declara que no puede querer á una mujer perdida. ¡Yo, yo soy mucho más

vil! ¡cien veces más vil! ¿Pero puedo tener otros sentimientos? ¡Qué

ráfagas de espantosas contradicciones, de fuerzas malvadas arrastran

y retuercen el alma humana! ¿Y por qué, comprendiendo y odiando estas

fuerzas, no podemos vencerlas? El Mal es el dios que gobierna al

universo; un dios monstruoso que vive en nuestro interior como el rayo

en la nube, y estalla á cada momento. Y tal vez, mientras me alegro por

la muerte probable de aquella desdichada, esta misma potencia infernal

que nos oprime y se burla de nosotros, hace mejorar á la infeliz y la

cura para castigarme.

Esta idea le entristeció durante un buen rato; y sintió el horror de

aquella tristeza, como antes había sentido el horror de su alegría;

pero no pudo dominarse.

Le cogió la puesta del sol entre Mamojada y Fonni: una dulzura inmensa

cubría el rosado paisaje; las sombras se extendían y descansaban

sobre la dorada alfombra del rastrojo, evocando la idea de personas

entregadas al sueño, y las rojas montañas casi se fundían con el cielo

también rojo, en el cual la luna parecía un pedacito de uña nacarada.

Anania empezó á sentirse menos malo; también su alma se elevaba hacia

un paisaje místico y puro.

--Hubo un tiempo en que creí ser bueno--pensaba--y era mentira,

mentira y siempre mentira. Al pensar en _ella_ me exaltaba como al

pensar en Margarita; creía amarla y poderla, redimir, dando de este

modo un fin útil á mi existencia, y por lo contrarío he sido causa de

su muerte. ¿Qué debo hacer ahora? ¿Qué haré de mi libertad? ¿De mi

miserable tranquilidad qué debo hacer? Ya no puedo ser feliz; no creeré

ni en los demás ni en mí mismo. Ahora, sí, ahora sí que puedo saber lo

que es el hombre; es una llama loca que pasa por la vida reduciéndolo

todo á cenizas, y sólo se apaga cuando no le queda nada por destruir...

Á medida que iba subiendo, el ocaso se hacía más espléndido; al pasar

por bajo un árbol paró el caballo para poder contemplar un trozo del

paisaje que parecía un cuadro simbólico: las montañas habían tomado un

color violeta; una gran nube del mismo color oscurecía la parte más

alta del cielo; y entre la nube y las montañas veíase una atmósfera

color de oro y un sol carmesí sin rayos. En aquel momento, sin saber

por qué, Anania se sintió bueno; bueno y triste. Llegó á desear

sinceramente la curación de su madre; creyó sentir por ella una piedad

infinita, y el hermoso sueño infantil de una vida de sacrificio,

dedicada enteramente á la redención de la infeliz, brilló en su alma,

grande y melancólico como aquel sol moribundo.

Y en seguida advirtió que soñaba bien inútilmente--porque en aquel

momento nadie le quedaba--y comparó su tardía generosidad á un

arco-iris sobre unos campos arrasados por el huracán: esplendor inútil.

--¿Qué haré?--repetíase desesperadamente.--Ya no puedo amar, ya no

puedo creer. La novela de mi vida ha terminado. Terminado á los

veintidós años, cuando para los demás empieza.

* * * * *

Llegó á Fonni ya de noche.

La luna nueva iluminaba melancólicamente el callado pueblecito,

cayendo sobre el claro cielo recortado por el negro perfil de los

techos de tablas. El aire era fresco y perfumado; se oían distintamente

los tintineos de las cabras regresando de pastar, las pisadas de los

caballos y los ladridos de los perros; Anania pensó en Zuanne y recordó

su infancia lejana como no la había recordado durante su primera

estancia en Fonni.

Su llegada á la casa de la viuda hizo asomar á las ventanucas, á las

puertecitas, á los balconcitos de madera de las casitas vecinas, muchas

cabezas curiosas. Debían esperar su llegada; oyó á su alrededor un

cuchicheo misterioso que le envolvía, oprimiéndole como si fuera una

cadena pesada y fría.

--¡Debe haber muerto!--pensó, desmontando del viejo caballo que se

quedó inmóvil.

Tía Grathia salió en seguida á la puerta con una luz en la mano; estaba

más cadavérica que de costumbre, con sus ojillos rojos hundidos en un

gran círculo lívido.

Anania la miró inquieto.

--¿Cómo está?--preguntó, esforzándose para dar un tono de desconsuelo á

su voz.

--¡Ah! ¡Está bien! ¡Ha terminado su penitencia en la tierra!--contestó

la vieja con trágica solemnidad.

Anania comprendió que su madre había muerto; no se entristeció pero

tampoco sintió alivio alguno.

--¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué no me ha avisado V. antes? ¿Á qué

hora ha expirado? ¿Podré, por lo menos, verla?--preguntó con ansia en

parte verdadera y en parte fingida, entrando en la cocina iluminada

por una gran hoguera. Sentado junto al hogar vió á un campesino que

parecía un sacerdote egipcio, pálido, con una larga barba negrísima

cuadrada, y dos ojos negros, redondos, desmesuradamente abiertos. Al

ver á Anania, aquel tipo extraño, que tenía un gran rosario negro

entre las manos, le miró ferozmente, y el joven lo advirtió y empezó á

sentir una misteriosa inquietud. Una idea terrible pasó por su mente.

Recordó el aire de embarazo del cochero que le dió la noticia de la

grave enfermedad de su madre; recordó que pocos días antes había dejado

á Olí delicada, pero no seriamente enferma, y empezó á creer que se le

ocultaba algo horrible. Todo esto lo pensó en un instante mientras la

viuda, que seguía cerca de la puerta, decía al campesino:

--Fidel, cuida del caballo; toma, ahí tienes paja. Muévete.

--¿Á qué hora ha muerto?--preguntó Anania, volviéndose hacia

el campesino cuyos ojos negros, redondos como dos agujeros, le

sugestionaban extraordinariamente.

--¡Á las dos!--le contestó una voz de bajo profundo.

--¡Á las dos! ¡Á la hora misma en que recibía la noticia! ¿Por qué no

me habéis avisado antes?

--¿Qué podías hacer tú?--observó la viuda cuidando siempre del

caballo.--Muévete. Fidel, hijo mío--añadió algo impaciente.

--¿Por qué no me ha avisado antes?--repetía Anania con voz quejumbrosa,

encorvándose automáticamente para quitarse las espuelas.--¿Qué ha

pasado? ¿Qué ha hecho el médico?... ¡Dios mío, Dios mío!... ¡y yo sin

saber nada!... ¡Quiero verla!

Se puso derecho y lanzóse hacia la escalerilla; pero la tía Grathia,

siempre con la luz en una mano, le siguió y detuvo cogiéndole por un

brazo.

--¿Qué te pasa, hijo mío?... ¿Qué quieres ver?... ¡Un cadáver!--gritó,

casi aterrada.

Anania se turbó profundamente.

--¡_Nonna_!--exclamó--¿cree que tengo miedo? ¡Suélteme!

--¡Bueno, te suelto... pero espera!--dijo la vieja y empezó á subir

delante de él la escalerita de madera; su sombra deforme tembló sobre

el muro, alargándose hasta el techo.

Ante la puerta del cuarto donde yacía la muerta, tía Grathia se paró

dudando y de nuevo estrechó el brazo de Anania; advirtió que la vieja

temblaba y sin saber por qué sintió también un calofrío.

--Hijo--dijo tía Grathia en voz baja, casi en secreto--no te asustes.

Anania palideció; el pensamiento deforme y monstruoso, como la sombra

temblante sobre las paredes, que hacía un momento le atormentaba, tomó

forma llenándole el alma de terror.

--¿Qué ha pasado?--gritó, adivinando por completo la horrible verdad.

--¡Hágase la voluntad del Señor...!

--¿Se ha suicidado?

--Sí...

--¡Dios mío! ¡Qué horror! ¡Qué horror!--exclamó, y sus cabellos se le

erizaron y sintió resonar su voz en el lúgubre silencio de la casita.

Pero se dominó en seguida y él mismo empujó la puerta.

Sobre el camastro, donde él había dormido, vió el cadáver delineado

bajo la sábana que lo cubría; por la abierta ventana entraba el aire

fresco de la tarde, y la llama de un cirio que ardía junto á la cama,

parecía querer escaparse, huir hacia la noche fragante.

Anania se acercó á la cama y cautamente, como si temiera despertarle,

descubrió el cadáver. Una venda, llena de manchas negruzcas de sangre

ya seca, rodeaba su cuello, pasaba por bajo la barbilla y por detrás

de las orejas, y se ataba entre los espesos cabellos de la muerta; en

este trágico marco su rostro se dibujaba grisáceo, con la boca aún

torcida por el espasmo; á través de sus grandes párpados entornados se

descubría la línea vítrea de los ojos.

Anania comprendió en seguida que Olí se había cortado la carótida y,

siniestramente impresionado por las manchas de sangre, volvió á tapar

aquel rostro, dejando, sin embargo, algo descubiertos los cabellos

enredados en lo alto de la almohada; los ojos de Anania se habían

llenado de terror, en su boca se dibujaba una mueca, imitando la

contorsión espasmódica de la boca de la muerta.

--¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Qué horror, qué horror!--dijo entrelazándose

los dedos y sacudiendo con desesperación las manos.--¡Sangre! ¡Ha

derramado su sangre! ¿Cómo ha sido? ¿Cómo ha podido hacerlo? ¿Se ha

cortado la garganta? ¡Qué horror! ¡Cuán culpable soy! ¡Dios mío! ¡Dios

mío!... No, no tía Grathia, no cierre... me ahogo, me ahogo. He sido yo

quien le ha dicho que se matase... ¡Ay! ¡ay!...

Y sollozó, sin derramar una lágrima, ahogado por el remordimiento y el

espanto.

--Ha muerto desesperada--añadió--y sin que yo le haya dicho una sola

palabra de consuelo. Después de todo era mi madre y sufrió al darme á

luz... ¡Y yo... yo la he matado... y vivo!

Nunca como entonces, ante el terrible misterio de la muerte, había

sentido toda la grandeza y el valor de la vida. ¡Vivir! ¿No bastaba,

para ser feliz, vivir, moverse, sentir en las noches serenas el

murmullo de la perfumada brisa? ¡La vida! ¡La cosa más bella y más

sublime que una voluntad eterna é infinita ha podido crear!--Y él

vivía; y debía la vida á la miserable criatura que ahora tenía ante

sus ojos, privada de este inmenso bien. ¿Por qué no había pensado

nunca en aquello? Nunca había comprendido el valor de la vida, porque

nunca había _visto_ de cerca el horror y el vacío de la muerte. Y sólo

_ella_, sólo ella le había revelado, con el dolor de su muerte, la

suprema alegría de vivir; ella, pagando con su propia vida, le hacía

nacer por segunda vez, y esta nueva vida moral era inconmensurablemente

más grande que la primera.

Una venda le cayó de los ojos; _vió_ toda la mezquindad de sus

pasiones, de sus odios, de sus pasados dolores. ¡Había sufrido al

pensar que su madre había pecado, que lo había abandonado y había

vivido en la deshonra! ¡Imbécil! ¿Qué importaba todo aquello? ¿Qué

importaban todas aquellas nimiedades ante la grandeza de la vida?

¿No bastaba que Olí le hubiese dado á luz, para que fuera para él

la primera de las criaturas humanas, y tuviese que amarla y estarle

reconocido?

Siguió sollozando, con el corazón lleno de un extraño sentimiento de

angustia, á través del cual llegaba hasta él la alegría de vivir. Sí,

sí, sufría, y por consiguiente vivía.

La viuda se le acercó, cogió entre sus manos las suyas que estrechaba

convulsamente, le consoló, le dió ánimos y después le suplicó que

saliera.

--Vamos abajo, hijo mío, vámonos. No, no te atormentes; ha muerto

porque debía morir. Tú has cumplido con tu deber y ella... tal vez

también ella ha cumplido con el suyo, aun cuando el Señor nos haya dado

la vida para que hagamos penitencia, obligándonos á vivir... Vamos

abajo.

--¡Aún era joven!--dijo Anania, calmándose algo y mirando fijamente

los cabellos de la difunta.--No, no tengo miedo, tía Grathia,

espérese, quédese aquí un momento. ¿Cuántos años tenía? ¿Treinta y

ocho? Dígame--preguntó después--¿á qué hora ha muerto? ¿Cómo ha sido?

Cuéntelo todo. ¿Ha venido el juez?

--Vámonos; te lo contaré todo, vámonos--repetía la tía Grathia,

dirigiéndose hacia la puerta.

Pero él no se movió; seguía mirando el pelo de la muerta, extrañándose

de que fuese tan negro y tan abundante: hubiese querido taparlo con la

sábana, pero sentía un extraño miedo de acercarse nuevamente al cadáver.

La viuda se acercó á la cama, tapó los cabellos y, cogiendo á Anania

por las manos, lo arrastró consigo. Éste se volvió para mirar la mesita

colocada junto á la pared, á los pies de la cama; después, cuando

hubieron salido se sentó en un escalón.

La viuda colocó la luz en el suelo, sentóse también en la escalera, y

empezó á contar una larga historia, de la cual conservó Anania, siempre

vivos en la memoria, estos tristes fragmentos:

«...Siempre me estaba diciendo: ¡oh! me marcharé, ya verá, me marcharé,

aunque él no quiera. Ya le hice bastante daño, tía Grathia; ahora es

preciso que le libre de mi presencia, de manera que él no oiga mi

nombre jamás. Le abandonaré por segunda vez, ahora que no quisiera

separarme nunca de él... le abandonaré de nuevo para expiar la falta

del primer abandono...».

«...Hizo afilar el cuchillito que siempre llevaba consigo...».

«...Cuando recibimos la bolsita envuelta en el pañuelo encarnado,

se puso lívida; después rasgó un poquitín la bolsita y se echó á

llorar...».

«...Sí, se cortó la garganta. Sí, esta mañana á las seis, mientras yo

había ido á la fuente. Cuando volví la encontré en un lago de sangre;

aún vivía, tenía los ojos extraordinariamente abiertos...».

«Toda la justicia, el sargento, el pretor y el secretario invadieron

la casa. ¡Parecía esto un infierno! Todo el pueblo en la calle, las

mujeres llorando como chiquillas. El pretor secuestró el cuchillo, me

miró con ojos terribles, me preguntó si tú habías amenazado alguna

vez á tu madre. Después vi que también él tenía los ojos llenos de

lágrimas...».

«...Vivió casi hasta medio día; fué una agonía para todos. Hijo, ya

sabes que he visto cosas horrorosas en mi vida; pero ninguna como la

de hoy. No, no se muere de dolor, ni de piedad, porque hoy yo no me he

muerto. ¡Ah! ¿por qué habremos nacido?»--y se calló y se echó á llorar.

Anania sintió una fuerte impresión al ver llorar á aquella extraña

mujer, que el dolor parecía haber petrificado desde mucho tiempo atrás;

y él, que la noche antes había llorado de amor en brazos de Margarita,

no pudo llorar de remordimiento ni de angustia; sólo de cuando en

cuando le oprimía la garganta algún sollozo convulsivo.

Se levantó y rogó á la viuda que le dejara entrar un momento en la

alcoba.

--Quiero ver una cosa...--dijo, con voz trémula de chiquillo.

La viuda cogió la luz, abrió la puerta, dejó pasar al joven y esperó;

tan triste y negra, con aquel antiguo candil de hierro en la mano,

parecía la figura de la Muerte en acecho. Anania se acercó de puntillas

á la mesita, sobre la cual había visto su bolsita, medio rota y

colocada en un platito de vidrio. Antes de tocarla la miró con algo de

desconfianza, después la cogió y vació. De dentro de ella salió una

piedrecilla amarilla y cenizas, cenizas ennegrecidas por el tiempo.

¡Cenizas!

Anania palpó repetidas veces, con las dos manos, aquella ceniza negra,

restos de algún recuerdo amoroso de su madre; aquella ceniza que

durante tantos años había llevado sobre su pecho, que durante tanto

tiempo había oído los latidos más profundos de su corazón.

En aquel memorable momento de su vida, del cual comprendía no sentir

aún toda la solemne significación, aquel montoncito de cenizas le

pareció un símbolo del destino. Sí, todo eran cenizas: la vida, la

muerte, el hombre, hasta el mismo destino.

Y sin embargo, en aquel momento supremo, vigilado por la figura de la

vieja fatal que parecía la Muerte en acecho, y ante los restos de la

más mísera de las criaturas humanas, que había muerto para el bien

ajeno, después de hacer y sufrir el mal en todas sus manifestaciones,

comprendió que entre las cenizas se oculta la chispa, origen de la

llama luminosa y purificadora, y esperó, y amó la vida.

Cenizas · 第 49 / 54 题