[22] Escondrijo conteniendo un tesoro.
[23] Apodo despreciativo, que equivale á bruja ó cosa parecida.
V
Al fin se realizó su sueño.
Una mañana de octubre se levantó más pronto que de costumbre, y tía
Tatana después de lavarle y peinarle le mandó ponerse el vestido nuevo,
aquél de fustán duro como la piel del diablo.
Anania _grande_ estaba desayunándose con hígado de oveja asado; al ver
al chico dispuesto para ir á la escuela, echóse á reir alegremente y le
dijo, amenazándole con el dedo:
--¡Á ver, á ver cómo te portas! Si no te portas bien, te mando con
maestro Pane á hacer ataúdes...
Bustianeddu vino á buscar á Anania y le acompañó con cierto aire de
despreciativa protección. La mañana era espléndida; el aire, límpido,
olía al dulce olor del mosto, del café, del vino en fermentación;
los gallos y gallinas cantaban en medio de la calle; los labradores
se marchaban al campo con sus grandes carros cubiertos de pámpanos,
precedidos por alegres y juguetones perros.
Anania se sentía contento, aun cuando su compañero hablase mal de la
escuela y de los maestros.
--Tu maestro,--decía,--parece un gallo, con su gorro colorado y su voz
ronca. He tenido que tragarlo todo un año. ¡Que el diablo se lo lleve
de una pata!
La escuela estaba en el otro extremo de Nuoro, en un convento rodeado
de huertos melancólicos. La clase de Anania, en planta baja, daba sobre
la solitaria calle; el polvo cubría en gran cantidad las paredes; la
tarima del maestro estaba en muchos sitios comida por los ratones;
y manchas de tinta, incisiones y rasguños, y nombres que parecían
jeroglíficos adornaban los bancos.
Anania experimentó una gran desilusión al ver aparecer, en lugar del
maestro descrito por Bustianeddu, una maestra vestida al uso del país,
pequeña y descolorida, con dos discretos bigotes negros en el labio
superior, parecidos á los de tía Tatana.
Cuarenta chiquillos, casi siempre llenos de mocos, animaban la clase.
Anania era el mayor de todos, y tal vez por esto la maestrita, que
además del bigote tenía dos terribles ojos negros, se dirigía á él con
preferencia, llamándole por su nombre y hablándole un poco en sardo,
otro poco en italiano.
Esta obstinada atención le fastidiaba algo, pero le enorgullecía. Á las
tres horas de escuela, ya sabia leer y escribir dos vocales; y si bien
una de ellas era la o, esto no quitaba mérito á su aplicación.
Cerca de las once ya estaba harto de la escuela y de la maestra, no
menos que del vestido nuevo que le molestaba bastante; pensaba en el
patio (en el saúco, en el cesto de los higos chumbos, en donde tan á
menudo metía mano, ya acostumbrado á las espinas) y empezó á bostezar.
¿No llegaría nunca la hora de salir? Muchos de los chiquillos lloraban
y la maestra se desgañitaba en vano, predicando el amor á la escuela y
la paciencia.
Por último se abrió la puerta. Apareció y desapareció como un
relámpago, la cara afeitada del bedel,--también en traje del país,--y
resonó su voz:
--¡Ha dado la hora!
Y los chiquillos se lanzaron hacia la puerta, empujándose y gritando.
Anania quedó el último, al lado de la maestra, que le acarició la
cabeza con su mano pequeña y descarnada.
--Muy bien,--le dijo.--¿Eres el hijo de Anania Atonzu?
--Sí, señora.
--Muy bien. Memorias _á tu madre_.
Naturalmente, comprendió que este saludo era para la tía Tatana; y de
pronto la maestra, que le dejó para poner orden en la turba de los
muchachos que alborotaban, le resultó simpática.
--¿Pero qué es esto?--gritaba á los chicos, sujetándolos y poniéndolos
en orden.--¡De dos en dos! ¡En fila!
Los puso de dos en dos, y de este modo atravesaron el corredor,
salieron, recorrieron un trozo de calle; después se les dejó en
libertad y se dispersaron por todas partes como pajarillos escapados de
las redes, corriendo y gritando. De las demás clases salían los alumnos
ya mayores y más formales en buen orden. Bustianeddu cayó sobre Anania,
dándole con los cuadernos en la cabeza y lo arrastró consigo.
--¿Te ha gustado?--le preguntó.
--Sí,--contestó Anania;--pero tengo hambre. No terminaba nunca.
--¿Qué, te creías era sólo un minuto?--dijo el otro, con su aire de
mayor.--¡Ya verás, ya verás! ¡Te caerá el moco y la baba, tendrás
hambre y sed! ¡Mira, mira, Margarita Carboni!
La chiquilla, con medias violeta, toquilla rosa, y mitones de lana
verde, avanzaba entre un sin fin de alumnas,--salidas de la escuela
después que los chicos,--y pasó por delante los dos amigos sin dignarse
mirarles. Detrás del grupo que la rodeaba, venían otros grupos de
muchachitas, ricas y pobres, del campo y de la ciudad, algunas ya
talluditas y coquetuelas.
Los muchachos de cuarto y quinto se paraban á mirarlas y se reían entre
ellos.
--Les hacen el amor,--dijo Bustianeddu.--¡Si los maestros les ven!...
Anania no contestó, pues estaba convencido que los alumnos y alumnas de
cuarto y quinto tenían bastante edad para hacerse el amor.
--¡Hasta se cambian cartas!--prosiguió Bustianeddu, con gran énfasis.
--¡También nosotros, cuando estemos en cuarto, haremos el amor!--dijo
sencillamente Anania.
--¡Tú qué vas á hacer, mameluco!--gritó el otro, mirándole con cara de
risa.--¡Antes aprende á limpiarte los mocos!
Y cogiéndole de la mano echaron á correr.
* * * * *
Después de aquel día pasaron otro y otros. Volvió el invierno, de nuevo
se abrió la almazara, empezaron otra vez las escenas del año anterior.
Anania era el primero de la clase, tal vez porque era también el de más
edad, y desde entonces nadie puso en duda que llegaría á ser abogado,
médico, ó tal vez juez.
Todos sabían que el señor Carboni había prometido pagarle los
estudios; y aun cuando él también lo sabía, no conseguía formarse una
idea clara del valor de tal promesa. Sólo mucho más tarde empezó á
sentir gratitud. Entonces sólo sentía una sujeción invencible y al
propio tiempo una verdadera dicha cuando veía la risueña y afable
cara de su padrino. Á menudo le convidaban á almorzar en casa del
señor Carboni; pero, extraño convite, debía comer en la cocina con los
criados y los gatos; de lo cual no se quejaba, porque le parecía que en
la mesa, con los señores, la cortedad y la alegría no le habrían dejado
abrir la boca.
Después del almuerzo, Margarita entraba en la cocina y estaba un rato
con él, por lo general, informándose de las personas que frecuentaban
la almazara; después le llevaba de un sitio á otro, al patio, á los
graneros, á la despensa, complaciéndose cuando le oía exclamar con los
gestos de Bustianeddu: «¡Demonio, cuántas cosas tenéis!», pero nunca se
rebajaba á jugar con él. Aparte de que Anania tampoco era aficionado al
juego; era tímido y formal, y sin darse cuenta aún de toda su tristeza,
sentía ya la irregularidad de su situación.
Pasaron los años.
Después de la maestrita bigotuda, llegó el turno del maestro que
parecía un gallo; después vino un viejo, fumador sempiterno, que,
señalando con el dedo la isla de Spitzberg, decía llorando: «Aquí
estuvo prisionero Silvio Pellico»; después, un maestro chiquitín con
la cabeza como una bola, pálido, muy alegre, que se suicidó. Todos los
alumnos quedaron malamente impresionados del triste suceso. Durante
mucho tiempo no pensaron ni hablaron de otra cosa, y Anania, que
no podía comprender por qué el maestro se había suicidado, siendo
un hombre tan alegre, declaró en plena escuela que estaba pronto á
suicidarse á la primera ocasión.
Afortunadamente no se presentó la ocasión. En aquella época no tenía
disgustos; estaba sano, su familia le quería en extremo y era el
primero de la clase. Á su alrededor la vida se desarrollaba siempre
igual, con las mismas figuras y los mismos sucesos,--un día semejante
al otro, un año semejante al otro,--como una tela, siempre con la misma
muestra, que el tendero despliega de una pieza interminable.
En invierno se reunían en la almazara siempre las mismas personas, los
mismos tipos, y se renovaban las mismas escenas.
En primavera, el saúco florecía en el patio, las moscas y las avispas
zumbaban en el aire luminoso; en las calles y casas se veían las
mismas personas; tío Barchitta, el loco, con sus ojos azules fijos y
la barba y cabellera partida, parecido á un viejo Jesús mendigando,
seguía en su inofensiva extravagancia; maestro Pane aserraba tablas y
hablaba consigo mismo en voz alta; Efes pasaba tambaleándose; Nanna
le seguía; los chiquillos, llenos de granos y llagas, jugaban con los
perros, gatos, gallinas y lechones; las mujerzuelas se insultaban; los
muchachos cantaban coros melancólicos en las serenas noches, iluminadas
por la luna; el lamento de Rebeca vibraba en el aire como el canto de
un cuclillo en la tristeza de un terreno inculto.
Como aparece el sol por un repentino desgarrón del nublado cielo,
algunas veces aparecía en el miserable barrio de Anania, la risueña
figura del señor Carboni. Las mujeres salían al portal para saludarle y
sonreirle; los hombres que no trabajaban, tumbados indolentemente, se
ponían de pie de un salto todo avergonzados; los chiquillos le corrían
detrás, besando sus manos, que bonachonamente llevaba cruzadas por
detrás de la espalda.
En un riguroso invierno de carestía, proveyó de _polenta_[24] y
aceite á todo el barrio. Todos recurrían á él para pequeños préstamos,
jamás restituidos; por todas partes, por todas aquellas callejuelas
llenas por el viento de hojas, paja y basura, encontraba chiquillos y
muchachos que le llamaban «padrino» y mujeres y hombres que le llamaban
«compadre»; ya no recordaba el número de sus ahijados, y tío Pera
afirmaba maliciosamente que no pocos se fingían compadres y comadres
suyos para sacarle dinero.
--¡Además, muchos esperan que les pague los estudios de sus
hijos!--dijo un día el viejo hortelano, sentado ante el homo de la
almazara, con la tranca sobre sus rodillas.
--¡Á alguno ayudará seguramente!--observó el almazarero, sin disimular
su satisfacción mirando á Anania que estaba asomado á la ventana.
--¡Pero sólo á uno! ¡Le gusta darse importancia, pero no se arruinará!
--¿Por qué decís esto, mal bicho?--exclamó el almazarero,
enfadándose.--Sois como el diablo, cuanto más viejo más malo.
--¡Vamos á ver!--respondió el viejo esputando y tosiendo.--¿Tú crees
que no se sabe todo? ¡Sólo los perros consiguen tapar sus basuras! ¿Por
qué el amo no paga los estudios á sus bastardos?
Anania, que miraba por la ventana, bajo la cual exhalaba sus olores un
montón de borujo aún echando humo, sintió un estremecimiento correrle
por el espinazo, como si alguien le pegase.
Pero no se movió.
El almazarero esputó y tosió á su vez, y hubiese querido que Anania no
oyera las sacrílegas palabras del hortelano, pero no pudo contenerse y
empezó á desatarse contra el viejo.
--¡Cochino, mala persona! ¿Qué manera de hablar es ésa?
--¡Como si todo no se supiera!--repetía el viejo, cogiendo la tranca
con la mano, como para defenderse de un probable ataque.--¿El chico
que trabaja en la tienda de Francisco Carchide, es acaso hijo de
Jesucristo? Pues entonces, ¿por qué el amo no hace estudiar á aquel
muchacho que es hijo suyo?
--¡Es hijo de un cura!--dijo el almazarero, bajando la voz.
--No es verdad, es del amo. Fíjate bien en él. Es idéntico á Margarita.
--Bueno,--respondió desarmado por completo;--aquel muchacho es de la
piel del diablo. No se le puede hacer estudiar. ¿Qué hay que hacer si
es más duro que una roca?
--¡Bueno, bueno!--murmuró tío Pera, atacado de un golpe de tos.
Anania siguió en la ventana, escupiendo sobre el montón de borujo,
oprimido de una misteriosa tristeza. Conocía al chiquillo que trabajaba
con Carchide, y sabía que era díscolo, pero no más que Bustianeddu y
tantos otros que asistían á la escuela. ¿Por qué el señor Carboni no se
lo llevaba á su casa, si era su hijo, como había hecho el almazarero
con él? Después pensó:--¿Tiene madre aquel muchacho?--¡Ah, la madre,
la madre! Á medida que iba creciendo, que se abría su mente, sus ideas
y sensaciones tomaban forma,--sin que nadie se fijara en él, como no
se fijan en los pétalos de una flor silvestre,--y el recuerdo de su
madre se destacaba cada vez más claro en la aurora de la conciencia
naciente. Por aquel entonces asistía á la quinta clase elemental,
entre muchachos de todas clases y caracteres, y empezaba á vislumbrar
algo de la ciencia del bien y del mal. Se daba cuenta de la vergüenza
que le asaltaba cuando alguien aludía á su madre, y recordaba que
hasta entonces se había avergonzado solamente por instinto; y sentía,
al propio tiempo, un inmenso deseo de averiguar dónde se encontraba,
de volverla á ver, de reprocharle su abandono. La tierra ignorada,
lejana y misteriosa donde _ella_ se había refugiado, empezaba á tomar,
á los ojos de Anania, líneas y aspecto definidos, como la tierra que
entre las nieblas del alba se va acercando á los navegantes. Estudiaba
con gran placer la geografía, conociendo perfectamente el itinerario
que había que recorrer para ir desde la isla al continente, donde se
escondía su madre. Y así como antes, en la aldea, soñaba en la ciudad
donde su padre vivía, ahora pensaba en las grandes ciudades descritas
en los libros y por el maestro; y en una de ellas, y en todas, veía
á su madre,--cuya imagen se iba debilitando en su memoria como una
fotografía antigua,--y la veía siempre vestida en traje del país,
descalza, esbelta y triste.
Un suceso acaecido pocos años después, trastornó por completo sus
ensueños. Fué la vuelta de la madre de Bustianeddu.
Por aquella época, Anania iba al Gimnasio y estaba enamorado
secretamente de Margarita Carboni. Se creía una persona formal y fingió
no interesarse en el hecho, que preocupaba á toda la vecindad, mientras
un sinnúmero de impresiones le oprimían el ánimo día y noche.
Al principio no vió á la mujer, oculta en casa de una parienta, pero
cada día recibía las confidencias de Bustianeddu, que se había hecho un
joven serio y astuto.
Como el tío Pera apenas podía trabajar, se había asociado con el
almazarero para el cultivo de las habas y de los cardos, y Anania tenía
libre entrada en el huerto, y gustábale sentarse en la parte alta,
sobre la hierba, á la estrecha sombra de las chumberas y estudiar,
contemplando el salvaje panorama de los montes y del valle. Allí iba
Bustianeddu á buscarle y confiarle sus impresiones, que expresaba con
algo de escepticismo, con palabras frías que despertaban un cúmulo de
emociones en el alma de Anania.
--¡Ha vuelto!--decía Bustianeddu, echado boca abajo y moviendo las
piernas.--¡Mejor era que no hubiese vuelto! Mi padre quería matarla,
pero después le han calmado.
--¿La has visto?
--¡Ya lo creo que la he visto! Mi padre no quiere que vaya, pero yo
voy. Está gruesa, viste como una señora. ¡No la habría conocido!
--¿No la habrías conocido?--exclamaba Anania, palpitante, todo
maravillado y pensando en su madre. Ah, ¡él sí que la reconocería en
seguida!
Pero después pensaba:
--También irá vestida de señora con el peinado de moda... ¡Dios mío,
Dios mío! ¿cómo irá?
La figura de su madre se borraba, dejándole confuso; pero de pronto
procuraba tomar ánimos confiando en su instinto.
--De todos modos, estoy seguro que la conocería. ¡Oh, estoy seguro de
ello!--pensaba.
--¿Por qué ha vuelto tu madre?--preguntó un día á Bustianeddu.
--¿Por qué? ¡Vaya una gracia! Porque éste es su país. Cosía á máquina
en una sastrería de Turín. Se ha cansado y ha vuelto.
Á estas palabras siguió una gran pausa. Los dos chiquillos sabían
que la historia de la sastrería era una mentira, pero la aceptaban
incondicionalmente. Poco después dijo Anania:
--Ahora tu padre debería hacer las paces.
--¡No!--dijo Bustianeddu, tomando la defensa de su padre.--Él tiene
razón. ¡Ella no tenía necesidad de ponerse á trabajar para vivir!
--¿Pero tu padre no trabaja? ¿Es vergonzoso trabajar?
--¡Mi padre es comerciante!--respondió el otro.
--¿Y ahora, qué hará tu madre? ¿Y tú, con quién vivirás?
--¡No sé!
Y de cada día las noticias eran más emocionantes.
--¡Si supieras cuánta gente viene á casa para convencer á mi padre de
que haga las paces con _ella_! ¡Hasta el diputado; sí, si! Después,
ayer noche, vino la abuela, y dijo á mi padre: Jesucristo perdonó á la
Magdalena; piensa, hijo mío, que hemos de morir; piensa que en la otra
vida sólo nos sirven las buenas acciones. Mira cuán descuidada está tu
casa; los ratones corriendo por todas partes.
--¿Y tu padre?
--¡Ea, fuera!--dice rabioso.--¡Pronto, fuera! ¡Debía daros vergüenza!
Al día siguiente, dijo Bustianeddu:
--¡Ahora se ha mezclado en el asunto la tía Tatana! ¡Vaya un sermón!
Mira,--ha dicho á mi padre,--figúrate que tomas una amiga. Recógela:
está arrepentida y se enmendará. ¿Si la rechazas, qué será de ella? El
rey Salomón tenía setenta amigas en su casa y era el hombre más sabio
del mundo.
--¿Y tu padre qué dijo?
--Estuvo más duro que una piedra. Sólo dijo que las amigas hicieron
perder la cabeza al rey Salomón.
En efecto, el comerciante no cedió nunca. La mujer se fué á vivir á la
otra parte del pueblo, hacia el convento en donde estaban las escuelas.
Volvió á ponerse el traje del país, pero algo falseado, lleno de
lazos y cintas, en el cual se reconocía en seguida á la mujer de fama
equívoca. El marido no perdonó y ella siguió su camino.
Anania un día al ir al colegio la vió, y después la siguió viendo
casi siempre. Vivía en una casa negruzca, alrededor de cuyas ventanas
blanqueaba una faja de cal terminada en una cruz. Ante la puerta había
cuatro escalones, y á menudo se la veía, alta y hermosa, aunque ya no
muy joven, y de cara muy morena, sentada en un escalón, cosiendo ó
zurciendo una camisa. En verano no llevaba nada á la cabeza, peinaba
sus negrísimos cabellos algo levantados, en forma de tupé, sobre su
estrecha frente, y cubría su esbelto cuello con un pañolito de seda
amarilla.
Anania se ponía colorado cada vez que la veía. Sentía por ella una
morbosa simpatía, y al propio tiempo le parecía odiarla. Hubiese
querido dar un rodeo por no verla, y una fuerza oculta y maldita le
llevaba siempre por aquel camino.