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«19 septiembre.
«Margarita: Tu billete ha helado la sangre de mis venas; creo que mi
destino está ya decidido, pero una tenue esperanza me anima aún. No, no
puedo acudir á la cita; aunque quisiera, no podría. No iré mientras no
me des una palabra de esperanza. Sólo entonces correré á tu lado para
darte las gracias, arrodillarme á tus pies y adorarte como á una santa.
Pero ahora no, no puedo y no quiero. Cuanto te escribí la pasada noche
es mi irrevocable decisión; escríbeme, no permitas que esta espera
terrible me mate.
«Tu desgraciadísimo