Antes de bajar á cenar, Anania se asomó á la ventanita de su cuarto y
quedó sorprendido del profundo silencio que reinaba en el patio, en
el barrio, en el pueblo, por todas partes, cerca y lejos, hasta el
horizonte. Le hizo el efecto de haberse vuelto sordo, y sintió una
triste opresión. Pero la voz de la tía Tatana resonó en el patio, bajo
del saúco.
--Nania, hijo mío, baja.
Bajó, y al llegar á la cocina sentóse ante una mesita preparada sólo
para él. Sus «padres», según costumbre, comían sentados en el suelo
ante una cesta llena de comida y de una gran hogaza.
Nada había cambiado. La cocina la misma de siempre, pobre y oscura,
pero limpia; con el hogar en el centro, las paredes adornadas de
cacerolas y cuchillos de cocina, grandes cestas, cribas, cedazos y
otros utensilios para cerner la harina; en una esquina había dos sacos
llenos hasta los bordes de cebada; cerca de la puerta abierta de par en
par estaba colgada la _tasca_ (bolsa) de cuero para llevar la semilla y
la comida del labrador.
Un lechón gruñía débilmente y daba tirones á la cuerda que le sujetaba
al saúco del patio.
Un gatito rojizo se acercó tranquilamente á la mesita y empezó á
bostezar, alzando sus ojazos amarillos hacia Anania que miraba por
todas partes con cara de asombro. No, nada había cambiado; y sin
embargo, sentía la impresión de encontrarse por vez primera en aquel
ambiente, con aquel labrador de ojos aún brillantes y de largos
cabellos grasientos, y con aquella viejecita graciosa, gorda y blanca
como una paloma.
--¡Por fin estamos solos!--dijo Anania _grande_, que comía la ensalada
cogiéndola sencillamente entre dos pedazos de hogaza.--¡Ya verás, cómo
no te van á dejar en paz! Atonzu por aquí, Atonzu por allá. Sí, ahora
eres un hombre importante, porque has estado en Roma. Hasta yo cuando
regresé del servicio...
--¡Vaya unas comparanzas!--protestó algo indignada la tía Tatana.
--¡Y qué, déjame acabar! Me acuerdo que encontraba alguna dificultad en
hablar en dialecto. ¡Me parecía estar en un mundo nuevo!
El estudiante miró á su padre y sonrióse.
--¡Lo mismo me pasa á mí!--dijo.
--¡Tú, tú menos mal! Yo tuve que acostumbrarme de nuevo; pero tú, antes
de tres días estás harto de este pueblucho... y... y...
La anciana le miró frunciendo las cejas, y cambió rápidamente de
conversación.
--¡Y qué grande es aquella endiablada Roma! ¿verdad? Dame el vaso,
viejecita mía. ¡Vaya una cara que pones! ¿Porque tenemos en casa un
hombre de tanta importancia?
Pero Anania había olido algo y dijo gravemente:
--¿Qué pasa? Diga, diga, ¿qué dicen de mí?
--¡Nada, nada! Déjales ladrar...--contestó la tía Tatana.
El joven se turbó; creyó durante un instante que en Nuoro sabían algo
de María Obinu. Dejó el tenedor en el plato y declaró que no seguiría
comiendo si no hablaban...
--¡Qué impetuoso eres! ¡No has cambiado!--observó la anciana.--Decía el
rey Salomón que el hombre impetuoso era igual al viento...
--¡Aún dura el rey Salomón! ¡Creía que ya se había olvidado de
él!--dijo el joven con voz burlona.
Tía Tatana se calló, ofendida; el marido la miró, después miró á Anania
y quiso reprenderle.
--El rey Salomón decía siempre verdades.--Después añadió
rápidamente:--Pues dicen en Nuoro que tienes amores con Margarita
Carboni.
Anania se ruborizó; volvió á coger el tenedor, empezó á comer
automáticamente y murmuró:
--¡Qué estúpidos!
--¡Oye, no, no son tan estúpidos!--dijo el padre mirando dentro del
vaso medio lleno de vino.--Si la cosa es verdad, tienen razón en
murmurar, porque tú debes hablar francamente al amo y decirle: «Padrino
y protector, yo ahora soy un hombre; perdóneme que le haya ocultado mis
esperanzas, como las tenía ocultas á mis padres».
--¡Cállese! ¡Usted no entiende estas cosas!--exclamó enfadado y
colérico el joven.
--¡Ah, Santa Catalina mía!--suspiró la tía Tatana que ya había
perdonado la interrupción de antes.--Déjale en paz al pobre muchacho;
¿no ves que está cansado? Ya tendrás tiempo de hablarle de estas cosas;
tú eres un campesino y un ignorante que no entiende de nada.
El campesino bebió, movió la mano como diciendo «calma, calma», y
después habló con voz tranquila:
--Sí, yo soy un ignorante y mi hijo es instruido; ¡está bien! Pero yo
soy mucho más viejo que él. Mis cabellos, míralos (cogió un mechón,
lo acercó á sus ojos, buscó y arrancó un cabello blanco) empiezan
á volverse blancos. La experiencia de la vida hace al hombre más
instruido que un doctor. Pues bien, hijo mío, yo te digo una sola cosa;
interroga tu conciencia, y verás cómo ésta te dice que no se debe
engañar á nuestro bienhechor.
El estudiante dió tan fuerte con el vaso sobre la mesa, que el gatito
pegó un salto.
--¡Qué estúpidos! ¡Qué estúpidos!--gritó, después de haber suspirado
fuerte; pero vió que su padre, que aquel hombre inconsciente y
primitivo tenía razón.
--Sí, hijo mío,--prosiguió el almazarero, echándose hacia atrás sus
grasientos cabellos,--tú debes ir á buscar al amo, besarle la mano y
decirle: «Yo soy hijo de un pobre, pero por obra de vuestra bondad y
de mi talento llegaré á ser doctor, rico y todo un caballero. Yo amo á
Margarita, y Margarita me quiere; la haré feliz, la recompensaré por
haberse rebajado á escoger por esposo al hijo de su criado. Vuestra
Señoría nos bendiga en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo».
--¿Y si en vez de bendecirle le da un puntapié y le echa como si fuera
un perro?--preguntó la anciana.
Aun cuando esta duda fuese poco lisonjera para él, Anania se echó á
reir algo nerviosamente; después se puso serio y escuchó la respuesta
del padre.
--¡Vete allá, mujeruca--exclamó con algo de desprecio el molinero,
echándose más vino,--tu rey Salomón también decía que las mujeres no
saben lo que se dicen! Y si yo hablo es porque antes he pesado bien mis
palabras. El amo bendecirá.
--¡Pero si no hay nada!--exclamó Anania, lleno de gozo. Se levantó, se
acercó á la puerta y empezó á silbar; no sabía lo que le pasaba, sentía
el corazón palpitarle fuerte, inundado de una oleada de felicidad;
hubiese querido interrogar á su padre, revelárselo todo, pero no podía.
«El amo bendecirá». Para poder afirmarlo tan categóricamente, sus
razones debía tener. ¿Qué había pasado? ¿Por qué Margarita nunca había
hecho referencia á las buenas disposiciones de su padre? Y si ella no
sabia nada, ¿cómo podía saberlo un criado?
--Dentro unas cuantas horas la veré, y lo sabré todo,--pensó Anania, y
todas sus dudas, el ansia, el cansancio del viaje, y la misma alegría
de las nuevas esperanzas se borraron ante el dulce pensamiento: «Dentro
de poco la veré».
* * * * *
Al débil empuje de la mano del joven, el portalón se abrió
silenciosamente.
--Bien llegado--murmuró la criada que protegía la correspondencia de
los dos enamorados.--_Ella_ vendrá en seguida.
--¿Cómo estás?--dijo con voz conmovida.--Mira, toma un recuerdo que te
traigo de Roma.
--¡Pero por qué has hecho esto!--dijo, cogiendo deprisa el
paquetito.--¡Siempre te molestas! Espera.
Se quedó solo durante un minuto que le pareció una hora; apoyado
en el muro aún caliente del patio, bajo aquel cielo velado por una
noche callada y casi tétrica, vibraba de alegría angustiosa, y cuando
Margarita corrió, sin poder apenas respirar, á echarse entre sus
brazos, más que verla la _sintió_; sintió su cara suave y caliente, su
corazón palpitando agitadamente contra el suyo, su vida ágil si bien no
sutil, y creyó desmayarse.
Inconscientemente, locamente, empezó á besarla, cegado por una
inextinguible y casi cruel sed de besos.
--¡Basta, basta!--dijo ella, volviendo en sí la primera.--¿Cómo te
encuentras? ¿Estás ya bien?
--Sí, sí,--contestó impetuosamente.--¡Por fin, Dios mío! Oye cómo me
palpita el corazón.
--¡Ah!--prosiguió, respirando penosamente, y estrechando la mano de
ella sobre su pecho,--casi no puedo ni hablar... No he podido pasar por
frente tu ventana porque... porque... no me han dejado en paz ni un
solo momento... ¡Y ahora apenas te puedo ver! ¡Ah, si trajeras una luz!
--¡Qué dices, Nino! Ya nos veremos mañana; ahora nos
_sentimos_,--contestó, riendo bajo, bajito, mientras bajo la palma de
su mano, que Anania se apretaba contra el pecho, sentía el agitado
palpitar de su corazón.--¡Cómo palpita tu corazón! ¡parece el de un
pájaro herido! ¿Pero estás curado del todo?
--¡Curado, curado del todo!... Margarita ¿dónde estás? ¿Pero de veras
estamos juntos?
Y miraba intensamente, esforzándose para distinguir las facciones de
ella, en el vacío incoloro de la nublada noche. Las grandes nubes de
terciopelo obscuro que pasaban sin cesar por el cielo gris, dejaban un
hueco de forma oval, rodeado de espesos bordes, parecido á un rostro
misterioso, con dos estrellas rojizas por ojos, asomado para espiar á
los dos enamorados. Anania sentóse sobre un banco de piedra y atrajo
sobre sus rodillas á la muchacha, sujetándola estrechamente, á pesar de
sus protestas, en el círculo de sus brazos temblorosos.
--Déjame--decía,--peso demasiado; estoy muy gruesa...
--Eres más ligera que una pluma--afirmó él galantemente.--¿Pero
es de veras que estamos juntos?--repitió después, siempre con más
fogosidad.--¡Ah, me parece un sueño! ¡Cuántas veces he soñado este
mismo momento, que me parecía no tenía que llegar jamás! ¡Y ahora,
estamos juntos, juntos, juntos! ¿entiendes? ¡juntos! Me parece
enloquecer. ¿Pero eres de veras tú, Margarita? ¿pero es de veras que
te tengo aquí, sobre mi corazón? Habla, dime algo, pínchame con un
alfiler; si no creeré que estoy soñando.
--¿Qué quieres que te diga? Á ti te toca contarme muchas cosas. Yo te
lo he escrito todo, todo: habla tú, Nino; ¡tú sabes hablar tan bien!
Cuéntame cosas de Roma; habla tú, yo no sé...
--¡No, no! tú sabes hablar muy bien. ¡Tienes una voz tan dulce! Nunca
he oído hablar á una mujer como tú hablas...
--¡No digas mentiras!...--exclamó Margarita muy juiciosamente. Pero
Anania no creía mentir, y con la buena fe de su delirio amoroso siguió
diciendo:
--¡Te juro que no miento! ¿Para qué mentir? Tú eres la más hermosa, tú
la más noble, tú la más buena de todas las mujeres. ¡Si supieras cómo
pensaba en ti, cuando las hijas de mi patrona, durante los primeros
meses de estancia en Roma, nos venían á buscar á mí y á Bautista Daga!
Me parecía estar junto á criaturas apestadas, y pensaba en ti, como si
fueras una santa, suave, pura, fresca y bella.
--Pues ahora, yo... también...--observó ella.
--¡Es otra cosa! No blasfemes, Margarita--exclamó.--Ves, me enfado
cuando estás fría. Nosotros somos esposos; ¿no es verdad que somos
esposos? Dime que sí.
--Sí.
--Di que me amas.
--Sí.
--_Sí_, no me basta. Di: ¡Te... a... mo!
--Te... a... mo... ¿Si no te amara estaría así contigo?--preguntó
ella, animándose.--¡Te amo, te amo! Yo no sé expresarme, pero te amo,
tal vez mucho más que tú á mí.
--No es verdad; yo te amo más. Pero sé que tú también me
quieres--siguió diciendo casi serio,--tú que podías aspirar á mucho
porque eres guapa y rica.
--¡Rica... quién sabe! ¿Y si no lo fuera?
--Estaría mucho más contento.
Callaron, ambos serios, casi separándose para seguir cada cual su
propio pensamiento.
--Oye--dijo él de pronto, tímidamente, siguiendo el curso de sus
ideas,--me han dicho que tu familia está enterada de nuestros amores.
¿Es verdad?
--Es verdad--contestó Margarita después de una breve duda.
--¿Qué me dices? ¿Y tu padre no está enfadado?
Margarita volvió á dudar; después alzó la cabeza y contestó fríamente:
--¡No lo sé!--y en su acento Anania vió algo triste, raro, que no
llegó á comprender. ¿Qué pasaba? ¿El alma de la muchacha se le cerraba
para ocultarle un secreto desagradable? Este pensamiento le turbó
profundamente; su mente corrió hacia _ella_, hacia el lejano fantasma,
preguntándose si sería la terrible sombra que se interponía entre él y
la familia de Margarita.
--Oye--dijo, pensativo, acariciándole distraídamente la mano:--debes
contestarme sinceramente. ¿Qué pasa? ¿Puedo ó no aspirar á ti? ¿Puedo
seguir esperando? Tú ya sabes quién soy: un pobre, un protegido de tu
familia, el hijo de uno de tus criados.
--¡Qué cosas dices!--exclamó, más nerviosa que triste.--Tu padre no es
precisamente un criado, ¡y aun cuando lo fuera, es un hombre honrado y
basta!
--¡Un hombre honrado!--repitió para sí Anania, herido en el
alma.--¡Oh, Dios mío, pero _ella_, ella no es una mujer honrada!
Y en seguida pensó que si Margarita hablaba de aquel modo, era porque
no se acordaba de _aquella mujer_, que tal vez la familia Carboni daba
por muerta.
Indudablemente había otra cosa.
--Margarita--insistió, esforzándose en vano para conservarse
tranquilo,--es preciso que me abras toda tu alma y me guíes y me
aconsejes. Dime qué debo hacer. ¿Debo esperar? ¿Debo hacer algo? Mi
orgullo y mi conciencia me dicen que debo presentarme á tu padre y
contárselo todo; de otro modo puede considerarme como un traidor,
como un hombre sin honor y sin lealtad. Pero yo seguiré tus consejos;
todo, antes que perderte. Sería mi muerte, mi muerte moral. Yo soy
ambicioso, y lo digo en voz alta, porque si tú no me abandonas, mi
ambición no será estéril. Yo no soy ambicioso como tantos otros
jóvenes, especialmente sardos, que quisieran llegar en seguida y, no
pudiendo, sufren, y se consumen envidiando ferozmente á los que ya han
llegado. Por ejemplo, Bautista Daga. En su envidia llega hasta al odio;
me acuerdo de la noche que en el Costanzi estrenaron _Le Maschere_.
Nosotros estábamos en el atrio, entre una muchedumbre ansiosa; á medida
que llegaban noticias del desastre, Bautista temblaba de alegría. Yo,
en cambio, no soy envidioso; tengo calma para esperar y llegaré. No
seré célebre, pero estoy seguro de que llegaré á conquistarme un puesto
elevado en la sociedad. Apenas me haya licenciado me presentaré á las
mejores oposiciones; viviremos en Roma, donde estudiaré y lucharé. Y
todo por ti. Creo que en el fondo de la ambición de todos los hombres
hay siempre una mujer; muchos no se atreven á confesarlo; yo lo digo
francamente y me enorgullezco de ello. Siempre te lo he dicho, ¿verdad?
--Sí--respondió Margarita, algo embriagada por las promesas del joven.
Él prosiguió:
--Tú eres el móvil de mi vida; hay hombres que viven por el amor, como
otros por el arte, la gloria, la vanidad; yo soy de los primeros; me
parece haber amado siempre, desde que nací, y que amaré siempre aun
cuando tenga que vivir hasta la extrema vejez. Y siempre, siempre á ti.
Si me llegases á faltar, no tendría fuerzas, ni voluntad para nada;
moriría moralmente y tal vez de veras. Pero si tú me dijeras: «Amo á
otro», entonces yo...
--¡Basta! ¡Cállate!--dijo con voz de mando Margarita.--¡Ahora eres tú
quien blasfema! ¿Llueve?
Una gota de agua había caído sobre sus manos juntas. Ambos alzaron la
cabeza y miraron las nubes que pasaban más lentas, más densas, cual
misteriosos monstruos de lento andar.
--Oye--dijo Margarita, hablando algo distraída y deprisa, como si
tuviera miedo de que la lluvia interrumpiera la cita.--No estamos tan
ricos como antes. Los asuntos de mi padre van mal. Además, ha prestado
dinero á todos los que se lo han pedido, dinero que... no le devolverán
jamás. Es demasiado bueno. Nuestro pleito con el Ayuntamiento de Orlei,
aquel pleito eterno por los bosques incendiados, va tomando mal aspecto
para nosotros; si lo perdemos, y así parece será, ya no seré rica.
--¿Por qué no me lo escribías?
--¿Para qué escribírtelo? Además, yo misma, hasta hace pocos días, lo
ignoraba casi. ¡Oye, pero llueve de veras!
Se levantaron, refugiándose en la galería. Un relámpago brilló entre
las nubes, y en su resplandor color de lila Anania vió á Margarita
pálida como la luna.
--¿Qué tienes? ¿Qué te pasa?--preguntó estrechándola entre sus
brazos.--No tengas miedo del porvenir. Si no eres tan rica, serás mucho
más feliz. No temas.
--¡Oh no! Tiemblo porque mi madre, que tiene mucho miedo de los
rayos, puede levantarse de la cama. Vete, vete...--dijo, empujándole
dulcemente.--Vete...
Él obedeció, pero tuvo que esperar un buen rato bajo el portalón á que
cesase de llover. Una penetrante sensación de alegría le iluminaba de
cuando en cuando el alma, violentamente, como la luz metálica de los
relámpagos alumbraba la noche. Recordó aquel día de lluvia, en Roma,
cuando el pensamiento de la muerte le había atravesado el alma con
la rapidez del rayo. Sí; el dolor y la alegría eran iguales; ambos
quemaban.
Pero poco á poco, mientras se dirigía á su casa, bajo las últimas gotas
de la lluvia, sentimientos menos egoístas le enternecieron.
--¡Cuán vil soy!--pensó.--Me alegro de la desgracia de mi protector.
¡Qué cosa más asquerosa es el corazón humano!
Al día siguiente muy de mañana, escribió una carta á Margarita
exponiéndole muchos proyectos, uno más heroico que otro. Quería buscar
lecciones para continuar sus estudios sin ser gravoso á su padrino;
quería presentarse al señor Carboni para hacerle la petición de
matrimonio; quería, por último, hacer comprender á la familia que le
había protegido, que llegaría á ser su ayuda y su orgullo.
Mientras terminaba de escribir la carta, ante la ventana abierta, por
donde entraban, con el silencio impregnado de rocío de la mañana, la
fragancia de los campos refrescados por la lluvia nocturna, oyó á su
espalda una risa reprimida, y volviendo la cara vió á Nanna, desastrada
y vacilante, con los ojos llenos de lágrimas y la lívida boca abierta
por la risa. Traía con las dos manos una taza llena de café, que corría
el peligro de volcar á cada momento.
--Buenos días, Nanna. ¿Qué tal? ¿Aún no te has muerto?--gritó.
--¡Buenos días tenga su Señoría! ¡No he logrado sorprenderle! He rogado
á la tía Tatana que me permitiera traerle el café. Ahí lo tiene.
Llevo las manos limpias; sépalo su Señoría. ¡Oh qué alegría, qué
alegría!--dijo riendo y llorando al mismo tiempo.
--¿Dónde está esta Señoría con quien hablas?--preguntó el estudiante,
mirando por todas partes.--Espero que seguirás tuteándome como antes.
Trae el café y cuéntame algo.
--¡Ah! nosotros vivimos en cuevas, como lo que somos, como bestias
feroces. ¡Cómo puedo tutear á su Señoría que es un sol resplandeciente!
--¡Ah! ¿de modo que ya no soy un confite?--dijo bebiendo el café en la
antigua taza de filete dorado, y pensando en la tía Bárbara.
--¡Bendito, bendito seas!... ¡Ah! perdone, pero siempre le veo como
cuando era pequeñuelo. ¿Se acuerda de la primera vez que volvió de
Cagliari? Margarita le esperaba en la ventana. ¿Cómo es posible que la
luna no espere al sol?
Anania se levantó y colocó la taza sobre el antepecho de la ventana;
después respiró fuerte. ¡Qué feliz se sentía! ¡Qué cielo tan azul,
qué aire tan fragante! ¡Qué grandiosidad en el silencio de aquellas
cosas tan humildes, en el ambiente aún no profanado por el soplo y
el estruendo de la civilización! Hasta la tía Nanna no era la mujer
horrible y asquerosa de un tiempo; bajo la capa inmunda de aquel cuerpo
negro y mal oliente, saturado de alcohol, palpitaba un alma poética...
--¡Oye, oye estos versos!--dijo Anania, manoteando:
_Ella era assisa sopra la verdura
Allegra; e ghirlandetta avea contesta:
Di quanti fior creasse mai Natura
Di tanti era dipinta la sua vesta.
E come in prima al giovin pose cura
Alquanto paurosa alzò la testa:
Poi con la bianca man ripreso il lembo
Levossi in piè con di fior pieno un grembo[43]._
Nanna escuchaba, sin entender una palabra, y abría la boca para
decir... para decir... y por fin lo dijo:
--Ya los había oído otra vez.
--¿Á quién?--exclamó Anania.
--...¡Á Eíes Cau!
--¡Embustera! Y ahora, márchate, pronto, pronto, si no te doy una
paliza. No, espera; cuéntame todo lo que ha pasado en Nuoro durante mi
ausencia.
Ella empezó á charlar, haciendo una extraña confusión de lo que le
había pasado á ella con los sucesos más interesantes del país; á cada
momento volvía á Margarita. Era la más guapa, la rosa más hermosa entre
todas las rosas, el clavel, el confite. ¡Y sus vestidos! ¡Oh Santo
Dios! no se había visto nunca nada tan maravilloso; cuando pasaba, la
gente se la quedaba mirando como se mira una estrella con rabo. Un
señor le había encargado á ella misma, que robara el lazo del zapato de
Margarita para colocárselo sobre el corazón. La criada de casa Carboni
decía que todas las mañanas su señorita encontraba en la ventana cartas
de declaración atadas con cintas azules...
--Pero la rosa es única y no puede unirse más que con el clavel... ¡Ea!
dame la taza... ¡Ah!--exclamó la borracha, dándose con la mano en la
boca.--¡Es inútil! Como he visto á su Señoría cuando enseñaba la cola,
ahora no puedo acostumbrarme á tratarle de usted...
--Oye, ¿y cuándo enseñaba yo la cola?--gritó Anania amenazándola.
La mujer escapó, tambaleándose, riendo y tapándose la boca; y poco
después salió al corral y dijo vuelta hacia la ventana donde estaba
asomado el estudiante:
--La cola de la camisita...
Anania seguía amenazándola; ella siguió tambaleándose y riendo. El
lechón se había desatado y empezó á oler los pies de la borrachona; una
gallina saltó sobre el lechón, picándole en las orejas; un gorrión se
posó sobre el saúco, meciéndose elegantemente en el extremo de una rama.
Y el estudiante se sintió tan feliz que empezó á recitar en alta voz
otros versos de Poliziano:
_Portate, venti, questi dolci versi
Dentro all'orecchie della Ninfa mia;
Dite quante per lei lacrime versi,
E la pregate que crudel non sia;
Dite che la mia vita fugge via,
E si consuma come brina al sole..._[44]
Recitando, sentía la impresión de ser ágil y ligero como el gorrión
que se mecía en el extremo de una rama. Más tarde fué á la huerta donde
pudo entregar á la criada de Margarita la carta que tenía preparada.
El huerto, húmedo aún por la lluvia nocturna, exhalaba un fuerte olor
de tierra mojada y de hierba seca. Las orugas habían reducido las
coles á manojos de extraños encajes grisáceos; las flores amarillas,
parecidas á copitas de oro, de los higos chumbos se deshojaban; los
malvaviscos salpicados de capullos y flores moradas, sin tallo,
recortaban el fondo azulado del cielo con sus extraños dibujos. En el
nacarado horizonte las montañas surgían vaporosas, sumergidos sus picos
más altos en nubes de oro. En un rincón del huerto encontró Anania á
Eíes Cau, borracho, envejecido, convertido en un montón de andrajos y
le tocó con el pie; el infeliz alzó la cabeza, dejando ver su cara que
parecía una máscara de cera ennegrecida, abrió un ojo vítreo, murmuró
sus versos favoritos:
Cuando Amelia tan pura y tan blanca;
y dejó caer su cabeza, sin haber conocido al estudiante. Un poco más
allá el tío Pera, completamente ciego, se obstinaba en extirpar las
malas hierbas, que conocía por el tacto y el olor.
--¿Cómo se encuentra?--gritó Anania.
--Soy un cadáver, hijo mío--contestó el viejo.--No veo, ni oigo.
--Ánimo... se pondrá bien...
--En el otro mundo, donde todos nos curaremos, donde todos veremos y
oiremos; ¡ah, hijo mío! no me importa no ver; cuando veía con los ojos
de la cara, mi alma era ciega; y ahora en cambio, _yo veo_, veo con los
ojos del alma. Pero cuéntame; ¿has visto al Papa?
Al salir del huerto, Anania siguió vagando por todo el barrio; ¡aquel
rincón del mundo era siempre el mismo! El loco seguía sentado sobre una
piedra, recostado en las paredes amenazando ruina, esperando el paso de
Jesucristo; la mendiga miraba de reojo la puerta de Rebeca, sobre cuyo
umbral la pobre criatura temblaba de fiebre y se vendaba sus llagas;
maestro Pane, entre telarañas, aserraba tablas hablando en alta voz;
en la taberna, Ágata, guapa como siempre, coqueteaba con jóvenes y
viejos; Antonino y Bustianeddu se emborrachaban y de cuando en cuando
desaparecían durante unos meses y volvían á aparecer con la cara algo
más blanca, por _haber estado á la sombra_[1]; la tía Tatana preparaba
dulces para su querido _pequeño_, soñando en el día en que tomaría el
grado, y pasando revista á los _presentes_ que enviarían los amigos y
parientes; y Anania _grande_, en los días de descanso, sentado en medio
de la calle bordaba un cinturón de cuero, y pensaba en los tesoros
escondidos en los _nuraghes_.
No, nada había cambiado; pero el estudiante veía las cosas y los
hombres como no los había visto nunca, y todo le parecía bello, de una
belleza triste y salvaje. Pasaba y miraba como si fuera un extranjero;
y en el cuadro cristalizado de aquellos tugurios negros y amenazando
ruina, de aquellos seres primitivos, le parecía ser un gigante. Sí,
gigante y pájaro al mismo tiempo; gigante por su superioridad, pájaro
por su alegría.
* * * * *
Á últimos de Agosto, después de dudar mucho, Margarita consintió que
Anania revelase sus relaciones al señor Carboni.
--Me parece que tu padre me trata de otra manera--dijo el
estudiante;--estoy cohibido y tengo remordimientos. Me mira con mirada
fría, escrutadora; no puedo soportar su mirada.
--Entonces, si te atreves, cumple... con tu deber--contestó Margarita,
algo maliciosamente.
--¿Qué debo decirle?--preguntó el joven, completamente turbado.
--Lo que quieras; cualquier cosa que digas estará bien; cuanto más te
confundas más efecto producirás. ¡Mi padre es tan bueno!
--¡De modo que puedo esperar!--exclamó Anania conmovido, como si hasta
entonces hubiese dudado.--¿Es de veras? ¿Es de veras?
--¡Síí...!--dijo ella, con voz mimada, acariciándole el pelo de un modo
casi maternal.
Él la estrechó entre sus brazos, cerró los ojos, escondió su cara sobre
su espalda, concentrándose para ver toda la inmensidad de su fortuna.
¿Era posible? ¿Margarita sería suya? ¿De veras suya? ¿Suya en la vida
real como lo había sido en sueños? Recordó aquel tiempo en que no se
atrevía á confesar ni á sí mismo su amor; ¿y ahora?...
--¡Cuántas cosas pasan en el mundo!--pensó.--¿Pero qué es el mundo?
¿Qué es la realidad? ¿Dónde empieza el sueño y dónde la realidad? ¿Y no
es posible que todo sea un sueño? ¿Quién es Margarita? ¿Y yo quién soy?
¿En qué consiste esta alegría misteriosa que me eleva, como la luna á
las olas? ¿Y el mar qué es? ¿_Siente_ el mar? ¿Vive? ¿Y la luna qué es?
¿Y todo esto es real?
Alzó la cara y se rió de sus preguntas. La luna iluminaba el patio; y
en el silencio profundo de la noche diáfana, el canto trémulo de los
grillos le hizo pensar en un pueblo de duendes pequeñísimos, sentados
sobre las hojas humedecidas por el rocío y plateadas por la luna, que
sonaban una cuerda sola de invisibles violines.
Todo era sueño y todo realidad. Anania creía ver los duendes músicos
y al propio tiempo distinguía claramente la blusa color de rosa, la
cadenita y las sortijas de Margarita. Le apretó la muñeca, puso un dedo
sobre la perla de un anillo que llevaba en el dedo meñique, se puso á
contemplar las uñas de las cuales distinguía las manchitas blancas; sí,
todo era verdad, visible, tangible. La realidad y el sueño no tenían
límites que les separaran; todo se podía ver, tocar y alcanzar, desde
el sueño más disparatado al objeto menos visible...
En aquel momento le parecía que así como tocaba el anillo de Margarita,
hubiese podido, con sólo alargar la mano, coger la luna, ó apretar
dentro su puño el canto de los grillos.
Unas cuantas palabras de Margarita le señalaron, de nuevo, los límites
entre el sueño y la realidad.
--¿Qué dirás á mi padre?--preguntó, siempre un poco burlona.--Vamos á
ver, qué le vas á decir. «Padrino mío... yo... yo y... y su hija... su
hija Margarita... tene... tenemos...».
--¡Cállate!--dijo él, avergonzándose al comprender que nunca tendría
el valor suficiente para presentarse á su protector, y confesarle su
amor...--No me atreveré jamás... confesó.--Se lo escribiré.
--¡Oh! ¡esto sí que no!--dijo Margarita, poniéndose seria.--Es preciso
decírselo de palabra; se convencerá más fácilmente. Si tú no puedes,
mandas á alguien.
--¿Y quién voy á mandar?
Margarita pensó un instante, y después dijo tímidamente:
--Á _tu madre_.
Comprendió que se refería á la tía Tatana, pero su pensamiento corrió
á _la otra_, y le pareció que Margarita también pensaba en _aquella
mujer_. Una sombra densa, una oleada de angustia le envolvió el alma;
¡ah, sí! la realidad y el sueño estaban bien separados por confines
terribles; un abismo insuperable, igual al que existe entre la tierra y
el sol, les separaba.
--Si por lo menos...--pensó rápidamente,--¡si pudiera hablar ahora!
¡Éste es el momento; si se me escapa, no lo encuentro otra vez! Tal vez
aquel abismo se podría salvar. ¡Ahora! ¡ahora!
Abrió los labios. Sintió que el corazón le palpitaba con fuerza, pero
no pudo hablar; pasó aquel momento.
La tarde siguiente, la tía Tatana, muy turbada, pero mucho más
orgullosa que turbada, y confiando en la ayuda del Señor, después de
haber rezado muchísimo y _fatta la salita_ arrastrándose de rodillas
desde el portal hasta el altar de la iglesia del Rosario, fué á
desempeñar su _embajada_.
Anania se quedó en casa, esperando ansiosamente el regreso de la
anciana. Durante un largo rato estuvo tumbado en la cama, leyendo un
libro del cual no recordaba ni siquiera el título.
--¡Estoy tranquilo!--pensaba.--¿Por qué temer? El buen éxito es más que
seguro...
Y entre tanto leía palabra por palabra, pasaba las líneas, pasaba las
páginas; pero su mente no retenía ni una sola de las sílabas impresas.
El pensamiento, como un ojo omnividente, corría detrás de la anciana y
veía...--La tía Tatana camina lentamente, convencida de la solemnidad
de su misión. Tiene algo de miedo, la buena viejecita, paloma blanca
y suave: ¡pero paciencia! Con la ayuda del Señor, de Santa Catalina y
de María Santísima del Rosario, algo podrá hacerse... Se ha puesto su
mejor vestido; la _túnica_ adornada con tres lacitos, verde, blanco,
verde, el corpiño de brocado verdoso, el cinturón de plata, el delantal
bordado, el pañuelo de la cabeza ligeramente teñido de azafrán. Y no
se ha olvidado de los anillos; no faltaba más que olvidara sus grandes
anillos prehistóricos, adornados de camafeos sobre piedras amarillas y
verdes, y de cornalinas incrustadas. Y de este modo, grave y compuesta,
parecida á una imagen antigua de Nuestra Señora, avanza lentamente,
saludando con solemnes ademanes á las personas que encuentra en su
camino. Anochece; es la hora dedicada á estas graves misiones de amor.
Al caer de la tarde la paraninfa está segura de encontrar en casa al
jefe de la familia á la cual lleva el arcano mensaje...
La tía Tatana va andando... andando, cada vez más grave y más
lentamente... Parece que tiene miedo de llegar; ha llegado al límite
fatal, ante el portalón cerrado, callado y obscuro como la puerta del
destino; duda un momento, se compone los anillos, el lazo del delantal,
el cinturón; se aprieta el pañuelo bajo la barbilla, y por fin se
decide y llama á la puerta...
Aquel golpe parece repercutir en el pecho de Anania. Se puso de pie de
un salto, cogió una vela y se miró al espejo.
--¡Ya lo decía! Estoy pálido. ¡Si seré estúpido!--murmuró.--¡Ea! no
quiero pensar más en ello...
Se asomó á la ventana. Los últimos resplandores del día apenas
alumbraban el corral; el saúco inmóvil proyectaba una mancha oscura.
Silencio absoluto. Las gallinas ya dormían y también dormía el lechón.
Las estrellas brotaban, cual chispas de oro, entre la azulada ceniza
del crepúsculo caluroso. Más allá del corral, en el silencio de la
callejuela, pasaba á caballo un pastorcillo, cantando en dialecto:
La noche convierto en día
Cantando á mi _palma dorada_...[45]
Anania recordó su infancia, la viuda, Zuanne. ¿Qué estaría haciendo su
hermano adoptivo en un convento, sobre aquellos montes?
--¡Y pensar que quería hacerse bandido! ¡Cuánto me agradaría
verle!--pensó--Un día de este mismo mes me llegaré á Fonni.
¡Ah! De pronto su pensamiento volvió á donde se resolvía su
destino.--La vieja paloma está en el despacho sencillo y tan ordenado
del señor Carboni. Allí, allí está la mesa escritorio que una
noche el estudiante estuvo registrando y... ¡Oh Dios mío! ¿pero es
posible que él haya cometido acción tan vil? Sí; los chiquillos no
son conscientes; todo resulta fácil, todo posible. ¡Cuántas locuras
cometemos de chiquillos! ¡Hasta podríamos cometer un delito con la
mayor inconsciencia! Basta; la tía Tatana está allí; y también el señor
Carboni, gordo, tranquilo, con la cadena de oro brillando sobre su
pecho.
--¿Qué cosas estará diciendo la viejecita?--pensó Anania, sonriendo
nerviosamente.--Me gustaría ver cómo se las compone. ¡Si pudiera estar
presente, sin que me vieran! Si tuviese el anillo que hace á uno
invisible, me lo pondría y... pum... en seguida llegaba... ¿Y si el
portalón estuviese cerrado? ¡Qué diablo! ¡Llamaría! Mariucha saldría á
abrirme, y, al ver que no había nadie, se enfadaría contra los chicos
que llaman á las puertas y escapan corriendo; mientras tanto yo...
¡Pero qué chiquillo soy! ¡Pues no me paso el tiempo pensando en estas
tonterías! ¡Ea! ¡no quiero pensar más en ello!...
Se apartó de la ventana, cogió la vela, bajó á la cocina, donde estaba
encendido el fuego, é inconscientemente se sentó ante el hogar. En
seguida se acordó de que era el verano y echóse á reir; después se puso
á contemplar durante largo tiempo el gatito rojo que estaba en acecho
delante del horno, inmóvil, con los bigotes erizados y la cola tiesa,
pronto á lanzarse sobre el primer ratón que se presentara.
--No--dijo para sí Anania, pensando en el pobre ratoncito;--esta noche
no dejo que lo caces; soy demasiado feliz para que nadie, ni siquiera
un ratón, sufra esta noche en esta casa.
--_¡Usciu, usssciuu!_[46]--gritó, corriendo hacia el gatito que se
estremeció y saltó sobre el horno.
Agitado por una nerviosa inquietud, Anania se puso á dar vueltas por
la cocina; y parándose de cuando en cuando junto á los sacos llenos de
cebada, la manoseaba murmurando:
--Mi padre no es tan pobre como parece; es un arrendatario del señor
Carboni, aun cuando se obstine en llamarle «amo». No, él no está pobre;
pero seguramente no podría restituirle lo... que gasto, si no sucediese
lo que... debe suceder. ¿Pero qué pasará? ¿Qué está pasando en este
momento?
La tía Tatana ha hablado... ¿Qué ha dicho? ¡Ah! no, no, no, mejor es
no pensar en ello... Pensemos, por lo contrario, en la respuesta que
dará, que está dando el padre... ¿Qué dirá aquel hombre, el más leal
del mundo, al enterarse de que su protegido se ha atrevido á burlar
su buena fe? Empieza, pensativo, á dar paseos por el despacho; la tía
Tatana le mira, pálida, oprimida...
--¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Qué pasará?--exclamó Anania apretándose la
cabeza entre las manos. Creía ahogarse; salió al patio, se asomó á la
tapia, prestó oído atento, escuchó. Nada, nada.
Volvió á la cocina, y viendo al gatito de nuevo en acecho, lo volvió á
espantar; recordó los gatos durmiendo entre las columnas del Panteón;
pensó en la tía Bárbara y en el cirio que debía llevar en su nombre á
la Basílica de los Mártires; pensó en su padre que estaba terminando
de recoger la paja del trigo en las _tancas_ del amo; pensó en el pino
sonoro que murmuraba como un gigante iracundo, rey de un solitario
reino de rastrojos y matas; pensó en el _nuraghe_ y en las visiones
de la tía Bárbara, reflejadas en él, durante su fiebre, y recordó
un brazalete de oro que había visto en el Museo de las Termas de
Diocleciano... Y después de todos aquellos recuerdos fugitivos, dos
pensamientos profundos se cruzaron y compenetraron, cual si fueran
dos nubes--una tétrica y otra luminosa--que en el espacio se hubiesen
encontrado. El pensamiento de _aquella mujer_. El pensamiento de lo que
estaba pasando en el despacho del señor Carboni.
--¡No! ¡Ya he dicho que no quiero pensar en ello!--murmuró con rabia. Y
echó fuera al gatito, como hubiese querido hacer con las ideas que le
asaltaban felinamente, contra su voluntad.
Volvió á salir al patio; miró, escuchó. Nada. Un cuarto de hora después
resonaron dos voces detrás de la pared; después una tercera, una
cuarta; eran los vecinos que se reunían cada noche ante la tienda del
maestro Pane, para disfrutar del fresco y charlar.
--¡Virgen santa!--decía Rebeca con su voz estridente.--He visto caer
del cielo cinco estrellas. ¡Oh! ¡Y eso no sucede porque sí!... Sucederá
alguna desgracia...
--¡Que tú vas á parir el Anticristo!--dijo la voz irónica de un
labriego.--Dicen que tiene que nacer de un animal.
--El Anticristo lo parirá tu mujer ¡bicho asqueroso!--contestó airada
la muchacha.
--¡Vuelve á por otra!--dijo la hermosa Ágata, que comía, reía y hablaba
al mismo tiempo.
El labriego empezó á soltar insolencias; hasta que el viejo carpintero
se enfadó y gritó:
--Si no te callas, te rompo las narices.
Pero el labriego prosiguió su _hermosa misión_; entonces las mujeres
se levantaron y fueron á sentarse sobre el murete del patio, y la tía
Sorichedda--una viejecita que cuarenta años antes había servido en casa
del Intendente--empezó á contar por milésima vez la historia de su ama.
--Era una marquesa. Su padre era amigo íntimo del rey de España, y le
había dado mil escudos de oro de dote. ¿Cuánto son mil escudos?
--¿Y qué son mil escudos?--dijo Ágata despreciativamente.--Margarita
Carboni tiene cuatro mil...
--¿Cuatro mil?--observó Rebeca.--¡Más de cuarenta mil!
--¡No sabéis lo que estáis diciendo!--gritó la tía Sorichedda.--Mil
escudos de oro no los tiene ni siquiera don Frasquito.
--¡Váyase á paseo! Parece usted una chiquilla--gritó Ágata
acalorándose.--¿Qué se figura que son mil escudos? ¡Sólo en suela los
tiene Francisco Carchide!
La cuestión se puso seria; las mujeres empezaron á insultarse.
--Tú lo dices para alabar á tu Francisco Carchide; ¡aquella porquería
con su traje nuevo!...
--La porquería lo será usted, vieja pecadora.
--¡Ah!
Piensa el ladrón
Que todos son de su condición...
Anania escuchaba, y de pronto, á pesar de las inquietudes que le
agitaban, se echó á reir.
--¡Oh!--exclamó Ágata, asomándose á la pared.--¡Que tenga felices
noches su Señoría! ¿Qué estás haciendo á oscuras como un murciélago?
Deja que veamos tu hermoso rostro.
--¡Por favor!--contestó, acercándose y pellizcándola en un brazo,
mientras Rebeca, que al oir la carcajada del joven se había acurrucado
en el suelo como queriendo esconderse, pellizcaba á Ágata en una pierna.
--¡Al diablo que os ha parido!--exclamó la muchacha.--¡Esto es
demasiado! ¡Dejadme... ó lo digo!
Los dos siguieron pellizcando más fuerte.
--¡Ay, ay! ¡Demonio! Rebeca, es inútil que tengas celos... ¡ay! La tía
Tatana esta noche... ha ido á pedir... ¿hablo ó no hablo? ¡Ah!...
Anania la dejó, preguntándose cómo aquel diablo de chica había...
--¡Corazoncito, otra vez respeta á la tía Ágata!--dijo con retintín,
mientras Rebeca, que había comprendido, callaba y la tía Sorichedda
preguntaba:
--Haz el favor, Nania Atonzu; ¿crees que en Nuoro puede haber mil
escudos de oro?
El labriego también se acercó.
--Oye, Nania; ¿es verdad que el Papa tiene setenta y siete mujeres para
su servicio? ¿Eh?...
El joven no contestó, tal vez ni siquiera los había oído; veía
acercarse una persona desde el fondo de la callejuela, y sentíase
desfallecer. Era ella, la vieja paloma mensajera, era ella que volvía
llevando en sus labios, como una flor de vida ó de muerte, la palabra
fatal.
Anania se retiró cerrando la puertecita del patio, al propio tiempo que
la tía Tatana entraba por la otra parte y cerraba la puerta principal.
Ella suspiraba y aún estaba un poco pálida y oprimida, como Anania
la había visto con la imaginación; al reflejo del hogar, las alhajas
primitivas, los bordados, el cinturón, los anillos, brillaron vivamente.
Anania corrió á su encuentro y la miró ansioso, y como ella callase, le
preguntó con impaciencia:
--¿Qué han dicho?
--¡Ten paciencia, hijo! Ahora te diré...
--No. Dígalo en seguida. ¿Consienten?
--¡Sííí...! ¡Consienten, sí, consienten!--exclamó la vieja abriendo los
brazos.
Anania sentóse, aturdido, cogiéndose la cabeza entre las manos; la tía
Tatana le miró piadosamente meneando la cabeza, mientras con las manos
temblorosas se desabrochaba.
--¡Consienten! ¡consienten! ¿Es posible?--repetía para sí Anania.
Ante el horno, el gatito seguía esperando el paso del ratón, y debía
oir algún ruido, porque agitaba la cola; en efecto, poco después,
Anania oyó un chillido, un pequeño grito de muerte; pero en aquel
momento su felicidad era tan completa, que no le consentía pensar que
en el mundo pueda existir dolor.
* * * * *
La detallada relación de la tía Tatana echó un poco de agua fría sobre
aquel inmenso incendio de dicha.
La familia de Margarita no se oponía á los amores de los dos
jóvenes, pero, naturalmente, no daba aún un consentimiento completo,
irrevocable. El «padrino» había sonreído, restregándose las manos y
meneado la cabeza como diciendo: «¡buena me la han jugado!». Había
dicho: «¡Pronto echan á volar estos chicos de hoy en día!», pero
después se puso serio y pensativo.
--Pero por fin, ¿qué habéis acordado?--exclamó Anania, poniéndose
también serio y pensativo.
--¡Que es preciso esperar! ¡Santa Catalina mía! ¿Pero no has
comprendido? El «ama» dijo: es preciso que interroguemos á
Margarita.--Me parece inútil, contestó el padrino, restregándose las
manos. Yo me sonreí.
También Anania se sonrió.
--Hemos acordado... ¡Fuera de ahí!--gritó la tía Tatana, tirando de la
falda, sobre la cual el gatito se había cómodamente tumbado, lamiéndose
los bigotes con gran satisfacción.--Hemos acordado que es preciso
esperar. El amo me dijo:--Que el «muchacho» piense en estudiar mucho
y conseguir triunfos. Cuando haya conseguido una posición le daremos
la mano de nuestra hija; entretanto, que sigan amándose y que Dios les
bendiga.--¡Y ahora me parece que puedes cenar tranquilo!
--Pero ¿puedo presentarme en su casa como prometido?
--Por ahora no; ¡por este año no! ¡Corres demasiado, _galanu meu_! La
gente diría que el señor Carboni se ha vuelto un chiquillo; antes debes
licenciarte...
--¡Ah!--exclamó Anania airado--de modo que es mejor...--Iba á decir:
¿de modo que es mejor que nos veamos de noche, á escondidas, para
que su susceptibilidad no padezca?--pero en seguida pensó que, en
efecto, era mejor verse de noche, á escondidas y solos, que de día y
en presencia de los padres, y se calmó por completo. ¡Peor para ellos!
De este modo no tendría remordimientos si se veía obligado á visitar
secretamente á su prometida.
Para consolarse reanudó las entrevistas la misma noche; la criada,
apenas le abrió la puerta, le dió la enhorabuena como si las nupcias ya
se hubiesen celebrado, y él le dió una propina y esperó temblando á la
que consideraba como esposa. Ella llegó, poco á poco, sin hacer ruido,
perfumada de lirio, con un traje claro, blanqueando en la diáfana
noche, y al verla y oler el perfume, sintió el joven una impresión
grande, violenta, cual si vislumbrase por vez primera el misterio del
amor. Se abrazaron largamente, callados, temblando, ebrios de dicha; el
mundo les pertenecía.
Por vez primera Margarita, segura ahora de poderse abandonar sin miedo
ni remordimiento al amor intenso que su guapo novio sentía por ella, se
mostró apasionada y vehemente, como Anania no se atrevía ni á soñarlo;
así es que salió de la cita, tambaleándose, ciego, fuera de sí.
La noche siguiente la entrevista fué aún más larga, más delirante. La
tercera noche, la criada, que vigilaba desde la cocina, probablemente
cansada de esperar, hizo la señal convenida para el caso _de sorpresa_
y los enamorados se separaron algo asustados.
Al día siguiente Margarita escribió: «Tengo miedo de que ayer
noche papá se enterara de algo. Procuremos no comprometernos, ahora
precisamente que somos tan felices; es preciso, por lo tanto, que no
nos veamos durante unos días. Ten paciencia, y ten valor como yo lo
tengo, pues hago un sacrificio enorme renunciando, por unos días,
á la felicidad inmensa de verte; me parecerá morir, porque te amo
ardientemente, porque no podré vivir sin tus besos», etc., etc., etc.
Él contestó: «Adorada de mi alma, tienes razón: eres una santa por
buena y por sabia, y en cambio yo soy un loco, loco de amores por
ti. No sé, no veo lo que hago. Ayer noche pude haber comprometido
todo nuestro porvenir y no me daba cuenta de ello. Perdóname; cuando
estoy á tu lado pierdo la razón. Se apodera de mí la fiebre; me
consumo, me parece que dentro de mí arde un fuego devastador. Renuncio
dolorosamente á la felicidad suprema de verte durante unas cuantas
noches; y como siento necesidad de ejercicio, de distracción, de
alejarme algo de tu lado, para calmar un poco este fuego que me devora
y me pone inconsciente y enfermo, he pensado emprender la excursión al
Gennargentu de la cual te hablé la otra noche. ¿Lo permites, verdad?
Contéstame en seguida, querida, adorada, mi encanto y mi gloria. Te
llevaré en el corazón; desde la más alta montaña sarda te enviaré un
saludo, gritaré al cielo tu nombre y mi amor, como quisiera proclamarlo
desde la montaña más elevada del mundo para que toda la Tierra se
enterara y asombrara. Te abrazo, te llevo conmigo, junto á mí, formando
un solo cuerpo, por toda una eternidad».
Margarita concedió el permiso para el viaje.
Otra carta de Anania: «Salgo mañana por la mañana con el correo de
Mamojada-Fonni. Pasearé por bajo tu ventana á las nueve. Quisiera verte
esta noche... pero quiero ser prudente. Ven, ven conmigo, Margarita
adorada, no me abandones un solo instante, ven, ven aquí, sobre mi
corazón, que el fuego de mi amor te consuma: hazme morir de amor».