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«19 septiembre, á media noche.
«Anania, Nino mío: He estado esperándote hasta ahora, palpitante de
pena y de amor, pero tú no has venido, tal vez no vendrás nunca y yo
te escribo, en las dulces horas de nuestras citas, con la muerte en el
alma y llenos de lágrimas los ojos. La pálida luna recorre el cielo
todo nublado, la noche es melancólica, casi lúgubre y me parece que
toda la creación está triste por la desventura que pesa sobre nuestro
amor.
«Anania, ¿por qué me has engañado?
«Ya sabía, como tú dices, quién eras tú, y te amaba precisamente porque
soy superior á los prejuicios humanos, porque quería recompensarte de
las injusticias que el destino te había causado, y sobre todo porque
creía que también tú estabas por encima de los prejuicios y habías
puesto en mí toda la vida, como yo había puesto toda la mía en ti.
«Y veo que me engañaba; ó mejor dicho, me has engañado, callando
tus verdaderos sentimientos. Yo creía, he creído siempre y aún sigo
creyendo que sabías que tu madre no se había muerto, que sabías dónde
se hallaba y que no ignorabas (como nadie lo ignoraba) la vida que
seguía llevando; pero creía que tú, vilmente abandonado, no hacías caso
de una madre desnaturalizada, causa de tu desgracia y deshonra, y la
considerabas como si hubiese muerto para ti y para todos... Es más,
estaba convencida de que si algún día, como ha sucedido, se atrevía á
presentarse ante ti, no te habrías ni siquiera dignado mirarla... ¡Y
en cambio...! En cambio, echas de tu lado á quien tanto te ha amado y
siempre te amará, para sacrificar tu vida y tu honra á quien te hubiese
dado la muerte ó abandonado en el bosque para librarse de ti, si no
llega á tener un sitio donde poderte dejar.
«Creo inútil escribirte estas cosas, porque seguramente las comprendes
mejor que yo, y es inútil también que sigas tratando de evocar en mí
sentimientos que no puedo sentir desde el momento que tú tampoco los
sientes.
«Porque veo perfectamente que quieres sacrificarte, no por cariño, ni
siquiera por generosidad--porque probablemente odias con mucha razón á
aquella mujer que fué la causa de tu desdicha--sino precisamente por
los prejuicios humanos que _fueron inventados por los hombres para
hacerse unos á otros desdichados_.
«Sí, sí; tú quieres sacrificarte para el mundo; quieres matarte y matar
á quien tanto te quiere, sólo por la vanidad de oir como dicen: ¡_ha
cumplido su deber_!
«Eres un chiquillo, y permíteme te diga que tu sueño es, además de
peligroso, ridículo.
«Cuando la gente lo sepa te alabará, pero en el fondo se reirán de tu
ingenuidad.
«Anania, vuelve en ti; sé bueno contigo y conmigo y sobre todo sé
hombre, como tú mismo dices.
«No; yo no pretendo que abandones á tu madre, ahora que está enferma y
es desgraciada, como ella te abandonó; no, la ayudaremos, trabajaremos
para ella, si hace falta, pero que viva lejos de nosotros, que jamás
venga á interponerse entre los dos, á turbar nuestra vida con su
presencia. ¡No, que no venga jamás! ¿Á qué engañarte, Anania mío? No
puedo ni siquiera admitir la posibilidad de vivir con ella... ¡No!
Sería una vida horrible, una tragedia continua; mejor morir de una
sola vez, que morir lentamente de rencor y malestar. No he querido
nunca á aquella desgraciada; ahora siento por ella compasión, pero no
puedo quererla; y te suplico que no insistas en tu loca resolución si
no quieres que de nuevo la odie mil veces más que antes. Ésta es mi
resolución: socorrerla, pero lejos de nosotros, que no la vea nunca,
que en lo posible el mundo donde vivamos ignore su existencia y donde
se encuentra.
«Piensa que hasta ella misma preferirá vivir lejos de ti, pues tu
presencia sería un remordimiento continuo. Dices que está envejecida y
enferma por el dolor y las privaciones; pero ¿quién tiene la culpa de
todo, sino ella? Por ti, y también por ella, es mejor que así sea; de
este modo no volverá á vagabundear y no seguirá deshonrándote; ¡bueno
fuera que después de haberte hecho tanto daño cuando se encontraba sana
y joven, hiciese hoy un arma de su miseria y enfermedad para exigir el
sacrificio de tu dicha!... ¡Ah! esto no debes permitirlo de ninguna
manera.
«¡No, no es posible que realices tan fatal aberración! Á menos que ya
no me ames y aproveches la ocasión para... ¡No, no, no! ¡No quiero
dudar de ti, de tu lealtad y de tu amor!
«Anania, vuelve en ti, no seas malo y cruel conmigo que te he dado toda
mi juventud y todo mi porvenir, (pues sin ti se desvanecen todos mis
ensueños), para ser generoso con quien tanto te ha odiado y ha sido la
causa de tu desgracia.
«Ten piedad de mí... ya ves, estoy llorando... te lo ruego, hasta
por ti, que quisiera ver tan dichoso... ¡Acuérdate de todo nuestro
amor, de nuestro primer beso, de nuestros juramentos y de nuestros
sueños, de nuestros proyectos, de todo, acuérdate de todo! Procura que
no se reduzca todo á un puñado de cenizas, que no muera de pena, que
no tengas que arrepentirte de tu loco proceder. Si no quieres hacer
caso de mis consejos, consulta á personas formales, á gente buena y
devota, y verás como todos te dirán cuál es tu deber, y verás como te
aconsejarán que no seas ingrato, pero tampoco cruel.
«¡Acuérdate, Anania! Hasta ayer noche me decías que desde lo más alto
del Gennargentu gritaste nuestro amor, proclamándolo eterno y superior
á todas las demás pasiones humanas. Y al parecer mentías; ¿ayer noche
mentías? ¿Por qué mentías...? ¿Por qué me tratas así? ¿Qué he hecho
yo para merecer tal desventura? ¿Es que no te acuerdas de lo mucho
que siempre te he querido? ¿Te acuerdas que una tarde, estando en la
ventana, me echaste una flor, después de haberla besado? Aún conservo
aquella flor para coserla en mi vestido de boda; y digo _conservo_
porque estoy segura de que tú serás mi esposo querido, que no querrás
que tu Margarita se muera (¿te acuerdas de tu soneto?), que seremos muy
felices, en nuestra casita, solos, solos con nuestro amor y nuestro
deber. Estoy esperando con impaciencia una palabra de esperanza. Dime
que todo fué una pesadilla; dime que has recobrado la razón y que te
arrepientes de haberme hecho sufrir.
«Mañana por la noche, ó mejor dicho esta misma noche, porque ya ha
dado la una te espero; no faltes; ven, idolatrado Anania, ven, mi
querido, mi adorado esposo, ven; te esperaré como la flor espera el
rocío bienhechor después de un día de sol ardiente; ven á darme la
vida, á que todo lo olvide; ven, adorado mío, mis labios ahora bañados
por amargo llanto, se posarán sobre tu querida boca como...».
¡No! ¡no! ¡no!--exclamó Anania, convulso, arrugando la carta antes de
acabar de leerla.--¡No iré! ¡Cuán vil, cuán vil eres! Moriré de pena,
pero no me volverás á ver.
Y con la carta en la mano estrechamente cerrada se echó sobre la cama,
hundiendo el rostro en la almohada, mordiéndola, reprimiendo los
sollozos que le ahogaban.
Un estremecimiento de pasión le recorría todo el cuerpo, subiendo en
oleadas vibrantes desde los pies á la nuca; las últimas líneas de la
carta le habían causado vehemente impresión, habían despertado el
ardiente deseo de los besos de Margarita--deseo tanto más espasmódico
cuanto más desesperado--y tuvo que luchar ferozmente contra el loco
impulso de releerla, de releerla hasta las últimas líneas.
Poco á poco recobró la conciencia de sí mismo y de lo que sentía. Le
pareció haber visto á Margarita completamente desnuda, sintiendo por
ella un amor delirante y un asco tan profundo que mataba el amor.
¡Cuán vil, cuán vil se mostraba! ¡Vil hasta llegar al descaro...! ¡Vil,
y conscientemente vil! La diosa cubierta con el manto de majestad
y bondad había echado sus áureos peplos y se presentaba desnuda,
manchada de egoísmo y crueldad; la Minerva taciturna abría la boca para
blasfemar; el símbolo se abría, se abría como un fruto maduro, rosado
por fuera, negro y podrido por dentro. Era la Mujer, completa, con
todas sus feroces astucias.
Pero lo que más cruel martirio le producía era pensar que ella
adivinaba sus más secretos sentimientos y que tenía razón; sobre todo
cuando le reprochaba el engaño, y cuando pretendía que él cumpliera sus
deberes de gratitud y de amor.
--¡Todo ha terminado!--pensó.--Debía terminar así.
Se levantó y releyó la carta; cada palabra le ofendía, le disgustaba y
le humillaba. De modo que Margarita le había amado por compasión, aun
creyéndole tan vil como ella misma. Tal vez esperaba convertirle en
instrumento de sus placeres, en un siervo complaciente, en un marido
bonachón; ó tal vez no había pensado en nada, y le había amado tan sólo
por instinto, porque fué el primero en besarla, en hablarle de amor.
--¡No tiene alma!--pensó el desdichado.--Cuando yo deliraba, cuando
me remontaba hasta las estrellas, y sentimientos sobrehumanos me
exaltaban, ella callaba porque estaba el vacío en su alma, y yo adoraba
aquel silencio que me parecía divino; sólo ha hablado cuando se han
despertado sus sentidos, y ahora que la amenaza el peligro vulgar de
mi abandono. No tiene alma, ni corazón. ¡Ni una palabra de piedad!
¡ni siquiera el pudor de disfrazar su egoísmo! Y además ¡cuán astuta!
Su carta es copiada y vuelta á copiar, aun cuando se vea en ella su
tosca ignorancia; ¡cuántas veces emplea la palabra _que_! Me producen
el efecto de martillazos, prontos á romperme el cráneo... Las últimas
líneas son una obra maestra femenil... antes de escribirlas ya presumía
el efecto que debían causarme... es más experta que yo... me conoce
perfectamente, mientras yo empiezo ahora á conocerla... quiere llevarme
á la cita porque sabe de sobra que si acudo pierdo la cabeza y me
envilezco... ¡Mentiras, mentiras y mentiras! ¡Cómo la desprecio! ¡Ni
una palabra de bondad, ni un impulso generoso, nada, nada! ¡Ah, qué
rabia! (Y arrugó de nuevo la carta). ¡Os odio á todos! ¡siempre os
odiaré! También quiero ser malo, también quiero reduciros todos á polvo
y escupir encima. Quiero haceros sufrir, destrozaros, mataros... ¡Y
vamos á empezar!
Cogió la bolsita aún envuelta en el pañuelo de color, lo envolvió todo
en un periódico, y bien sellado lo mandó en seguida á tía Grathia.
--¡Todo ha terminado!--repetía á cada instante. Y le parecía caminar en
el vacío, sobre heladas nubes, como cuando subía al Gennargentu; pero
ahora miraba inútilmente abajo y á su alrededor; no había escape; todo
era niebla, abismo infinito.
Durante el día pensó muchísimas veces en el suicidio; se informó de
si podía presentarse en seguida á exámenes para maestro elemental ó
secretario de Ayuntamiento; estuvo en la taberna y cogiendo entre sus
brazos á la hermosa Ágata (ya prometida de Antonino) la besó en la
boca. Ráfagas de odio y de amor le atravesaban el alma; cuanto más
releía la carta más perfidia parecía encerrar; cuanto más se alejaba
Margarita, más la quería y deseaba.
Al besar á Ágata recordaba la impresión violenta que un día habían
despertado en él los besos de la hermosa campesina; pero entonces
Margarita estaba muy lejos y un mundo de poesía y de misterio les
dividía; y ahora aquel mismo mundo, hecho pedazos, los volvía á dividir.
--¿Qué te pasa?--preguntó Ágata dejándose besar.--¿Has peleado con
_ella_? ¿Por qué me besas?
--Porque me da la gana... Porque apestas...
--Me parece que has bebido--dijo ella riendo.--Si te gustan las mujeres
así, puedes ir á ver á Rebeca... ¡Pero cuidado que Margarita no se
entere!
--¡Cállate!--contestó Anania enfadándose.--No permito que pronuncies
siquiera su nombre...
--¿Por qué?--preguntó Ágata, con calma maliciosa.--¿No va á ser
cuñada mía? ¿Es distinta de las demás? Es una mujer como nosotras.
¿Porque nosotras somos pobres? ¡Quién sabe si ella será siempre rica!
¡Si hubiese tenido seguridad de serlo, no te habría tenido de reserva
mientras encontraba un partido mejor!
--Si no acabas te pego...--dijo furioso.
--Me parece que estás borracho; ¡vete á ver á Rebeca!--repitió Ágata.
Sus insinuaciones aumentaron los tormentos de Anania; pero ahora
consideraba á Margarita capaz de cualquier cosa. Salió de la taberna
y le pasó por la mente las ganas de ir á ver á Rebeca; pero se echó
á reir y, viendo que Ágata le observaba, dió un traspiés fingiéndose
borracho.
Al anochecer se acostó, pretextando un poco de fiebre y decidido á no
levantarse al día siguiente, para que Margarita supiese que estaba
enfermo y sufriera. Llegó á imaginar que ella, creyéndole gravemente
enfermo, le visitaba en secreto; este sueño le produjo una ternura
desfallecedora; pensando en la escena que se desarrollaría temblaba de
placer. Y de pronto vió lo pueril y sentimental de este sueño y tuvo
vergüenza de sí mismo. Se levantó y salió á la calle.
Á la hora de costumbre se encontró frente al portón de casa Margarita.
Ella misma abrió. Se abrazaron y echaron á llorar; pero apenas
Margarita empezó á hablar, sintió hacia ella una profunda antipatía,
después una sensación de frío, semejante á la que sintió al mirar á Olí.
No, ya no la amaba, ya no la deseaba. Se levantó y salió á la calle sin
decir una palabra.
Al llegar al final de la calle volvió atrás y acercándose al portón
gritó:
--¡Margarita!
Y el portón siguió cerrado.